Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Viernes 19 de junio de 2009

A todo trapo

El suplemento EP3 del diario El País publica hoy una entrevista con Vince Neil, cantante de Mötley Crüe, a propósito de su concierto de mañana en el Kobetasonik de Bilbao y de la publicación en España de Los trapos sucios. A continuación, un par de respuestas de Vince centradas directamente en el libro.

EP3. Los trapos sucios se acaba de publicar en España. ¿Cambiarías algo del libro?
Vince. No podemos, porque todo es verdad. Cuando se publicó, le pedí a mi tercera mujer que no lo leyera. Me prometió que no lo haría, pero lo hizo. Al día siguiente, me llamó para pedir el divorcio [risas].
EP3. Es que tanta sinceridad…
Vince. Es lo que queríamos. Una biografía real, de verdad. Pocas bandas se atreven a publicar un libro así. Quizá porque la mayoría están casados. Nunca quisimos ser una banda salvaje. Pero fue lo que ocurrió.
EP3. Han pasado ocho años desde Los trapos sucios, la autobiografía de Mötley Crüe. ¿Cómo se llamaría una posible segunda parte sobre estos últimos tiempos?
Vince. The Dirtier [Lo más sucio].
EP3. ¿Está todo contado u os habéis guardado algún secreto?
Vince. Está todo contado, o por lo menos, lo que recordamos. Nos faltan algunas piezas en la memoria, pero el 99% de lo que nos ocurrió está en el libro.
EP3. Se decía que ibais a convertir el libro en una película. ¿Qué ha pasado?
Vince. Una gran empresa compró los derechos hace nueve años. Leímos el guión y estaba guay. Hasta la iba a dirigir David Fincher [El club de la lucha, Seven, Zodiac...]. Pero no tenemos ni idea de cómo va el proyecto.
EP3. ¿Quién querrías que hiciese de ti?
Vince. Sería mejor que lo hiciesen actores desconocidos. No me veo con la cara de Val Kilmer.
EP3. Hombre, y se hace difícil imaginar a Leonardo DiCaprio con unas mallas ajustadas de leopardo y un cardado gigante…
Vince. Bueeeeno, no estaría mal.

Pincha aquí para leer el resto de la entrevista en la página web de El País.

Pincha sobre las imágenes para ampliarlas.

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Martes 16 de junio de 2009

Raise Your Hands To Rock

El próximo sábado 20 de junio, en el marco del festival Kobetasonik de Bilbao, Mötley Crüe presentará en directo, por primera y única vez en España, su último disco: Saints of Los Angeles, basado en las vivencias recogidas en su libro Los trapos sucios, del que esta misma semana ponemos a la venta la segunda edición, coincidiendo con el evento.

Además de en los puntos de venta habituales (FNAC, Casa del Libro, librerías recomendadas) y, como siempre, a través de la web de Es Pop, este fin de semana podrás comprar también tu ejemplar de Los trapos sucios en el stand de merchandising oficial del Kobetasonik y en el stand de la organización en el Día de la Música de Madrid (21 de junio, Matadero de Madrid). Mientras tanto, siguen llegando las reseñas:

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Martes 9 de junio de 2009

El otro Hollywood en Dirigido

El escritor Hunter S. Thompson flanqueado por los hermanos Mitchell, productores de cine porno y directores de la seminal Tras la puerta verde.

Este mes ha aparecido publicada en la revista Dirigido una excelente crítica de El otro Hollywood. La transcribo aquí no sólo por lo sumamente elogiosa, sino sobre todo porque hace hincapié en dos elementos que me parecen fundamentales y que hasta ahora no había visto comentados por ningún reseñista. Uno, la enorme dificultad técnica y el esfuerzo descomunal que implica realizar un libro de estas características. Dos, que a través del retrato de una pequeña comunidad los autores han acabado haciendo una excelente radiografía de toda una cultura y una época.

El otro Hollywood. Una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno
Sin duda alguna, estamos ante uno de los mejores libros de cine publicados en nuestro país en mucho tiempo. No sólo porque El otro Hollywood sea un clásico desde su aparición en Estados Unidos en 2005, sino por el rigor, interés y profundidad con que trata el nacimiento y declive -cualitativamente hablando- del cine porno norteamericano (1950-1995). Un espacio cinematográfico, huelga decirlo, frecuentado en demasía por fetichistas, onanistas y freaks de todo pelaje y condición, que emborronan páginas de libros y fanzines sin verdaderos conocimientos fílmicos sobre el tema, carentes de una perspectiva artística, psicológica, ética, lúdica, de la pornografía como forma válida de cine.
El principal mérito de El otro Hollywood radica en que sus autores, Legs McNeil & Jennifer Osborne (y Peter Pavia), han cedido todo el protagonismo a aquellos hombres y mujeres que hicieron posible la industria del cine pornográfico USA. Este es un texto compuesto, como si de un inmenso puzzle se tratara, de cientos de declaraciones breves, ordenadas cronológica y casi dramáticamente, sobre las vivencias, sentimientos y reflexiones de actrices, actores, productores, directores, mánagers, policías, periodistas, pornógrafos, espectadores, críticos, historiadores y políticos, declaraciones a veces apostilladas por recortes de prensa, informes policiales o los datos de una autopsia (¡). Sexo (of course), dinero, drogas, belleza, gama, violencia, Mafia, sida, crimen, traición, libertad y represión son los temas que articulan el testimonio de personajes como Linda Lovelace, Chuck Traynor, Harry Reems, Marilyn Chambers, Ron Jeremy, Ginger Lynn, Tom Byron, Sharon Mitchell, Tim Connelly o Traci Lords, entre muchos otros, quienes en ningún instante disfrazan sus puntos de vista sobre la industria y sus integrantes, sus simpatías y odios.
Trabajar con fuentes orales no es nada fácil, entre otros motivos porque su utilización supone un enorme trabajo previo de investigación, al compararlos con otras fuentes escritas, y más tarde, un colosal esfuerzo de estructuración, sin olvidar el problema que plantean la confiabilidad y la representatividad de los testimonios orales, relacionados con el concepto de la saturación retórica. En este sentido, Legs McNeil & Jennifer Osborne (y Peter Pavia), con su método ensayístico-discursivo, han conseguido realzar la importancia de un testimonio oral, el cual reposa en su no correspondencia con los hechos establecidos, sino más bien en su discrepancia con los mismos, resaltando el modo en que los actos y los modelos de conducta son experimentados y retenidos en la memoria. En este sentido, son historias que sirven para definir comunidades e individuos y los contextos donde adquieren significado.
Excelentemente editado y traducido (por Óscar Palmer Yáñez) El otro Hollywood se erige como un testimonio dinámico, veraz y tremendamente revelador de toda una época, de toda una visión del cine, de toda una industria, vacío de tonos moralizadores y/o pseudocientíficos, eruditos y/o exaltados. Porque, como prueba el libro de McNeil & Osborne (y Pavia), el cine pornográfico también es cine y, mal que le pese a muchos -eso queda bien claro en sus páginas-, ha contribuido a modificar, para bien y para mal, los hábitos sexuales del mundo occidental, más allá de clichés y leyendas negras.
Antonio José Navarro – Dirigido nº 390 (junio 2009)
Pincha aquí para ver la reseña tal y como ha aparecido en la revista.

Izquierda: Ron Jeremy. Derecha: Savannah.

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Domingo 7 de junio de 2009

George Pelecanos: Revolución en las calles – 2

David Simon y George Pelecanos. Foto: Steve Ruark para The New York Times.

Ésta es la segunda entrega de una entrada en dos partes repasando la obra del escritor George Pelecanos. Pincha aquí para leer la primera.

The Sweet Forever, la segunda novela protagonizada por el dúo formado por Dimitri Karras y Marcus Clay, es probablemente una de las novelas más citadas de George Pelecanos y la que muchos consideran el verdadero punto de inflexión en su carrera. También marca su primera aproximación al mundo de “las esquinas” tan presente en The Wire. La marcha loca y el subidón de los setenta han dado paso al canibalismo económico y el arribismo amoral de los ochenta. A través del escaparate de su tienda de discos, Marcus ha asistido en primera fila a la progresiva degeneración del barrio, que está quedando en manos de pandas de camellos cada vez más jóvenes. Karras, mientras tanto, ha sucumbido a los cantos de sirena ochenteros y se mueve al filo del nuevaolismo entre raya y raya. Un accidente imprevisto que les afecta a ambos pondrá en marcha una serie de acontecimientos que les dejará atrapados en el conflicto entre un traficante de drogas y una pareja de policías corruptos. En este caso, sin embargo, lo que está en juego es algo más que sus vidas. Tal y como lo definió The New York Times Book Review en una de las reseñas más incisivas al respecto, «The Sweet Forever captura con un asombroso sentido de la inmediatez ese momento decisivo en el hundimiento de un barrio, cuando el bien y el mal tienen las mismas posibilidades de hacerse con el campo». A estas alturas cualquiera que haya visto The Wire o The Corner conoce el desenlace de esa batalla, algo que en cualquier caso no le resta un ápice de intensidad ni emotividad a la novela, particularmente en lo que se refiere a la relación entre los personajes más maduros y los más jóvenes.

Omar Little en “Bad Dreams”, penúltimo episodio de la 2ª temporada de The Wire.

Propiamente hablando, la última novela del Cuarteto de D.C. es más una aventura de Karras & Stefanos que de Karras & Clay. Nick Stefanos, el protagonista de las tres primeras novelas de Pelecanos, ya había intervenido tímidamente en King Suckerman y en The Sweet Forever. En Shame the Devil vuelve al primer plano de la acción tras ser contratado por Karras para investigar un asesinato múltiple. Otra novedad es que, en vez de ir escalando o acumulándose hasta impregnar el desenlace, la violencia estalla aquí con inusitada ferocidad ya en las primeras páginas. Shame the Devil está centrada precisamente en las consecuencias de ese acto violento, mostrando el modo en el que distintos personajes se enfrentan al dolor, la rabia, la impotencia, la sed de venganza y la devastadora sensación de vacío provocada por el brutal modo en el que les han arrebatado a sus seres queridos. Se trata de una novela admirable (personalmente una de mis favoritas) que da buena muestra del crecimiento experimentado como autor por Pelecanos.

«No tengo la impresión de haber vuelto a escribir misterios desde que acabé la serie de Nick Stefanos», dice él. «Mis libros son, cada vez más, novelas sobre gente trabajadora en una ciudad moderna, pero con elementos criminales. Y no creo que vaya a abandonar nunca esos elementos criminales porque me gusta que en los libros haya conflicto. Me gusta el acto de narrar. Y además de creer que los libros deben ir sobre algo, también creo que deben contar algo». A pesar de esta afirmación, los tres siguientes libros del autor parecen marcar un pequeño regreso a la novela policíaca algo más convencional. Y digo parece porque aún estoy por hincarles el diente (me los estoy racionando), así que cualquier información adicional que queráis aportar en los comentarios será bien recibida. Decir únicamente que se trata de una nueva serie protagonizada por otra pareja de las que Pelecanos describe como sal y pimienta (en referencia a la película del mismo título protagonizada por Sammy Davis y Peter Lawford), la compuesta por el detective privado Derek Strange y el expolicía Terry Quinn. También son las tres primeras novelas de Pelecanos publicadas en castellano: Right As Rain (editada en España como Mejor que bien, Diagonal, 2002), Hell to Pay (Ojo por ojo, Diagonal, 2003) y Soul Circus (Música de callejón, Ediciones B, 2004).

Revolución en las calles. Washington D.C. en 1968. Foto: Warren K. Leffler.

2004 fue el año de Hard Revolution (publicado en España como Revolución en las calles, Zeta Bolsillo), el primero en una racha de cinco libros cerrados y autoconclusivos, extraordinarios todos ellos, en los que, ahora sí, Pelecanos deja atrás cualquier rastro de convencionalismo genérico para terminar de erigirse en uno de los mejores cronistas de la sociedad norteamericana a los que he tenido el gusto de leer. Revolución en las calles vuelve a estar protagonizada por Derek Strange, sólo que éste no es aún detective privado, sino un policía novato recién salido de la academia que se va a encontrar de bruces con los peores disturbios callejeros sufridos en la historia de Washington. El año es 1968, y el asesinato de Martin Luther King va a motivar una arrolladora revuelta ciudadana que, en el transcurso de cuatro días, dejará decenas de locales destrozados y manzanas enteras arrasadas por el fuego. Pelecanos describe las semanas previas al suceso sirviéndose de un mosaico de variopintos personajes (policías, chorizos de poca monta, currantes, fumetas, un fan loco de Link Wray…) que da buena muestra del estado mental de la nación y del insoportable peso acumulado por décadas de tensión racial. «Yo tenía once años en 1968», recuerda el autor. «Dos meses después de las revueltas, tenía que coger el autobús cada día para ir a la cafetería de mi padre, donde trabajaba sirviendo los pedidos a domicilio. La línea pasaba por partes de la ciudad que habían quedado completamente destruidas. Algunas de las personas que iban en el autobús habían perdido su vecindario, pero resultaba evidente que también habían ganado algo. Podía notarlo en su postura, en su estilo, en su actitud. Pero eso es algo de lo que me percataba de una manera más instintiva que intelectual. Desde entonces, siempre había querido averiguar “qué sucedió”. Escribir la novela me brindó esa oportunidad».

Revolución en las calles. Washington, abril de 1968. Foto: Lee Balterman.

Tras el ambicioso fresco histórico de Revolución en las calles, Pelecanos decidió centrar su siguiente novela en un conflicto más contenido pero no por ello menos desolador. Drama City (publicado en España con el mismo título por Ediciones B) es la historia de Lorenzo Brown, un expresidiario que trabaja para la Humane Society rescatando perros maltratados, y de Rachel Lopez, su agente de la libertad condicional, dos personajes marcados por profundas heridas emocionales que hacen lo que pueden para no terminar de hundirse en la más absoluta miseria a pesar de verse obligados a pasar los días en contacto con todo tipo de actos de violencia que van de lo ridículo a lo abominable. Este empeño por indagar en la psique de sus personajes, por explorar y exponer su vulnerabilidad y sus carencias de un modo que ilumine con más claridad sus actos, es también el motor de The Night Gardener (El jardinero nocturno, Ediciones B), una novela de estructura engañosa que, por momentos, parece seguir un esquema policiaco tradicional (o si no tradicional por lo menos sobradamente explotado por autores como Ellroy) al abordar un mismo crimen (el asesinato de un adolescente cuyo cuerpo ha sido hallado tirado en un jardín comunitario) desde la perspectiva de tres policías muy dispares enfrascados, cada uno a su manera, en una misma investigación. Nada es lo que parece, sin embargo, en una historia en la que, más que en cualquier otra, el crimen es lo de menos, y en la que el peso específico se decanta por completo del lado del drama humano.

El jardín comunitario de El jardinero nocturno. Foto: Bethanne Patrick.

Esta tendencia llega a su culminación, al menos para el que esto suscribe, en su siguiente novela, The Turnaround (2008), centrada, igual que Shame the Devil, en las consecuencias de un acto de violencia absurdo y aleatorio cuyos ecos siguen resonando durante décadas. Al contrario que en aquella, sin embargo, Pelecanos no se limita a mostrar las consecuencias sufridas por la víctima sino que elabora una narración paralela en la que va desgranando no sólo su destino y sus frustraciones sino también el camino seguido por sus agresores, retratando una situación de suma complejidad moral con una profundidad y una perspicacia dignas de un Dostoievski para el siglo XXI. El libro se beneficia también de una excelente descripción de los dos ambientes profesionales en los que se mueven los personajes principales: Alex Pappas es el encargado de una cafetería restaurante y Raymond Monroe es un fisioterapeuta que se encarga de ayudar a soldados que han sufrido amputaciones en Irak con su rehabilitación. Dicho así, puede no sonar demasiado atractivo, pero el modo exacto y casi clínico en el que Pelecanos describe las actividades de ambos hombres hace que resulten fascinantes, pues nos permite observar complejidades en las que de otro modo probablemente nunca hubiéramos reparado y que son las que precisamente hacen que ambos se sientan tan satisfechos con sus trabajos. Este talento para transmitir de manera sencilla y nada farragosa las verdades esenciales de cualquier ambiente en el que decida fijarse es el que aporta una autenticidad casi documental a toda su obra y revela una capacidad privilegiada para la observación. «No soy muy hablador, ni a la hora de trabajar ni en la vida diaria. Sé que aprendo mucho más limitándome a escuchar», afirma él. «Mi “labor de investigación” a menudo consiste en entrar en un bar, tomarme una cerveza tranquilamente y mantener los oídos abiertos. Si alguien me pregunta cómo me gano la vida se lo digo. Pero no es una información que brinde de antemano. Algunas de las cosas que hago podrían parecer peligrosas vistas desde fuera, pero a mí nunca me lo han parecido. Pasé algún tiempo en un fumadero de crack cuando estaba preparando Right as Rain, pero nunca me sentí amenazado. Los consumidores de drogas (con la excepción de drogas pasadas de moda, como el Polvo de Ángel o Barco, como lo llamamos aquí en Washington) son por lo general inofensivos. Es con los camellos con los que tienes que tener cuidado. También acompaño a policías de D.C. en sus patrullas nocturnas. Esto me ha resultado particularmente valioso (me permite ir a sitios a los que no iría solo) y me aporta un mejor conocimiento de la psique del policía. En Hell to Pay hay varios pasajes que son prácticamente periodísticos y describen situaciones vividas directamente por mí en algunas de estas patrullas. Además trabajo estrechamente con un investigador privado que lleva los casos por delitos federales relacionados con el crimen organizado para la oficina del Defensor Público. Las ropas de Derek Strange, los objetos que lleva en el maletero de su coche, todo eso sale del tiempo que he pasado con este hombre. Por último, voy como espectador a muchos juicios por crímenes violentos. Poder asistir a los juicios es un derecho de todos los ciudadanos, y sólo con eso ya puedes aprender todo lo que necesitas saber sobre las operaciones relacionadas con bandas y drogas, además de ponerte al día con la jerga. Aún así, el trabajo de investigación más valioso de cuantos hago sigue siendo el de pasear por los barrios y dedicarme a escuchar».

Típicos adosados de Washington D.C. Foto: George Pelecanos.

Su última novela hasta la fecha, la recién editada The Way Home, sigue las historias de cuatro adolescentes presos en un reformatorio y sus esfuerzos por reincorporarse al “mundo real”. Argumentalmente, quizá podría considerarse un pequeño paso atrás en comparación con sus cuatro títulos precedentes (el detonante que hace que todas las tramas confluyan es, ejem, un maletín abandonado lleno de dinero), pero al igual que pasaba en El jardinero nocturno lo que para otro escritor habría podido ser un fin en sí mismo, para Pelecanos no es más que una herramienta que le permite hablar, una vez más, de relaciones humanas (en este caso entre padres e hijos; entre amigos de entornos dispares unidos por sus experiencias en el correccional) y abordar incómodas realidades sociales (su disección del sistema penal juvenil es tan devastador como el del sistema educativo realizado en la cuarta temporada de The Wire). Y como ya es habitual en él, consigue nuevamente atrapar y conmover al lector sin recurrir al sentimentalismo barato sino mediante una cruda honestidad que emociona a la vez que te estruja las entrañas.

Pocos autores contemporáneos me suscitan tanta admiración y entusiasmo por su obra como George Pelecanos. Si con esta entrada he conseguido transmitir aunque sólo sea parte de ese entusiasmo, ya me doy por satisfecho. Y aunque tiene suficientes novelas notables como para que sea fácil asomarse a sus páginas por primera vez sin temor a verse decepcionado, si tuviera que escoger alguna en concreto para recomendarla como carta de presentación, probablemente diría que Revolución en las calles o Drama City de entre las editadas en castellano y Hell to Pay o The Turnaround para quien quiera leerle en inglés. Lo mejor de todo es que, en caso de engancharse, puede contar uno con la satisfacción adicional de saber que este hombre ha escrito 16 novelas en 18 años (con lo cual hay material de sobra para seguir dándose el gusto) y tampoco parece que vaya a reducir el ritmo. ¿Cómo lo consigue? Mejor que sea él quien lo explique: «Mis hábitos laborales son bastante rígidos. Cuando estoy escribiendo una novela, escribo siete días a la semana. No creo que puedas abandonar ese mundo durante días y días y poder seguir sintiendo la misma implicación. Empiezo temprano por la mañana y trabajo hasta la tarde, hasta que tengo que parar para comer (intento retrasar la comida todo lo posible; una vez que tengo comida en el estómago, estoy acabado). Por la noche, regreso al escritorio y reescribo lo hecho durante la mañana, de manera que pueda estar listo para seguir avanzando al día siguiente. Escribo un único borrador, reescribiendo a medida que voy avanzando, y normalmente esa es la versión que le envío a mi editor en Nueva York. Siguiendo ese calendario de trabajo, normalmente me lleva entre cuatro y seis meses escribir una novela. Una vez dicho esto, tampoco quiero que dé la impresión de que me resulta sencillo. Me cuesta mucho pillarle el pulso a cada libro, especialmente durante los dos primeros meses. Gran parte del día, de hecho, me lo paso recorriendo la casa de arriba abajo, haciendo botar una pelota, escuchando música, etc. Trabajar implica trabajártelo. Como no escribo escaletas, mi principal preocupación es desarrollar los personajes y luego la trama. Una vez que he llegado a ese punto, el trabajo se acelera. Hay momentos en los que me puedo llegar a pasar diez o doce horas al día escribiendo sin parar. Es entonces cuando el trabajo pasa a ser realmente divertido».

·  Todas las declaraciones de George Pelecanos están extraídas de entrevistas recogidas en su página web.
·  Aquí, una entrevista en vídeo con George Pelecanos acerca de su nueva novela, The Way Home.
·  Aquí, una entrevista en castellano realizada por Eduardo Guillot (ojo: no leer si no has visto la tercera de The Wire).
·  Otra buena entrevista (esta vez en inglés) en la web de The Guardian.

    (Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:

    ·  The Wire: The Complete Series
    ·  The Big Blowdown
    ·  The Sweet Forever
    ·  Shame the Devil
    ·  Hard Revolution
    ·  Drama City
    ·  The Turnaround

      Libros , , 12 comentarios

      Jueves 4 de junio de 2009

      George Pelecanos: Revolución en las calles

      Este último fin de semana me lo pasé enfrascado en la lectura de The Way Home, la nueva novela de George Pelecanos, publicada a primeros de mayo en Estados Unidos por Little Brown, su sello habitual. Las dos semanas que estuve esperando a que llegara el paquete me las pasé bajando día tras día repetidas veces al buzón, haciendo sonar nerviosamente las llaves entre las manos presa de una irrefrenable impaciencia, incluso cuando sabía perfectamente que era físicamente imposible que el libro hubiera atravesado aún el Atlántico. Ése es el tipo de sensaciones que me suscita George Pelecanos, un autor que en apenas unos años ha pasado a convertirse en una de mis adicciones favoritas y al que considero con diferencia uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación. De hecho, no se me ocurre ningún otro que lleve una racha con un nivel de calidad tan consistente como el que ha conseguido Pelecanos con sus últimas cinco novelas, a un increíble ritmo de prácticamente una por año, al mismo tiempo que ejercía de guionista y productor ejecutivo de la serie The Wire, para la que escribió algunos de sus capítulos más memorables.

      George Pelecanos nació en Washington D.C. en 1957. Sus raíces griegas y obreras quedan perfectamente reflejadas en unas novelas que, no obstante, distan mucho de caer en el ombliguismo racial o en la idealizada melancolía del emigrante; simplemente marcan unas pautas. De comportamiento, de dignidad, de ambiente. Sus personajes pertenecen habitualmente a la clase trabajadora, viven en barrios humildes y suelen caer en dos categorías: los que encuentran su camino en el trabajo o los que lo encuentran en el crimen. Uno de los principales talentos de Pelecanos reside precisamente en no hacer distinciones entre unos y otros, aplicándoles a ambos el mismo poder de observación, descripción y comprensión de las pulsiones humanas. Otra de sus constantes, y uno de los motivos por los que sus libros te agarran de las gónadas y consiguen sumergirte en su mundo desde prácticamente la primera página, es el modo absolutamente brillante y genuino en el que sus personajes se van definiendo a través de su entorno y sus acciones. Veamos a modo de ejemplo un fragmento de la extraordinaria The Turnaround:

      “Bad Dreams”, penúltimo episodio de la 2ª temporada de The Wire escrito por Pelecanos.

      «Había llamado al local Cafetería Pappas e Hijos. Cuando había abierto, en 1964, los chicos sólo tenían ocho y seis años, pero pensaba que uno de ellos podría querer seguir con el negocio cuando él se jubilara. Como cualquier padre que no fuera un malaka, quería que sus hijos tuvieran una vida mejor que la suya. Quería que fueran a la universidad. Pero qué demonios, uno nunca sabe cómo van a salir las cosas. Podía ser que uno de ellos estuviera capacitado para los estudios, podía ser que el otro no. O quizá los dos fueran a la universidad para luego decidir seguir con el negocio juntos. Fuese como fuese, había decidido cubrir la apuesta y les había añadido al cartel. Eso permitía que los clientes supieran qué clase de hombre era él. Decía: he aquí un tipo entregado a su familia. John Pappas piensa en el futuro de sus chicos. [...] Llegaba al local a las cinco de la mañana, dos horas antes de la hora de apertura, lo que significaba levantarse todos los días a las cuatro y cuarto. Tenía que recibir al del hielo y a los repartidores y tenía que preparar el café y encargarse de otros preparativos. Podría haber pedido que le hicieran las entregas más tarde y así dormir una hora más, pero aquel momento de la jornada le gustaba más que cualquier otro. De hecho, siempre se despertaba con los ojos completamente abiertos y despejados, sin necesidad de un despertador. Bajar las escaleras con cuidado para no despertar a su esposa ni a sus hijos, conducir su Electra doscientos veinticinco por la Calle 16, con las luces puestas, la mano con un cigarrillo colgando de la ventanilla, nada de tráfico en el camino. Y luego el rato más tranquilo, a solas con la radio en la cafetería, escuchando a los afables locutores de la WWDC, hombres de su edad que tenían el mismo tipo de experiencias vitales que él, no como esos charlatanes de las emisoras de rock and roll o los mavres de la WOL o la WOOK. Beberse el primero de muchos cafés, siempre en un vaso para llevar, charlar con los repartidores que se iban sucediendo uno tras otro en un goteo constante, percibiendo cierta afinidad entre todos ellos, los que habían acabado por cogerle cariño a aquel momento entre la noche y el alba».

      George Pelecanos.

      No sé qué pensaréis vosotros, pero a mí me parece un pasaje perfecto para hacerme una imagen mental muy clara de quién y cómo es John Pappas y, lo más importante, convierte unas acciones más bien mundanas en algo fascinante de observar, una sensación que no hace más que incrementarse a medida que el autor va desgranando con progresivo detalle el mundo y el comportamiento de sus personajes. Un mundo que, en cualquier caso, siempre está contenido dentro de una misma ciudad: Washington. «Cuando empecé», explica el autor, «tenía la impresión de que Washington D.C. no había sido bien representada en la literatura. Y al decir esto me refiero al lado real, vivo y trabajador de la ciudad. El cliché es que Washington es una ciudad de tránsito para gente que entra y sale cada cuatro años dependiendo del nuevo gobierno. Pero la realidad es que hay gente que lleva viviendo en Washington durante generaciones y sus vidas merecen la pena ser exploradas, creo yo. Al principio no tenía ningún plan específico, pero tal y como han ido las cosas, prácticamente he cubierto el siglo en Washington y los cambios sociales que han ido aconteciendo de los años treinta en adelante».

      Los primeros libros de George Pelecanos, A Firing Offense (1992), Nick’s Trip (1993), Shoe Dog (1994) y Down by the River Where the Dead Men Go (1995) entran de lleno en la tradición del genero negro o criminal. Shoedog es una novela cerrada, centrada en el arquetipo del “duro” solitario (perfectamente ejemplificado por Sterling Hayden en La jungla de asfalto y Atraco perfecto) que accede a participar en un golpe organizado por otros a pesar de que tiene la sensación de que las cosas van a acabar muy mal… como de hecho suele ser el caso. El protagonista de las otras tres es Nick Stefanos, un detective privado de mala vida e hígado castigado, especialista en desapariciones y camarero ocasional en un antro para policías, cuyo punto de vista cínico y desencantado entronca con el manifestado por los clásicos personajes de Chandler o Hammet. Sin embargo, a diferencia de estos, Nick ni siquiera es un “auténtico” profesional, siendo la desidia y la falta de rumbo fijo dos de sus principales características, que se van acentuando dramáticamente con cada nueva entrega de la serie.

      La esquina de las calles 14 y U de Washington D.C. en los años cincuenta. Foto: Smithsonian.

      En 1996, Pelecanos escribió la que hasta la fecha es su novela más deliberadamente clásica y posiblemente el mejor punto de entrada a su obra para los aficionados al genero negro de
      toda la vida: The Big Blowdown. En ella, Joey Recevo y Pete Karras, dos amigos de uno de los barrios más pobres de Washington, regresan a casa tras haber combatido en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial para encontrarse con que el trabajo más apropiado para sus nuevos talentos adquiridos en el ejército es al servicio de un jefe criminal de su antigua barriada. Joey prospera rápidamente y no tiene el menor problema para adaptarse al nuevo orden jerárquico. Pete, sin embargo, no es tan moldeable y acaba pagando las consecuencias en forma de brutal paliza a modo de despido. Esto, sin embargo, sólo es el principio. Las circunstancias harán que Pete y Joey vuelvan a encontrarse, esta vez en bandos opuestos y atrapados en una trama que les arrastrará de manera inexorable a, tal y como anuncia el título, un explosivo y arrasador desenlace digno de un autor que profesa pública admiración por películas como Doce del patíbulo y Grupo salvaje, dos referencias ajenas al género pero perfectamente adecuadas para entender el modo de operar de Pelecanos. El puntilloso retrato de un ambiente y una época, los cincuenta, a menudo mitificada pero tratada aquí con diáfano naturalismo, junto al arrollador ritmo de su narración, le valió a nuestro autor algunas de sus mejores reseñas y el espaldarazo definitivo de crítica, público y colegas como Lethem, Gifford, Ellison, King o Leonard. Además, The Big Blowdown inauguró una serie de novelas interconectadas entre sí bautizadas posteriormente como “El Cuarteto de D.C.”, en referencia al célebre Cuarteto de Los Ángeles de James Ellroy. Completan el cuarteto King Suckerman (1997), The Sweet Forever (1998) y Shame the Devil (2000).

      Los protagonistas de estas tres, ambientadas en los años setenta, ochenta y noventa respectivamente, son Dimitri Karras, hijo de Pete Karras y camello de poca monta, y Marcus Clay, dueño de una tienda de discos; el primero es blanco, el segundo es negro, y aunque vienen de distintos mundos a los dos les une la misma pasión por la música y el baloncesto. En King Suckerman, la primera de sus aventuras conjuntas, Dimitiri y Marcus se ven envueltos en una trama de narcóticos que les viene grande y que les obligará a tomar una decisión que afectará al resto de sus vidas. El argumento es fácil de resumir; lo realmente importante de la novela es el modo en el que están tratados los personajes y sobre todo la sobrecarga sensorial con la que Pelecanos nos traslada a los setenta hasta el punto que casi podemos sentir el calor y los olores del verano en Washington e incluso oír a los chavales recitar diálogos sacados de la última película de blaxploitation o la música con los graves distorsionados que sale a través de las ventanillas abiertas de un Chevy Impala. Éste es el modo en el que Pelecanos nos presenta, en el primer párrafo del segundo capítulo, el entorno en el que se desenvuelve Marcus:

      Ben’s Chili Bowl, uno de los escenarios de King Suckerman. Foto: Bethanne Patrick.

      «Marcus Clay sacó el Hendrix de la balda, lo llevó de Soul a Rock y lo volvió a colocar en su lugar indicado, en la caja de la H, en el espacio que quedaba libre entre Heart y Humble Pie. Aquel chaval delgaducho, Rasheed —a Karras le gustaba llamarle Rasheed X—, insistía en seguir colocando los discos de Hendrix en la sección de Soul de la tienda. Rasheed, con su enorme afro, su gorra de lana roja, negra y verde y su ideología de “volvamos a África”, mantenía alta la llama de la pureza racial. Clay entendía lo que el joven hermano quería transmitir, y lo respetaba, pero aquello era un negocio; el negocio de Clay, para ser más exactos. ¿Qué pasaba si un chaval blanco con los ojos enrojecidos y un parche de la bandera americana cosido del revés en el trasero de los vaqueros entraba buscando una copia de Axis: Bold as Love, no la encontraba y luego, demasiado colocado y demasiado tímido como para preguntarle a uno de los dependientes de color, volvía a salir por la puerta con las manos vacías? ¿Y todo por qué, por una especie de afirmación política? Marcus Clay no jugaba a eso. Y de todos modos, ¿Jimi? El tío merecía estar en Rock. [...] En aquel momento se abrió la puerta principal, lo cual fue bueno para Rasheed ya que Clay había llegado al límite de lo que estaba dispuesto a aguantar. Era Cheek, el ayudante del encargado de la tienda de Clay. Cheek, grande como un oso, que llegaba media hora tarde y más colocado que un hippie. A pesar de sus gafas de sol ovaladas a lo Sly Stone, Clay vio por sus pasos titubeantes que el chaval iba completamente cocido».

      George Pelecanos.

      Algunos críticos le achacan a Pelecanos cierta tendencia al abuso de referencias, algo que imagino puede llegar a resultar molesto sobre todo para el que no las comparta, pero a mí sinceramente nunca me han parecido gratuitas sino que creo que están perfectamente legitimadas desde el momento en el que son los propios personajes los que las viven, las respaldan y las multiplican. «La cultura pop —música y películas— juega un papel destacado en nuestras vidas diarias», argumenta él. «Veréis que se va a ir filtrando en la ficción de los escritores más jóvenes con una frecuencia cada vez mayor porque es un elemento natural de la psique de nuestra generación. En cualquier caso ha de introducirse de una manera orgánica o si no no funciona». La clave de todo esto está en ese “juega un papel destacado en nuestras vidas”. Las referencias a la cultura popular en manos de Pelecanos no son un simple atrezo, no son una manera perezosa de llenar la página de nombres ni de hacerse el listillo; son, muy al contrario, una manera de retratar a unos personajes que viven la cultura popular como una parte muy importante de sus vidas y que ellos mismos están convencidos de que les define y caracteriza. El propio Pelecanos, de hecho, es en este sentido muy parecido a sus personajes (como lo somos gran parte de sus lectores, intuyo), y llega hasta el extremo de atribuir a su pasión por la música una decisión tan trascendental como la de hacerse escritor: «Mis antecedentes y mi educación en la escuela pública me indicaban que nunca sería admitido en ese grupo de escritores cuyas privilegiadas vidas leía descritas en las solapas de incontables libros (“Divide su tiempo entre Martha’s Vineyard y un apartamento en el Upper West Side. Ésta es su primera recopilación de cuentos”). Cuando intenté escribir mi primer libro lo hice sin haber ido nunca a clases de escritura. Joder, ni siquiera había conocido a ningún novelista. Para mí, los autores eran “otra gente”. Pero grupos como Fugazi y The Mats y Hüsker Dü me enseñaron con el ejemplo que mi falta de pedigrí no significaba nada en relación a mi potencial creativo. Eran individuos que cogieron sus guitarras y se pusieron a tocar y en el proceso crearon una especie de arte volcánico y orgánico. Yo no tenía la más mínima aptitud musical, pero pensé que podría hacer algo parecido con una pluma. Como poco, aquellos grupos me aseguraron que tenía el derecho a intentarlo».

      Izquierda: Portada de Richie Fahey para The Big Blowdown. Derecha: George Pelecanos.

      Continúa en la segunda parte.

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      Martes 2 de junio de 2009

      El triunfo de los muertos vivientes


      Una de las múltiples encarnaciones de Drácula. Christopher Lee en El poder de la sangre de Drácula.

      Las estructuras que subyacen en las imágenes del horror cambian bastante poco; sin embargo, el uso cultural que hacemos de ellas son tan multiformes como el propio Drácula.
      David J. Skal, Monster Show.

      Hace un par de años tuve la suerte de traducir dos libros excelentes a los que hacía tiempo que quería hincarles el diente. Curiosamente, acabé traduciéndolos prácticamente uno detrás del otro, algo de lo más apropiado ya que prácticamente vienen a hablar de lo mismo desde perspectivas ligeramente complementarias, uno desde un punto de vista más personal y el otro desde uno más general. Los libros eran Danza macabra, de Stephen King, y Monster Show, de David J. Skal. Los dos hablan del por qué de las historias de horror: su origen, su aceptación cada vez más generalizada como entretenimiento de masas a lo largo del siglo XX, por qué nos atraen tanto y qué dicen sobre nosotros, como personas y como sociedad. Resumiendo groseramente, la tesis principal de ambos ensayos era: “cada época tiene el terror que se merece, cuando no el que necesita”. ¿Que necesita para qué? Para experimentar, para sublimar, para desahogar emocionalmente, de manera consciente o inconsciente, las angustias de la vida diaria. Al igual que el cine negro, del cual ya hablamos aquí a propósito de esta misma función metafórica de la ficción, el cine de horror viene a ser como una caja de resonancia que nos devuelve amplificados los temores que rebotamos en ella, permitiéndonos experimentarlos de una manera intensa y concentrada pero dentro de un entorno seguro y sin sufrir las consecuencias. El ejemplo más manido de esto es, evidentemente, la relación entre las películas norteamericanas de ciencia ficción de los cincuenta, con sus marcianos invasores y sus insectos mutantes, con el temor a la “amenaza roja” y al peligro nuclear, pero hay muchos más. Cada época tiene sus mitos del horror y poco importa que nazcan de un genuino interés por la metáfora (como en el caso, por ejemplo, de George A. Romero, que sabe perfectamente la idea que quiere transmitir con cada una de sus películas) o que el interés sea puramente crematístico: es evidente que por cada película de los noventa que utiliza la figura del vampiro como sinónimo de la plaga o del SIDA hay otras veinte cuyo único interés es ganar dinero a costa de un icono reconocido dentro de un género rentable sin haber reflexionado para nada en qué es lo que ha convertido a dicho monstruo en icono. Lo que a mí me parece realmente interesante de todo esto, sin embargo, es que, al margen de cuál sea la motivación de los cineastas, ésta acaba resultando indiferente, ya que la película resuena del mismo modo en el inconsciente colectivo. Y lo verdaderamente fascinante es comprobar cómo ese inconsciente colectivo va mutando y readaptando los mitos según las épocas y las circunstancias.


      La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, 1968.

      Cuando Bram Stoker escribió Drácula, por ejemplo, a ojos del gran público su nefando Conde representaba todos los temores propios de un caballero victoriano: el enemigo venido de Oriente que se infiltra insidiosamente en la noble Inglaterra para soliviantar sus principios, la influencia corruptora del sexo, la reevaluación del papel de la mujer en la sociedad, etc. En 1992, sin embargo, el temor a la inmigración o a la renovación de los roles sociales quedaba completamente diluido ante una oleada de miedo mucho más intensa: el miedo al contagio. De igual manera, mientras que la versión original de Dawn of the Dead (George A. Romero, 1978) hablaba de los peligros del consumismo descontrolado y de la desaparición de la “pequeña América” propiciada por la eclosión de las grandes cadenas y de unos centros comerciales que convierten a los ciudadanos en masas descerebradas de consumidores (en zombis, vaya), el remake de Zach Snyder de 2004, aunque conserva el esquema argumental, es claramente una fábula post 11-S en la que una comunidad concreta se ve violentamente atacada por sorpresa y queda completamente aislada en un entorno tecnológico, rodeada por un enemigo primitivo pero mortal. Mismas historias, mismos monstruos, metáforas distintas.


      Los muertos vivientes se dan un banquete en Zombi, de George A. Romero, 1978.

      Esa habilidad para representar distintos temores en distintas épocas es una de las características principales de todo icono del terror que se precie: Drácula, el monstruo de Frankenstein, el hombre lobo, el doctor Jekyll (o su primo Norman Bates)… son arquetipos tan mutables que no cuesta nada imaginar varias versiones alternativas, complementarias o incluso contradictorias de todos ellos. Y esa mutabilidad, me parece a mí, es probablemente la clave de su pervivencia. Es también la causante de que en estos últimos años hayamos visto la ascensión meteórica a primera división de un nuevo mito del horror: el muerto viviente. Y si digo “nuevo” no es porque quiera obviar las películas clásicas de Romero ni la oleada de subproductos italianos con las que entramos en contacto con el género todos aquellos que crecimos en los ochenta, sino porque me parece sinceramente que, al margen del enorme cariño que le podamos tener los aficionados, el zombi como icono del horror no ha logrado alcanzar una trascendencia real en la cultura mayoritaria hasta esta primera década del siglo XXI. La cantidad de películas, juegos, novelas y tebeos que se han sumado en estos últimos años al “fenómeno zombi” no tiene parangón en ningún otro momento en la historia de la cultura popular. Y es lógico que así haya sido, ya que nunca había dispuesto de un caldo de cultivo tan propicio. Estamos hablando de una década en la que el vampiro, probablemente el imbatido campeón de la liga del horror durante los ochenta y los noventa, ha pasado por un proceso de domesticación tal que ha acabado convertido en un ídolo de jovencitas asexuado y descolmillado. Mientras tanto, el muerto viviente, un monstruo tan básico que resulta difícilmente adulterable y por lo tanto una encarnación mucho más genuina del horror en estos tiempos de continuo revisionismo, ha pasado a multiplicar sus contenidos metafóricos, siendo capaz de encarnar: el contagio (28 días después, Rec), el terrorismo (la idea de que un miembro de una sociedad occidental resulte de repente ser un enemigo infiltrado capaz de volar un edificio tiene su perfecto paralelismo en esos personajes que ocultan su mordedura y acaban volviéndose contra sus amigos), la enorme división tecnológica y ideológica entre Occidente y el resto del mundo, cuando no entre ricos y pobres dentro de nuestra misma sociedad (El amanecer de los muertos y la injustamente infravalorada La tierra de los muertos), la rapacería industrial (Resident Evil) e incluso la estupidez de una población adormecida a base de telebasura (como en la interesantísima Dead Set). Tras una década de bonanza económica, de especulación, de pelotazos, de culto al triunfador (al vampiro) nos encontramos de repente con que o bien los zombis llevan mordiéndonos un buen tiempo y sólo ahora nos acabamos de dar cuenta (¿qué mejor metáfora que el muerto viviente para una sociedad que sufre las consecuencias de una economía fundada en la voracidad ilimitada de banqueros, estafadores piramidales y demás?), o bien los muertos vivientes somos nosotros, que vagamos adormecidos y adocenados entre las ruinas a las que nos han condenado los que viven refugiados en el supermercado (una idea fenomenalmente reflejada en Zombies Party).


      ¡Nosotros somos los muertos vivientes! The Walking Dead # 24, de Robert Kirkman y Charlie Adlard.

      Sea como sea, los zombis han llegado para quedarse y parecen estar abriéndose paso rápidamente hasta lo más alto de la cadena alimenticia entre los arquetipos del horror (tal y como corresponde a una época obsesionada por las plagas, sean éstas avícolas o porcinas). No sólo lo constatan las películas, sino también tebeos como The Walking Dead (un título que hace veinte años se habría considerado anticomercial y que ahora se cuela en las listas de los más vendidos), novelas como Cell o World War Z (entre otras muchas bastante menos destacadas) o inventos como el Pride and Prejudice and Zombies de Seth Grahame-Smith, un autor de libros paródicos al que un buen día se le ocurrió reeditar la novela original de Jane Austen añadiéndole pasajes de cosecha propia para convertirla en una novela de muertos vivientes, un buen ejemplo de auténtica zombificación dentro de una cultura cada día más dada a canibalizarse a sí misma que, a pesar de todo (y eso es lo que más miedo da en este caso), está cosechando un notable éxito comercial. Las imitaciones, reinvenciones y secuelas de demás clásicos actualmente en dominio público no se harán esperar. En octubre, por cierto, llegará una de las que peor pintan: Dracula The Undead, una secuela “autorizada” del clásico de Stoker, firmada a medias entre un sobrino bisnieto de éste y un supuesto estudioso de la obra; al margen de la evidente maniobra comercial (la típica que, por desgracia, suele llamar la atención de los medios) mucho me temo que la sinopsis del libro descarta cualquier tipo de digna continuación a la inmortal obra del pelirrojo irlandés.

      Izquierda: Orgullo y prejuicio y zombis. Derecha: Simon Pegg en Zombies Party.

      Resumiendo: cuando hasta la revista Time le presta atención al fenómeno, es que algo está pasando. Y teniendo en cuenta el actual clima económico y social, lo más probable es que la cosa vaya para largo. Sirva a modo de conclusión esta otra reflexión de David J. Skal a propósito del primer gran boom comercial del cine de terror durante los años treinta, que a día de hoy vuelve a tener cierta resonancia.

      «Para enero de 1931, los vagos temores que habían acosado a la economía durante el año anterior se hicieron reales: el Comité de Emergencia de Ayuda al Desempleo del presidente Hoover confirmó las cifras: la Depresión era real y empeoraba a diario. Un par de meses más tarde, el banco nacional austriaco quebró, iniciando el colapso económico de Europa. En Alemania, la crisis resultante contribuiría significativamente a la pesadilla embrionaria del Nacional Socialismo. Durante un periodo de doce meses que coincidió con los momentos más oscuros de la Gran Depresión, cuatro arquetipos del horror de Hollywood [Drácula, el monstruo de Frankenstein, Dr. Jekyll y el Hombre Lobo] fueron lanzados o preparados para el consumo público. Los peores años del siglo para Norteamérica iban a ser los mejores años para los monstruos».

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      Creo que es mucho mejor ser buen historietista que mal misionero.
      Charles Schulz
      Popsy