Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Sábado 31 de diciembre de 2011

6 + 4 = 11

Una vez más no se me ha ocurrido mejor manera de despedir el año que reunir en una sola entrada mis libros favoritos de estos últimos doce meses. La idea era escribir diez críticas más o menos elaboradas con las que compensar a mi burda manera la clamorosa ausencia de la mayoría de estos títulos en los previsibles resúmenes anuales de los suplementos y revistas del ramo. Como apropiado colofón a un año lleno de proyectos truncados o demorados por falta de tiempo, ganas o capacidad para llevarlos a buen puerto, resulta que al final sólo he sido capaz de completar seis reseñas y cuatro apuntes esquemáticos con los que resumir literariamente este 2011 que hoy acaba. Evidentemente no he incluido en la lista ni Reina del crimen ni Fargo Rock City ni ningún otro título editado por nosotros porque aparte de que resultaría presuntuoso asumo que ya los tenéis. Si no es así, todo lo dicho a continuación queda en suspenso hasta que hayáis pasado por caja, que como bien sabéis no está el horno para bollos. Gracias un año más por vuestro apoyo, vuestros comentarios y en general por seguir ahí. ¡Feliz 2012!

Los amigos de Eddie Coyle
George V. Higgins
Libros del Asteroide
Se publicó en 1970 y Noguer la editó entre nosotros tres años más tarde con el desagradable título de El chivato, coincidiendo con el estreno de la extraordinaria adaptación fílmica de Peter Yates, protagonizada por Robert Mitchum, Richard Jordan y Peter Boyle. Desde entonces había permanecido imperdonablemente ausente de nuestro mercado y tiene, sin lugar a dudas, mi voto para reedición del año. Es un relato breve, conciso, puro magro; un claro punto y aparte en la tradición de la novela negra más naturalista que abrió el camino a una nueva tendencia centrada no en el delito de turno sino en la descripción de todo un estamento social que abarca a policías y criminales por igual, no tanto como fuerzas enfrentadas, ni siquiera como las dos caras de la misma moneda, sino como miembros de una gran familia que operan en paralelo y al mismo nivel. Construida en torno a un reparto coral de profesionales del mundillo criminal de Boston (más que profesionales habría que decir “curritos”, para no dar una falsa imagen de glamour, de la que carecen por completo), Los amigos de Eddie Coyle compone un retrato de ambiente vívido, creíble y humano, narrado mediante un estilo que se diría tallado en mármol: preciso, cortante. Decía Donald Westlake que toda ficción comienza por el tipo de lenguaje que se pretende utilizar, y el de Higgins, basado principalmente en los diálogos y la acción, es básicamente el de sus personajes. No se aprecia una distancia ni una separación entre lo que va aconteciendo y la manera de narrarlo; la inmersión del lector en el ambiente es completa. Existe una edición americana con un excelente prólogo en el que Elmore Leonard describe el impacto que le produjo en su día la lectura de la novela y cómo le llevó a dar un giro completo, tanto estilístico como temático, a su carrera. Aunque el de Dennis Lehane que antecede la edición de Libros del Asteroide es menos interesante, supongo que ambos dan buena muestra de lo alargada que sigue siendo la sombra de Higgins y la de esta novela en particular.
Más sobre Los amigos de Eddie Coyle en esta reseña de Adrián Sánchez.

Dr. Glas
Hjalmar Söderberg
Alfabia
Otra recuperación, en este caso la de una extraordinaria (y no menos concisa) novela sueca que, al amparo de su brevedad y aparente laconismo, golpea con la potencia y la precisión de un púgil en estado de gracia. La traducción, del malogrado Gabriel Ferrater, es la misma utilizada por Seix Barral en su olvidada edición de 1968 y está realizada a partir del inglés en vez del original, algo que en principio suele producirme rechazo, si bien hay que reconocer que, salvo por un par de anacrónicas excepciones, fluye con gran frescura. Si el tópico a la hora de referirse a Dr. Glas es que resulta una novela sumamente moderna, también hay que decir que, desde luego, está plenamente fundado. En mi caso, desconociéndolo prácticamente todo acerca de Söderberg, salvo que había fallecido en los años cuarenta, me pasé más de medio libro convencido de que no podía tratarse sino de una de sus últimas obras. ¡Cual no fue mi sorpresa al averiguar que había sido escrita en 1905! Sin embargo, su vigencia y capacidad de sorpresa no descansan únicamente en los elementos que más suelen llamar la atención de los reseñistas: el carácter contemporizador del narrador, sus puntos de vista críticamente pragmáticos acerca de temas como el aborto, la eutanasia y el crimen, su soterrada repulsa de las convenciones… elementos que, en fin, no sé si realmente hacen moderno a Söderberg o más bien ponen de manifiesto lo antiguos que seguimos siendo nosotros. El caso es que también hace gala de unos mecanismos sumamente contemporáneos en el modo de narrar; tan contemporáneos, de hecho, que lo primero que me vino a la cabeza nada más comenzar a leer fue el Wilson de Daniel Clowes. No, en serio. Al igual que la celebrada novela gráfica del de Chicago, Dr. Glas nos presenta una narración fragmentada y episódica, creada en este caso a partir de anotaciones dispersas en un diario, mediante las que el protagonista y narrador, el doctor Tyko Gabriel Glas, treintañero virgen, sin amigos e inadaptado, aprovecha para ventilar sus neuras y manías con cierta distancia no exenta de humor y patetismo. Lo bueno de poder leerse la novela en una o dos sentadas es que, rápidamente, de entre los fragmentos, algunos de ellos verdaderas perlas en sí mismos, comienza a surgir un retrato perfectamente cincelado tanto de Glas como de su entorno, así como un hilo conductor tierno y triste, centrado en las penas amorosas de una joven paciente casada con un clérigo rijoso, que poco a poco va apoderándose de la obra hasta conducirla a su demoledor desenlace. (Demoledor, dicho sea de paso, siempre y cuando se salte uno el inoportuno y delator prólogo). Una novela que induce a múltiples relecturas.
Más sobre Dr. Glas en esta reseña de Robert Saladrigas.

El salario del miedo
Georges Arnaud
Editorial Contraseña
Contraseña se está convirtiendo rápidamente, junto a Sajalín, en mi nueva editorial favorita. Gran parte del motivo salta a la vista: su impecable diseño de cubiertas, que se sirve con acierto de una maqueta clasicista pero elegante mediante la que potenciar el trabajo de una acertada selección de ilustradores contemporáneos. La otra razón es, evidentemente, su selección de autores, una apropiada mezcolanza de clásicos y semiclásicos venidos de todos los rincones del globo, desde la norteamericana Edith Wharton al japonés Ogai Mori, pasando por otros como el checo Vladislav Vančura, el ucraniano Vsévolod Garshin o éste que aquí nos ocupa: el francés Georges Arnaud, autor de la que probablemente sea la novela más cruda y desesperanzada que se haya publicado este año. A nadie que haya visto la estupenda adaptación cinematográfica realizada por Henri-Georges Clouzot en 1953 le extrañará saber que el libro de Arnaud es completamente inmisericorde a la hora de describir la podredumbre moral y la desazón existencial de sus protagonistas, una recua de expatriados europeos varados en un pueblucho sudamericano situado junto a una explotación petrolera estadounidense. Pero por muy preparado que esté uno, cuesta no sorprenderse ante la desnuda brutalidad del relato, ante la descarnada amoralidad de sus personajes, ante la meridiana desolación de su entorno. Veo mucho de Céline tanto en la figura como en la prosa de Arnaud, y El salario del miedo es también, en gran medida, un viaje al fin de la noche, sólo que la propia naturaleza de la trama, el hecho de que toda la novela gire en torno a un trabajo poco menos que suicida (transportar dos camiones cargados de nitroglicerina con la que apagar un incendio en un pozo), aceptado únicamente porque promete la posibilidad de dejar atrás una existencia miasmática, hace que todo sea mucho más urgente y feroz, acelerado, al grano. Decía Vázquez Montalbán a propósito de El salario del miedo que “es una obra maestra, como lo es El tercer hombre, de Graham Greene, y traigo a colación esta obra del escritor inglés porque, como la de Arnaud, plantea la cuestión de qué es mayor y menor en Literatura”. Ya sabéis que aquí en Cultura Impopular dicha cuestión nos la pela soberanamente; la literatura es buena o mala, nunca mayor o menor. Pero valga el comentario de Montalbán como constatación para aquellos que todavía viven preocupados por el tamaño (metafórico) de sus libros: lo de Arnaud es puro caviar. Teñido de hiel, pero caviar al fin y al cabo.

Mía es la venganza
Friedrich Torber
Sajalín
Por segundo año consecutivo, Sajalín encabeza mi ranking de nuevas editoriales merced a una selección de autores que difícilmente podría estar más en consonancia con mis gustos personales. Por supuesto, también influye el hecho de que hasta ahora no les haya leído ni un solo título flojo. Debo reconocer que, a pesar de todo, me aproximé con cierta cautela a este librito del austriaco Friedrich Torber, compuesto por dos relatos que, sumados, ni siquiera llegan a las 120 páginas; máxime cuando uno de ellos resulta estar ambientado en un campo de concentración nazi. Empieza uno a estar un poco cansado de que se la quieran dar con queso amparándose en la fórmula escritor centroeuropeo más tema trascendente. ¡No es el caso! Publicado originalmente en 1943 (antes, por tanto, de que hubiera acabado la guerra y el verdadero alcance del horror de los campos de exterminio hubiese sido revelado), Mía es la venganza puede leerse en la actualidad como, alternativamente, prolegómeno o epílogo a toda la narrativa del holocausto, además de como una lúcida exploración de las raíces metafísicas del mismo. Una exploración que en un principio sorprende por su profundo calado y por una clarividencia que podría llevarle a uno a presuponer una distancia mucho mayor respecto a los hechos narrados. Pero quizá, precisamente, una obra como ésta, tan depurada y reducida a la esencia, que prescinde en gran medida de la descripción física de la violencia, que renuncia a la numerología del exterminio para concentrar su reflexión en una doble pregunta que podríamos resumir groseramente en “¿por qué nos matáis y por qué lo permitimos?”, sólo podría haberse escrito entonces, antes de que el hecho mismo del holocausto quedase grabado de tal manera en la conciencia colectiva que cualquier escritor se sentiría previsiblemente abrumado e incapacitado para pretender abarcar tal espanto en poco más de sesenta páginas, despojadas en su mayor medida de todos aquellos elementos que la cultura popular ha asociado indeleblemente al holocausto en nuestro cerebro. Torber usa como título de su relato una cita bíblica extraída de Romanos 12:19 (“No os venguéis vosotros mismos… pues Mía es la venganza”), la cual encapsula el dilema esencial de sus personajes: ¿es realmente lícita la venganza? ¿Va la resistencia violenta ante el verdugo en contra de los designios de Dios? Y por extensión: ¿acaso disponemos de otros tipos de venganza o retribución? ¿Puede ser la literatura, la cultura, la transmisión de lo acaecido, uno de ellos? Preguntas todas ellas para las que, quizá, el lector contemporáneo creerá tener respuestas claras y definitivas de antemano. Uno de los mayores milagros de la prosa de Torber es que su absorbente narración sea capaz de conseguir que dichos dilemas vuelvan a resonar en nuestra cabeza no sólo durante la lectura de la misma sino mucho, mucho después.
Más sobre Mía es la venganza en esta reseña de Rafael Díaz Santander.

Libertad
Jonathan Franzen
Salamandra
Resulta completamente lógico que la ineludible presencia de esta novela en prácticamente todas las listas de “lo mejor del año” plantee de inmediato la siguiente cuestión: ¿De verdad es para tanto? Particularmente si dichas listas (1) aparecen encabezadas por ñordos como Solar (¡y lo digo como fan acérrimo de McEwan, convencido de que nunca iba a escribir un libro peor que Sábado!), (2) incluyen un tocho del director del periódico para el que trabajas como segunda mejor obra de no ficción del año, y (3) parecen hechas por un robot: me pones un nóbel, un par de autores de la casa, la última novela de un veterano nacional incontestable y un par de fenómenos mediáticos. Este último, el de fenómeno, es precisamente el papel que está jugando la novela de Franzen, vendida ya, desde la misma faja que abraza su portada, como un “evento”. Y sinceramente sospecho que si Libertad ha acabado colándose en prácticamente todas las listas de los suplementos culturales ha sido más por ese aura de “incontestabilidad” que por sus méritos como obra de arte. Y es una verdadera lástima. Porque tenerlos los tiene. A raudales. ¿Es mejor que Las correcciones, la anterior y celebradísima novela de Franzen? Para mi gusto sí, sin duda. Abajo he enlazado una crítica muy bien razonada que, además de esbozar perfectamente la trama del libro, afirma lo contrario y curiosamente aduce para ello los mismos motivos que esgrimiría yo para argumentar mi defensa. “No construye un lenguaje alternativo ni propone novedades a nivel de inteligibilidad”, dice su autor, y desde luego tiene toda la razón. Pero es precisamente ese alejamiento de la herencia de Pynchon y DeLillo, ese abandono parcial del juego continuo y un tanto exhibicionista con el lenguaje que para mi gusto lastraba y alambicaba en exceso Las correcciones, el que hace que Libertad suponga un nuevo peldaño en la trayectoria de Franzen. Por momentos casi se diría que el norteamericano ha renunciado por completo al posmodernismo y se ha vuelto dickensiano, que está recreando la novela del XIX en un entorno contemporáneo, pero no sería del todo cierto. Libertad sigue haciendo gala de los característicos juegos formales, idiomáticos y metaliterarios de su autor, simplemente da la impresión de que esta vez no ha sentido la necesidad de ser brillante en todas y cada una de las páginas. Con ello ha conseguido no sólo que la narración fluya muchísimo mejor sino también que las perlas estilísticas ganen lustre e intensidad. Personalmente, si algo me interesa de Franzen no es tanto su ingenio y sus habilidades de malabarista de la sintaxis como su talento narrativo. Entiendo perfectamente que haya lectores a los que les parezca un autor irritante que escribe sobre personajes odiosos. A mí también me irrita. Me irritaron las primeras páginas de Las correcciones y me han irritado las de Libertad. Y sin embargo, por debajo de ambas novelas, discurre un pálpito genuino y emocional que por momentos va más allá de la simple verosimilitud. Y si uno se deja llevar por ese pálpito, si se deja conducir por la trama, poco a poco se irá dando cuenta de que realmente está sintiendo y padeciendo con y por esos mismos personajes que en un primer momento le parecieron completamente ajenos cuando no repelentes. Y eso, en cierto modo, no deja de ser extraordinario.
Más sobre Libertad en esta reseña de Hugo Fontana.

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Anagrama
Aunque su anterior Una novela rusa me decepcionó un poco, sigo teniéndole mucho respeto a Emmanuel Carrère. No sólo escribió esa barbaridad que es El adversario sino que también es autor de Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, una excelente biografía de Philip K. Dick que fue uno de los motivos de que me animase a crear Es Pop (decidí que ese era precisamente el tipo de libro que me apetecía editar). Tenía, por tanto, que darle una oportunidad a este Vidas ajenas, por mucho que el texto de contraportada me predispusiese en contra. Francamente, no tenía demasiadas ganas de leer un libro sobre “dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido”. Sin embargo, la extraña capacidad de Carrère para parecer simultáneamente ensimismado y, a pesar de todo, extremadamente empático con aquellos sobre los que escribe le permite esquivar con éxito lo que en manos de un autor menos habilidoso podría haber acabado siendo un insalvable campo de minas. Los sucesos narrados en Vidas ajenas son ciertamente dramáticos y, por momentos, francamente espantosos, pero Carrère es perfectamente consciente de que, aunque pueda compartir el espanto, el drama propiamente dicho no le pertenece, no es suyo. Existe, pues, cierta distancia de observador y una voluntad evidente de esquivar el melodrama, la literatura fácil. Dicha distancia, en cualquier caso, no es clínica ni aséptica, sino simplemente respetuosa a partir de un reconocimiento tácito: el de nuestra incapacidad para aprehender en su totalidad el dolor que no hemos experimentado, por mucho que lo compartamos. Habrá lectores que consideren el continuo yoísmo de Carrère enervante. En mi caso debo decir que es precisamente su negativa a esconderse, a pasar desapercibido, la que hace que lo narrado me resulte digerible y paradójicamente cercano, pues si algún punto de vista puede servirme de asidero a la hora de abordar el libro no es, afortunadamente, el de los padres que han perdido a su hija en una catástrofe natural ni el de las niñas que han perdido a su madre por culpa del cáncer, sino el suyo, el del observador del dolor ajeno (en este sentido Carrère está adoptando básicamente un punto de vista voyerístico, más cercano al de su futuro lector que al de sus protagonistas). Las primeras 60 páginas de Vidas ajenas, en las que se describen los efectos del tsunami de 2004, son en este sentido modélicas. Posteriormente el libro pierde un poco de fuelle con la introducción de Étienne, un juez cojo cuya inclusión en la historia parece en un principio un poco forzada por la voluntad de crear cierto juego de espejos, esta vez sí, demasiado premeditadamente literario para un volumen que juega esencialmente la baza de la no ficción. Afortunadamente, a la larga su presencia acaba demostrando estar plenamente justificada y brinda, además, uno de los pasajes más fascinantes e instructivos del libro: el dedicado a su lucha contra los abusos de las entidades de crédito. En última instancia, el tramo final de Vidas ajenas acaba siendo tan inevitablemente desolador, tan emotivo dentro de su contención, que termina uno con la sensación de que abordar estas dos historias de muerte con la brutal franqueza con la que lo hace aquí Carrère es, en realidad, la mejor celebración posible del hecho de vivir. Porque si algo transmite la lectura de Vidas ajenas es precisamente eso: ganas de salir ahí afuera a vivir.

Sábado por la noche y domingo por la mañana
Alan Sillitoe
Impedimenta
Primera obra de uno de los autores clave de la literatura británica de la segunda mitad del siglo XX, firmante también de otra novela decisiva: La soledad del corredor de fondo. Crónica social a través de lo personal, narra con suma agudeza y envidiable economía de medios la existencia monótona y más bien vacía de Arthur, un joven de 22 años con empleo en una fábrica y dos únicos objetivos en la vida: salir todos los sábados y a ser posible acabar siempre la velada en compañía femenina. Es de 1958, pero sigue resonando con la misma relevancia que entonces. Y nunca volverás a contemplar una botella de ginebra junto a la bañera de la misma manera.

Mata a tus ídolos
Luc Sante
Libros del K.O.
Una de las noticias más estimulantes de este último año para nosotros ha sido el lanzamiento de esta nueva editorial que nace con el objetivo de “recuperar el libro como formato periodístico”. De entre sus tres primeros títulos éste probablemente sea el menos sorprendente (o al menos parece, a priori, una opción menos arriesgada que, por ejemplo, El monstruo, memorias de un interrogador) pero también resulta ser el más jugoso. Como todas las recopilaciones de artículos, el disfrute de cada uno de los textos depende hasta cierto punto del interés que pueda sentir el lector por el tema a tratar, pero como en este caso prima con diferencia lo cultural y contracultural (Hergé, Terry Southern, Walker Evans, Dylan, Mapplethorpe, etc.) el lector habitual de Es Pop debería encontrar puntos de referencia de sobra como para exprimir debidamente la certera prosa de Sante. Adelanto en PDF.

Cuentos completos de terror, locura y muerte
Guy de Maupassant
Valdemar
Impresionante compendio de casi mil páginas en el que Mauro Armiño ha reunido todos los cuentos de “terror, locura y muerte” de uno de los grandes e indiscutibles maestros de la narrativa breve. Cualquier recopilación que incluya “El Horla” ya merece sobradamente la pena. Ésta reúne, además, otro centenar de relatos angustiosos, turbios, crueles, pero también ácidos y divertidos. Para tener al lado de la cama.

Mucha muerte
Max Aub
Cuadernos del Vigía
Elegante y vistosísima reedición (¡en bitono!) de los Crímenes ejemplares de Max Aub, complementados por nuevas piezas de corte similar rescatadas del olvido y recuperadas por primera vez en libro. La prosa de Aub es una delicia, su ingenio inagotable y su sentido del humor deliciosamente macabro. La maqueta se integra a las mil maravillas con el texto, poniendo de relieve su naturaleza eminentemente juguetona en uno de los libros mejor diseñados del año. Imprescindible.

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Domingo 25 de diciembre de 2011

Cuando Werner encontró a Cormac

Haciendo limpieza de fin de año acabo de darme cuenta de que tenía en borrador desde el mes de abril esta curiosa conversación entre Werner Herzog y Cormac McCarthy para el programa radiofónico Science Friday, al que acudieron acompañados por el físico Lawrence M. Krauss. La tesis de este último es que tanto la ciencia como el arte realizan la misma pregunta fundamental: ¿quiénes somos y cuál es nuestro sitio en el universo? Y para ahondar en tal cuestión nada mejor que escucharse entero el podcast que recoge la charla entre estos dos titanes de la cultura contemporánea. A continuación transcribo y traduzco algunos de los puntos álgidos.

Cormac McCarthy.

Lawrence Krauss: Para mí es evidente que tanto la ciencia como el arte plantean las mismas preguntas. Lo mejor que hace la ciencia es obligarnos a replantearnos nuestro lugar en el cosmos. De dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Y esas son las mismas preguntas que aborda el arte, la literatura, la música. Cada vez que lees un libro maravilloso o ves una película estupenda, sales con una perspectiva distinta sobre ti mismo. Y demasiado a menudo me parece que olvidamos ese aspecto cultural de la ciencia.

Cormac McCarthy: A mí siempre me ha interesado la ciencia, particularmente la física. Mi hermano y yo solíamos acudir a las presentaciones que se realizaban en el Instituto para las Ciencias de Santa Fe. Me parece que es algo que ayuda, poder hablar de cosas factuales, en las que hay un acuerdo. Resulta difícil llegar a algún acuerdo en las artes. Cada vez que hay que dar un premio, por ejemplo, es realmente complicado llegar a un consenso sobre quién debería recibirlo. En literatura y en las artes visuales resulta francamente difícil. Pero si hablamos de una teoría física, mira tú, o es cierta o no lo es. Organizas un experimento, le dices a los demás lo que estás buscando y si lo encuentran está ahí y si no, no. Eso me gusta.

Lawrence Krauss: Me resulta fascinante oírte decir eso, porque supongo que, como seres humanos, nos encanta imaginar no sólo el mundo tal como es, sino el mundo como podría ser, la esperanza de mundos mejores. Y eso está muy bien, es importante, pero esa moneda tiene dos caras. Una es que tenemos que aceptar que el mundo en el que vivimos es lo que es, y si la gente reconociese que el mundo es como es, tanto si nos gusta como si no, creo que el modo en el que se comportan las personas cambiaría notablemente. Pero al mismo tiempo, creo que debemos reconocer también que en ocasiones el universo real es más fascinante de lo que podemos imaginar, y puede servir de acicate a nuestra imaginación, no sólo como científicos sino, sospecho, como artistas. Es otro buen motivo para mantenerse al día con algunas de las cosas fantásticas que están sucediendo en el mundo.

Werner Herzog (izquierda) durante el rodaje de La cueva de los sueños olvidados.

Werner Herzog: En mi caso, por ejemplo, una película como Fitzcarraldo, para la cual tuvimos que trasladar un enorme barco a través de una montaña en la jungla amazónica, tuvo su origen en Bretaña, en la costa noroccidental de Francia, donde uno encuentra dólmenes y menhires neolíticos, enormes construcciones de piedra erigidas por millares en hileras paralelas. Y estaba allí sentado intentando pensar cómo lo habría hecho yo si hubiera sido una persona del neolítico, sin maquinaria moderna, y se me acabó ocurriendo un método que en esencia fue el que utilicé para mover el barco por la montaña. Me había enfadado mucho porque un pseudocientífico había postulado que aquellas piedras eran tan pesadas que sólo antiguos astronautas de otros planetas podrían haberlas levantado, y pensé: “Menuda idiotez”. Me irritó tanto que tuve que ponerme a idear un método. Y eso es lo que en última instancia me llevó a trasladar un barco por la selva.

Locutor: Cormac, cuando hablas con científicos, ¿hacen que te sientas pesimista u optimista?

Cormac McCarthy: Algunos de mis amigos probablemente te dirían que es difícil volverme más pesimista. Pero… no sé. Soy pesimista acerca de muchas cosas, pero no creo que deba uno vivir agobiado por ello. El hecho de que mi punto de vista sobre el futuro sea tan lúgubre es en realidad reconfortante, porque así lo más probable es que me equivoque.

Werner Herzog: Yo creo que Cormac no se equivoca, porque resulta bastante evidente que el ser humano como especie desaparecerá en un periodo bastante breve. Cuando digo breve me refiero a dos mil o tres mil años, quizá treinta mil años, quizá trescientos mil, pero no mucho más, porque somos mucho más vulnerables que otras especies, a pesar de poseer cierto grado de inteligencia. No me pone nervioso el hecho de que relativamente pronto tendremos un planeta que no contiene seres humanos.

Lawrence M. Krauss.

Lawrence Krauss: Es curioso que digas eso porque, como científico, oscilo entre ambas posturas. Hay días en los que sí imagino un futuro tan crudo como el de La carretera, porque la humanidad como conjunto no ha demostrado demasiada inteligencia a la hora de apreciar el modo en el que su comportamiento afecta globalmente al planeta. Al mismo tiempo, estoy de acuerdo con Werner, pero no estoy tan seguro de que vayamos a desaparecer porque nos destruyamos nosotros mismos. Podríamos desaparecer por otras causas.

Werner Herzog: Yo tampoco estaba pensando en la autodestrucción. Podría pasar, por supuesto. Pero hay muchos otros sucesos imaginables que podrían aniquilarnos de manera instantánea.

Lawrence Krauss: Sin duda. Eso puede que sea inevitable. Nos gusta imaginar que somos el pináculo de la evolución, pero yo lo dudo. De hecho me parece bastante evidente que, a largo plazo, los ordenadores, si seguimos desarrollándolos como especie, acabarán por adquirir conciencia y probablemente serán muy superiores a nosotros, por lo que la biología deberá de alguna manera adaptarse a ellos. Las películas siempre muestran a los ordenadores como los malos, pero no sé por qué debería ser el caso. Si adquieren conciencia no tendrían por qué ser peores que nosotros. Mi amigo Frank Wilczek siempre se pregunta si abordarían la física del mismo modo. Así que puede que desaparezcamos como especie simplemente por pasar a ser irrelevantes. Pero estoy de acuerdo con Werner y con Cormac, creo que no deberíamos deprimirnos porque el ser humano vaya a desaparecer, deberíamos estar encantados de estar aquí ahora mismo. No veo propósito alguno en el universo, pero eso no me deprime, simplemente significa que deberíamos aprovechar al máximo nuestro breve momento bajo el sol.

Werner Herzog: Nuestro lugar en el universo es éste de aquí. Es lo que tenemos y nada más. El resto es hostil. No podemos huir de nuestro planeta. Los demás planetas del sistema solar no son atrayentes. Y la siguiente estrella está a sólo cuatro años y medio luz, pero a nuestra velocidad máxima tardaríamos 110.000 años en llegar hasta allí. Cientos y cientos de generaciones que no sabrían ni adónde se dirigen. Durante el viaje habría incesto y locura y asesinatos. Y no podemos disolvernos en partículas de luz como en Star Trek y transportarnos a donde sea. Nuestro sitio es éste, éste es nuestro lugar, así que más nos vale cuidarlo. En ocasiones, por supuesto, uno se siente a disgusto. Es como lo que me pasó a mí trabajando en la selva: tras muchas penurias llegué a la conclusión de que, sí, muy a mi pesar, amo la selva.

Werner Herzog: “Amo la selva a mi pesar”.

Cormac McCarthy: Si analizas los clásicos de la literatura, están construidos en torno a la idea de la tragedia. Uno no aprende demasiado de las cosas buenas que le van sucediendo. Pero la tragedia está en el centro de la experiencia humana y es a lo que tenemos que enfrentarnos, es lo que hace que la vida sea difícil y es de lo que queremos aprender, es aquello a lo que queremos saber cómo enfrentarnos, porque es inevitable, no hay nada que podamos hacer para prevenirlo. Así que, ¿cómo te enfrentas a ello? Y toda la literatura clásica habla de cosas que le suceden a individuos que habrían preferido no experimentarlas.

Locutor: Werner, tu nueva película, La cueva de los sueños olvidados, muestra el triunfo de la experiencia humana.

Werner Herzog: Sí que lo hace, porque hay que imaginar que hace 73.000 o 74.000 años se produjo una gigantesca explosión volcánica en Sumatra que casi aniquiló por completo a toda la raza humana. Se dio lo que llamamos el efecto “cuello de botella”, todavía discutido entre científicos, pero al parecer el número de seres humanos quedó por debajo de los 10.000, se habla incluso de sólo 2.000. Empezaron a recuperarse y después vino, por supuesto, la edad de hielo. Hay que imaginarse hace 35.000 años casi toda Europa cubierta de hielo, los Alpes bajo 3.000 metros de hielo. Un mundo completamente distinto, habitado por rinocerontes peludos, mamuts, leones en el sur de Francia. Y de repente estas pinturas [las de Chauvet-Pont-d'arc] nos muestran que de ahí es de donde venimos. Que ahí empezó nuestro espíritu, nuestra naturaleza, nuestra alma de hombre moderno.

Cormac McCarthy: Para mí lo más interesante de las cuevas es la longevidad de esta escuela artística. Las más antiguas que conocemos son las de Chauvet y son de hace 32.000 años. Y si miramos las del periodo magdaleniense, que son de hace 11.000 años, han transcurrido 20.000 años y las pinturas son prácticamente iguales. El uso de la perspectiva, el estilo, sus constantes; para mostrar por ejemplo que la pierna de un animal no está delante sino detrás la desconectan del cuerpo. Todas estas cosas persistieron, y si miramos las pinturas de Chauvet son en realidad iguales, la misma escuela de pensamiento, la misma escuela artística, el mismo tipo de obra. Eso me resulta asombroso, que haya podido existir una escuela artística que se haya mantenido durante 20.000 años. Nunca he oído a nadie hablar sobre eso y estaría enormemente interesado en saber lo que piensan las personas que lo han estudiado. Evidentemente ahí hay una cultura. Los artefactos surgen de una cultura, tiene que haber una cultura antes. Y obviamente ahí hay una cultura muy fuerte y muy rica que se mantuvo durante miles y miles de años. De hecho, cuando llegamos al periodo de las primeras ciudades, como Çatal Höyük, lo primero que encontramos son pinturas de toros en las paredes. ¡Y no son tan buenas! El arte había entrado ya en declive (risas). La otra cosa de la que no parece hablarse mucho es que uno no entraba en la cueva y se ponía a pintar sin más. Había que aprender a hacerlo antes. De modo que evidentemente debían practicar antes, probablemente al aire libre. Porque cuando entraban en la cueva para pintar en la pared, mira tú, eran pintores bastante buenos. Nadie ha encontrado restos de una obra pintada por ineptos.

Pintura de un oso hallada en Chauvet.

Werner Herzog: Lo fascinante de las pinturas en la cueva de Chauvet es que parece como si todo un mundo hubiera sido articulado y casi inventado, los animales son realistas y a la vez parecen una invención, fruto de la fantasía. Y ahora quisiera hablar un poco de Cormac, porque lo mismo pasa en su obra, él también inventa paisajes enteros. Inventa los caballos, al describirlos de un modo que nunca habíamos oído con anterioridad. Cormac inventa todo un paisaje desconocido para nosotros, aunque ya pareciera existir en, pongamos, la obra de Faulkner y su profundo Sur, o en el modo en el que Conrad describe el Congo y la jungla y los misterios. Su literatura no carece de precedentes, tiene el mismo calibre que hemos visto en, por ejemplo, las dos últimas páginas de Moby Dick. Melville. Lo hemos visto en lo mejor de Faulkner, en lo mejor de mi escritor favorito del siglo XX, el autor de Tifón y El negro del Narciso, Joseph Conrad, cuyo lenguaje materno ni siquiera era el inglés. Y qué gran estilista. Pero durante décadas no habíamos visto literatura con un lenguaje y un estilo equiparable al tuyo. Punto.

Cormac McCarthy: Vaya, eres muy generoso. No sé. Esta mañana estaba pensando que debería releer Spotted Horses, el relato de Faulkner, porque se me ocurre que lo que tiene de absorbente ese relato es su pura exuberancia y exageración. Esos caballos locos y salvajes que han escapado del corral y corren campo a través, y uno de ellos cruza un puente y se encuentra con un carro que viene de frente y creo que Faulkner lo describe apartándose “y trepando a un árbol como una ardilla”. (Risas) Bueno no parece demasiado factible, pero resulta francamente evocador.

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Domingo 18 de diciembre de 2011

Historias del barrio

El centro de Palma, esa urbe que los peninsulares tienen la extraña manía de denominar metonímicamente Mallorca y que los mallorquines llamamos con característica pachorra isleña “Ciutat” (como para dejar claro que, efectivamente, es la única que tenemos), ha cambiado mucho en estos últimos treinta años. Para saber cuánto, uno no tiene más que asomarse a las páginas de Historias del barrio, un cómic escrito por Gabi Beltrán y dibujado por Bartolomé Seguí que he tenido el honor de prologar. Y cuando utilizo la palabra “honor” no lo hago con la boca chica. Gabi, como ya sabrán los más avezados seguidores de Es Pop Ediciones, es también un excelente ilustrador y el diseñador de nuestro logo, ese pulpo marciano que nos observa siempre con su único ojo desde la columna derecha. Seguí, por su parte, es desde hace muchísimo tiempo uno de mis dibujantes favoritos y, junto a Max, creo que el más claro ejemplo para los lectores de mi generación de que no sólo era posible dedicar tu vida al cómic (o a la escritura o a las artes en general), sino que era posible dedicar tu vida al cómic siendo mallorquín (supongo que en estos tiempos de globalización e interconectividad las cosas habrán cambiado, pero si algo recuerdo perfectamente de mi infancia es esa sensación de, perdonad la perogrullada, aislamiento; la idea de que todo aquello que más nos gustaba, los tebeos, las películas, los libros… tenía que venir indefectiblemente de fuera). Juntos, Gabi y Tomeu han parido una obra tan personal, tan sentida, tan dolorosamente sincera y tan… sí, tan mallorquina dentro de su universalidad, que me hace verdaderamente feliz haber tenido la posibilidad de colar mi nombre entre sus páginas. Igual que me alegra comprobar que, en apenas un par de semanas, han comenzado a proliferar las reseñas de aquellos que, como yo, consideran Historias del barrio uno de los mejores tebeos del año. Aquí os dejo, pues, el prólogo, esperando que sirva para abriros un poco el apetito. Que lo compréis, vaya.

Historias del barrio
De ciertos autores suele decirse, cuando dan realmente en el clavo, que «han nacido» para producir tal o cual obra. Sin embargo, yo jamás me atrevería a afirmar que Gabi Beltrán nació para escribir Historias del barrio, ya que me parece que no estaría sino restándole méritos y ninguneando el verdadero valor de su trayectoria como historietista en general y de estas memorias de adolescencia en particular: creo que aquí lo importante no es que Gabi naciera para escribirlas, sino que ha vivido para contarlas. Puede que de buenas a primeras la frase parezca excesivamente melodramática, pero cualquiera que creciese durante los años ochenta en el barrio chino de Palma (o en Palomeras; o en La Mina; o en Almanjáyar; o en Bilbao la vieja; desgraciadamente no será por falta de equivalentes) captará perfectamente el matiz.


Historias como las aquí reunidas raras veces se cuentan «desde dentro». Ciertamente, situaciones y calles como las descritas por Gabi llevan ejerciendo una poderosa atracción sobre todo tipo de pintores y escritores desde que el arte es arte. Sin embargo, son unas calles y unas situaciones a las que el artista suele asomarse desde fuera, mediante una aproximación más o menos sincera, más o menos veraz, más o menos descriptiva, pero pocas veces tan genuina, porque en el fondo dicho artista nunca dejará de ser un espectador. Y por mucho que uno se sumerja en el ambiente, por mucho que llegue a meterse hasta las trancas y se revuelque en el malditismo, la granujería, «la bohemia» o lo que sea con lo que pretenda darle un aire de (innecesaria) legitimidad a su arte, siempre seguirá teniendo, por una parte, el conocimiento de que ha elegido su destino de manera voluntaria y, por otra, la disimulada pero persistente convicción de que, si las cosas se ponen verdaderamente feas, siempre podrá recorrer el camino a la inversa. Y esos dos detalles son los que marcan la insalvable diferencia entre el que siempre será visitante en un lugar y el que se siente irremediablemente atrapado por él.

Calles como estas dan la bienvenida a los artistas, pero no tienen por costumbre engendrarlos. No porque los que las habitan anden faltos de capacidad para ello, sino simplemente porque sus aceras carecen del abono necesario para que brote el germen que llevan dentro. Como muy bien dice uno de los personajes de este tebeo, por muy listo que pueda ser un colega «en este barrio eso no le servirá de nada». El día a día se impone y la posibilidad de escapar no es sino una ilusión muy poco pragmática, algo de lo que uno nunca deja de ser perfectamente consciente. (Dicha condición, me atrevería a decir, se ve redoblada en el caso de nuestros protagonistas por el mero hecho de ser isleños; cuando tu mundo es tan pequeño que resulta imposible ignorar los límites físicos del mismo, esa sensación de encajonamiento, de destino inexorable, se multiplica por mil: ¿cómo va a poder sostener uno la fantasía de poner pies en polvorosa y kilómetros de por medio cuando, vayas en la dirección que vayas, nada te espera sino la infranqueable barrera del mar?).


Así pues, este álbum es en realidad el relato de una huida. Una huida que comienza con los primeros y tímidos intentos, aquí descritos, de Gabi por escapar a su entorno y que culmina, treinta años más tarde, también aquí, en el hecho físico de tener entre nuestras manos estas historias que nos revelan todo aquello que se le pasaba por la cabeza entonces y que jamás se vio con ánimos o capacidad de contarle a sus amigos; esto último me parece particularmente importante, pues es lo que nos confirma que, aunque Gabi no haya dejado atrás el barrio (¿quién podría?) ha aprendido a vivir con él, a expresarlo y a integrarlo en un nuevo lenguaje que no era el que por cuna le «correspondía»: el del arte. Más concretamente, el del cómic.


Y es en este punto de la discusión cuando debo introducir necesariamente a Bartolomé Seguí. Tomeu lleva más de dos décadas siendo, en lo que a mí respecta, uno de los autores más infravalorados de nuestro país. Cierto: ahora que tiene un Premio Nacional del Cómic (por Las serpientes ciegas, junto a Felipe Hernández Cava) y que publica regularmente en Francia, parece que por fin se le está empezando a otorgar parte del reconocimiento que se merece como uno de nuestros mejores dibujantes en activo, pero en cualquier caso, con Historias del barrio demuestra una vez más que todos los halagos se le siguen quedando cortos. Cualquiera que haya visto aunque sólo sea unas páginas de Locus de Barna, ¿Coca o ensaimada? o El sueño de México ya se habrá dado cuenta de que Seguí narra y planifica como pocos y que, sobre todo, tiene un excepcional sentido del espacio y la dimensionalidad que siempre ha explotado al máximo en esas maravillosas panorámicas urbanitas tan características de sus historietas. Todo lo cual sigue estando presente en estas páginas. Lo que realmente me asombra de este trabajo, sin embargo, es el modo en el que se ha lanzado a reinventar por completo su estilo sin dejar por ello de ser fiel a sí mismo (compárese si no Historias del barrio con su nueva obra junto a Cava, Las raíces del caos, dibujada prácticamente al unísono: es evidente que ambas han salido del mismo pincel, pero casi se diría que están pensadas con hemisferios distintos del cerebro, algo que a mí personalmente me parece poco menos que milagroso). El trazo completamente suelto y ágil de los personajes remite al de tebeos como Lola y Ernesto o Luigi es Luis, pero reducido a su esencia, como aquí, resulta más seguro y expresivo todavía; por momentos, incluso conmovedor. Y el retrato a la vez riguroso pero nada envarado que realiza del entorno, esa Palma estilizada pero perfectamente reconocible, es puro Seguí.

Por todo ello y más, Tomeu ha demostrado ser el catalizador perfecto que necesitaban estas Historias del barrio, pues, por razones que no vienen al caso, Gabi no estaba dispuesto a dibujarlas personalmente. Lo cual no quiere decir que nunca hubieran llegado a materializarse; quizá algún día se hubiese animado a contarlas; quizá en prosa pura y dura. Pero, sinceramente, creo que no habrían tenido el mismo peso emocional. Aunque con el paso de los años le hayan acabado dando un buen número de disgustos, no creo que sea una exageración decir que, en cierto modo, las viñetas salvaron la vida de Gabi. Cuando menos, le dieron una dirección, un destino: la posibilidad de otra isla. Que Seguí decidiera poner su pincel al servicio de estas historias para asegurarse de que veían la luz del día es otra buena muestra de su olfato como narrador y de su generosidad como autor.


Juntos, Gabi y Tomeu han recreado con suma fidelidad y desarmante honestidad una Palma de Mallorca que, en gran medida, ha dejado de existir: los ruidos del aire acondicionado han sustituido al aroma a melón y sandía que asomaba en verano por todos los balcones abiertos del barrio, y las maravillosas bodegas del centro, como aquella a la que Gabi iba a comprarle vino al señor Paco (apostaría que la misma a la que mis padres me enviaban a rellenar los canecos de Gin Xoriguer, en la calle de la Llotgeta, frente al horno con las mejores magranetes del barrio), hace ya tiempo que desaparecieron, al igual que las carnicerías de carne de caballo, los bares como el Toronto (reconvertido ahora en una especie de cafetería de diseño) y los vendedores de periódicos junto a los semáforos del paseo marítimo. Y sin embargo… y sin embargo todavía quedan vestigios entre todo el barullo cosmopolita, entre todos los Starbucks y los Zaras y los mimos y los hombres invisibles y los mariachis que pueblan el centro de Palma tal como indefectiblemente pueblan cualquier capital turística globalizada de hoy en día; a la que cae la noche y las transitadas arterias comerciales, como la calle San Miguel y Vía Sindicato, se van vaciando de gente y el bullicio va remitiendo, uno toma nuevamente conciencia de la maraña de oscuras bocacalles que lo rodean y recuerda de repente que basta apartarse un poco de la senda para meterse de lleno en el laberíntico entramado de callejas que, como buena ciudad medieval, marca el anárquico trazado del casco antiguo. Y vuelve a intuir el mismo e inaprensible aire de amenaza y tensión con el que no le quedó más remedio que aprender a vivir treinta años atrás, cuando recorría sus calles a diario. Porque, por mucho que uno quiera alejarse, el barrio perdura. Perdura en las calles y ahora, también, para nuestra enorme fortuna, en estas páginas nacidas en ellas.

Más sobre Historias del barrio
· Perra adolescencia, artículo de Lucía González para El Mundo.
· Un relato de dura adolescencia, artículo de Laura Calvo-Serrano para la Agencia Efe.
· Una muy buena reseña de David Fernández para Zona Negativa.
· Reseña de Álvaro Pons en La cárcel de papel.
· El poder del barrio, columna de M. Elena Vallés en Diario de Mallorca.
· Buena entrevista de Víctor Conejo con Gabi, también en Diario de Mallorca.

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Jueves 15 de diciembre de 2011

Schulz en Mallorca

La semana pasada, en el suplemento cultural Bellver, de Diario de Mallorca, apareció publicado un extenso artículo de Florentino Flórez centrado en Charles Schulz y sus incombustibles Peanuts. Entre otras cosas habla a fondo de la biografía de David Michaelis que publicamos en Es Pop Ediciones hace ahora justo dos años. Aunque los contenidos de Bellver sólo permanecen online durante la semana siguiente a su publicación, podéis leer el texto íntegro en el blog del propio Florentino. A continuación extracto algunos párrafos referidos en concreto a la biografía:

Vida de un dibujante
Nuestra siguiente pieza en este recorrido es la biografía escrita por David Michaelis (Es Pop), una auténtica obra maestra. Sorprende por su profundidad psicológica y brillante estilo, también por la abundancia de información y las numerosas fuentes. [...] Es un trabajo absolutamente recomendable y abrumador.
Cada dato viene reforzado por una explicación exhaustiva que nos permite contextualizarlo. Así, hay descripciones apasionantes de cómo funcionaba el mercado de los cómics de prensa. O cómo era el ambiente en San Francisco cuando Schulz decidió echar una canita al aire en los sesenta. O en qué consistían los cursos por correspondencia como el que siguió y en el que luego participó como instructor. O cómo vivió la gran depresión, que llevó a su familia a desplazarse de un pueblo miserable a otro.
Por supuesto están todas esas curiosidades biográficas que se relacionan de manera natural con el material de sus tiras. De hecho, el libro hace algo muy inteligente: no cuenta con demasiadas ilustraciones, pero en casi todas las páginas aparece alguna tira de Peanuts en formato microscópico, relacionada con el tema tratado en ese capítulo. [...] Sin subrayados, Michaelis sugiere que muchos sucesos a los que se enfrentó el dibujante en su infancia y juventud fueron reelaborados más tarde en sus ficciones.

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Martes 13 de diciembre de 2011

Gastronomía oculta

Desde la semana pasada y hasta el próximo 8 de enero, el museo de arte contemporáneo Es Baluard, de Palma de Mallorca, acoge “Palma: Unofficial Tourism”, un proyecto del artista Iñaki Larrimbe en el cual he tenido el placer y la fortuna de colaborar, participando en la elaboración de una guía y un plano que ofrecen al visitante una serie de rutas alternativas a las del turismo más típico y tradicional. Copio de la nota oficial:

Palma: Unofficial Tourism es una intervención relacional y colaborativa en torno al fenómeno del turismo cultural en Palma. Para llevarla a cabo, Iñaki Larrimbe ha contado con la intervención de nueve colaboradores relacionados con la ciudad, que han realizado las rutas temáticas siguientes:
· Pedro Barbadillo: “Palma de cine”. Un recorrido por espacios relacionados con el mundo del cine.
· Pere Joan y Enriqueta Llorca: “Escaparates (con solera y peculiares)”. Comercios en donde el gusto o capricho personal sobrevive.
· Ata LaSalle: “Famosos”. Desmitificando la huella de algunos personajes populares.
· Jordi Martínez: “Palma urvana”. Edificios en construcción, en ruina, abandonados.
· Ana Nieto: “Palma-piscinas”. Un recorrido por algunas piscinas de la ciudad.
· Jordi Pallarès: “Intervenciones gráficas urbanas”. Intervenciones urbanas −de autor, pseudónimas o anónimas.
· Oscar Palmer: “Gastronomía oculta”. Descubrimos algunos tesoros gastronómicos desconocidos, en gran medida, por el turista.
· Marina P. de Cabo: “Palma la nuit”. Una selección de los locales emblemáticos de la noche palmesana.

Tanto la guía como los planos pueden recogerse gratuitamente en una caravana dispuesta para tal fin junto a la puerta del museo y también están disponibles en issuu. La guía, en castellano y catalán, puede verse y descargarse aquí. Y el mapa, en castellano, aquí. También hay versiones en inglés y en alemán, accesibles desde la página oficial del proyecto: www.unofficialtourism.com. Yo, mientras tanto, he subido a flickr una selección de las fotos que hice mientras preparaba la ruta, para la cual me permití dar rienda suelta a una de mis principales aficiones: darle gusto al estómago. Si tenéis curiosidad, podéis verlas todas en este set. ¡Cuidado que abren el apetito!

AutobomboManduca , Sin comentarios

Puedes ser lo que quieras. Lo único que tienes que hacer es salir ahí y convertirte en ello.
Bronco Billy
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