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El blog de Espop Ediciones

Martes 16 de junio de 2020

Al habla con Kevin Birmingham

Kevin Birmingham.

Este año, para celebrar el Bloomsday, hemos querido rescatar una excelente entrevista con Kevin Birmingham, autor de El libro más peligroso, sin duda uno de los mejores ensayos que hemos publicado en Es Pop. Centrado en la extraordinaria historia del Ulises, desde que Joyce tomara sus primeros apuntes en 1904 hasta su decisivo juicio federal por obscenidad en 1933, El libro más peligroso narra cómo la novela fue concebida, escrita, publicada, perseguida, juzgada y quemada antes de acabar adoptando su puesto como una de las grandes obras maestras de la literatura mundial. La entrevista la firmó Allison Adair para la revista Brooklyn Quarterly y puede leerse completa siguiendo el enlace. A continuación, traduzco un par de extractos:

¿Cree que el mismo Joyce consideraba Ulises un libro obsceno? Quiero decir: ¿le parece que estaba defendiendo la legitimidad artística de un texto supuestamente obsceno o realmente no consideraba que Ulises lo fuese?
No, no creo que lo considerase obsceno. Sabía que estaba traspasando límites literarios, pero no le parecía que dichos límites fuesen naturales ni que mereciesen obediencia. Cuando se enteró de que uno de sus familiares escondió el ejemplar del Ulises que le había enviado como obsequio, diciendo que no era una lectura apropiada, Joyce replicó: «Si Ulises no es una lectura apropiada, vivir no es una actividad apropiada». El objetivo de la obscenidad es tachar de ilegítima una categoría determinada de la experiencia, convertirla en indigna de ser debatida, y Joyce jamás habría aceptado eso. Los gobiernos ya le parecían entes lo suficientemente sospechosos de por sí; el hecho de que tuvieran la capacidad de engrillar la producción artística clasificando y prohibiendo el arte le resultaba inadmisible.

Si Joyce era suspicaz con el Gobierno, ¿hasta qué punto anticipó una posible batalla legal por Ulises? Cuando publicaron Aullido en 1956, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti se pusieron previamente en contacto con la Unión Estadounidense por los Derechos Civiles para protegerse de cara al juicio por obscenidad que predijeron como inevitable. ¿Revelan las cartas de Joyce algún temor parecido?
Sin duda lo anticipó. De hecho, su respuesta al primer juicio por obscenidad de Ulises, ocasionado por la publicación seriada de uno de sus capítulos en la revista neoyorquina The Little Review, cuando todavía estaba escribiendo la novela, fue añadir más procacidades al texto. No obstante, no jugó un papel importante en el proceso de legalización e incluso él mismo podría haberse sorprendido de saber lo importante que iba a acabar siendo el caso. Hablando de la UEDC, el abogado que defendió el Ulises fue uno de sus fundadores, Morris Ernst, pero tuvo que trabajar de manera independiente porque, en aquel momento, la UEDC no quería enredarse en casos de obscenidad literaria. Ernst fue en su momento una de las pocas personas convencidas de que había un elemento de la Primera Enmienda en juego.

James Joyce con Sylvia Beach.

Gran parte del Ulises parece consistir en reacciones contra otras cosas: las restricciones sociales, las limitaciones legales, la hipocresía del decoro. ¿Qué promueve el libro, si es que promueve algo? Al margen de lo inaprensible de la obscenidad, ¿qué ofrece Joyce como sagrado en su novela?
Joyce jamás hubiera aceptado que algo pueda ser «sagrado». Es otra versión del concepto de «autoridad», que Joyce rechazaba como un fantasma. De todos modos, debería decir que no creo que el Ulises sea más reaccional que cualquier otra obra de arte nueva. De hecho, parece englobarlo todo: todos los estilos y discursos tienen su lugar en la epopeya del Modernismo. Por ejemplo, la voz de Gerty MacDowell ha sido moldeada por las revistas románticas y las novelas rosa que lee constantemente, pero su capítulo no reacciona en contra de ese estilo de escritura. Joyce se sirve de él, le da la vuelta y nos muestra que tiene cualidades que de otro modo no habríamos visto. Ciertamente, los modernistas como Joyce se oponían al imperialismo y al agresivo empirismo de los victorianos, pero la respuesta, al menos en el caso de Joyce, fue mucho más compleja que una mera reacción.

El libro rechaza la autoridad y pretende ser inclusivo de manera exhaustiva, plasmando toda la complejidad de la psique humana y de las relaciones sociales. ¿En qué sentido se ve bien servido ese objetivo por las innovaciones narrativas y estilísticas de Joyce? En cierto modo, incluso la tradición de la narrativa, con sus promesas de comienzo, nudo y desenlace, sugiere una sencillez que parece completamente fuera de lugar en la manera en que Joyce contempla el mundo.
Estoy de acuerdo. Lo primero que se les dice a los escritores es que deben desarrollar una voz propia, y mantener un estilo consistente a lo largo de un libro es una de las maneras que tienen los narradores y las narraciones para afianzar su autoridad. Ulises fractura todo eso. Podríamos considerarlo una versión narrativa del cubismo, que nos permite ver un objeto desde múltiples perspectivas al mismo tiempo, pero me pregunto si no será algo más fundamental que eso. ¿Acaso somos las personas consistentes desde un punto de vista estilístico? ¿Lo somos en nuestras vidas o en nuestros pensamientos? Sospecho que nos gusta pensar en nuestras vidas y en nuestras opiniones como en un continuo coherente, pero la perspicacia de Joyce está en ver nuestra experiencia del mundo más como un pastiche, sobre todo en los espacios urbanos. No es coincidencia que un poema como «La tierra baldía» de Eliot se publicase el mismo año que el Ulises. Quizá la fantasía de nuestra consistencia sea la más tiránica de las autoridades.

Un optimista podría decir que estamos rodeados de gran literatura contemporánea, pero no concibo que alguien pueda leer El libro más peligroso sin sentirse impelido a revisar, comenzar o retomar el Ulises. ¿Por qué le parece importante que los lectores se acerquen ahora a la novela?
Por los mismos motivos por los que cualquier libro excelente nunca envejece. Porque revela algo sobre quiénes somos como seres humanos. Uno no puede leer el Ulises sin pararse a reflexionar sobre cómo funciona nuestra manera de pensar, cómo narramos las cosas o cómo los ciclos de la historia continúan repitiéndose una y otra vez. Supongo que cada generación aporta nuevos significados a un libro, y quizá nuestras preocupaciones estén relacionadas con cuestiones como la privacidad y la interconectividad. Ulises derriba las barreras entre la vida privada y la pública, el interior y el exterior, algo que sentimos muy cercano en estos tiempos de Twitter y espionaje gubernamental. Por ello, los lectores actuales pueden acercarse a esa dicotomía entre la existencia pública y privada de un modo completamente distinto al de generaciones anteriores. Quizá un día descubramos que la novela es completamente apropiada para el siglo XXII. Tendremos que esperar a ver.

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Jueves 2 de febrero de 2017

El Ulises de John Berger

John Berger

Hoy se cumplen 135 años del nacimiento de James Joyce y 95 de la publicación de la primera edición del Ulises por parte de Sylvia Beach. Dos fechas rotundas que bien merecen una pequeña conmemoración. Para celebrarlo y haciendo extensivo el homenaje al recientemente fallecido John Berger, se me ha ocurrido traducir unos pasajes de su ensayo «La primera y última receta», de 1991 (el texto íntegro, en inglés, puede leerse aquí). Además de estar maravillosamente escrito, me agrada que incida en varios de los elementos explorados a fondo por Kevin Birmingham en El libro más peligroso y que fueron precisamente los que me animaron a editarlo. A grandes rasgos: el carácter verdaderamente revolucionario y con cierta aura de «peligrosidad» de la obra de Joyce (completamente alejado del actual manto de indiscutible respetabilidad bajo el que la tiene secuestrada el mundo académico), su aproximación a todo un segmento de la sociedad poco o mal representado en la literatura anglosajona hasta entonces, su ilustrada escatología y su travieso sentido del humor. «Un saber carente de solemnidad, que se desprendía de la toga y el birrete para convertirse en bromista y malabarista», como bien recalcaba Berger. Así pues, siguiendo ese espíritu festivo… ¡Feliz cumpleaños, Mr. Joyce!

* * *

Me embarqué por primera vez en el Ulises de James Joyce a los catorce años. Utilizo el verbo embarcar en vez de leer porque, tal como nos recuerda su título, la novela es como un océano; uno no la lee, la navega.
Como muchas otras personas de infancia solitaria, a los catorce años ya tenía una imaginación adulta, preparada para hacerse a la mar; lo que le faltaba era experiencia. Ya había leído Retrato del artista adolescente y su título era el título honorario que me confería a mí mismo en mis ensoñaciones. Una especie de coartada o de carnet de marino que mostrar, en caso de verme retado, ante los adultos o alguno de sus agentes. […] El libro me lo había regalado un amigo que era un profesor de escuela subversivo. Se llamaba Arthur Stowe. Yo le llamaba Stowbird. Se lo debo todo. Fue él quien me tendió una mano a la que poder agarrarme para salir de la catacumba en la que me había creado, una catacumba de convencionalismos, tabúes, reglas, tópicos, prohibiciones, temores […].

Era la edición publicada en Francia por Shakespeare and Company. Stowbird la había comprado en París durante su último viaje antes de que estallara la guerra en 1939. […] Cuando me regaló el libro, yo creía que era ilegal poseer un ejemplar en Gran Bretaña. En realidad había dejado de ser así (pero lo había sido) y yo estaba equivocado. Pero la «ilegalidad» del libro era para mí, un muchacho de catorce años, una cualidad literaria reveladora. Y puede que en eso no me equivocara. Estaba convencido de que la ilegalidad era una impostura arbitraria. Necesaria para el contrato social, indispensable para la supervivencia de la sociedad, pero que le daba la espalda a la experiencia vivida. Lo supe por instinto cuando leí la novela por primera vez, apreciando con creciente entusiasmo que su supuesta ilegalidad como objeto iba en perfecta consonancia con la ilegitimidad de las vidas y almas contenidas en su epopeya.

Mientras yo leía Ulises, en los cielos costeros al sur de Londres se libraba la Batalla de Inglaterra. El país esperaba una invasión. El futuro era incierto. Entre mis piernas estaba convirtiéndome en hombre, pero era muy posible que no fuese a vivir lo suficiente como para descubrir lo que era la vida. Y por supuesto no lo sabía. Y por supuesto no me creía lo que me contaban, ni en las clases de historia ni en la radio ni en la catacumba. Todas aquellas explicaciones eran demasiado limitadas para sumar la inmensidad de todo lo que no sabía y de todo lo que podía no llegar a saber nunca. No era el caso de Ulises. Aquella novela sí que contenía esa inmensidad. No pretendía poseerla; estaba impregnada en ella, fluía a través de sus páginas. Comparar nuevamente el libro con el océano tiene sentido, pues ¿acaso no es la novela más líquida jamás escrita?

Ahora estaba a punto de escribir: «hubo muchas partes, durante aquella primera lectura, que no entendí». Pero eso habría sido una falsedad. No entendí ninguna. Pero tampoco encontré ninguna parte que no me hiciera la misma promesa: la promesa de que en lo más profundo, por debajo de las palabras, por debajo de las imposturas, por debajo de las afirmaciones y el perenne juicio moral, por debajo de las opiniones, lecciones, jactancias e hipocresías de la vida diaria, las vidas de los hombres y mujeres adultos estaban hechas de los mismos elementos de los que estaba hecha aquella novela: entrañas que contenían briznas de lo divino. ¡La primera y última receta! A pesar de mi juventud, reconocí la prodigiosa erudición de Joyce. Era, en cierto sentido, el saber encarnado. Pero un saber carente de solemnidad, que se desprendía de la toga y el birrete para convertirse en bromista y malabarista. Puede que más importante aún, para mí en aquella época, fuese la compañía frecuentada por su saber: la compañía de los insignificantes, de los condenados a permanecer siempre fuera del escenario, una compañía de publicanos y pecadores —tal como lo expresa la Biblia—, del vulgo. Ulises rebosa con el desdén de los representados hacia aquellos que dicen (falsamente) representarles y abunda en las tiernas ironías de aquellos tenidos por (falsamente) perdidos.

Y Joyce no se quedaba sólo en eso, […] pues su inclinación hacia lo vulgar le llevaba a mantener el mismo tipo de compañía dentro de cada uno de sus personajes: escuchaba sus estómagos, sus dolores, sus tumescencias; oía sus primeras impresiones, sus pensamientos sin coartar, sus desvaríos, sus oraciones sin palabras, sus gemidos insolentes y sus fantasías jadeantes. Y cuanta mayor atención prestaba a todo aquello que apenas nadie se había molestado en escuchar con anterioridad, más ricos se volvían los ofrecimientos de la vida.

[…] Hoy, cincuenta años más tarde, sigo viviendo la vida para la que Joyce hizo tanto por prepararme y he acabado convertido en escritor. Fue él quien me demostró, antes de que yo supiera nada, que la literatura es enemiga de todas las jerarquías y que separar los hechos e imaginación, acontecimientos y sentimiento, protagonista y narrador, es quedarse en tierra firme y nunca salir a la mar.

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