Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Jueves 30 de abril de 2015

Lemmy: la portada

La portada definitiva, ilustrada y rotulada por Ian Jepson.

La portada de Lemmy: la autobiografía es un buen ejemplo de cómo, a veces, la mejor solución es la más sencilla y cómo, a veces, lo verdaderamente trabajoso es darse cuenta de ello. Bueno, para no generalizar, digamos que eso es lo verdaderamente trabajoso para mí, que en ocasiones me empecino en unas cosas que…

En este caso mi planteamiento inicial para la portada era utilizar cualquier cosa menos la imagen de Lemmy. ¿Por qué? En primer lugar, porque me harta un poco que todas las biografías musicales tengan que seguir el mismo patrón de poner una foto en primer plano del roquero de turno. En segundo, porque tenía en mente trabajar con un ilustrador especialmente capacitado para la sugerencia y con una gran habilidad para destilar en una sola imagen lo que podríamos llamar el feeling del músico en cuestión. Esta capacidad es precisamente una de las cosas que más me llamaron la atención del artista sudafricano Ian Jepson. Si echáis un vistazo en su página web a carteles como el de Shadowclub, The Dollfins o Death Panthers veréis enseguida a lo que me refiero. Me atraía mucho la idea de tratar la portada de la autobiografía de Lemmy como si fuera un póster de un concierto y aprovechar el evidente talento de Ian para la rotulación. Uno siempre siente cierto nerviosismo a la hora de abordar a los ilustradores con los que quiere trabajar, máxime cuando residen, como en este caso, en el otro extremo del mundo y no tienen la más mínima referencia ni sobre tu editorial ni sobre ti. Afortunadamente, se dio la casualidad de que Ian es un gran fan de Motörhead y de inmediato aceptó la propuesta. Una de las primeras cosas que me dijo fue precisamente que le atraía la idea de insinuar el concepto sin llegar a mostrarlo tal cual, «particularmente en un caso como éste, en el que probablemente podría resultar excesivamente literal poner la cara de Lemmy cuando el título del libro es precisamente su nombre». Viendo que estábamos en la misma onda, Ian realizó varias pruebas, buscando algún elemento alegórico o característico que destilara la esencia de Lemmy (las botas, el cinturón, las tragaperras… podéis ver sus bocetos iniciales aquí), para acabar pasándome cuatro propuestas. Transcribo a continuación mi reacción inicial a las mismas, tal como se la expresé a Ian por correo.

«Creo en la eficacia de la sencillez y en ese aspecto diría que la del as de picas es mi imagen favorita. Me encanta el concepto y el contraste entre el magenta y el crema. Es muy llamativa, pero no estoy del todo seguro de que fuera a funcionar como cubierta. Parece más bien una ilustración para un artículo o una bonita portadilla interior. Por otra parte, Lemmy se queja repetidas veces en el texto de que parece que mucha gente únicamente le recuerda por “Ace of Spades”, por lo que utilizar eso como único elemento de la cubierta podría parecer irónico. Me encanta la ilustración y al primer vistazo ha sido la que más me ha llamado la atención, pero, pensándolo detenidamente, me da la impresión de que puede dar una visión demasiado restrictiva del libro».

«El de la chaqueta me gusta. Me parece una solución elegante y estoy seguro de que quedaría genial con tus texturas (además, me gusta mucho la colocación del título), pero estoy intentando visualizar cómo funcionaría en una librería y me da la impresión de que no llamaría demasiado la atención, puede que sea demasiado sutil. A lo mejor es el encuadre lo que me genera dudas. Te obliga a interpretar todos los elementos por separado antes de darte cuenta de qué es lo que estás viendo realmente y me da miedo que eso despiste un poco la atención. Funciona como una leve insinuación cuando debería ser un puñetazo en los ojos. Puede que quedara mejor mostrando la chaqueta entera, pero entonces sería demasiado parecido a tu cartel para Shadowclub y no creo que merezca la pena repetirse».

«Esta idea me gusta mucho. Resulta muy llamativa y tiene todos los elementos necesarios que, en conjunto, componen un buen retrato de lo que son Lemmy y Motörhead. Es lo suficientemente abstracta como para asimilarla de un vistazo y a la vez lo suficientemente detallada como para transmitir varias ideas a la vez. En principio tiraría por aquí, pero no quiero dejar sin comentar la cuarta y última propuesta».

«Aunque mi primer instinto es desarrollar el concepto anterior, les he enseñado tus propuestas a un par de amigos y todos ellos han señalado sin dudarlo esta imagen. Estoy de acuerdo contigo en que tener la cabeza de Lemmy debajo de un gran rótulo que anuncie “Lemmy” es un tanto redundante, pero la manera en la que has integrado el título como parte de la ilustración me parece que soluciona el problema; el título y Lemmy dejan de ser dos elementos separados y redundantes para convertirse en una sola imagen. Además, es llamativa de narices. Me genera sensaciones contradictorias, porque por una parte estoy seguro de que llamará muchísimo la atención en las librerías: es simple, directa, fácil de distinguir a distancia e incluso de reojo. Sin embargo, no era lo que tenía en mente cuando decidí ponerme en contacto contigo. Me daría pena acabar encargándote un retrato en vez de algo más singular e intrínsecamente tuyo, más parecido a tus carteles, que fueron el motivo de que se me ocurriera ofrecerte el encargo».

La respuesta de Ian no se hizo esperar: «Debemos de tener amigos muy parecidos, porque todos aquellos a los que les he enseñado las ilustraciones también han elegido ésta. Desde luego es algo a tener en cuenta. Tras darle unas cuantas vueltas, creo que deberíamos tirar por la idea de la cara. No hago más que pensar en mis portadas favoritas y el modo en el que las cubiertas que me llaman la atención en las librerías suelen ser siempre las más claras, directas y atrevidas, todo lo cual podría serlo ésta. Te envío otro boceto con los colores cambiados y un diseño más ajustado. Quiero intentar otro par de cosas, pero estoy bastante convencido de que ésta podría acabar quedando muy molona».

Justo sobre estas líneas tenéis el boceto al que hacía referencia Ian en su mensaje, el cual terminó de disipar cualquier duda que pudiéramos haber tenido todavía cualquiera de los dos. Así pues, una vez aceptado que aquello que en un principio nos habíamos empeñado en evitar era lo más adecuado para el libro, sólo quedaba pulir la imagen, dejar que Ian hiciera su magia particular con las texturas y la tipografía y discutir ligeramente el mejor encuadre para el rostro de Lemmy. En algunas pruebas el plano estaba un poco más cerrado, en otras un poco más abierto, pero las diferencias al fin y al cabo eran mínimas. La única variación importante fue esta versión que podéis ver aquí abajo, intentando encajar el nombre de los autores junto al título del libro. No es que quedara mal, ni mucho menos, pero en última instancia lo descarté porque me parecía que rompía un poco esa fusión alcanzada entre la rotulación y la ilustración a la que antes hacía mención; a un nivel instintivo, me parecía que los autores debían ser un elemento aparte, que el título y la cara de Lemmy era una sola cosa y que cualquier otra información adicional debía quedar en segundo plano. Decir, por último, que la elección de las texturas por parte de Ian tampoco es caprichosa: buscaba “raspar” la tipografía de tal manera que pareciera castigada por el paso de los años; algo cascada, pero todavía imponente. Como el propio Lemmy.

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Martes 31 de marzo de 2015

Hollywood gótico: la enmarañada historia de Drácula

Las pruebas de interiores del libro, desparramadas por el suelo del despacho.

El próximo 13 de mayo llegará a las librerías el ensayo Hollywood gótico: la enmarañada historia de Drácula, de David J. Skal, autor del monumental Monster Show, una historia cultural del horror, que tuve el placer y la buena fortuna de traducir para Valdemar hace unos años. En este caso, Skal centra su inquisitiva mirada y sus dotes de investigador en la figura del vampiro por antonomasia, trazando la evolución del personaje de Bram Stoker a partir de sus antecedentes literarios y la creación de la novela hasta su conversión definitiva en icono cultural gracias al teatro y, sobre todo, el cine.

A la izquierda, imagen utilizada para la edición original. A la derecha,
la utilizada para la nuestra, escaneada a partir de una nueva fuente.

Nuestra versión de Hollywood gótico está realizada a partir de la edición ampliada publicada por Faber & Faber en 2004, pero cuenta con varias diferencias. Para empezar, varias de las ilustraciones contenidas en la edición de 2004 han sido reemplazadas a instancias del propio Skal, que nos proporcionó nuevas imágenes que le parecían más adecuadas que las previamente utilizadas. Además de eso, teniendo en cuenta que nuestra edición tiene más páginas que la de Faber (al ser el castellano un idioma menos sintético que el inglés, es habitual que las traducciones suelan ocupar en última instancia más espacio que el original), hemos complementado el texto con una quincena de imágenes completamente nuevas, algunas de ellas verdaderas rarezas, como una magnífica caricatura de Bela Lugosi extraída del pressbook original del Drácula de Tod Browning o una estilizada ilustración de Raymond Huntley (que interpretó al conde en los escenarios londinenses en los años veinte en la primera encarnación teatral de la obra). Por último, las imágenes restantes se han restaurado en la medida de lo posible, trabajando en la mayor parte de las ocasiones a partir de nuevos escaneados de materiales mejor conservados que los previamente utilizados (podéis ver un par de ejemplos en las imágenes que ilustran esta entrada). En definitiva, creo que Hollywood gótico es el libro al que más trabajo hemos dedicado desde que lanzamos la editorial y lo cierto es que no podríamos estar más satisfechos con el resultado.

Otra de las imágenes sustituidas, en este caso escaneada a partir de la misma
fuente y tratada digitalmente para corregir la exposición.

Como guinda del pastel, hemos tenido la suerte de poder contar con Javi Godoy para que nos ilustrara la portada del libro (a la que, por supuesto, dedicaremos una entrada en breve). Además de ser un ilustrador como la copa de un pino (si no seguís habitualmente su blog, no sé a qué esperáis), Javi comparte con nosotros muchas obsesiones (los dinosaurios, las pelis de monstruos, la estética pulp) que le hacían sin duda el hombre más indicado para una portada como ésta. Y el resultado no sólo ha estado a la altura de lo que esperábamos sino que ha ido más allá incluso. Tanto nos ha gustado, de hecho, que vamos a publicar dos versiones de Hollywood gótico. Una con la portada en verde, que podríamos considerar la principal y que será la que se distribuya en librerías el día 13, y una variante en rojo (de la que sólo haremos 500 ejemplares) que recalca de manera más manifiesta el homenaje al célebre cartel de Lugosi que nos sirvió de inspiración. A continuación, os dejo los detalles del libro, incluido el consabido adelanto de las primeras páginas para que vayáis, nunca mejor dicho, hincándole el diente.


Hollywood gótico: la enmarañada historia de Drácula
David J. Skal
ISBN: 978-84-940298-9-9
416 páginas. 130 ilustraciones.
PVP: 18,50 €
Portada en alta
Descárgate un adelanto

La imagen primordial del conde Drácula se ha convertido en una presencia continua e indeleble en el imaginario colectivo moderno. David J. Skal, autor de estudios fundamentales como Monster Show, centra en esta ocasión su incisiva mirada y su talento investigador en los orígenes, la historia y la infinidad de lecturas de uno de los iconos más universales del terror y la cultura popular, trazando la implacable trayectoria del más arquetípico de los vampiros, desde sus orígenes literarios y su paso por el teatro y el cine hasta su última reencarnación como moderno producto de consumo, raspando el barniz populista para sacar a la luz todo cuanto este complejo, contradictorio y desconcertante príncipe de las tinieblas revela sobre todos nosotros

“Cualquiera interesado en el Drácula de Bram Stoker se va a encontrar con un libro indispensable”.
Ray Bradbury

“Una crónica absorbente. Con el talento propio de un novelista, Skal escribe la biografía de uno de los iconos dramáticos más populares del siglo. Excepcional”.
Booklist

“Meticulosamente documentada, escrita con entusiasmo y repleta de imágenes poco vistas, la historia de Drácula se lee como una novela en sí misma”.
The San Francisco Bay Guardian

“Skal sigue las huellas del vampiro más popular de Transilvania con grandes dosis de ingenio y la habilidad de un buen detective”.
The New York Times Book Review

“Fascinante. Va más allá de los límites habituales de la documentación para alcanzar algo cercano a la arqueología”.
American Cinematographer

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Miércoles 4 de marzo de 2015

El escritor y las redes sociales

“No soy un tecnófobo. Me paso el día entero metido en Internet, todos los días, salvo cuando de verdad me pongo a escribir, e incluso entonces estoy sentado delante del ordenador, haciendo uso, a menudo, de materiales que he encontrado en la red. No es que tenga tecnofobia. Todas mis objeciones van dirigidas a la idea de que, de algún modo, se trata de una tecnología transformadora y liberadora, cuando a mi entender parece más bien una manera de perfeccionar la infiltración del libre mercado en todos los aspectos de la vida del ser humano. […] Creo que gran parte de la hostilidad [hacia mi persona] viene motivada por el hecho de que cuestiono la utilidad de las redes sociales. Ciertamente cuestiono el modelo de las redes sociales como manera de promocionar los libros y diseminar la información sobre ellos, porque la esencia de ese modelo es la autopromoción, y no me parece que la autopromoción constante sea un buen espacio mental para un escritor en activo. Creo que las redes sociales son un modelo pésimo para la cultura literaria. Los escritores están solos. Trabajan solos. Se comunican a través de la página terminada. Me parece horrendo exigirles que deban autopromocionarse en un medio gregario. Va en contra de todo lo que sé y entiendo sobre los buenos escritores de ficción. Una cosa no casa con la otra. Por supuesto, si pasas mucho tiempo en las redes sociales, no te va a gustar oírme decir eso. Creo que hay una hostilidad concreta hacia ese mensaje en particular. Pero me parece en cierto modo hilarante haberme convertido en el pararrayos de esa cuestión, porque ¿a quién le importa lo que pueda decir yo? ¿Por qué invertir tanta rabia en la opinión de una sola persona? ¿De verdad soy una manifestación del universo peor que Jeff Bezos? ¿O que la Apple Corporation? ¿O Facebook? ¿De verdad soy yo el malo? Me parece curioso”.

De esta entrevista con Jonathan Franzen.

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Jueves 19 de febrero de 2015

Lemmy: La Videografía

Desde hace algunos días está a la venta en librerías el título más reciente de nuestra colección Es Pop Ensayo: Lemmy: la autobiografía, de Ian Kilmister y Janiss Garza. Como de costumbre, hemos preparado algunos materiales para acompañar el lanzamiento. Además del habitual adelanto descargable en PDF y de la banda sonora disponible en Spotify, se me ha ocurrido aprovechar esa mina para el archivero que es a veces YouTube para realizar una recopilación de vídeos con los que ilustrar varios de los momentos descritos por Lemmy en el libro. Todos los comentarios son del propio Lemmy y están extractados tal cual de la autobiografía. Recuerda que si quieres comprar el libro, puedes hacerlo aquí.

The Rocking Vicars
La primera vez que vi a Reverend Black and the Rocking Vicars fue en el club Oasis de Manchester. Me quedé prendado de inmediato. El batería tenía un doble bombo (fue la primera vez que veía algo parecido) y se sentaba en la parte delantera del escenario. Iban todos vestidos con el traje nacional finlandés: botas de piel de reno, pantalones blancos con cordones en vez de cremallera en la bragueta, guardapolvos lapones y alzacuellos. Aquello me impresionó sobremanera. Estuve tocando con ellos unos dos años, de 1965 a 1967. Los Rocking Vicars grabaron tres sencillos mientras yo estuve en el grupo, dos para CBS y uno para la filial de Decca en Finlandia. Conseguimos alcanzar el puesto 46 en
las listas con una versión de “Dandy”, de los Kinks.

Sam Gopal
En 1968 acabé de cantante para Sam Gopal. Sam era medio birmano, medio nepalés o algo así… a estas alturas se me ha olvidado. Pero tocaba la tabla, un instrumento que no se puede amplificar; son demasiado resonantes, o al menos lo eran para los equipos de la época. Prácticamente compuse casi todas las canciones que acabaron en nuestro único álbum. Aunque le atribuí un par de temas al grupo, lo cierto es que los escribí todos de una sentada una noche que me pasé en vela. Fue cuando acababa de descubrir una droga maravillosa llamada Metedrina. Las únicas del álbum que no son mías fueron “Angry Faces”, compuesta por Leo Davidson, y una canción de Donovan, “Season of the Witch”, de la que nos quedó una versión bastante maja, la verdad.

Hawkwind
Teníamos un espectáculo de la hostia. No éramos uno de aquellos conjuntos hippies-chupis-paz-y-amor; ¡éramos una negra pesadilla! Aunque utilizábamos cantidad de focos de luces intensas y coloridas, el grupo quedaba sobre todo entre sombras. También llevábamos un elaborado espectáculo visual: dieciocho pantallas en las que pasábamos imágenes bélicas y políticas, planos de cosas como aceite hirviendo, extraños lemas, segmentos de animación… La música sonaba atronadoramente mientras los bailarines se contorsionaban por todo el escenario y Dikmik influía en el público con el generador de audio. Era una experiencia considerable, sobre todo teniendo en cuenta que, para empezar, la mayoría de nuestros fans iban puestos de LSD.

Top of the Pops
El 24 de octubre filmamos nuestra primera aparición en Top of the Pops. Francamente, era un programa horrible. Sólo llevaban a grupos que o bien estaban en el Top 30, como Slade y las Nolan Sisters, o bien se pensaba que iban a estarlo en breve. No tenía nada que ver con la calidad ni con el talento; era un simple reflejo de las listas de ventas.

Top of the Pops
En Bronze teníamos un amigo, Roger Bolton, que había trabajado en la BBC y todavía conservaba cierta influencia. ¡Roger acabó colándonos en el programa unas cinco veces antes de que tuviéramos un verdadero éxito! De hecho, el empeño de Roger fue determinante a la hora de ayudarnos a subir en las listas, motivo por el cual nunca le faltará una copa siempre que nos veamos.

TisWas
En noviembre participamos en TisWas, un programa infantil que echaban en ITV los sábados por la mañana y que todas las semanas contaba con la presencia de un grupo de rock. Era muy divertido, puro slapstick. Participamos un par de veces. Una de ellas estuvimos con Girlschool y nos organizaron un juego de pasteles musicales. La música se interrumpió cuando era yo quien tenía el pastel entre manos y tuve que plantárselo en la cara a Denise, la batería de Girlschool.

Please Don’t Touch
Aquel sencillo acabó siendo el mayor éxito que tuvimos tanto Motörhead como Girlschool en las listas británicas. Llegó hasta el nº 5 y nos sacaron en Top of the Pops, acreditados como “Headgirl”. Aunque Denise tocó la batería, Philthy también participó en el programa bailando a nuestro alrededor y añadiendo un par de coros.

Rockstage
Una semana antes de aparecer en Top of the Pops, también nos grabaron en vivo, tanto a Motörhead como a Girlschool, para un programa de televisión de Nottingham llamado Rockstage. Al final de “Motörhead”, me subí de un salto sobre el Bombardero de luces para apuntar al público con mi bajo como si fuera una metralleta… lo típico que haría cualquiera. El tipo encargado de manejar las luces volvió a levantar el Bombardero y me dejó allí medio colgado durante lo que se me antojaron varios putos años, aunque en realidad sólo fueron un par de minutos. Tenía el bajo conectado con uno de esos cables enroscados y quedó tan tirante que amenazaba con arrojarme del puto avión.

The Young Ones
Debo reconocer que Phil se portó como un caballero [cuando abandonó Motörhead]. El grupo se había comprometido a intervenir en un episodio de la serie The Young Ones poco después de su marcha y Phil regresó para no dejarnos colgados. Al contrario que otros antiguos miembros de Motörhead, dejó el grupo decentemente.

Twisted Sister
Pasamos buenos momentos con Twisted Sister. [En 1982] participaron en The Tube, un programa de televisión que se grababa en Newcastle, y allá que nos fuimos para tocar con ellos “It’s Only Rock ’n’ Roll” como broche final de la emisión. Aparecí corriendo por un lado del escenario y, mientras me colocaba el bajo, Brian apareció de repente por el otro extremo y… ¡PATAPAM! Se dio una buena costalada. Fue un descojone. Siempre podías contar con Brian para que aportase algo de diversión involuntaria.

Killed by Death
Fuimos a Arizona para grabar el vídeo de “Killed by Death”. MTV lo prohibió por un motivo francamente estúpido. En el vídeo salgo montado en moto con una chavala y se me ve poniéndole una mano en la pierna y subiéndola hasta que desaparece de la vista. En ningún momento se me ve agarrarla del vello púbico, pero en cualquier caso a la cadena no le gustó. Menuda gilipollez: esto sucedió cuando emitían a todas horas el vídeo de “Thriller”, de Michael Jackson, en el que la peña salía de sus tumbas echando mierda por las narices, ¡pero con eso no tuvieron ningún problema!

Saturday Starship
Antes de emprender una gira para promocionar No Remorse, participamos en Saturday Starship (un programa infantil que se emitía los sábados por la mañana en la cadena ITV; el sucesor de TisWas). Al parecer, ciertas personas se quejaron de que estuviéramos ensayando a primera hora de la mañana en el aparcamiento de los estudios del canal. No sé de dónde vino el problema: las ocho y media era la hora a la que nos habían convocado para ensayar y fueron ellos quienes nos pusieron el escenario en el aparcamiento.

Relax
Volé a Alemania para actuar en un programa de televisión con Kirsty MacColl. Frankie Goes to Hollywood participaron en el mismo programa y también salí al escenario con ellos. Por algún motivo quedaron muy satisfechos y, más adelante, cuando tuvieron que dar un concierto en el Hammersmith Odeon, me pidieron que saliera a tocar “Relax” con ellos.

El 10º Aniversario
A finales de junio [de 1985] se acercaba el décimo aniversario de Motörhead, por lo que dimos un par de conciertos en el Hammersmith para celebrarlo. Fueron bolos divertidos. La primera noche, todos los antiguos miembros de Motörhead salieron al escenario; fue un momento asombroso. Wendy O. Williams y Girlschool también participaron. Hasta Phil Lynott se subió al escenario, simplemente porque fue incapaz de resistirse, a pesar de que estábamos tocando “Motörhead” y él no tenía ni idea de cómo iba (Eddie Clarke se puso a gritarle: «¡En mi mayor!». ¡Él tampoco se acordaba!).

Boys Don’t Cry
Durante las breves pausas entre gira y gira, me presté a toda clase de apariciones especiales. Interpreté a un forajido (una elección de casting demasiado evidente, ¿no te parece?) en el vídeo para el tema “I Wanna Be a Cowboy”, del grupo Boys Don’t Cry.

Eat the Rich
En 1987, me dieron un papel en la película Eat the Rich y Motörhead se encargó de la banda sonora (compuesta principalmente por canciones de Orgasmatron más el tema homónimo). El director acabó metiendo a Motörhead al completo en la película: sustituimos al grupo que sale en la secuencia del salón de baile. La idea se le ocurrió en pleno rodaje. Si te fijas con atención, te darás cuenta de que el grupo va cambiando a medida que va transcurriendo la secuencia.

Black Leather Jacket
[En 1989] intervine en un programa de televisión horrible llamado Club X. En cualquier caso, el segmento que grabamos estaba de puta madre. Iba sobre chupas de cuero negras y compuse a propósito una canción titulada, misteriosamente, “Black Leather Jacket”. Improvisamos una rápida grabación para poder utilizarla de playback en el programa. Aunque en la cinta yo tocaba el bajo, delante de las cámaras me puse al piano. Phil Campbell salía tocando la guitarra; Philthy, la batería; y Fast Eddie, mi bajo, el cual fue robado la noche de la filmación. Nunca llegué a averiguar quién se lo llevó, aunque tuvimos varios sospechosos.

Hardware
Aquel año también interpreté a un conductor de taxi de río en una película titulada Hardware, programado para matar. Aquella sí que fue una experiencia tediosa. El director se creía una especie de artista gótico y fue un puto coñazo. Nos pasamos el día esperando y cometieron el terrible error de darme el whisky demasiado temprano.

David Letterman
En mayo [de 1991], antes de viajar al Japón, intervinimos en el David Letterman Show. En realidad sólo estuvimos yo y Phil Campbell; Wurzel no quiso participar y no recuerdo dónde se había metido Phil Taylor. De todos modos, en el programa sólo querían a dos, para que tocáramos con la banda del estudio. Sin embargo, no interpretamos una canción del nuevo álbum, sino el “Let It Rock” de Chuck Berry. Y tampoco llegamos a conocer a David Letterman. De hecho, se equivocó a la hora de decir el título del disco. ¡Lo llamó Motörhead!

Ain’t No Nice Guy
Como la discográfica no nos brindó ninguna ayuda para sonar en la radio (¡por decirlo suavemente!), no te extrañará saber que también nos cortaron las alas en MTV. Allí estábamos con una canción que se había encaramado al nº 10 en las emisoras de rock y lo único que necesitábamos eran unos quince de los grandes para grabar un vídeo, pero se negaron a dárnoslos. De modo que juntamos 8.000 dólares de nuestro propio bolsillo y lo grabamos por nuestra cuenta. Ozzy y Slash, majos como ellos solos, también se vinieron al rodaje. Aunque el vídeo se nota un poco atropellado, no quedó del todo mal. ¡Pero MTV estuvo una temporada sin emitirlo porque en Sony tardaron tres semanas en firmar la autorización!

The Tonight Show
En 1992 salimos en The Tonight Show y fuimos el primer grupo de heavy rock que intervenía en el programa en toda su historia. Me agradó mucho intervenir en The Tonight Show. Jay Leno se portó como un caballero, mucho más simpático que David Letterman, al cual ni siquiera llegamos a conocer cuando salimos en su programa.

Hellraiser III
Colamos un par de canciones en la banda sonora de Hellraiser III: Infierno en la Tierra, de Clive Barker. También registramos “Born to Raise Hell”, en la que compartí la parte vocal con Ice T y Whitfield Crane, el cantante de Ugly Kid Joe. Este último tema fue una ocurrencia tardía: sonaba sobre los créditos del final, pero no apareció en el álbum de la banda sonora.

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Martes 13 de enero de 2015

En recuerdo de Robert Stone

Hace un par de días fallecía a los 77 años el novelista estadounidense Robert Stone, autor de libros como Una galería de espejos, Banderas al amanecer y La puerta de Damasco. Su afinidad con los movimientos contraculturales de los años sesenta y su experiencia como corresponsal de guerra en Vietnam confluyeron de manera memorable en Dog Soldiers, novela de 1975 que le convirtió en autor de referencia para varias generaciones de escritores (desde DeLillo y Ellroy hasta otros a priori alejados de su universo, como Franzen y Stephen King), así como en un verdadero punto de inflexión entre la “generación perdida”, el movimiento beat y la novela norteamericana contemporánea, con tintes de nuevo periodismo. Dog Soldiers fue adaptada al cine (Nieve que quema; Karel Reisz, 1978) y permaneció inexplicablemente inédita en España hasta que fue rescatada en 2010 por Libros del Silencio (que también editó otros dos libros suyos: Hijos de la luz y la autobiografía Recordando los sesenta). Vaya como pequeño homenaje una selección de extractos de esta magnífica entrevista realizada por William C. Woods en 1985 para la revista The Paris Review. Robert Stone, en sus propias palabras.

* * *

La ficción en prosa debe ante todo cumplir con las funciones tradicionales de la narración. Necesitamos historias. No podemos identificarnos a nosotros mismos sin ellas. Continuamente nos estamos contando historias acerca de quiénes somos: en eso consiste la Historia, en eso consiste el concepto de una nación o de un individuo. El propósito de la ficción es ayudarnos a responder a la pregunta que debemos estar planteándonos constantemente: ¿quién creemos que somos y qué creemos que estamos haciendo?
Lo que intento hacer yo siempre es definir ese proceso en la vida estadounidense que lleva a las personas a un estado de anomía o frustración. La promesa del sueño americano es tan enorme que su elusividad evoca una tremenda amargura. Ése era el tema principal de Fitzgerald y también es el mío. Muchísima gente pierde la cabeza en este país… Después de todo, están haciendo todo cuanto se supone que deben hacer y aun así no obtienen la recompensa.

Fue una relectura de El gran Gatsby lo que hizo que me planteara escribir una novela. Estaba viviendo en St. Mark’s Place, en Nueva York. En aquella época era otro mundo. Tenía veintitantos años. Decidí que había comprendido un par de cosas; entendía ciertos patrones de la vida. Me di cuenta de que no podía vender aquel conocimiento ni tampoco fumármelo, así que se me ocurrió escribir una novela. Empecé Una galería de espejos. Debí de tardar unos seis años en terminarla, una cantidad de tiempo terrible. Empecé a trabajar de verdad en la novela durante mi estancia en la Universidad de Stanford, gracias a una Beca Stegner que me llevó a California en el preciso momento en el que todo empezaba a volverse ligeramente loco. Así que pasé cantidad de tiempo que debería haber estado dedicando a escribir experimentando la muerte, transfiguración y renacimiento por LSD en Palo Alto. No era una atmósfera proclive a la productividad. Una galería de espejos fue algo contra lo que hice añicos mi juventud. Toda mi juventud acabó en ella. Metí todo cuanto sabía en aquella novela. Fue escrita durante unos años de cambios drásticos, no sólo para mí, sino para el país. Cubre los años sesenta desde el asesinato de Kennedy y el movimiento por los derechos civiles hasta el comienzo del ácido, los hippies, la guerra…

[Escribir] es condenadamente duro. En realidad a nadie le importa si lo haces o no. Tienes que obligarte tú mismo. Yo soy bastante perezoso y sufro como resultado. Por supuesto, cuando fluye bien, no hay nada en el mundo que se le pueda comparar. Pero también es una actividad muy solitaria. Si haces algo con lo que te sientes verdaderamente satisfecho, te encuentras en la loca posición de estar eufórico tú solo. Recuerdo haber terminado una parte de Dog Soldiers (el final del paseo de Hicks) en el sótano de una biblioteca universitaria, trabajando de noche, con el edificio cerrado a cal y canto. Salí abrumado por las lágrimas, hablando solo, y fui a darme de bruces con un guardia de seguridad. Resulta duro descender del subidón que te produce tu propio trabajo. Es uno de los motivos por los que los escritores le dan a la botella. El entusiasmo que te provoca el trabajo se convierte en la depresión del día después. Pero si intentas compensarlo con demasiado whisky, al día siguiente no estás en condiciones de seguir adelante. Cuando era joven era capaz de aguantar las resacas, pero ahora tengo que irme temprano a la cama.

Estuve en el momento indicado en el momento adecuado para ver [el cambio fundamental vivido por la cultura estadounidense entre la generación beat en los cincuenta y la contracultura de los sesenta]. Empezó con En el camino de Jack Kerouac cuando yo aún estaba en la marina. Mi madre me recomendó que lo leyera. Probablemente soy la única persona a la que su madre le recomendó En el camino. Me resulta muy difícil retrotraerme y pensar  qué fue lo que me transmitió en su momento. Ahora lo hojeo y lo único que soy capaz de ver es a Neal Cassady. Llegué a conocerlo. El libro es un maravilloso retrato suyo, pero apenas le veo valores más allá. Es como leer algo escrito por un individuo puesto de anfetas. Puede que sea una valoración poco amable, pero sinceramente lo encuentro excesivamente sentimental. Como digo, no estoy seguro de por qué me conmovió en su momento. Supongo que debía de ser la tan americana tradición de la carretera. Casi puedo recordar cómo era aquello. Pensar en el gran continente, los cruces en las ciudades, el mito del viajero en el arcén. Me recordó cómo, a cada tanto, mi madre y yo emigrábamos en busca de algún sitio donde las condiciones parecieran más prometedoras, como Chicago o donde fuese. Una vez llegamos hasta Nuevo México. No recuerdo qué era lo que buscábamos. Pero en cualquier caso era una búsqueda. Normalmente terminábamos dependiendo de la beneficencia e intentando escapar de donde fuera que estuviéramos. Una vez fuimos a Chicago y acabamos en un refugio del Ejército de Salvación en la zona norte, porque nos habíamos quedado sin dinero. Nos quedamos allí tanto tiempo como el Ejército de Salvación nos lo permitió, hasta que, de algún modo, mi madre consiguió reunir dinero suficiente para volver a Nueva York. Cuando regresamos, nos pasamos dos noches durmiendo en una azotea. Era descabellado. Pero me fue útil. Por una parte, me infundió un miedo al desorden, pero por otra era un romance con el mundo, las estaciones de autobuses y cosas así.

La violencia es una de mis preocupaciones. Acontece en mis novelas en niveles quizá desproporcionados. Pero la fortuna me ha deparado observarla en grandes cantidades y tengo que reflexionar al respecto. Intento contener mis temores a través de lo que escribo. En cierto modo utilizo a mis personajes como chivos expiatorios para que paguen mis deudas, para que alejen el peligro de mi pellejo atrayéndolo con los suyos. Cada vez que un conflicto irrumpe en tu vida, el primer impulso es recrearlo: convertir el desastre en anécdota o arte. Es verdad que abordo muchas cosas negativas y espantosas, pero no escribo para deprimir a los lectores. Escribo para infundirles coraje, para hacer que se enfrenten a la realidad de las cosas de una manera más valerosa.

Es literalmente cierto que el mundo es visto por las superpotencias como un mapa cuadriculado con objetivos específicos. Todos estamos en los mapas militares. Puede darse la circunstancia de que no se esté desarrollando ninguna acción en esas zonas en el momento presente, pero están ahí. Y luego están las guerras que luchamos contra nosotros mismos en nuestras propias ciudades. La verdad es así de simple: allá donde estés, hay un ejército armado a escasa distancia.

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Jueves 25 de diciembre de 2014

Stephen King: la carne y las verduras

Entre las cosas curiosas que me voy encontrando por ahí y que guardo con intención de ir recuperando poco a poco en el blog, estaba desde hace meses esperando el turno esta conversación con Stephen King organizada por la Casa Museo de Mark Twain, en Connecticut, grabada en julio de 2013. Dejo a continuación un par de fragmentos transcritos y traducidos. Si queréis ver la grabación completa de la charla, podéis hacerlo aquí. El audio es bastante penoso durante los primeros veinte minutos, pero luego mejora.

* * *

Mi madre nos leyó Tom Sawyer cuando yo tenía seis años y mi hermano Dave probablemente ocho. Nos enganchó por completo y nos reíamos como locos, pero lo que más me marcó y me hizo pensar fue: le encargan una tarea como castigo, se supone que debe encalar esa valla, pero se lo monta de tal manera que consigue que otras personas le paguen por hacer su labor. Así que empecé a preguntarme: “¿Funcionaría eso en la vida real?”. Y entonces se me ocurrió: me gustaría ser escritor, porque el trabajo consiste precisamente en eso.

Tendemos a perpetuar una especie de distinción artificial entre ficción popular y literatura. No me interesa esa distinción, me parece infantil. Es como el niño que dice: “No me quiero comer la cena, porque… mira, las patatas están tocando la carne y la carne está mezclada con las zanahorias y las verduras. Si no está cada cosa en su sitio, no voy a comer”. Es una gilipollez, igual que lo son las distinciones entre ficción popular y literatura. […] Lo que me gustan son las historias, y si una historia me transporta, estoy feliz con ella. Nunca pienso en términos de género, ni si la gente la va a leer o si harán una película. Para mí los libros suelen empezar con una imagen. No sé de dónde viene la imagen, sólo que está ahí. Por ejemplo, durante probablemente tres años tuve la imagen de un niño en silla de ruedas jugando con una cometa en la playa. Volvía a ella una y otra vez hasta que, un día, vi un parque de atracciones a lo lejos, en la playa, y empecé a intuir la historia. Cuando acabé, había escrito Joyland, una novela sobre una feria y un chaval que sufre un desengaño amoroso a los 21 años.

Tenía 27 años cuando publiqué mi primera novela. Era un recién llegado y escribía historias que la gente asociaba con la ficción pulp y con lo que la generación de mis padres habría llamado “basura”. “¿Qué haces leyendo esa basura?”. Básicamente me tildaron de plumífero y de oportunista. Bien, mi prioridad era alimentar a mi familia, así que no me importaba lo que dijeran. Lo que pasó fue que, como empecé muy joven, gran parte de aquellos críticos pasaron a mejor vida, dejando sitio para un montón de chicos a los que acojoné vivos cuando eran niños, así que ahora me tienen en alta estima. Básicamente, lo que ha pasado es que he vivido lo suficiente [como para que la crítica haya empezado a apreciarme]. Creo que si vives el tiempo suficiente y te dedicas a hacer tu trabajo, te esfuerzas y sigues adelante haciéndolo lo mejor posible, antes o después la gente acabará aceptándote.

Ilustración de Gottfried Helnwein para la portada de un número de 1986 de Time.

Creo en el sentimiento, creo en la emoción y creo en la sensibilidad. Quiero alcanzar a los lectores emocionalmente, suscitarles una reacción visceral, porque considero la escritura, la ficción, como algo vivo. Algo real. Uno de los desafíos es ser capaz de alcanzar esa zona en la que verdaderamente estás hablando de sentimiento, sentimiento humano y sincero; el peligro es ir más allá de ese punto y caer en el sentimentalismo, que es otra cosa, no tan real. El escritor que mejor dominaba eso fue Charles Dickens, porque era capaz de sacar emociones reales de sus lectores. Una de las cosas que siempre me ha cabreado mucho es que hay ciertos críticos literarios que miran por encima del hombro a Dickens, porque tienen la idea de que provocar emociones en el lector es poca cosa. No es poca cosa, es algo de suma importancia.

Me interesan los niños porque no han empezado a estrechar el foco de sus percepciones. Observaba a mis tres hijos, que se pasaban el día metidos en casa y continuamente se traían a sus amigos, y me fascinaba su manera de pensar, de imaginar cosas. Todo el rato están absorbiendo y aprendiendo. Pero, ¿sabes? Los niños se comportan igual que los locos. Recuerdo una cosa que me sirvió de inspiración para It: iba paseando por mi pueblo cuando vi a un niño pequeño en calzoncillos sentado sobre un montón de tierra. Llevaba un palo en la mano y daba golpes contra el suelo a la vez que decía: “Ya te pillaré”. Pam. “Ya te pillaré”. Pam. “¡Ya te pillaré!”. Y pensé: si fuera un adulto, se lo llevarían de inmediato a una institución mental y pasaría la noche en observación, pero en los niños es un comportamiento aceptable, porque sabemos que aún no han aprendido a estrechar su foco de atención. Y ése es el motivo de que me interesen [como personajes]. Tuve que escribir varias novelas con niños, como El misterio de Salem’s Lot, El resplandor, Ojos de fuego y Cujo, para darme cuenta de lo que estaba haciendo: estaba escribiendo sobre niños para adultos, en vez de sobre niños para niños. Resulta asombrosa la cantidad de libros sobre niños que hay para niños y los pocos que hay sobre niños para adultos. William Golding contaba una anécdota maravillosa: tenía una idea para una novela sobre chicos en una isla, y una noche, mientras estaban sentados delante de la chimenea, le dijo a su mujer: “¿Qué te parece esta idea que tengo de escribir una novela sobre niños, pero que no se comporten como los niños de los libros, sino como son en realidad, es decir, unos salvajes?”. Ella le dijo: “William, me parece una idea maravillosa”. Así que se sentó a escribir El señor de las moscas.

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Jueves 27 de noviembre de 2014

El tipo que lo entendió todo

Philip K. Dick.

El año pasado por estas fechas, Rafa Rodríguez, de la revista cultural Verlanga, me escribió para proponerme participar en un artículo en el que se les solicitaba a diversos editores que recomendasen un libro publicado por otra editorial que no fuera la suya. Mi elección fue Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, una biografía de Philip K. Dick escrita por Emmanuel Carrère y publicada en nuestro país por Minotauro en 2002. El motivo principal, tal como explicaba en el artículo, fue que «me despertó el gusto por un tipo de biografía menos tradicional; uno que no se centrara exclusivamente en la obra y milagros del artista de turno, sino que prestara particular atención a su relación con la cultura y la sociedad de su momento, así como a nuestra propia relación, la de los lectores, con la cultura y la sociedad de nuestro tiempo a través de la obra del individuo en cuestión. La mera existencia de este libro ejerció sobre mí una influencia decisiva a la hora de animarme a montar Es Pop, ya que uno de los motivos para ello fue precisamente dar a conocer más biografías y ensayos similares que, más allá del interés particular de la persona o el tema al que estén dedicados, contribuyan a arrojar cierta luz sobre cómo nos afecta a nivel personal y como sociedad la cultura popular y los modos en los que establecemos una relación con aquellos que la crean».

Hace unos meses di por casualidad con una excelente entrevista con Carrère aparecida el año pasado en la revista The Paris Review, en la que hablaba precisamente sobre su biografía de Dick y los motivos que le llevaron a escribirla. Traduzco a continuación un par de fragmentos de la misma. Si os parece interesante, no dejéis de hincarle el diente al libro. Merece la pena.

CARRÈRE: [Escribir la novela] Hors d’atteinte? me dejó tan agotado que me pasé el siguiente par de años completamente bloqueado. Me ganaba la vida escribiendo guiones. Llegado cierto punto, mi agente, François Samuelson, me dijo: «¿Sabes? El último recurso contra el bloqueo del escritor es la biografía». Así que me puse a pensar en ello y de inmediato me vino Dick a la cabeza. También sucedió otra cosa, y fue que en la primavera de 1990 fui a Rumanía justo tras la caída de Ceaucescu para hacer un reportaje. Y Rumanía tras la caída de Ceaucescu era uno de los lugares más aterradores en los que he estado jamás. Era The Twilight Zone. Todo parecía peligroso y traicionero. Recuerdo que una noche en Bucarest el gobierno que sucedió a Ceaucescu llevó a la ciudad a veinte mil mineros para que apalearan a la multitud con palancas. Una violencia inimaginable. Me había hecho colega de un periodista estadounidense que recibió una paliza de muerte. Estábamos bebiendo en el bar cuando nos dimos cuenta de que ambos éramos fans de Dick y que, sumidos en el aterrador caos de Rumanía, continuamente estábamos pensando en sus novelas, como si fueran la única clave posible para poder llegar a entender aquel mundo incomprensible. De modo que regresé convencido de que lo que tenía que hacer era escribir una biografía de Dick. […] Al final, escribir la biografía fue una solución excelente. Fue como construir un avión a partir de un montón de piezas. Disfruté mucho con aquel juego de mecano. Y me gustaba imaginarme a Dick mirando por encima de mi hombro. En muchos aspectos, Dick era un tío insufrible, pero durante los dos años que dediqué a escribir la historia de su vida, nunca dejé de sentir afecto, incluso ternura, hacia él. Hacíamos buena pareja.

TPR: ¿Qué fue lo que te atrajo de Dick?

CARRÈRE: Para mí, es el Dostoievski del siglo XX, el tipo que lo entendió todo. Francamente, me impresiona su vigencia póstuma, no sólo todas las películas basadas en sus libros, sino todas las películas que no lo están, como Matrix, El show de Truman y Origen, que tratan del modo en el que la realidad desaparece detrás de su representación. Solía irritarme que toda esa gente no reconociera su deuda con Dick, pero en última instancia me parece estupendo. Lo que hace veinte años llamábamos el mundo de Philip K. Dick ahora es simplemente el mundo. Ya no necesitamos seguir citándole. Ha ganado.

TPR: ¿Dedicaste mucho tiempo a la documentación?

CARRÈRE: Para ser sincero, no. Me releí todos sus libros en orden. Leí una excelente biografía previa, escrita por Lawrence Sutin. Basándome en ella, preparé una lista de acontecimientos: cuándo se casó, cuándo se mudó, etcétera. Después tiré la biografía a la basura, para evitar la tentación de volver a ella. Después cotejé los acontecimientos de su vida con sus novelas, convencido de que sus historias, que parecen surgir de una imaginación desbocada, eran en realidad una forma de autobiografía. Y la cosa encajó bastante bien. Llegué hasta el extremo de utilizar un conversación entre dos robots en una de sus novelas como un diálogo entre Dick y una de sus esposas. El resultado es una especie de viaje por su cerebro. Al lector anglosajón, acostumbrado a las biografías con muchos datos, debe de resultarle muy extraño, pero es un libro por el que siento mucho cariño. Puede que su defecto sea un exceso de información que lo haga agotador para el lector. Creo que uno debe ser exigente con sus lectores, pero al mismo tiempo debes cuidar de ellos.

TPR: Lo cierto es que tienes un modo muy coloquial y natural de escribir. ¿Editas mucho?

CARRÈRE: Un montón. Lo que busco siempre es un equilibrio entre un tono natural, íntimo, coloquial, como bien has dicho, y el máximo de tensión posible, de modo que pueda mantener atrapado al lector. Las frases han de tener corriente eléctrica. Tiene que haber tirantez y a la vez flexibilidad, velocidad y pausa, como en las artes marciales. Has de simplificar las frases todo lo posible, al tiempo que haces que asuman una temática cada vez más compleja. Me gusta eso que dice Hemingway: como todo el mundo, me sé unas cuantas palabras complicadas, pero me esfuerzo al máximo por no utilizarlas.

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Jueves 19 de junio de 2014

Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson

Ayer se puso oficialmente a la venta en librerías y también en nuestra web Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson, el libro de Robert Polito que me ha tenido ocupado durante estos últimos meses. Verlo por fin publicado y en la calle es un pequeño sueño hecho realidad, pues se trata de una obra que llevaba empeñado en traducir desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que, de hecho, cuando empecé a darle vueltas a la idea ni siquiera sospechaba que algún día tendría una editorial propia desde la cual publicarlo. Lo cierto es que incluso teniéndolo ya entre las manos me sigue costando creer que Arte salvaje haya llegado finalmente a las librerías tal como me lo imaginé en su día: con su tapa dura, sus cubiertas de tela roja, su portada de Chip Kidd y unas dimensiones adecuadas para descalabrar a cualquiera lo suficientemente incauto como para dejarlo al alcance de individuos como Lou Ford o Clinton Brown. Mentiría si no dijese que es el libro del que, viendo el producto terminado, más satisfecho me siento desde que emprendí esta pequeña aventura editorial. A los lectores y amigos con los que llevo años hablando de este tema, sólo puedo decirles que deseo que la espera haya merecido la pena. Para todos los demás, dejo a continuación una serie de contenidos que he ido preparando en las últimas semanas para ir calentando el lanzamiento del libro.

Todas las portadas recogidas en el Tumblr han sido limpiadas en la medida de lo posible.

El Tumblr de Arte salvaje
No es ningún secreto para los lectores de este blog que en Cultura Impopular somos unos enamorados de la estética pulp y unos rendidos admiradores de los grandes ilustradores de la era dorada de la literatura de quiosco. Aunque la edición original de Arte salvaje contiene algunas reproducciones de portadas de novelas de Thompson, lo cierto es que en pequeño y en blanco y negro no lucen como merecen. La idea tras el tumblr de Arte salvaje fue crear una página en la que reunir las cubiertas de las primeras ediciones norteamericanas de todas las novelas de Thompson, para que los lectores del libro pudieran disfrutarlas en color, restauradas y a buena resolución. La cantidad de material “exhumado” durante el proceso de búsqueda de las imágenes me animó a expandir el concepto original para incluir también portadas de revistas, carteles de cine y otras curiosidades relacionadas con el autor de 1.280 almas. El blog lleva activo desde el pasado 15 de mayo y continuará actualizándose a razón de una imagen diaria, de más reciente a más antigua, hasta llegar a los años treinta y las primeras colaboraciones de Thompson con las revistas de crímenes reales en las que se curtió como profesional. Aunque no pretende ser 100% exhaustivo, sí espero que, una vez completado, el archivo visual de Arte salvaje quede como la mayor colección de cubiertas thompsonianas (cerca de un centenar) reunidas en una sola web para el disfrute de fans y curiosos. Puedes seguir el tumblr de Arte salvaje aquí.

Harry McClintock y su esposa Bessie, buenos amigos de Thompson.

La banda sonora
Aunque en un principio podría parecer que Arte salvaje no es un libro tan propicio para contar con una banda sonora como, por ejemplo, Señores del caos o Fargo Rock City, que prácticamente la estaban pidiendo a gritos, lo cierto es que Jim Thompson no sólo fue un gran aficionado a la música country y folk, sino que también mantuvo una amistad estrecha con varias figuras destacadas de ambos géneros, hasta tal punto que fue el mismísimo Woody Guthrie quien le consiguió el contrato para publicar su primera novela, Aquí y ahora. Aunque reconozco que he colado un par de “morcillas” de cosecha propia, la mayor parte de los 42 temas recopilados en esta lista de Spotify aparecen mencionados en el libro de Robert Polito o están interpretados por artistas citados en él. A continuación, unas cuantas pistas de por dónde van los tiros. La BSO se abre con “Marching Through Georgia”, el tema con el que el padre de Thompson acompañaba sus mítines cuando se presentó a candidato al Congreso por el estado de Oklahoma, y sigue con “Turkey in the Straw”, un clásico popular que el propio Thompson intentaba interpretar sin éxito al violín. “Jake Walk Blues” es un tema de los Allen Brothers que alude a una dolencia sufrida por Thompson, descrita en detalle en el libro y relacionada con la ingesta de un alcohol de pésima calidad, similar al célebre whisky casero conocido como white lighting (lo que me dio la excusa para incluir la versión de Ralph Stanley de “White Light/White Heat”). A continuación siguen una mezcla de canciones proletarias e himnos wobblies (nombre con el que se conocía a los afiliados al sindicato Industrial Workers of the World, del que Thompson era miembro), entre ellos dos temas compuestos por su gran amigo y mentor Harry Kirby McClintock. Al margen del ya mencionado Woody Guthrie, en la BSO también intervienen otros amigos personales de Thompson, como la cantautora Sis Cunningham y el grupo The Almanac Singers, encabezado por Pete Seeger.

Carl Sandburg era al parecer una presencia habitual en el tocadiscos del escritor, para exasperación de su esposa Alberta, que consideraba canciones como “The Foggy Dew” y “Sam Hall” obscenas e inmorales. El empeño de Thompson por redactar una historia oral de los movimientos mineros y sindicales aparece reflejado mediante la inclusión de varias canciones relacionadas con ambas cuestiones, como el clásico “Down on a Coal Mine” o la maravillosa “UAW-CIO” de The Union Boys. Intérpretes como Hank Williams, Webb Pierce y The Louvin Brothers aparecen citados en Arte salvaje como algunos de los predilectos por Thompson, aunque la elección de los temas incluidos ha sido únicamente de mi cosecha (en cualquier caso, resulta curioso ver lo apropiadas que resultan canciones como “My Rough and Rowdy Ways” o “I’ll Never Get Out of This World Alive” en el contexto de su obra). La inclusión de temas más eléctricos, como el de The Byrds o los de Billy Bragg, no tienen más justificación que la temática (tanto Joe Hill como Pretty Boyd Floyd aparecen mencionados en el texto repetidas veces). “Bodies” de los Sex Pistols aparece citado expresamente por Robert Polito en su prólogo como equivalente sonoro de la prosa de Thompson (“un nihilismo baldío y avasallador, tan inmisericorde como el rock más lacerante”), un símil a mi juicio muy acertado y a la vez un tema muy apropiado para las desoladoras últimas páginas de su biografía. El punto irónico y final lo pone otra canción citada varias veces en Arte salvaje, la socarrona “Pie in the Sky”. Espero que os guste la selección.
Puedes escuchar la banda sonora completa aquí.

La portada
Aunque en este caso no habrá “como se hizo” de la portada, ya que desde el primer momento tuve bien claro que quería utilizar la magnífica sobrecubierta diseñada por Chip Kidd para la edición original de Arte salvaje, no quiero dejar de comentar como ejemplo ilustrativo el modo en el que a veces las cosas que en un principio asumes que van a ser las más sencillas acaban complicándose de manera insospechada. En el caso que nos ocupa, ya digo que nunca hubo duda alguna acerca de cuál debía de ser la cubierta del libro, por lo que no anticipaba ningún quebradero de cabeza. El problema, sin embargo, vino cuando, tras contactar con Chip Kidd para solicitarle los materiales necesarios, éste me comentó que los archivos digitales de la cubierta (creada en 1995 a saber en qué versión de qué programa hoy en día completamente obsoleto) se habían perdido irremediablemente, lo cual me dejaba únicamente dos soluciones: la chapuza (escanear y manipular la portada original) o la trabajosa (recrearla de cero). Afortunadamente, con la ayuda de mi amigo José María Méndez, que se dedicó a peinar las librerías de segunda mano y a pelearse con varios libreros de viejo, conseguí localizar y comprar a un precio no demasiado prohibitivo las primeras ediciones de The Kill-Off (1957) y The Nothing Man (1954), cuyas portadas sirvieron de base para el diseño original de Kidd. Una vez conseguidas, “sólo” hubo que escanearlas, limpiarlas, buscar tipografías similares a las de la sobrecubierta norteamericana y montarlo todo (lomo incluido) de manera que pareciese que se trataba exactamente de la misma portada. A pesar de los esfuerzos, hay varios detalles reveladores que traicionan el uso de materiales de partida distintos, entre ellos las roturas que pueden verse en la parte inferior de la portada, las cuales no coinciden para nada entre la edición americana y la española; esto es debido a que no se trata de una rotura falsa simulada con Photoshop, sino a las grietas reales que atraviesan la cubierta de los libros utilizados. En resumen: lo que se anticipaba como un trabajo rápido acabó llevando al final casi más tiempo que haber creado una portada nueva. Para que se fíe uno.

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Lunes 20 de enero de 2014

La metamorfosis de David Cronenberg

Imagen: TIFF.

La editorial norteamericana W. W. Norton acaba de publicar una nueva traducción al inglés de La metamorfosis, de Franz Kafka, realizada por Susan Bernofsky. La edición, además de una espectacular portada diseñada por el siempre brillante Jamie Keenan (más sobre su elaboración aquí), cuenta con un prólogo del cineasta David Cronenberg (el cual, por cierto, publicará su primera novela, Consumed, el 2 de septiembre de este año). La web de The Paris Review lo ha reproducido íntegro a modo de artículo, así que se me ha ocurrido traducir un par de fragmentos de muestra. Podéis leer el prólogo completo aquí.

Cubierta: Jamie Keenan.

El escarabajo y la mosca (fragmentos)
Hace poco me desperté una mañana para descubrir que me había convertido en un hombre de setenta años. ¿Es esto distinto a lo que le sucede a Gregor Samsa en La metamorfosis? Gregor se despierta para descubrir que se ha convertido en un coleóptero (probablemente de la familia de los escarabajos, si debemos creer a su señora de la limpieza), y ni siquiera en un espécimen particularmente robusto. Nuestras reacciones, la mía y la de Gregor, son muy parecidas. Nos sentimos confusos y aturdidos, y pensamos que se trata de una ilusión momentánea que pronto se habrá disipado, dejando que nuestras vidas continúen como hasta ahora. ¿Cuál podría ser la fuente de estas transformaciones gemelas? Ciertamente, uno ve acercarse su cumpleaños con sobrada anticipación y no debería sentirse conmocionado ni sorprendido cuando llega el momento. Y como cualquier amigo bienintencionado podría decirnos, setenta sólo es un número. ¿Hasta qué punto podría tener dicho número un verdadero impacto sobre una vida humana física y real?

En el caso de Gregor, un joven viajante de telas que pernocta en el apartamento de su familia en Praga, despertar a una extraña existencia híbrida entre humano e insecto es, por subrayar lo obvio, una sorpresa completamente inesperada, y la reacción de aquellos que le rodean (su madre, su padre, su hermana, su doncella, su cocinera) es retroceder horrorizados, tal como podría uno esperar, y ni un solo miembro de su familia se siente impelido a consolar a la criatura; por ejemplo, señalando que un escarabajo también es una criatura viva y que convertirse en uno podría resultar, para un ser humano mediocre inmerso en una vida monótona, una experiencia embriagadora y enriquecedora, así que ¿dónde está el problema? Este consuelo imaginario no puede, en cualquier caso, tener cabida dentro de la estructura del relato, ya que Gregor es capaz de entender el habla humana, pero no consigue hacerse entender cuando intenta hablar, por lo que a su familia no se le ocurre en ningún momento acercarse a él como a una criatura en posesión de una inteligencia humana. (Debe subrayarse, sin embargo, que llevados por su banalidad burguesa aceptan de algún modo que dicha criatura es, por algún motivo innombrable, su Gregor. Nunca se les ocurre que, por ejemplo, un escarabajo gigante pudiera haberse comido a Gregor; no tienen imaginación para ello y el joven rápidamente pasa a ser poco más que una molestia casera). Su transformación lo encierra por completo en sí mismo con tanta eficacia como si hubiera sufrido una parálisis total. Estas dos situaciones, la mía y la de Gregor, parecen tan diferente que uno podría preguntarse por qué me he molestado siquiera en compararlas. Pero yo argumentaría que el origen de la transformación es el mismo: ambos nos hemos visto forzados a tomar conciencia al despertar de lo que verdaderamente somos, y esa toma de conciencia es profunda e irreversible; en ambos casos, la ilusión pronto habrá demostrado ser una nueva y preceptiva realidad, y la vida no va a seguir siendo como hasta ahora. […]

Gregor se despierta de un mal sueño que nunca llega a ser descrito de manera directa por Kafka. ¿Acaso Gregor había soñado que era un insecto para luego, al despertar, descubrir que realmente lo era? «”¿Qué diantres me ha ocurrido?”, pensó. No era un sueño», dice Kafka, refiriéndose a la nueva forma física de Gregor, pero no queda claro si sus pesadillas eran sueños premonitorios de insecto. En la película que coescribí y dirigí a partir del relato corto La mosca, de George Langelaan, le hacía decir a nuestro protagonista Seth Brundle, interpretado por Jeff Goldblum, en su momento de mayor agonía en el proceso de transformarse en un espantoso híbrido de mosca y humano: «Soy un insecto que soñó que era un hombre y le encantaba serlo. Pero ahora el sueño ha terminado y el insecto está despierto». Le está advirtiendo a su amante de que ahora representa un peligro para ella, de que es una criatura sin compasión ni empatía. Se ha desprendido de su humanidad igual que una ninfa de cigarra se desprende de su capullo, y lo que ha emergido ha dejado de ser humano. Brundle está sugiriendo asimismo que ser un humano, un ser con consciencia, es un sueño que no puede durar, una ilusión. También Gregor tiene dificultades a la hora de aferrarse a lo que queda de su humanidad, y a medida que su familia comienza a sentir que aquello que habita en el cuarto de Gregor ha dejado de ser Gregor, él comienza a sentir lo mismo. […]

Los relatos de transformación mágica siempre han formado parte del canon narrativo de la humanidad. Articulan esa sensación de empatía universal que sentimos por todas las formas de vida; expresan el deseo de trascendencia que también expresan todas las religiones; nos impelen a preguntarnos si la transformación en otra criatura viva podría ser prueba de la posibilidad de la reencarnación o de algún tipo de vida más allá de la muerte, por lo que constituyen, al margen de lo espantoso o lo desastroso que acontezca en la narración, un concepto religioso y optimista. Ciertamente mi Brundlemosca pasa por varios momentos de fuerza y energía frenéticas, convencido de que ha combinado los mejores componentes de humano e insecto para convertirse en un superser, negándose a considerar su evolución personal como nada que no sea una victoria incluso mientras comienza a perder partes de su cuerpo humano, que almacena cuidadosamente en un botiquín que bautiza como el Museo Brundle de Historia Natural.

No hay nada de todo esto en La metamorfosis. El Samsaescarabajo apenas es consciente de ser un híbrido, si bien goza de aquellos pequeños placeres híbridos que es capaz de encontrar, ya sea colgar del techo o corretear entre las basuras de su cuarto (placeres de escarabajo) o escuchar la música que interpreta su hermana al violín (placer humano). Pero la familia Samsa es tanto el contexto como la prisión del Samsaescarabajo, y su sometimiento a las necesidades de su familia, tanto antes como después de su transformación, le llevan en última instancia a darse cuenta de que para ellos resultaría más conveniente que simplemente desapareciera, de hecho sería una expresión de su amor por ellos, y eso es exactamente lo que hace, dejándose morir en silencio. La corta vida del Samsaescarabajo, a pesar de su naturaleza fantástica, queda relegada al nivel de lo funcional y lo estrictamente mundano, y no consigue despertar en ninguno de los personajes del relato ni un asomo de meditación filosófica o de reflexión profunda. ¿Cómo de parecida sería entonces la historia si, en esa desdichada mañana, la familia Samsa encontrara en el cuarto de su hijo no a un joven y enérgico viajante que se encarga de mantenerles con su desprendida e interminable labor, sino a un octogenario torpe y medio ciego, incapaz de caminar sin los bastones sobre los que se apoya cual miembros insectiles; un hombre que farfulla incoherencias y que se ha manchado los pantalones y que desde las nieblas de su demencia escupe ira e induce a la culpa? ¿Y si cuando Gregor Samsa se despertase una mañana de un sueño inquieto se descubriera convertido allí, en su misma cama, en un anciano demente, incapaz y necesitado? Su familia se muestra horrorizada, pero de algún modo lo reconocen como a su Gregor, aunque transformado. Con el tiempo, sin embargo, igual que en la versión del escarabajo, deciden que ha dejado de ser su Gregor y que para ellos sería una bendición que desapareciera.

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Jueves 9 de enero de 2014

Cuestión de género

Megan Abbott. Foto: Joshua Gaylord.

Hace un par de meses, Megan Abbott, autora de Reina del crimen, entrevistaba para el magazine digital The Rumpus a las también escritoras Kelly Braffet y Lisa Lutz a propósito de sus novelas más recientes. En el transcurso de la conversación abordaban sus respectivos puntos de vista acerca del sempiterno debate generado por las todavía persistentes divisiones entre literatura de género y literatura “de verdad”, entre profundidad y escapismo (tema, como ya sabéis, recurrente en este blog). Traduzco a continuación un par de fragmentos de la entrevista. Si queréis leer el resto, sigue aquí.

Megan Abbott: Voy a empezar por una de esas preguntas que para mí —y posiblemente para vosotras— es una de mis bestias pardas: el debate entre «ficción literaria» contra ficción «de género». Un artículo reciente en Salon.com se preguntaba qué es lo que hace que un libro sea literario en oposición a una obra de género. Un par de autores intentaban definir tal distinción, indicando, por ejemplo, que las novelas literarias están «menos pendientes de proporcionar placeres escapistas y más pendientes de proporcionar el placer de un análisis incisivo». ¿Qué pensáis vosotras? ¿Existe una distinción? Y si es así, ¿en qué la basáis?

Lisa Lutz. Foto: Jerry Bauer.

Lisa Lutz: Yo hago la distinción porque el otro bando siempre la está haciendo. Cuando me entran ganas de llevarles la contraria, puede que me haga las siguientes preguntas: ¿sucede algo en el libro? ¿Tiene una trama discernible? Si la respuesta es negativa, añadiría el libro a la pila del bando literario. Evidentemente no es un caso aplicable a toda la «literatura», pero en ocasiones la distinción parece ser la misma que existe entre un narrador y un charlatán. Un narrador reconoce la existencia de un público; sus historias pretenden enganchar y absorber al oyente. Un charlatán simplemente se dedica a darle vueltas y más vueltas a su «incisivo análisis». Me estoy refiriendo sobre todo a las malas novelas literarias, porque asumo que cuando la gente menosprecia la ficción de género únicamente están hablando de la mala. Seguir pensando que una novela no puede ser reveladora y penetrante sólo porque también encaja dentro de un género me parece una locura cercana a cierto tipo de ascetismo. Cuando yo leo un libro, no quiero que únicamente me estimule intelectualmente, quiero perderme en él.

Kelly Braffet. Foto: Juliet Varnedoe.

Kelly Braffet: Lisa tiene razón. El resto del mundo insiste en seguir haciendo esa distinción, por lo que si queremos tener una oportunidad de comunicarnos con ese mundo, en cierto modo también tenemos que hacerla. Aunque creo que existe una zona gris que es cada vez mayor. Para mí, por darle una vuelta a otra de las cosas que ha dicho Lisa, no depende de que en el libro suceda algo, sino más bien de si ese algo resulta descaradamente excitante. Cinco personas sentadas alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios es algo que puede suceder, pero no es algo necesariamente excitante. No se añade emoción a la historia, tal como se haría si estuvieran sentados alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios mientras planean el atraco a un banco. Y por cierto, la idea de que la presencia misma del atraco al banco pueda invalidar automáticamente la perspicacia de los comentarios acerca de lo que supone estar en una relación que se desmorona hace que me entren ganas de disparar fuego por los ojos. Lo que más me llama la atención de la cita mencionada por Megan es la idea de que el escapismo sea algo malo o un recurso barato, algo en cierto modo ajeno a la experiencia habitual de leer una novela. Viene más o menos a implicar que existe un tipo de persona capaz de sentarse en un café a leer una novela, sin dejar de ser consciente en todo momento de que está sentado en un café leyendo una novela, sin dejarse en ningún momento arrastrar por ella ni verse absorbido por ella. Lo cual, para mí, es simplemente triste. Cuando me gusta un libro, el resto del mundo desaparece mientras lo estoy leyendo, da igual que sea de Raymond Chandler o de Jennifer Egan. De modo que no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando habla de esa manera del «escapismo».

Megan Abbott: A mí también me irrita mucho el argumento del escapismo. Y ahora voy a caer en el estereotipo de la supuesta ficción literaria, pero para mí nada podría ser más escapista que imaginarme en el mundo protegido y autoindulgente de Brooklyn o de cualquier ciudad universitaria al azar, donde mis principales preocupaciones deberían ser supuestamente el adulterio y un vago malestar interno. Una buena novela criminal, como cualquier buena novela de lo que sea, te retuerce las tripas o por lo menos te agarra de la pechera de la camisa y se niega a dejarte escapar. ¿Qué tiene eso de escapista? Da igual que estemos hablando de ficción literaria, criminal o de cualquier otro tipo; cuando está mal escrita, parece estar siguiendo una fórmula, y cuando está bien escrita te produce la sensación de estar leyendo algo increíble, bien trabajado, especial. Sientes todo lo que sucede de manera palpable porque estás conectando con la intensidad de la emoción y con unos personajes a los que notas como poderosamente reales. Y es entonces, supongo, cuando la frase «trasciende el género» asoma su inoportuna cabeza.

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Quien empieza quemando libros acaba quemando personas.
Heinrich Heine
Popsy