Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Jueves 19 de junio de 2014

Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson

Ayer se puso oficialmente a la venta en librerías y también en nuestra web Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson, el libro de Robert Polito que me ha tenido ocupado durante estos últimos meses. Verlo por fin publicado y en la calle es un pequeño sueño hecho realidad, pues se trata de una obra que llevaba empeñado en traducir desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que, de hecho, cuando empecé a darle vueltas a la idea ni siquiera sospechaba que algún día tendría una editorial propia desde la cual publicarlo. Lo cierto es que incluso teniéndolo ya entre las manos me sigue costando creer que Arte salvaje haya llegado finalmente a las librerías tal como me lo imaginé en su día: con su tapa dura, sus cubiertas de tela roja, su portada de Chip Kidd y unas dimensiones adecuadas para descalabrar a cualquiera lo suficientemente incauto como para dejarlo al alcance de individuos como Lou Ford o Clinton Brown. Mentiría si no dijese que es el libro del que, viendo el producto terminado, más satisfecho me siento desde que emprendí esta pequeña aventura editorial. A los lectores y amigos con los que llevo años hablando de este tema, sólo puedo decirles que deseo que la espera haya merecido la pena. Para todos los demás, dejo a continuación una serie de contenidos que he ido preparando en las últimas semanas para ir calentando el lanzamiento del libro.

Todas las portadas recogidas en el Tumblr han sido limpiadas en la medida de lo posible.

El Tumblr de Arte salvaje
No es ningún secreto para los lectores de este blog que en Cultura Impopular somos unos enamorados de la estética pulp y unos rendidos admiradores de los grandes ilustradores de la era dorada de la literatura de quiosco. Aunque la edición original de Arte salvaje contiene algunas reproducciones de portadas de novelas de Thompson, lo cierto es que en pequeño y en blanco y negro no lucen como merecen. La idea tras el tumblr de Arte salvaje fue crear una página en la que reunir las cubiertas de las primeras ediciones norteamericanas de todas las novelas de Thompson, para que los lectores del libro pudieran disfrutarlas en color, restauradas y a buena resolución. La cantidad de material “exhumado” durante el proceso de búsqueda de las imágenes me animó a expandir el concepto original para incluir también portadas de revistas, carteles de cine y otras curiosidades relacionadas con el autor de 1.280 almas. El blog lleva activo desde el pasado 15 de mayo y continuará actualizándose a razón de una imagen diaria, de más reciente a más antigua, hasta llegar a los años treinta y las primeras colaboraciones de Thompson con las revistas de crímenes reales en las que se curtió como profesional. Aunque no pretende ser 100% exhaustivo, sí espero que, una vez completado, el archivo visual de Arte salvaje quede como la mayor colección de cubiertas thompsonianas (cerca de un centenar) reunidas en una sola web para el disfrute de fans y curiosos. Puedes seguir el tumblr de Arte salvaje aquí.

Harry McClintock y su esposa Bessie, buenos amigos de Thompson.

La banda sonora
Aunque en un principio podría parecer que Arte salvaje no es un libro tan propicio para contar con una banda sonora como, por ejemplo, Señores del caos o Fargo Rock City, que prácticamente la estaban pidiendo a gritos, lo cierto es que Jim Thompson no sólo fue un gran aficionado a la música country y folk, sino que también mantuvo una amistad estrecha con varias figuras destacadas de ambos géneros, hasta tal punto que fue el mismísimo Woody Guthrie quien le consiguió el contrato para publicar su primera novela, Aquí y ahora. Aunque reconozco que he colado un par de “morcillas” de cosecha propia, la mayor parte de los 42 temas recopilados en esta lista de Spotify aparecen mencionados en el libro de Robert Polito o están interpretados por artistas citados en él. A continuación, unas cuantas pistas de por dónde van los tiros. La BSO se abre con “Marching Through Georgia”, el tema con el que el padre de Thompson acompañaba sus mítines cuando se presentó a candidato al Congreso por el estado de Oklahoma, y sigue con “Turkey in the Straw”, un clásico popular que el propio Thompson intentaba interpretar sin éxito al violín. “Jake Walk Blues” es un tema de los Allen Brothers que alude a una dolencia sufrida por Thompson, descrita en detalle en el libro y relacionada con la ingesta de un alcohol de pésima calidad, similar al célebre whisky casero conocido como white lighting (lo que me dio la excusa para incluir la versión de Ralph Stanley de “White Light/White Heat”). A continuación siguen una mezcla de canciones proletarias e himnos wobblies (nombre con el que se conocía a los afiliados al sindicato Industrial Workers of the World, del que Thompson era miembro), entre ellos dos temas compuestos por su gran amigo y mentor Harry Kirby McClintock. Al margen del ya mencionado Woody Guthrie, en la BSO también intervienen otros amigos personales de Thompson, como la cantautora Sis Cunningham y el grupo The Almanac Singers, encabezado por Pete Seeger.

Carl Sandburg era al parecer una presencia habitual en el tocadiscos del escritor, para exasperación de su esposa Alberta, que consideraba canciones como “The Foggy Dew” y “Sam Hall” obscenas e inmorales. El empeño de Thompson por redactar una historia oral de los movimientos mineros y sindicales aparece reflejado mediante la inclusión de varias canciones relacionadas con ambas cuestiones, como el clásico “Down on a Coal Mine” o la maravillosa “UAW-CIO” de The Union Boys. Intérpretes como Hank Williams, Webb Pierce y The Louvin Brothers aparecen citados en Arte salvaje como algunos de los predilectos por Thompson, aunque la elección de los temas incluidos ha sido únicamente de mi cosecha (en cualquier caso, resulta curioso ver lo apropiadas que resultan canciones como “My Rough and Rowdy Ways” o “I’ll Never Get Out of This World Alive” en el contexto de su obra). La inclusión de temas más eléctricos, como el de The Byrds o los de Billy Bragg, no tienen más justificación que la temática (tanto Joe Hill como Pretty Boyd Floyd aparecen mencionados en el texto repetidas veces). “Bodies” de los Sex Pistols aparece citado expresamente por Robert Polito en su prólogo como equivalente sonoro de la prosa de Thompson (“un nihilismo baldío y avasallador, tan inmisericorde como el rock más lacerante”), un símil a mi juicio muy acertado y a la vez un tema muy apropiado para las desoladoras últimas páginas de su biografía. El punto irónico y final lo pone otra canción citada varias veces en Arte salvaje, la socarrona “Pie in the Sky”. Espero que os guste la selección.
Puedes escuchar la banda sonora completa aquí.

La portada
Aunque en este caso no habrá “como se hizo” de la portada, ya que desde el primer momento tuve bien claro que quería utilizar la magnífica sobrecubierta diseñada por Chip Kidd para la edición original de Arte salvaje, no quiero dejar de comentar como ejemplo ilustrativo el modo en el que a veces las cosas que en un principio asumes que van a ser las más sencillas acaban complicándose de manera insospechada. En el caso que nos ocupa, ya digo que nunca hubo duda alguna acerca de cuál debía de ser la cubierta del libro, por lo que no anticipaba ningún quebradero de cabeza. El problema, sin embargo, vino cuando, tras contactar con Chip Kidd para solicitarle los materiales necesarios, éste me comentó que los archivos digitales de la cubierta (creada en 1995 a saber en qué versión de qué programa hoy en día completamente obsoleto) se habían perdido irremediablemente, lo cual me dejaba únicamente dos soluciones: la chapuza (escanear y manipular la portada original) o la trabajosa (recrearla de cero). Afortunadamente, con la ayuda de mi amigo José María Méndez, que se dedicó a peinar las librerías de segunda mano y a pelearse con varios libreros de viejo, conseguí localizar y comprar a un precio no demasiado prohibitivo las primeras ediciones de The Kill-Off (1957) y The Nothing Man (1954), cuyas portadas sirvieron de base para el diseño original de Kidd. Una vez conseguidas, “sólo” hubo que escanearlas, limpiarlas, buscar tipografías similares a las de la sobrecubierta norteamericana y montarlo todo (lomo incluido) de manera que pareciese que se trataba exactamente de la misma portada. A pesar de los esfuerzos, hay varios detalles reveladores que traicionan el uso de materiales de partida distintos, entre ellos las roturas que pueden verse en la parte inferior de la portada, las cuales no coinciden para nada entre la edición americana y la española; esto es debido a que no se trata de una rotura falsa simulada con Photoshop, sino a las grietas reales que atraviesan la cubierta de los libros utilizados. En resumen: lo que se anticipaba como un trabajo rápido acabó llevando al final casi más tiempo que haber creado una portada nueva. Para que se fíe uno.

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Lunes 20 de enero de 2014

La metamorfosis de David Cronenberg

Imagen: TIFF.

La editorial norteamericana W. W. Norton acaba de publicar una nueva traducción al inglés de La metamorfosis, de Franz Kafka, realizada por Susan Bernofsky. La edición, además de una espectacular portada diseñada por el siempre brillante Jamie Keenan (más sobre su elaboración aquí), cuenta con un prólogo del cineasta David Cronenberg (el cual, por cierto, publicará su primera novela, Consumed, el 2 de septiembre de este año). La web de The Paris Review lo ha reproducido íntegro a modo de artículo, así que se me ha ocurrido traducir un par de fragmentos de muestra. Podéis leer el prólogo completo aquí.

Cubierta: Jamie Keenan.

El escarabajo y la mosca (fragmentos)
Hace poco me desperté una mañana para descubrir que me había convertido en un hombre de setenta años. ¿Es esto distinto a lo que le sucede a Gregor Samsa en La metamorfosis? Gregor se despierta para descubrir que se ha convertido en un coleóptero (probablemente de la familia de los escarabajos, si debemos creer a su señora de la limpieza), y ni siquiera en un espécimen particularmente robusto. Nuestras reacciones, la mía y la de Gregor, son muy parecidas. Nos sentimos confusos y aturdidos, y pensamos que se trata de una ilusión momentánea que pronto se habrá disipado, dejando que nuestras vidas continúen como hasta ahora. ¿Cuál podría ser la fuente de estas transformaciones gemelas? Ciertamente, uno ve acercarse su cumpleaños con sobrada anticipación y no debería sentirse conmocionado ni sorprendido cuando llega el momento. Y como cualquier amigo bienintencionado podría decirnos, setenta sólo es un número. ¿Hasta qué punto podría tener dicho número un verdadero impacto sobre una vida humana física y real?

En el caso de Gregor, un joven viajante de telas que pernocta en el apartamento de su familia en Praga, despertar a una extraña existencia híbrida entre humano e insecto es, por subrayar lo obvio, una sorpresa completamente inesperada, y la reacción de aquellos que le rodean (su madre, su padre, su hermana, su doncella, su cocinera) es retroceder horrorizados, tal como podría uno esperar, y ni un solo miembro de su familia se siente impelido a consolar a la criatura; por ejemplo, señalando que un escarabajo también es una criatura viva y que convertirse en uno podría resultar, para un ser humano mediocre inmerso en una vida monótona, una experiencia embriagadora y enriquecedora, así que ¿dónde está el problema? Este consuelo imaginario no puede, en cualquier caso, tener cabida dentro de la estructura del relato, ya que Gregor es capaz de entender el habla humana, pero no consigue hacerse entender cuando intenta hablar, por lo que a su familia no se le ocurre en ningún momento acercarse a él como a una criatura en posesión de una inteligencia humana. (Debe subrayarse, sin embargo, que llevados por su banalidad burguesa aceptan de algún modo que dicha criatura es, por algún motivo innombrable, su Gregor. Nunca se les ocurre que, por ejemplo, un escarabajo gigante pudiera haberse comido a Gregor; no tienen imaginación para ello y el joven rápidamente pasa a ser poco más que una molestia casera). Su transformación lo encierra por completo en sí mismo con tanta eficacia como si hubiera sufrido una parálisis total. Estas dos situaciones, la mía y la de Gregor, parecen tan diferente que uno podría preguntarse por qué me he molestado siquiera en compararlas. Pero yo argumentaría que el origen de la transformación es el mismo: ambos nos hemos visto forzados a tomar conciencia al despertar de lo que verdaderamente somos, y esa toma de conciencia es profunda e irreversible; en ambos casos, la ilusión pronto habrá demostrado ser una nueva y preceptiva realidad, y la vida no va a seguir siendo como hasta ahora. […]

Gregor se despierta de un mal sueño que nunca llega a ser descrito de manera directa por Kafka. ¿Acaso Gregor había soñado que era un insecto para luego, al despertar, descubrir que realmente lo era? «”¿Qué diantres me ha ocurrido?”, pensó. No era un sueño», dice Kafka, refiriéndose a la nueva forma física de Gregor, pero no queda claro si sus pesadillas eran sueños premonitorios de insecto. En la película que coescribí y dirigí a partir del relato corto La mosca, de George Langelaan, le hacía decir a nuestro protagonista Seth Brundle, interpretado por Jeff Goldblum, en su momento de mayor agonía en el proceso de transformarse en un espantoso híbrido de mosca y humano: «Soy un insecto que soñó que era un hombre y le encantaba serlo. Pero ahora el sueño ha terminado y el insecto está despierto». Le está advirtiendo a su amante de que ahora representa un peligro para ella, de que es una criatura sin compasión ni empatía. Se ha desprendido de su humanidad igual que una ninfa de cigarra se desprende de su capullo, y lo que ha emergido ha dejado de ser humano. Brundle está sugiriendo asimismo que ser un humano, un ser con consciencia, es un sueño que no puede durar, una ilusión. También Gregor tiene dificultades a la hora de aferrarse a lo que queda de su humanidad, y a medida que su familia comienza a sentir que aquello que habita en el cuarto de Gregor ha dejado de ser Gregor, él comienza a sentir lo mismo. […]

Los relatos de transformación mágica siempre han formado parte del canon narrativo de la humanidad. Articulan esa sensación de empatía universal que sentimos por todas las formas de vida; expresan el deseo de trascendencia que también expresan todas las religiones; nos impelen a preguntarnos si la transformación en otra criatura viva podría ser prueba de la posibilidad de la reencarnación o de algún tipo de vida más allá de la muerte, por lo que constituyen, al margen de lo espantoso o lo desastroso que acontezca en la narración, un concepto religioso y optimista. Ciertamente mi Brundlemosca pasa por varios momentos de fuerza y energía frenéticas, convencido de que ha combinado los mejores componentes de humano e insecto para convertirse en un superser, negándose a considerar su evolución personal como nada que no sea una victoria incluso mientras comienza a perder partes de su cuerpo humano, que almacena cuidadosamente en un botiquín que bautiza como el Museo Brundle de Historia Natural.

No hay nada de todo esto en La metamorfosis. El Samsaescarabajo apenas es consciente de ser un híbrido, si bien goza de aquellos pequeños placeres híbridos que es capaz de encontrar, ya sea colgar del techo o corretear entre las basuras de su cuarto (placeres de escarabajo) o escuchar la música que interpreta su hermana al violín (placer humano). Pero la familia Samsa es tanto el contexto como la prisión del Samsaescarabajo, y su sometimiento a las necesidades de su familia, tanto antes como después de su transformación, le llevan en última instancia a darse cuenta de que para ellos resultaría más conveniente que simplemente desapareciera, de hecho sería una expresión de su amor por ellos, y eso es exactamente lo que hace, dejándose morir en silencio. La corta vida del Samsaescarabajo, a pesar de su naturaleza fantástica, queda relegada al nivel de lo funcional y lo estrictamente mundano, y no consigue despertar en ninguno de los personajes del relato ni un asomo de meditación filosófica o de reflexión profunda. ¿Cómo de parecida sería entonces la historia si, en esa desdichada mañana, la familia Samsa encontrara en el cuarto de su hijo no a un joven y enérgico viajante que se encarga de mantenerles con su desprendida e interminable labor, sino a un octogenario torpe y medio ciego, incapaz de caminar sin los bastones sobre los que se apoya cual miembros insectiles; un hombre que farfulla incoherencias y que se ha manchado los pantalones y que desde las nieblas de su demencia escupe ira e induce a la culpa? ¿Y si cuando Gregor Samsa se despertase una mañana de un sueño inquieto se descubriera convertido allí, en su misma cama, en un anciano demente, incapaz y necesitado? Su familia se muestra horrorizada, pero de algún modo lo reconocen como a su Gregor, aunque transformado. Con el tiempo, sin embargo, igual que en la versión del escarabajo, deciden que ha dejado de ser su Gregor y que para ellos sería una bendición que desapareciera.

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Jueves 9 de enero de 2014

Cuestión de género

Megan Abbott. Foto: Joshua Gaylord.

Hace un par de meses, Megan Abbott, autora de Reina del crimen, entrevistaba para el magazine digital The Rumpus a las también escritoras Kelly Braffet y Lisa Lutz a propósito de sus novelas más recientes. En el transcurso de la conversación abordaban sus respectivos puntos de vista acerca del sempiterno debate generado por las todavía persistentes divisiones entre literatura de género y literatura “de verdad”, entre profundidad y escapismo (tema, como ya sabéis, recurrente en este blog). Traduzco a continuación un par de fragmentos de la entrevista. Si queréis leer el resto, sigue aquí.

Megan Abbott: Voy a empezar por una de esas preguntas que para mí —y posiblemente para vosotras— es una de mis bestias pardas: el debate entre «ficción literaria» contra ficción «de género». Un artículo reciente en Salon.com se preguntaba qué es lo que hace que un libro sea literario en oposición a una obra de género. Un par de autores intentaban definir tal distinción, indicando, por ejemplo, que las novelas literarias están «menos pendientes de proporcionar placeres escapistas y más pendientes de proporcionar el placer de un análisis incisivo». ¿Qué pensáis vosotras? ¿Existe una distinción? Y si es así, ¿en qué la basáis?

Lisa Lutz. Foto: Jerry Bauer.

Lisa Lutz: Yo hago la distinción porque el otro bando siempre la está haciendo. Cuando me entran ganas de llevarles la contraria, puede que me haga las siguientes preguntas: ¿sucede algo en el libro? ¿Tiene una trama discernible? Si la respuesta es negativa, añadiría el libro a la pila del bando literario. Evidentemente no es un caso aplicable a toda la «literatura», pero en ocasiones la distinción parece ser la misma que existe entre un narrador y un charlatán. Un narrador reconoce la existencia de un público; sus historias pretenden enganchar y absorber al oyente. Un charlatán simplemente se dedica a darle vueltas y más vueltas a su «incisivo análisis». Me estoy refiriendo sobre todo a las malas novelas literarias, porque asumo que cuando la gente menosprecia la ficción de género únicamente están hablando de la mala. Seguir pensando que una novela no puede ser reveladora y penetrante sólo porque también encaja dentro de un género me parece una locura cercana a cierto tipo de ascetismo. Cuando yo leo un libro, no quiero que únicamente me estimule intelectualmente, quiero perderme en él.

Kelly Braffet. Foto: Juliet Varnedoe.

Kelly Braffet: Lisa tiene razón. El resto del mundo insiste en seguir haciendo esa distinción, por lo que si queremos tener una oportunidad de comunicarnos con ese mundo, en cierto modo también tenemos que hacerla. Aunque creo que existe una zona gris que es cada vez mayor. Para mí, por darle una vuelta a otra de las cosas que ha dicho Lisa, no depende de que en el libro suceda algo, sino más bien de si ese algo resulta descaradamente excitante. Cinco personas sentadas alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios es algo que puede suceder, pero no es algo necesariamente excitante. No se añade emoción a la historia, tal como se haría si estuvieran sentados alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios mientras planean el atraco a un banco. Y por cierto, la idea de que la presencia misma del atraco al banco pueda invalidar automáticamente la perspicacia de los comentarios acerca de lo que supone estar en una relación que se desmorona hace que me entren ganas de disparar fuego por los ojos. Lo que más me llama la atención de la cita mencionada por Megan es la idea de que el escapismo sea algo malo o un recurso barato, algo en cierto modo ajeno a la experiencia habitual de leer una novela. Viene más o menos a implicar que existe un tipo de persona capaz de sentarse en un café a leer una novela, sin dejar de ser consciente en todo momento de que está sentado en un café leyendo una novela, sin dejarse en ningún momento arrastrar por ella ni verse absorbido por ella. Lo cual, para mí, es simplemente triste. Cuando me gusta un libro, el resto del mundo desaparece mientras lo estoy leyendo, da igual que sea de Raymond Chandler o de Jennifer Egan. De modo que no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando habla de esa manera del «escapismo».

Megan Abbott: A mí también me irrita mucho el argumento del escapismo. Y ahora voy a caer en el estereotipo de la supuesta ficción literaria, pero para mí nada podría ser más escapista que imaginarme en el mundo protegido y autoindulgente de Brooklyn o de cualquier ciudad universitaria al azar, donde mis principales preocupaciones deberían ser supuestamente el adulterio y un vago malestar interno. Una buena novela criminal, como cualquier buena novela de lo que sea, te retuerce las tripas o por lo menos te agarra de la pechera de la camisa y se niega a dejarte escapar. ¿Qué tiene eso de escapista? Da igual que estemos hablando de ficción literaria, criminal o de cualquier otro tipo; cuando está mal escrita, parece estar siguiendo una fórmula, y cuando está bien escrita te produce la sensación de estar leyendo algo increíble, bien trabajado, especial. Sientes todo lo que sucede de manera palpable porque estás conectando con la intensidad de la emoción y con unos personajes a los que notas como poderosamente reales. Y es entonces, supongo, cuando la frase «trasciende el género» asoma su inoportuna cabeza.

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Martes 31 de diciembre de 2013

Un caos de portadas

Uno de los aspectos más estimulantes de no contar con un diseño de colección cerrado y de trabajar con todo tipo de ilustradores es que nunca sabes muy bien por dónde te va a llevar la colaboración. A veces existe un concepto claro desde el principio y únicamente es cuestión de encontrar la manera adecuada de plasmarlo; otras, en vez de concepto lo que existe es la voluntad de trabajar con un artista en concreto y es de ese encuentro de donde sale la imagen. En el caso de Señores del caos, debo reconocer que no contaba ni con una cosa ni con la otra. Al contrario de lo sucedido con libros anteriores, cuyo proceso de traducción ya me había ido dando pistas de por dónde tirar visualmente, terminé Señores del caos sin ninguna idea concreta más allá de que quería alejarme de la estereotipada imagen del blackmetalero maquillado. Una de las cosas que busco intencionadamente con las portadas de Es Pop Ensayo es intentar encontrar siempre un término medio entre lo reconocible y lo inesperado; creo sinceramente que son libros pensados para ser disfrutados también por lectores que en un principio no tienen por qué ser fans de los temas tratados y quiero que el aspecto visual del libro transmita esa misma idea, que suscite una curiosidad.

Ese término medio entre lo reconocible y lo inesperado fue precisamente el que comenzó a explotar en julio Negro Metal, un proyecto del sello Monocromo que invitaba a diversos ilustradores a crear logotipos de estética blackmetalera para grupos de toda la vida de la España más cañí. (Los resultados, sorprendentes, estimulantes y en ocasiones hilarantes, pueden verse en el blog de Negro Metal y también adquirirse en edición impresa). Uno de los primeros en participar fue el historietista e ilustrador Miguel Porto, al que llevaba siguiendo varios años desde que descubriera su Flickr. Habituado, sin embargo, a ver sus trabajos más enmarcados dentro de lo que podríamos considerar un estilo francobelga bastante canónico, ni se me habría pasado por la cabeza como posible candidato a portadista de Señores del caos de no haber sido por su logo de Salomé (que podéis ver aquí arriba), que me animó a ponerme en contacto con él. La idea en principio era proponerle como mínimo la realización de un rótulo manual para el libro, pero Miguel rápidamente agarró el toro por los cuernos y me escribió diciendo: “Entiendo que mi estilo es de hecho y a menudo francobelga y, créeme, a mí tampoco me convence especialmente algo así para un libro como éste, al menos no lo veo a priori, pero parafraseando a Groucho: ese es mi estilo gráfico, si no te gusta tengo otro”. Así pues, rápidamente iniciamos un intercambio de correspondencia e imágenes que nos inspiraban mutuamente para hacernos una buena idea de qué era lo que teníamos ambos en la cabeza. Por abreviar la historia, bastará con citar algunos de los referentes principales, como las ilustraciones de Daniel Danger, los carteles de Dan McCarthy, las máscaras de Jozef Mrva y el uso del espacio de Chris Ware, particularmente en trabajos como su póster para la película La familia Savages. Armado con estos y otros referentes, Miguel me envío nada menos que cinco versiones de ”un bocetillo para trabajar sobre él o directamente para desechar, pero necesitaba poner algunas de las cosas que me rondaban por la cabeza en pixeles”. Aquí podéis ver dos de ellos.

Mi respuesta para Miguel fue: “Tiene muchos de los elementos de los que hemos estado hablando estos días, pero al verlos ahora plasmados me doy cuenta de que, quizá, cuanto más tiremos hacia lo figurativo, más nos vamos a alejar del diseño general de la colección. Creo que cuanto más nos acerquemos a lo simbólico, más apropiado será el resultado. ¿Has visto por ejemplo los carteles para Black Sabbath que acaba de hacer Shepard Fairey?”. Miguel contraatacó con toda una batería de nuevas propuestas, acompañadas del siguiente texto: “Ya verás que son varias, algunas más parecidas, otras diferentes sin alejarme mucho de lo que a mí me parece que buscas… ahora me dirás tú cómo ha funcionado mi telepatía. Como la otra vez son ideas, bocetos guarrillos que evidentemente distan mucho de un acabado final. El demonio me gusta así, casi art brut, pero no me importaría probar con volúmenes puntillistas, que creo que le podrían quedar guay”.

En esta nueva tanda vi cosas que me gustaron mucho y que me empezaron a dar una idea más clara de hacia dónde podríamos ir a continuación: “Cuanto más lo pienso, más me parece que deberíamos tirar por lo más sencillo e icónico. En este aspecto la imagen del demonio es modélica, me gusta mucho. Visualmente me parece cojonuda. Mis dudas respecto a usarla van más bien por el rollo temático: me planteo si de verdad es una representación justa del libro o si centrar la portada únicamente en el aspecto satánico del mismo, con una imagen además tan eminentemente cristiana, no va un poco en contra de esa idea de paganismo vikingo que tanto asociamos con el black metal. Quiero decir, que puestos a reducirlo temáticamente a una sola imagen, no sé si ésta es la acertada. Le he estado dando vueltas a alguna manera de integrar la cara del demonio como eje central de la portada junto a algún otro elemento, como la iglesia incendiada (me encanta también el dibujo de la iglesia, así tan sencillo pero tan comprensible, tan icónico), pero claro, a la que empiezas a sumarle otros elementos puede que pierda la fuerza que tiene ahora mismo. En cualquier caso, a lo mejor sería una vía a explorar. Podría incluso reservarse la parte inferior de la portada para ilustrar mínimamente un horizonte yermo en mitad del cual arde la iglesia mientras el demonio domina el resto de la imagen, flotando por encima de todo. Otra opción podría ser la de tirar por un demonio menos cristiano o incluso ilustrarlo como si fuera una máscara. Aquí en Mallorca, por ejemplo, tenemos una tradición de correfuegos demoníacos bastante instaurada que me recuerda mucho a esto. Son demonios, pero no son el diablo, tienen un punto mucho más pagano y los disfraces pueden llegar a dar mal rollo de verdad. Te pego unas fotos para que veas. [Podéis ver las imágenes que le envié a Miguel aquí y aquí]. Se me ocurre con todo esto que a lo mejor podría hacerse la portada tal como has planteado la del diablo, con esas proporciones y de frente, pero que en vez del diablo fuese un tío con una máscara de este tipo. O a lo mejor ni siquiera con una máscara. Quizá directamente con una calavera animal y una cornamenta, en plan guerrero berserker”.

Una vez añadido este nuevo referente a la mezcla, Miguel me envió rápidamente nuevas propuestas; tres centradas en la calavera del macho cabrío y una cuarta en la que le daba una nueva vuelta de tuerca a nuestro segundo concepto favorito de la anterior tanda, el de la portada profusamente ornamentada “a lo Biblia satánica”, sustituyendo el pentáculo inicial por la imagen de la iglesia en llamas. Nos quedó clarísimo que estos dos conceptos, el de la cabra y el de la iglesia, eran los que mejor funcionaban, tanto en conjunto como por separado, por lo que Miguel se dedicó a profundizar en ambas opciones. Como veis, la imagen de la iglesia en mitad de las montañas remite directamente a los primeros bocetos descartados, los de la chica caminando por la nieve, lo cual demuestra que en este tipo de procesos ninguno de los pasos es en vano, siempre hay elementos que se pueden ir rescatando y reconfigurando.

Contábamos al fin con dos opciones que nos gustaban mucho. Ahora ya sólo quedaba la cuestión de decidirse por una. En un principio tanto Miguel como yo nos inclinábamos más por la de la iglesia en mitad de las montañas. Nos parecía la solución más elegante y además enlazaba con una estética más “bucólica” del black metal ejemplificada por portadas como la del Filosofem de Burzum, el Under The Sign of Hell de Gorgoroth o todas las de Horn. En última instancia, acabamos decidiendo que quizá se apartaba en exceso de lo esperable para un libro de estas características. Como decía al principio, el equilibrio entre lo reconocible y lo inesperado no siempre es fácil de encontrar. La portada negra con el cráneo de cabra y la iglesia llameante por debajo era lo suficientemente estética como para resultar sorprendente y llamativa, pero a su vez sigue conservando de una manera más evidente otras connotaciones más cercanas a una imagen más generalista del black metal.

En cualquier caso, el trabajo previo de Miguel me parecía tan potente que me daba pena que las opciones descartadas no llegaran a verse, por lo que se nos ocurrió la idea de utilizarlas de alguna otra manera, bien para los interiores del libro, bien para una serie de láminas que pudiera editarse de manera conjunta con el libro. Como ambos éramos grandes admiradores de Vidas de Papel, decidimos plantearles la idea y tuvimos la buena fortuna de que se animaran a producir una carpeta de tres serigrafías que ha quedado espectacular, como todas las suyas (podéis ver el resultado aquí). Esto implicaba que Miguel debía realizar tres ilustraciones distintas a partir de los bocetos, en vez de únicamente la portada (lo cual nos permitió contar con la imagen de la iglesia ardiendo entre las montañas como portadilla interior del libro y plantar el dibujo del demonio en el lomo, dos elementos que han mejorado de manera sustancial el aspecto tanto interior como exterior del libro). Por si eso fuera poco, en última instancia decidió que además quería que las serigrafías tuvieran también un estilo propio que las distinguiese ligeramente de las ilustraciones utilizadas en el libro, por lo que procedió a crear versiones “puntillistas” de las tres. Como veis, el compromiso de Miguel con este proyecto ha sido considerable, algo que quiero agradecerle una vez más desde aquí, ya que no me cabe la más mínima duda de que el libro no habría sido lo que es sin sus aportaciones.

¡Volviendo a la portada! Una vez elegida la versión definitiva, sólo quedaba buscar un tratamiento tipográfico adecuado. La rotulación manual de Miguel es tan sumamente potente y llamativa que decidí reducir al mínimo la presencia de las fuentes mecánicas, de ahí que escogiera una tipografía sin serifa y de cuerpo alargado y que prescindiera del largo subtítulo del libro (“El sangriento auge del metal satánico”). Me pareció que con ponerlo en el lomo bastaría y que cuanto menos barullo se acumulara en la parte inferior de la cubierta, mejor. Por cierto, ¿había dicho “versión definitiva”?  ¡Va a ser que no! En última instancia, estuvimos dudando entre si la calavera funcionaba mejor con llamas o sin ellas. Finalmente se quedó sin ellas, nuevamente para despojar la ilustración de cualquier elemento innecesario o que pudiera despistar mínimamente.

Visto con la distancia, debo confesar que no sé cuál de las dos versiones me gusta más. Las dos me parece que funcionan. Quizá nos quedamos con la más “limpia”, pero puede que al prescindir de esas llamas que brotaban de la calavera sacrificáramos algo de expresividad a cambio. No lo sé. Sinceramente, cuando llegas a ese momento del proceso en el que ya le estás dando mil vueltas hasta a los detalles más nimios es cuando te das cuenta de que debes obligarte a tomar una decisión definitiva aunque sólo sea para poder terminar y pasar a otra cosa. El lomo no tuvo más complicación que rescatar la tipografía utilizada para los títulos de las páginas interiores (Sulfur, se llama) y encajar el demonio ilustrado por Miguel. El resultado final lo tenéis arriba.

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Lunes 23 de diciembre de 2013

El año en doce portadas (y pico)

Una de las pocas “listas de fin de año” que suelo seguir con interés es la selección de las 50 mejores portadas de libros realizada anualmente por The Casual Optimist, sin duda uno de los blogs de referencia del mundo anglosajón para todo lo relacionado con el diseño editorial. Al margen del placer puramente estético de ver 50 portadas maravillosas puestas ahí en ristra, la lista suele servirme para ir captando el rastro de nuevos diseñadores e incluso para detectar ciertos patrones o tendencias. También sirve para que me deprima considerablemente cada vez que me paro a pensar en la increíble creatividad y diversidad del que hace gala el mercado anglosajón a la hora de vestir sus libros en comparación con la inmovilidad, la monotonía y la desgana del nuestro, con sus diseños de colección cerrados a cal y canto, con sus tipografías rutinarias, con sus fotos de banco de imágenes compradas al tuntún y con su obsesión por encerrarlo todo en cajas de color, la mayor parte de las veces negras cual marco de esquela (en muchos casos se diría que las portadas prácticamente nacen muertas, las pobres). Afortunadamente, algunas cosas están cambiando. Cada vez son más las editoriales (generalmente las más pequeñas, pero ojo que también hay algunas grandes que han empezado a dar pasos de gigante en estos últimos años) que se preocupan por hacer honor al contenido de sus libros intentando desarrollar una imagen propia y acorde a los mismos. Es por ello, y porque en este blog solemos hablar bastante a menudo de este tipo de cuestiones, que este año me he animado a realizar mi propia lista de portadas favoritas del año. Ojalá algún día pueda llegar a las cincuenta. Por el momento, me quedo en una docena y pico.

Portadas humeantes.

Un par de aclaraciones. A la hora de realizar la selección me he limitado a libros que no cuenten ya de por sí con un aparato gráfico previo; es decir, nada de libros ilustrados ni cómics. Algunas de mis portadas favoritas del año (como esta o esta otra) caen dentro de esas dos categorías, pero esta selección va por otros derroteros más enfocados hacia el trabajo del diseñador, no el del ilustrador (aunque a veces se solapen). Por otra parte, he querido limitarme a portadas creadas específicamente para nuestro mercado, no a adaptaciones realizadas sobre diseños comprados fuera. Qué duda cabe de que la colección Great Ideas de Taurus tiene algunas de las mejores portadas que se puedan ver actualmente en nuestras librerías, pero el mérito principal sigue siendo de David Pearson y de Penguin. De igual manera, otra de mis cubiertas favoritas del año, la de Doctor Sueño (¿puede que la portada más elegante que haya tenido jamás un libro de Stephen King?) es una adaptación de la creada originalmente por Sean Freeman y Tal Goretsky. Aclarado esto, ahora sí: ahí van, sin ningún orden en particular, mis 12 portadas (y pico) del año.

EPICURO
Carlos García Gual
Alianza
Portada de Manuel Estrada.
Hace tiempo que el estudio de Manuel Estrada viene rediseñando títulos del catálogo del libro de bolsillo de Alianza. Se trata de portadas en muchos casos brillantes, pero quizá demasiado enquistadas aún (hasta cierto punto lógicamente) en el look clásico de la editorial, marcado por el trabajo y la alargada sombra de Daniel Gil. Predominan por lo tanto el fotomontaje y el collage, dos elementos que no es que me desagraden, pero que en este caso concreto habían acabado por cansarme un poco a base de tanta repetición. Este año, sin embargo, Estrada se ha descolgado con un par de cubiertas eminentemente tipográficas que me han conquistado por completo. Una es esta del Epicuro de García Gual; la otra es la de La república de Platón que encabeza esta entrada. Sinceramente, no sé cuál de las dos me gusta más.

EL ARTE DE LA COCINA FRANCESA
Julia Child
Portada de Nora Grosse.
Debate
Un bonito ejercicio de reinterpretación que alude al diseño original de este clásico de la literatura gastronómica sin emularlo. Partiendo de la gama de colores de la edición americana y conservando la idea de la repetición de patrones, la portada española aporta nuevos elementos, sabiamente repartidos para no sobrecargar la imagen, y estiliza el tratamiento tipográfico, consiguiendo un resultado a la vez actual y elegantemente clásico, sin caer en el pastiche retro, que podría haber sido el peligro. Muy lamentablemente, la edición de Debate no acredita al diseñador. Sí viene acreditada la empresa Víctor Igual como responsable de la composición del libro, pero no aclara si la cubierta ha sido realizada por su equipo. Agradecería cualquier información al respecto. (Actualización: me chivan en comentarios que el diseño es de Nora Grosse).

LA SOMBRA FUERA DEL TIEMPO
H. P. Lovecraft
Fábulas de Albión
Portada de Zuri Negrín.
Zuri Negrín lleva un par de años creando portadas de lo más atractivas tanto para Ediciones Nevsky como para su subsello Fábulas de Albión. Entre su producción anterior destacan para mi gusto las cubiertas de El vivo de Anna Starobinets y de Cuando sale la luna de Gladys Mitchell, pero con esta elegantísima imagen, capaz de invocar el misterio y la potencia del horror cósmico lovecraftiano sin caer en los tópicos habituales de los libros de horror, creo que se ha superado. Aquí su página web.

ROBINSON
Muriel Spark
La Bestia Equilatera
Portada de Juan Pablo Cambariere.
Aquí voy a hacer un poco de trampa, porque La Bestia Equilatera es una editorial argentina, pero como de un tiempo a esta parte me he encontrado con sus libros en varias librerías (no sé cómo funcionarán de distribución fuera de Madrid, pero también los he visto en al menos tres grandes cadenas, así que imagino que los estarán moviendo), me agarro a la excusa aunque sólo sea por el placer de presentar una portada de Juan Pablo Cambariere, estupendo diseñador argentino que también trabaja para sellos del grupo Random House Mondadori, pero que para mi gusto da lo mejor de sí mismo en sus trabajos para esta editorial. En este caso, toma como punto de partida un mapa que forma parte de la novela de Muriel Spark para ofrecernos esta efectiva imagen.

LA BANDA QUE ESCRIBÍA TORCIDO
Marc Weingarten
Libros del KO
Portada de Carlos Úbeda.
Una de esas ideas que de tan acertadas y depuradas parecen simples, cuando en realidad son brillantes. En vez de hacer lo típico, que habría sido recurrir a un collage con las imágenes de los escritores sobre los que trata el libro o a plasmar el título con una tipografía torcida, Carlos Úbeda opta en este caso por representar gráficamente el concepto global de la obra con una sencillez y una contención dignas de elogio. La limitada gama cromática hace el resto. Una de las portadas no sólo mejor pensadas sino también más llamativas del año.

DIARIO DE 1926
Robert Walser
La uña rota
Portada de Eduardo Jiwnani
Otra cubierta que se beneficia enormemente de contar con apenas un par de elementos bien elegidos es esta de Eduardo Jiwnani, autor también de la portada de otro libro de La uña rota que me llamó mucho la atención en su día precisamente por el poder de su sencillez (Obra inacabada, de Bertold Brecht). Gracias a ella descubrí a un diseñador todoterreno que desde su estudio La Luz Roja (a medias con Miguel Gutiérrez) igual te sorprende con la imagen corporativa de una radio como Gladys Palmera que con la etiqueta para una caja de azafrán. Echadle un vistazo a su portafolio que merece la pena.

ENSAYOS
George Orwell
Debate
Otro libro compuesto por Víctor Igual en el que no aparece acreditado el diseño de cubierta (¡muy mal, Debate!). En cualquier caso, me atrevería a especular que la autoría es muy posible que pertenezca al mismo individuo (o colectivo) responsable de la portada de El arte de la cocina francesa. No sólo presenta el mismo depurado equilibro entre modernidad y clasicismo, sino que también el proceso de creación parece haber seguido una pauta similar: partir de una referencia al diseño del libro original (en este caso los dos volúmenes de Harcourt que recopilaban la obra ensayística de Orwell) para a continuación depurarla de tal manera que resulte más agradable a la vista a la vez que se potencia la idea de base. En este caso, qué mejor manera de ilustrar la multiplicidad temática de los ensayos contenidos en su interior que mediante la variedad tipográfica: todo es Orwell, pero cada parte tiene su personalidad. Y puede que a lo mejor esté hilando demasiado fino, pero no me extrañaría nada que varias de las tipografías elegidas (cuando no todas) hubieran sido cuidadosamente seleccionadas para hacer referencia o traer de manera inconsciente a la cabeza algunas de las obras más famosas del autor. La O bien podría ser el ojo del gran hermano. La L la bandera cuatribarrada del Homenaje a Cataluña. Hasta el rizo de la L cursiva me recuerda al rabillo de un cerdo, como el Napoleón de Rebelión en la granja. De verdad que me encantaría saber quién ha sido el diseñador de esta espléndida portada. (Actualización: me confirman en comentarios que, efectivamente, también es obra de Nora Grosse).

EL MAR INTERIOR
Philip Hoare
Ático de los libros
Portada de Genís Rovira.
Perfecto equilibrio entre la potencia de las tipografías y la ilustración, sumamente sencilla en concepto pero realizada en un estilo que de inmediato te trae a la mente los grabados de un libro de aventuras (¡la gran aventura del mar!) y que además contrasta de maravilla con el color plano del cielo, lo que hace resaltar aún más el título. Por último, enlaza gráfica y temáticamente con la portada del anterior libro de Hoare, Leviatán, lo cual siempre es un plus (aunque personalmente me gusta más esta). Aquí, la web de Genís Rovira.

KAROO
Steve Tesich
Seix Barral
Portada de Miguel Brieva.
Y del perfecto equilibrio pasamos al desequilibrio total entre imagen y tipografía que es uno de los males endémicos del diseño editorial español. De hecho, esta portada ni siquiera debería aparecer aquí, ya que contiene varias cosas que me repatean: un logo de colección de tamaño exagerado puesto ahí como un pegote, dos rayas impertinentes que no vienen a cuento, una tipografía anodina. Sin embargo, la ilustración de Brieva es tan sugestiva, y el equilibrio entre el blanco y negro y los escasos toques de color es tan acertado, que consigue adecuarse y sobreponerse al corsé que supone un diseño de colección cerrado para acabar alzándose como una de las portadas más memorables del año. Mi más sincera enhorabuena para quien fuese que decidiera recurrir a Brieva en vez de limitarse a plantar una foto cualquiera, como suele ser costumbre. (Otro ejemplo de una portada llamativa que andaba pidiendo a gritos un tratamiento tipográfico acorde a su imagen es esta de Los corruptores, una atractiva macarrada completamente descolmillada por las delicadas serifas típicas de la colección Áncora & Delfín).

COLECCIÓN TWINS
Debolsillo
Una de las mayores sorpresas de este año a nivel de diseño ha sido para mí la colección Twins, en la que Debolsillo (ya de por sí uno de los sellos con mejor presencia visual del mercado) reúne dos títulos de distintos autores, enlazados por un hilo temático, argumental o estilístico. Los libros se venden de manera conjunta en un pack que los une de manera visual. De esta manera, ambas portadas deben funcionar por separado pero también como una unidad. Todos los packs aparecidos hasta ahora tienen su interés, pero da la casualidad de que los dos que más me gustan vienen firmados por la misma diseñadora: Yolanda Artola. En uno es capaz de salvar la distancia que separa a Philip Roth de Gustave Flaubert mediante la elegante solución de usar dos versiones de un mismo elemento visual: un banco. En el otro, tuvo el gran acierto de recuperar esta magnífica ilustración de Luke Pearson (estaba pidiendo a gritos que alguien la utilizara) y de combinarla fluidamente con la portada de El viejo y el mar. Ignoro si el trabajo de unir ambas imágenes fue tarea de la diseñadora o si se trata de una nueva ilustración retocada por el propio Pearson, pero en cualquier caso lo que cuenta es haber sabido ver la relación. (Por lo que he podido ver Yolanda Artola no tiene web por ahora; una lástima).

LOS LIBROS DE “EL BUTANO POPULAR”
El Butano Popular
Diseño de Glòria Langreo.
Otra colección que me entró por los ojos de manera instantánea. Un diseño valiente (no sé si inspirado o no por los trabajos de David Pearson para Penguin, aunque desde luego lo parece, lo cual no es malo sino todo lo contrario) que no sólo se limita a lo puramente tipográfico, prescindiendo de cualquier tipo de florituras, sino que además se autoimpone como regla adicional el ocupar únicamente un cuarto de la cubierta, dejando el resto en un arriesgado vacío blanco que, no obstante, funciona muy bien en contraste con el bloque de texto. Tampoco se trata de un minimalismo vacuo. La colección nace promovida por una web literaria en la que de verdad prima la letra (el texto en sí, desnudo de todo aderezo visual, es en la mayor parte de las ocasiones el único elemento presente en sus páginas de blanco abundante) y las portadas de los libros transmiten bien esa misma idea de texto puro en un entorno contaminado por lo visual. ¿Mi favorita? La de Mentiré si es necesario. Para mi gusto, la que mejor combina los tres elementos de texto. Agradezco en cualquier caso el esfuerzo por hacer algo distinto en cada una a pesar de las limitaciones autoimpuestas, cuando lo más cómodo hubiera sido repetir el esquema tal cual.

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Jueves 12 de diciembre de 2013

Una entrevista con Chris Womersley

Si seguís el twitter o el facebook de Es Pop ya sabréis que el escritor australiano Chris Womersley es el autor de Por mal camino, tercer título de nuestra colección Pulpo negro que, como quien dice, acabamos de poner en la calle. Comparto aquí hoy un par de materiales promocionales que hemos preparado para acompañar el lanzamiento del libro. El primero es el vídeo que podéis ver sobre estas líneas, cedido generosamente por Scribe Publications, los editores de Chris en Australia (los subtítulos están integrados en YouTube; hay que activarlos en el vídeo). El segundo es esta “entrevista” creada a partir de varias conversaciones que preparamos para acompañar al dossier de prensa. ¡Buena lectura!

¿Por qué escritor?

Nunca hubo una decisión concreta de hacerme escritor. Fue más bien una especie de maldición familiar inevitable. Toda mi familia ha estado relacionada con la escritura de una manera u otra y crecí en una casa llena de libros, algo por lo que me considero extremadamente afortunado.

¿Qué tres obras —libro, cuadro, pieza de música, etc.— crees que tuvieron un mayor efecto sobre ti en el pasado, hasta el punto de influir tu desarrollo como escritor?

Recuerdo haberme sentido profundamente marcado por El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone, que debí de ver cuando tenía unos doce años. Cumbres borrascosas también fue una gran influencia; una historia de violencia y amor intensos. Por último, me encantaban The Velvet Underground, por su capacidad para crear música alternativamente bella y aterradora.

Empezaste escribiendo cuentos y todavía sigues haciéndolo entre novela y novela. ¿Qué es lo que más te gusta de escribir relatos breves y qué lo que más de escribir una narración larga?

Una de las mejores cosas que tiene la ficción breve es que puedes terminar una historia en menos de tres años, de modo que puedes ir obteniendo satisfacciones a la vez que dedicas tiempo a retocar las novelas. Dicho esto, también he escrito algunos cuentos que me han llevado varios años desde que los imaginé hasta que al fin conseguí terminarlos. Disfruto con la disciplina de tener que ir directo al grano cuando escribo relatos, pero no cabe duda de que en una novela uno puede examinar elementos complejos con mucha más profundidad. Como lector, disfruto realmente con la experiencia de sumergirme en una novela, y eso es lo que busco proporcionar al lector en las mías.

¿Puedes describir tu proceso de trabajo? ¿Qué es lo que te lleva hasta la silla y hace que las palabras comiencen a fluir?

Como ahora mismo dispongo de un tiempo bastante limitado, simplemente tengo que aprovechar cada momento que se me presenta. Algo que hago regularmente es buscar una pieza musical que se aproxime al tono que pretendo conseguir en la novela (o en una escena de la novela) y eso puede ponerme en marcha. Lo mejor de todo, en cualquier caso, es pegamento para el culo, disponible en todas las buenas ferreterías.

Foto: Roslyn Oades.

Por mal camino tuvo una excelente acogida crítica, lo cual debió de ser una sensación maravillosa, tratándose de tu primera novela. ¿Tuvo esta experiencia algún tipo de efecto sobre tu escritura?

Es cierto que Por mal camino recibió una atención bastante positiva, lo cual fue maravilloso, pero en realidad no cambió mi manera de trabajar a la hora de afrontar Bereft. Para mí siempre se trata de un proceso bastante azaroso. Por fortuna, Por mal camino no fue ni semejante exitazo que me dejara cohibido ni tampoco un desastre que me hiciera perder la confianza. Por supuesto, ninguna novela es fácil de escribir, ni debería serlo. En cierto modo, lo más difícil para mí a la hora de escribir una novela —o quizá cualquier tipo de ficción— es hallar la “voz” adecuada. Zadie Smith afirma pasarse meses trabajando en los primeros capítulos de sus novelas, para luego descubrir que el resto cae por su propio peso una vez ha encontrado el tono adecuado para la obra. En mi caso viene a pasar un poco lo mismo. La perseverancia es siempre la clave, creo yo. Ese empeño en enfrentarse a la página en blanco hasta que sucede algo. Ese empeño en escribir basura con la seguridad de que al final conseguirás sacar algo mínimamente aprovechable. Para mí, lo mejor de escribir una segunda novela fue saber que ya había completado el proceso antes, de modo que probablemente —posiblemente— sería capaz de repetirlo. La sospecha que me rondaba mientras escribía Por mal camino era que quizás no tuviera lo que había que tener para ser escritor. La segunda vez esa sensación se atenúa ligeramente, aunque sospecho que no es mala cosa conservar siempre esa pizca de duda, ese temor a que alguien te desvele como un fraude. Te hace seguir adelante.

Me gusta esta cita tuya que dice: “Escribes un libro, lo cual es un ejercicio bastante interior, y de repente queda expuesto al mundo y la gente responde a él de muchas maneras distintas”. ¿Cuáles han sido para ti esas maneras?

Por mal camino en particular generó una respuesta muy fuerte y muchos comentarios muy interesantes. Creo que hubo lectores que se sintieron traicionados por la manera en la que termina el libro. Pero precisamente el propósito de Por mal camino era escribir una historia bastante truculenta acerca de un grupo de personajes que en bastantes aspectos son… algo repelentes, la verdad. Son criminales encallecidos que se han dado a la fuga. Asesinos. Y lo que me interesaba era aportarles cierto grado de humanidad. Bereft es un libro más amable. En cualquier caso, me parece que no hay manera de controlar el modo en el que alguien lee tu novela. Algunos autores se preocupan mucho acerca de la manera en la que deberían ser leídos sus libros, pero yo soy más de la escuela de que, una vez editado, la gente lo aborda desde su propia perspectiva y con sus propias interpretaciones.

Tengo entendido que te gusta la novela criminal, pero no eres precisamente fan de los policíacos procedimentales. Sin embargo, cuando se editó Por mal camino, seguro que te etiquetaron como escritor de género negro.

Me frustra bastante la idea de que tenga que existir una separación entre novelas que sean percibidas como “de género” y, en consecuencia, de menor mérito literario, frente a otras más literarias que, a menudo, carecen en gran medida de narración. Me parece una división completamente falsa. Un buen libro en mi opinión es un libro que no sólo merece la pena ser leído una vez, sino varias. Y creo que muchas de las obras más interesantes que se están escribiendo actualmente están enmarcadas en lo que llamaríamos “literatura de género”. Personalmente me interesa el crimen, pero más en lo que se refiere a sus consecuencias, el modo en el que los actos de las personas les afectan y les persiguen, como le pasa al personaje de Lee en Por mal camino.

Tu trabajo ha sido comparado con autores como Edgar Allan Poe, Dickens, Beckett y Cormac McCarthy, entre otros. ¿Tú con cuál te quedarías?

Hum… Sigo sintiendo mucho aprecio por Charles Dickens. Puede pasarse de sentimental y tiene cierta tendencia a divagar un poco, pero por lo general sus personajes siempre son vívidos y divertidos y memorables. Además, sus libros siguen vendiéndose muchos años después de haber muerto, y ¿qué autor no querría eso? Que tampoco es que esté planeando morir pronto, pero…

Ya sean médicos opiómanos o sheriffs sociópatas, pareces sentir cierta atracción por los bajos fondos de la sociedad. ¿Podemos esperar más de lo mismo en tus obras futuras?

¡Ja! Es cierto, me encantan los casos perdidos. Son mucho más interesantes y más divertidos a la hora de trabajar que la gente feliz y normal. De modo que la respuesta es: sí, pueden esperar que sigan apareciendo de vez en cuando en el futuro.

Conversación compuesta a partir de las siguientes entrevistas: Tara Moss, 13th Street, 2011; Emily Kiddell, The Melbourne Review, 2011; Claire Gregory, All the World’s Our Page, 2011; John Purcell, Booktopia, 2011.

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Viernes 6 de diciembre de 2013

El gran fracaso de Scott Fitzgerald


Antes del verano engarcé una serie de entradas centradas en el papel de la crítica, el peso del contexto a la hora de ejercerla y la incapacidad de ciertos plumillas para alejarse de lugares comunes y percepciones añejas. Como suele pasar casi siempre que te da fuerte por algo, de repente empecé a encontrar todo tipo de textos relacionados con el tema en los lugares más insospechados. Como, por ejemplo, en una cafetería de Sóller en cuyo revistero me topé con un cuarteado ejemplar del New Yorker con portada de Chris Ware, probablemente abandonado hacía semanas por algún turista, que incluía una crítica de la adaptación de El gran Gatsby perpetrada por Baz Luhrmann. Lo que más me interesó de la crítica no fueron los comentarios acerca de la película sino un par de pasajes de introducción en los que el autor, David Denby, hacía hincapié precisamente en el maltrato sufrido por la novela de Fitzgerald a manos de los críticos literarios de su momento y cómo en última instancia la fama y los vaivenes comerciales del libro han acabado dependiendo de muchos otros factores completamente al margen de su calidad literaria. Es algo en lo que he estado pensando bastante estos últimos días, mientras leía Karoo, la novela de Steve Tesich (uno de cuyos “ganchos comerciales” ha sido precisamente el de haber sido redescubierta a los tres lustros de su publicación original y diecisiete años después del fallecimiento de su autor), al mismo tiempo que traducía los primeros capítulos de Arte salvaje, biografía de Jim Thompson escrita por Robert Polito que editaremos el año que viene y que casualmente se abre con el siguiente párrafo: «Poco antes de su fallecimiento el 7 de abril de 1977, Jueves Santo, Jim Thompson le dejó instrucciones a su esposa, Alberta, para que conservara a buen recaudo sus novelas, manuscritos, documentos y copyrights. “Espera y verás”, le prometió. “Me haré famoso unos diez años después de muerto”». Un último gesto de desafío, muy propio de Thompson, que dudo que el pobre y frágil Fitzgerald compartiera en el momento de su súbito fallecimiento debido a un ataque al corazón. Después de todo, él ya había saboreado las mieles del éxito y, como se encarga de recordarnos Denby, de poco le sirvieron en última instancia. Traduzco a continuación el par de párrafos del mencionado artículo que más llamaron mi atención:


Cuando el 10 de abril de 1925 se publicó El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald, viviendo a lo grande en Francia gracias a sus primeros éxitos, le envió un telegrama a Max Perkins, su editor en Scribners, preguntando si las perspectivas eran buenas. En su mayor parte no lo eran. El libro recibió varias críticas desdeñosas (“La obra fallida de F. Scott Fitzgerald”, anunció un titular del New York World) e incluso las agradables eran condescendientes. Fitzgerald se lamentaría más tarde ante su amigo Edmund Wilson de que “de entre todas las críticas, incluso las más entusiastas, no hubo ni una sola que demostrara haber entendido de qué iba el libro”. Para un escritor de la fama de Fitzgerald, las ventas fueron mediocres. Unos veinte mil ejemplares a finales de aquel año. Scribners realizó una segunda edición de tres mil ejemplares, pero eso fue todo, y cuando Fitzgerald falleció en 1940, medio olvidado a la edad de cuarenta y cuatro años, era un libro difícil de encontrar.
La historia de la deplorable caída en desgracia de Fitzgerald (ningún otro gran escritor ha fracasado de manera tan pública) está imbuida por varios matices de ironía, tanto en el fracaso como en el triunfo. Fitzgerald era un alcohólico y sin duda su salud habría declinado al margen de la carrera comercial de su obra maestra. Pero era un escritor que necesitaba del reconocimiento y el dinero tanto como del alcohol, y si Gatsby hubiera vendido bien probablemente le habría ahorrado las lacerantes confesiones públicas de fracaso que realizó durante los años treinta o, al menos, le habría mantenido lejos de Hollywood. (Consiguió escribir una fascinante novela medio inconclusa, El último magnate, fuera de lugar, pero sus talentos como guionista eran demasiado sutiles para M-G-M.). Al mismo tiempo, el fracaso inicial de Gatsby cuenta con un asombroso epílogo: actualmente su edición en rústica vende en Estados Unidos medio millón de ejemplares al año.

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Miércoles 1 de mayo de 2013

Le Carré y el síndrome de Cotard

Una de las manías más extendidas y que más me irrita de la crítica en general, pero sobre todo de la literaria, es su tendencia a caer en lo que yo llamo el delirio de negación. El auténtico delirio de negación es una afección psicológica descubierta por el neurólogo francés Jules Cotard, que consiste básicamente en la creencia de que uno está muerto, real o figuradamente. Según la descripción que ofrece Wikipedia: «los pacientes llegan a creer que sus órganos internos han paralizado toda función, que sus intestinos no funcionan, que su corazón no late e incluso que se están pudriendo». El delirio de negación del crítico no llega tan lejos, pero tiene algún que otro punto en común. Convencido de que las obras que reseña deben amoldarse a unos preceptos preconcebidos e inamovibles que conforman el supuesto canon del buen gusto, de lo verdaderamente literario, el crítico tradicional procede a «matar» aquellas partes del conjunto que amenazan con desequilibrar sus ajustados parámetros. Básicamente, niega la realidad para amoldar las obras a sus criterios, en vez de amoldar sus criterios a la realidad de las obras. Veamos un ejemplo reciente que es el que ha motivado esta entrada.

Hace un par de semanas, el crítico del New York Times Dwight Gardner publicaba un extenso e interesante artículo sobre el escritor británico John le Carré, con motivo de la próxima publicación de su nueva novela, Una verdad delicada. El texto es informativo, ameno y altamente elogioso con la obra de le Carré, pero por algún motivo parece sentir continuamente la necesidad de excusarse por ello, intentando desvincular las obras que ensalza del género de raigambre popular al que se adscriben, cuando no negando por completo su relación con el mismo. En palabras de Gardner: «Lectores como yo, alérgicos en la mayoría de los casos a las historias de espías y la narrativa de género, llevamos tiempo sintiéndonos atraídos por la obra de le Carré gracias al ingenio y la mordacidad que consigue insertar en un hiriente comedimiento. Sus primeros libros ilustraban, tal como él mismo describió en una ocasión sus novelas de Smiley, “una especie de Comédie humaine de la guerra fría, contada en términos de espionaje”. En sus títulos menores, la prosa de le Carré puede ralear peligrosamente, pero en sus mejores momentos, se cuenta entre los mejores escritores vivos. Hay un motivo para que Philip Roth haya calificado Un espía perfecto, la obra de ficción autobiográfica publicada por le Carré en 1986, como “la mejor novela inglesa desde la guerra”. The Times le otorgó el puesto 22 en una lista de los 50 mejores escritores posteriores a 1945. Sus libros hablan menos de espionaje que de las fragilidades y deseos humanos; hablan de cómo todos somos, a nuestra manera, espías. El legendario editor Robert Gottlieb, que trabajó en muchas de las novelas de le Carré mientras estaba en Alfred A. Knopf en los años setenta y ochenta, se rió cuando le mencioné que algunos todavía lo consideraban un plumífero de género. “Es un escritor brillante para el que los espías simplemente son materia prima”, dijo Gottlieb. “Llamarle escritor de novelas de espías es como llamar a Joseph Conrad escritor de novelas marineras o a Jane Austen escritora de comedias domésticas”. Gottlieb añadió: “¿Quiénes son esos idiotas que piensan lo contrario?”».

Las elegantes portadas de Matt Taylor para le Carré en Penguin.

Es decir, que para estos señores y todos aquellos que piensan como ellos, no existe una división entre novelas de espías buenas y malas, superficiales o complejas, pedestres o perspicaces. No, para este tipo de críticos la única división posible es la que separa las novelas de espías (terribles todas ellas) de la buena literatura en la que «los espías simplemente son materia prima», como si por esquilar al gato fuese éste a dejar de maullar. Son los mismos que cuando tienen que defender una novela negra argumentan que en realidad se trata de una oscura parábola social (cosa que puede ser cierta, pero no por ello invalida su «negrura») y los mismos que utilizan términos como «alegoría swiftiana» o «metáfora tecnológica» para no tener que decir «ciencia-ficción». Sin embargo, el qué se cuenta y el cómo se cuenta van inextricablemente unidos, hasta tal punto que puede llegarse a dar la ironía de que aquello que el crítico pretende negar para preservar su aura de seriedad (en este caso la adscripción de le Carré a las novelas de espionaje) sea precisamente una de las principales bondades de la obra. En el mismo texto anteriormente citado, por ejemplo, Gardner explica: «Una de las mejores cosas en las novelas de le Carré es que, desde el principio, han bullido con el recóndito y rico lenguaje del espionaje, un campo que tiene una jerga distinta a la de cualquier otro. En muchos casos, el propio le Carrá ha inventado dicha jerga. Términos de sus novelas (por ejemplo “trampa de miel”, para indicar el uso del sexo como reclamo para incitar a un objetivo) han sido adoptados por los profesionales. Probablemente también pueda reclamar la autoría de “topo”. Los editores del Oxford English Dictionary, dice él, le escribieron una vez para preguntar si había originado el uso de dicha palabra como sinónimo para agente encubierto a largo plazo. Le Carré no estaba seguro. Pero el único uso histórico de la misma conocido resultó ser uno con el que no parece probable que estuviera familiarizado; aparece en un poco conocido volumen de Francis Bacon sobre el rey Enrique VII publicado en el siglo XVII».

Así pues, si debemos hacer caso del artículo enlazado, nos encontramos con una serie de novelas protagonizadas por espías, que narran con inusitada perspicacia los quehaceres del espía y recogen con admirable exactitud la jerga del espía; sin embargo, sólo un idiota podría considerarlas novelas de espionaje. Ajá. El caso es que, por absurdo que pueda parecernos este claro ejemplo del delirio de negación, me temo que a ningún lector habitual de suplementos culturales le resultará novedoso. Lo novedoso sería, por desgracia, justo lo contrario. Lo novedoso sería que en vez de intentar escindir las obras de los géneros en los que solemos englobarlas como manera de afirmar su grandeza se asumiera su pertenencia a los mismos con naturalidad, juzgando sus valores literarios sin juzgar sus adscripciones. No pretendo ni mucho menos hacer con esto una defensa a ultranza de los géneros; un bodrio es un bodrio al margen del envoltorio. Pero sí agradecería una crítica menos acomplejada y más proclive a analizar y explicar qué es lo que hace que un autor sea verdaderamente literario, original, complejo o singular, antes que una que siga empeñada en mantener prejuicios elitistas y líneas divisorias mal trazadas. Por variar un poco.

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Viernes 19 de abril de 2013

Cómic alternativo de los 90 – VIII

Capítulo II. La escudería Fantagraphics
Parte 6: Un mundo en sí mismo

«Me obsesioné con la muerte siendo aún muy niño. Tenía cuatro años. Recuerdo el instante en el que comprendí lo que era la muerte… por lo menos que significaba que mi vida iba a terminar, y que no había nada que ni yo ni nadie pudiera hacer. Desde aquel día y hasta ahora, la muerte es lo primero en lo que pienso cada vez que me levanto y lo último en lo que pienso antes de acostarme. Todos los días igual. Ahora he aprendido a vivir con mi ansiedad y únicamente muy de vez en cuando me veo profundamente alterado debido a la idea de la muerte. Pero en aquellos días acostumbraba a tumbarme en la cama pensando sobre ello hasta que vomitaba. Durante una temporada, estuve convencido de que mis padres me iban a matar. Por ninguna razón en especial. Tenía muchísimo miedo todo el tiempo, y el mundo no tenía ningún sentido para mí. Yacía en mi cama y me preguntaba cuándo iban a entrar para hacerlo. Aquello duró meses hasta que supuse que no iban a hacerlo y dejé de preocuparme. Pero el temor ante la muerte persistió. Era un chico obsesionado. Pasé mucho tiempo buscando pistas. Buscaba detrás de las cosas, a su alrededor, en su interior… estaba buscando todo el tiempo».
Éstas son algunas de las frases con las que define su infancia Jim Woodring, uno de los autores más sorprendentes y desconcertantes del tebeo alternativo norteamericano. No estaría de más añadir que su madre era toxicóloga y que a menudo era requerida por el juez de instrucción de la zona para hacerles la autopsia a los perros muertos por si tenían la rabia, proceso que ella describía luego en todo detalle a su hijo. Su padre, por su parte, era un inventor aficionado que utilizó su ingenio para construir en lo alto de su casa un faro programado para que se encendiera y les revelara, de estar tomando algo en el vecindario, que el pequeño Jim se agitaba inquieto en su cama. A tenor de lo que el mismo Woodring explica, las ocasiones debieron de ser numerosas, ya que «cuando era niño tenía alucinaciones. Veía apariciones. Me tumbaba en la cama y veía enormes y silenciosas caras que flotaban dando vueltas junto a los pies de mi cama. Caras muy caricaturescas. Caras gigantes, horribles, sonrientes, con las líneas marcadas y la boca abierta, gritándome en silencio, moviendo la boca con rapidez».

Todo esto viene a cuento de que los tebeos de Woodring no son sino el resultado directo de estas experiencias: las visiones son su principal fuente de inspiración y la búsqueda de los misterios ocultos tras un universo caótico y sorprendente casi su único tema. En todo caso, no fueron sólo las visiones las que le impulsaron a ello; hubo otro elemento mucho más mundano que también se demostró decisivo en el desarrollo de su particular noción de la realidad: «La primera droga que tomé fue el LSD, cuando aún era un chaval completamente reprimido. Era perfectamente inocente, alguien me dio una dosis realmente fuerte de LSD, y tuve una horrible experiencia que me cambió la vida y que básicamente me demostró que la realidad no era en absoluto tan real. Quiero decir, sabía cuánto LSD había en aquella astilla, y la verdad es que no era mucho; la mayoría era tiza y veneno para ratas y pólvora, o lo que fuera que le pusieran en aquellos días. Y me di cuenta de que aquella mota de polvo había bastado para borrar el mundo frente a mis ojos del mismo modo que borras las acuarelas con una esponja húmeda». Esta revelación, sin embargo, no llevó a Woodring a volcarse de inmediato en una expresión artística que le permitiera desarrollar creativamente las nuevas percepciones a las que estaba sujeto (como sí le pasó, por ejemplo, a Robert Crumb), sino que únicamente contribuyó a aumentar una angustia existencial ya de por sí bastante intensa debido a su pánico ante la muerte, que le abocó a un temprano alcoholismo. «La primera vez que bebí algo con alcohol, que por cierto fue una cerveza, supe que lo que quería hacer durante el resto de mi vida era seguir bebiendo», afirma. «De modo que empecé a emborracharme siempre que me era posible. Mi vida era caótica. No me preocupaba el futuro. Sólo me emborrachaba constantemente y tomaba drogas y me dedicaba a pasármelo bien. Tiemblo cada vez que recuerdo aquellos días, porque estaba fuera de control. Alienaba constantemente a mis amigos comportándome como un gilipollas».
Al mismo tiempo que se alcoholizaba, Woodring empezó a trabajar de basurero, algo que hizo desde los 19 hasta los 27 años, momento en el que cambió de empleo para entrar a formar parte de la plantilla de un estudio de animación. Había dibujado toda su vida y tenía buena mano, pero su única toma de contacto con el medio historietístico hasta aquel momento había sido su etapa de lector de tebeos underground a finales de los setenta, por lo que cuando empezó a trabajar en el estudio y conoció a Gil Kane y a Jack Kirby, que también estaban allí, no tuvo ni idea de quiénes eran. Aparte de para conocer a dos de los más grandes dibujantes del mainstream norteamericano, los años que pasó en el estudio de animación le sirvieron también a Woodring para afinar sus recursos artísticos. Por ejemplo, «Hacer storyboards me ha ayudado hasta cierto punto a controlar la composición de mis tebeos. Aún intento seguir algunas pautas de la narración cinematográfica. Cuando dibujo siempre marco una línea de cámara sobre la que no me permito cruzar, intento manipular el tiempo del mismo modo [que si estuviera filmando] e igualmente intento usar tomas establecidas. Sí, aprendí un montón, ha sido útil».

Trabajar junto a Gil Kane tuvo también otra ventaja insospechada, ya que éste era un buen amigo de Gary Groth y le habló de la labor de Woodring. Poco después, el primer número de su serie Jim aparecía publicado por Fantagraphics.
Ya desde aquel primer número, Woodring destacó como una voz única en el panorama historietístico norteamericano. La mitad de las historietas eran nuevas, y la otra mitad provenían de una especie de diario dibujado que el autor había ido desarrollando para relajarse de las tensiones que le producía su trabajo en el estudio de animación; un diario que no era sino un perfecto reflejo impreso de esa búsqueda que mencionaba al inicio de este parágrafo. Woodring se suele utilizar a sí mismo como personaje principal y, en teoría, su trabajo se origina en las experiencias de su vida diaria; sin embargo, ésta se expresa en sus tebeos a través de historias de ficción ambientadas en un mundo turbador y fantástico en el que cualquier cosa puede suceder, desde la aparición de ángeles en forma de peonza metafísica hasta salvajes escenas de tortura más allá de lo terreno. El mundo de Jim es un espacio a medio camino entre el sueño y la vigilia, en el que Woodring filtra su vida a través del incógnito y de las visiones que le asaltaban de niño, para, por utilizar su analogía, pasar la esponja por encima de la acuarela y revelar una realidad escurridiza que podría, o no, agazaparse tras los sucesos cotidianos.

Más radical aún resulta su otra creación importante, Frank, un extraño animal antropomórfico que, tras protagonizar historietas cortas en títulos como Jim o Tantalizing Stories, acabó por conseguir su propia serie también en Fantagraphics. En ella, además de elevar hasta el grado sumo el aspecto irreal de sus historietas, y de explorar de una forma mucho más directa e intensa el complejo mundo de las apariencias (Frank consiste prácticamente en un único argumento que se repite una y otra vez —varían los desarrollos— y que se podría resumir como el enfrentamiento con algo que no es lo que parece), Woodring ha decidido asumir el riesgo de realizar tebeos sin palabras, dejando bien patente tanto su práctica en el campo de la animación como sus aplicaciones al campo de la narración historietística, pues le basta con el sabio uso de los encuadres y sus secuencias para conseguir imprimir diferentes ritmos de lectura y ralentizar o acelerar a su antojo la inquieta mirada del lector. Por otra parte, es comprensible que haya una gran mayoría de personas que se nieguen a comprarse un tebeo en el que apenas hay una palabra que llevarse a la boca*; decidir si la intensidad emocional de las historietas de Woodring puede llegar a compensarles o no la brevedad de su disfrute, ya no es labor mía decidirlo. De lo que no puede haber duda es del placer estético producido por sus páginas. Bien sea en su vertiente más cartoon (Frank) o bien en la realista (Jim), el estilo de dibujo de Woodring es un prodigio de sencillez completamente trabajada. Sus trazos, aunque gruesos y firmes, nunca llegan a abigarrar la página debido a una siempre estudiada composición y a un curioso estilo de rayado realizado mediante pinceladas compactas y espaciadas que en ningún caso saturan la vista. Su creatividad e ingenio a la hora de crear el aspecto visual de los múltiples personajes y entes que pueblan sus tebeos, y el aspecto siempre limpio y trabajado de su entintado, no hacen sino reforzar el atractivo visual de su obra.

* Nota desde el presente: un comentario muy coyuntural (pero real y oído en las tiendas) de un momento en el que Frank se editaba como comic-book de grapa de 24 páginas con un precio de portada de 3’95 $. Hay que reconocer que, incluso para los fans, sabía a poco. Nada que ver con su actual y mucho más satisfactoria publicación en volúmenes.

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Lunes 1 de abril de 2013

La escena del crimen

“La escena del crimen. Nuevas aproximaciones al género negro norteamericano” es el título del artículo con el que he colaborado en Supercómic, una antología de ensayos sobre historieta contemporánea coordinada por Santiago García y editada por Errata Naturae que hoy sale a la venta. El libro viene a sumarse a otros volúmenes de la misma editorial dedicados a explorar desde múltiples perspectivas fenómenos de la cultura popular como los videojuegos (Extra Life), las series de televisión (The Walking Dead, The Wire) o la crónica negra (Asesinato en América), y si os queréis hacer una buena idea de quiénes son sus autores y cuáles son sus contenidos, aquí podréis leer completa la introducción de Santiago, en la que además de presentar el contexto y los temas de la antología, repasa y comenta todos los artículos que la componen (en total once, más una historieta de Max con Mireia Pérez).
En lo que respecta a mi aportación en concreto, poco puedo añadir a su explícito título, al margen de que una de las recomendaciones que me hizo Santiago al encargármela fue que la escribiera pensando no tanto en un lector habitual de cómics como en un lector habitual de Es Pop; alguien interesado en la cultura popular en general y con un aprecio particular por el género negro en concreto que pudiera tener cierto interés por dar el salto y añadir unos cuantos tebeos a su dieta habitual de ficción criminal. Con ese objetivo en mente y como guiño al estupendo tebeo homónimo de Ed Brubaker, Michael Lark y Sean Philips que me sirvió de pistoletazo de salida y punto de partida para desarrollar todo el artículo, surge este “La escena del crimen”, cuyos párrafos introductorios reproduzco a continuación:

Impulsado por el boom de los escritores escandinavos y reforzado por el arrollador éxito de populares series de televisión marcadas de una u otra manera por el elemento criminal, aunque sea desde perspectivas tan distintas como en Los Soprano, The Wire o Breaking Bad, el género negro parece estar viviendo un extraordinario resurgir comercial que no podía dejar de tener su eco en el mercado de la historieta. No es un fenómeno nuevo. Aunque raras veces haya asumido la preponderancia de otros géneros como la ciencia-ficción y particularmente los superhéroes, la narrativa criminal cuenta no obstante con una rica tradición en el cómic norteamericano, al menos desde el punto de vista cualitativo, con momentos particularmente álgidos como la era dorada de las tiras diarias (con aportaciones tan notables como el Dick Tracy de Chester Gould o Agente secreto X-9 de Alex Raymond y Dashiell Hammet) o durante los años cuarenta y cincuenta (su momento de mayor éxito comercial, cuando cabeceras como Crime Does Not Pay alcanzaban ventas superiores al millón de ejemplares mensuales a la vez que anticipaban el fenómeno de la ficción basada en crímenes reales que posteriormente popularizaría Dragnet en la televisión y dignificaría A sangre fría en la literatura). Ya en los noventa, autores surgidos tanto de la gran industria (Frank Miller con su Sin City) como de la más rabiosa independencia (David Lapham y su autoeditado Balas perdidas) anticiparon el regreso a la palestra del noir con mayúsculas, más allá de la parodia, los vulgarismos y los lugares comunes (el sombrero y la gabardina) que tan a menudo suelen suplir la ausencia de ideas o de un enfoque verdaderamente personal, particularmente en géneros con unos rasgos estilísticos tan marcadamente reconocibles a partir de cuatro clichés como el policiaco. Afortunadamente, lo que hace tan sólo una década podía considerarse poco menos que una presencia prácticamente anómala, parece estar afianzándose poco a poco como una nueva vía, todavía pequeña pero jugosa, para los amantes del noir. El presente texto no pretende ser ni mucho menos una guía exhaustiva del nuevo cómic de género negro, sino simplemente una serie de reflexiones acerca de algunas aproximaciones recientes al mismo, con la intención de contextualizarlas mínimamente en el actual panorama literario y audiovisual, no porque la historieta como medio carezca de sobrada entidad por sí misma, sino pensando únicamente en que, quizá, esta vía pueda resultar más transitable o familiar para aquellos aficionados al género negro en general que anden buscando una puerta de entrada al mundo de la viñeta.
Continúa en Supercómic.

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Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.
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