Cultura Impopular

Sábado 31 de diciembre de 2011

6 + 4 = 11

Una vez más no se me ha ocurrido mejor manera de despedir el año que reunir en una sola entrada mis libros favoritos de estos últimos doce meses. La idea era escribir diez críticas más o menos elaboradas con las que compensar a mi burda manera la clamorosa ausencia de la mayoría de estos títulos en los previsibles resúmenes anuales de los suplementos y revistas del ramo. Como apropiado colofón a un año lleno de proyectos truncados o demorados por falta de tiempo, ganas o capacidad para llevarlos a buen puerto, resulta que al final sólo he sido capaz de completar seis reseñas y cuatro apuntes esquemáticos con los que resumir literariamente este 2011 que hoy acaba. Evidentemente no he incluido en la lista ni Reina del crimen ni Fargo Rock City ni ningún otro título editado por nosotros porque aparte de que resultaría presuntuoso asumo que ya los tenéis. Si no es así, todo lo dicho a continuación queda en suspenso hasta que hayáis pasado por caja, que como bien sabéis no está el horno para bollos. Gracias un año más por vuestro apoyo, vuestros comentarios y en general por seguir ahí. ¡Feliz 2012!

Los amigos de Eddie Coyle
George V. Higgins
Libros del Asteroide
Se publicó en 1970 y Noguer la editó entre nosotros tres años más tarde con el desagradable título de El chivato, coincidiendo con el estreno de la extraordinaria adaptación fílmica de Peter Yates, protagonizada por Robert Mitchum, Richard Jordan y Peter Boyle. Desde entonces había permanecido imperdonablemente ausente de nuestro mercado y tiene, sin lugar a dudas, mi voto para reedición del año. Es un relato breve, conciso, puro magro; un claro punto y aparte en la tradición de la novela negra más naturalista que abrió el camino a una nueva tendencia centrada no en el delito de turno sino en la descripción de todo un estamento social que abarca a policías y criminales por igual, no tanto como fuerzas enfrentadas, ni siquiera como las dos caras de la misma moneda, sino como miembros de una gran familia que operan en paralelo y al mismo nivel. Construida en torno a un reparto coral de profesionales del mundillo criminal de Boston (más que profesionales habría que decir “curritos”, para no dar una falsa imagen de glamour, de la que carecen por completo), Los amigos de Eddie Coyle compone un retrato de ambiente vívido, creíble y humano, narrado mediante un estilo que se diría tallado en mármol: preciso, cortante. Decía Donald Westlake que toda ficción comienza por el tipo de lenguaje que se pretende utilizar, y el de Higgins, basado principalmente en los diálogos y la acción, es básicamente el de sus personajes. No se aprecia una distancia ni una separación entre lo que va aconteciendo y la manera de narrarlo; la inmersión del lector en el ambiente es completa. Existe una edición americana con un excelente prólogo en el que Elmore Leonard describe el impacto que le produjo en su día la lectura de la novela y cómo le llevó a dar un giro completo, tanto estilístico como temático, a su carrera. Aunque el de Dennis Lehane que antecede la edición de Libros del Asteroide es menos interesante, supongo que ambos dan buena muestra de lo alargada que sigue siendo la sombra de Higgins y la de esta novela en particular.
Más sobre Los amigos de Eddie Coyle en esta reseña de Adrián Sánchez.

Dr. Glas
Hjalmar Söderberg
Alfabia
Otra recuperación, en este caso la de una extraordinaria (y no menos concisa) novela sueca que, al amparo de su brevedad y aparente laconismo, golpea con la potencia y la precisión de un púgil en estado de gracia. La traducción, del malogrado Gabriel Ferrater, es la misma utilizada por Seix Barral en su olvidada edición de 1968 y está realizada a partir del inglés en vez del original, algo que en principio suele producirme rechazo, si bien hay que reconocer que, salvo por un par de anacrónicas excepciones, fluye con gran frescura. Si el tópico a la hora de referirse a Dr. Glas es que resulta una novela sumamente moderna, también hay que decir que, desde luego, está plenamente fundado. En mi caso, desconociéndolo prácticamente todo acerca de Söderberg, salvo que había fallecido en los años cuarenta, me pasé más de medio libro convencido de que no podía tratarse sino de una de sus últimas obras. ¡Cual no fue mi sorpresa al averiguar que había sido escrita en 1905! Sin embargo, su vigencia y capacidad de sorpresa no descansan únicamente en los elementos que más suelen llamar la atención de los reseñistas: el carácter contemporizador del narrador, sus puntos de vista críticamente pragmáticos acerca de temas como el aborto, la eutanasia y el crimen, su soterrada repulsa de las convenciones… elementos que, en fin, no sé si realmente hacen moderno a Söderberg o más bien ponen de manifiesto lo antiguos que seguimos siendo nosotros. El caso es que también hace gala de unos mecanismos sumamente contemporáneos en el modo de narrar; tan contemporáneos, de hecho, que lo primero que me vino a la cabeza nada más comenzar a leer fue el Wilson de Daniel Clowes. No, en serio. Al igual que la celebrada novela gráfica del de Chicago, Dr. Glas nos presenta una narración fragmentada y episódica, creada en este caso a partir de anotaciones dispersas en un diario, mediante las que el protagonista y narrador, el doctor Tyko Gabriel Glas, treintañero virgen, sin amigos e inadaptado, aprovecha para ventilar sus neuras y manías con cierta distancia no exenta de humor y patetismo. Lo bueno de poder leerse la novela en una o dos sentadas es que, rápidamente, de entre los fragmentos, algunos de ellos verdaderas perlas en sí mismos, comienza a surgir un retrato perfectamente cincelado tanto de Glas como de su entorno, así como un hilo conductor tierno y triste, centrado en las penas amorosas de una joven paciente casada con un clérigo rijoso, que poco a poco va apoderándose de la obra hasta conducirla a su demoledor desenlace. (Demoledor, dicho sea de paso, siempre y cuando se salte uno el inoportuno y delator prólogo). Una novela que induce a múltiples relecturas.
Más sobre Dr. Glas en esta reseña de Robert Saladrigas.

El salario del miedo
Georges Arnaud
Editorial Contraseña
Contraseña se está convirtiendo rápidamente, junto a Sajalín, en mi nueva editorial favorita. Gran parte del motivo salta a la vista: su impecable diseño de cubiertas, que se sirve con acierto de una maqueta clasicista pero elegante mediante la que potenciar el trabajo de una acertada selección de ilustradores contemporáneos. La otra razón es, evidentemente, su selección de autores, una apropiada mezcolanza de clásicos y semiclásicos venidos de todos los rincones del globo, desde la norteamericana Edith Wharton al japonés Ogai Mori, pasando por otros como el checo Vladislav Vančura, el ucraniano Vsévolod Garshin o éste que aquí nos ocupa: el francés Georges Arnaud, autor de la que probablemente sea la novela más cruda y desesperanzada que se haya publicado este año. A nadie que haya visto la estupenda adaptación cinematográfica realizada por Henri-Georges Clouzot en 1953 le extrañará saber que el libro de Arnaud es completamente inmisericorde a la hora de describir la podredumbre moral y la desazón existencial de sus protagonistas, una recua de expatriados europeos varados en un pueblucho sudamericano situado junto a una explotación petrolera estadounidense. Pero por muy preparado que esté uno, cuesta no sorprenderse ante la desnuda brutalidad del relato, ante la descarnada amoralidad de sus personajes, ante la meridiana desolación de su entorno. Veo mucho de Céline tanto en la figura como en la prosa de Arnaud, y El salario del miedo es también, en gran medida, un viaje al fin de la noche, sólo que la propia naturaleza de la trama, el hecho de que toda la novela gire en torno a un trabajo poco menos que suicida (transportar dos camiones cargados de nitroglicerina con la que apagar un incendio en un pozo), aceptado únicamente porque promete la posibilidad de dejar atrás una existencia miasmática, hace que todo sea mucho más urgente y feroz, acelerado, al grano. Decía Vázquez Montalbán a propósito de El salario del miedo que “es una obra maestra, como lo es El tercer hombre, de Graham Greene, y traigo a colación esta obra del escritor inglés porque, como la de Arnaud, plantea la cuestión de qué es mayor y menor en Literatura”. Ya sabéis que aquí en Cultura Impopular dicha cuestión nos la pela soberanamente; la literatura es buena o mala, nunca mayor o menor. Pero valga el comentario de Montalbán como constatación para aquellos que todavía viven preocupados por el tamaño (metafórico) de sus libros: lo de Arnaud es puro caviar. Teñido de hiel, pero caviar al fin y al cabo.

Mía es la venganza
Friedrich Torber
Sajalín
Por segundo año consecutivo, Sajalín encabeza mi ranking de nuevas editoriales merced a una selección de autores que difícilmente podría estar más en consonancia con mis gustos personales. Por supuesto, también influye el hecho de que hasta ahora no les haya leído ni un solo título flojo. Debo reconocer que, a pesar de todo, me aproximé con cierta cautela a este librito del austriaco Friedrich Torber, compuesto por dos relatos que, sumados, ni siquiera llegan a las 120 páginas; máxime cuando uno de ellos resulta estar ambientado en un campo de concentración nazi. Empieza uno a estar un poco cansado de que se la quieran dar con queso amparándose en la fórmula escritor centroeuropeo más tema trascendente. ¡No es el caso! Publicado originalmente en 1943 (antes, por tanto, de que hubiera acabado la guerra y el verdadero alcance del horror de los campos de exterminio hubiese sido revelado), Mía es la venganza puede leerse en la actualidad como, alternativamente, prolegómeno o epílogo a toda la narrativa del holocausto, además de como una lúcida exploración de las raíces metafísicas del mismo. Una exploración que en un principio sorprende por su profundo calado y por una clarividencia que podría llevarle a uno a presuponer una distancia mucho mayor respecto a los hechos narrados. Pero quizá, precisamente, una obra como ésta, tan depurada y reducida a la esencia, que prescinde en gran medida de la descripción física de la violencia, que renuncia a la numerología del exterminio para concentrar su reflexión en una doble pregunta que podríamos resumir groseramente en “¿por qué nos matáis y por qué lo permitimos?”, sólo podría haberse escrito entonces, antes de que el hecho mismo del holocausto quedase grabado de tal manera en la conciencia colectiva que cualquier escritor se sentiría previsiblemente abrumado e incapacitado para pretender abarcar tal espanto en poco más de sesenta páginas, despojadas en su mayor medida de todos aquellos elementos que la cultura popular ha asociado indeleblemente al holocausto en nuestro cerebro. Torber usa como título de su relato una cita bíblica extraída de Romanos 12:19 (“No os venguéis vosotros mismos… pues Mía es la venganza”), la cual encapsula el dilema esencial de sus personajes: ¿es realmente lícita la venganza? ¿Va la resistencia violenta ante el verdugo en contra de los designios de Dios? Y por extensión: ¿acaso disponemos de otros tipos de venganza o retribución? ¿Puede ser la literatura, la cultura, la transmisión de lo acaecido, uno de ellos? Preguntas todas ellas para las que, quizá, el lector contemporáneo creerá tener respuestas claras y definitivas de antemano. Uno de los mayores milagros de la prosa de Torber es que su absorbente narración sea capaz de conseguir que dichos dilemas vuelvan a resonar en nuestra cabeza no sólo durante la lectura de la misma sino mucho, mucho después.
Más sobre Mía es la venganza en esta reseña de Rafael Díaz Santander.

Libertad
Jonathan Franzen
Salamandra
Resulta completamente lógico que la ineludible presencia de esta novela en prácticamente todas las listas de “lo mejor del año” plantee de inmediato la siguiente cuestión: ¿De verdad es para tanto? Particularmente si dichas listas (1) aparecen encabezadas por ñordos como Solar (¡y lo digo como fan acérrimo de McEwan, convencido de que nunca iba a escribir un libro peor que Sábado!), (2) incluyen un tocho del director del periódico para el que trabajas como segunda mejor obra de no ficción del año, y (3) parecen hechas por un robot: me pones un nóbel, un par de autores de la casa, la última novela de un veterano nacional incontestable y un par de fenómenos mediáticos. Este último, el de fenómeno, es precisamente el papel que está jugando la novela de Franzen, vendida ya, desde la misma faja que abraza su portada, como un “evento”. Y sinceramente sospecho que si Libertad ha acabado colándose en prácticamente todas las listas de los suplementos culturales ha sido más por ese aura de “incontestabilidad” que por sus méritos como obra de arte. Y es una verdadera lástima. Porque tenerlos los tiene. A raudales. ¿Es mejor que Las correcciones, la anterior y celebradísima novela de Franzen? Para mi gusto sí, sin duda. Abajo he enlazado una crítica muy bien razonada que, además de esbozar perfectamente la trama del libro, afirma lo contrario y curiosamente aduce para ello los mismos motivos que esgrimiría yo para argumentar mi defensa. “No construye un lenguaje alternativo ni propone novedades a nivel de inteligibilidad”, dice su autor, y desde luego tiene toda la razón. Pero es precisamente ese alejamiento de la herencia de Pynchon y DeLillo, ese abandono parcial del juego continuo y un tanto exhibicionista con el lenguaje que para mi gusto lastraba y alambicaba en exceso Las correcciones, el que hace que Libertad suponga un nuevo peldaño en la trayectoria de Franzen. Por momentos casi se diría que el norteamericano ha renunciado por completo al posmodernismo y se ha vuelto dickensiano, que está recreando la novela del XIX en un entorno contemporáneo, pero no sería del todo cierto. Libertad sigue haciendo gala de los característicos juegos formales, idiomáticos y metaliterarios de su autor, simplemente da la impresión de que esta vez no ha sentido la necesidad de ser brillante en todas y cada una de las páginas. Con ello ha conseguido no sólo que la narración fluya muchísimo mejor sino también que las perlas estilísticas ganen lustre e intensidad. Personalmente, si algo me interesa de Franzen no es tanto su ingenio y sus habilidades de malabarista de la sintaxis como su talento narrativo. Entiendo perfectamente que haya lectores a los que les parezca un autor irritante que escribe sobre personajes odiosos. A mí también me irrita. Me irritaron las primeras páginas de Las correcciones y me han irritado las de Libertad. Y sin embargo, por debajo de ambas novelas, discurre un pálpito genuino y emocional que por momentos va más allá de la simple verosimilitud. Y si uno se deja llevar por ese pálpito, si se deja conducir por la trama, poco a poco se irá dando cuenta de que realmente está sintiendo y padeciendo con y por esos mismos personajes que en un primer momento le parecieron completamente ajenos cuando no repelentes. Y eso, en cierto modo, no deja de ser extraordinario.
Más sobre Libertad en esta reseña de Hugo Fontana.

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Anagrama
Aunque su anterior Una novela rusa me decepcionó un poco, sigo teniéndole mucho respeto a Emmanuel Carrère. No sólo escribió esa barbaridad que es El adversario sino que también es autor de Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, una excelente biografía de Philip K. Dick que fue uno de los motivos de que me animase a crear Es Pop (decidí que ese era precisamente el tipo de libro que me apetecía editar). Tenía, por tanto, que darle una oportunidad a este Vidas ajenas, por mucho que el texto de contraportada me predispusiese en contra. Francamente, no tenía demasiadas ganas de leer un libro sobre “dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido”. Sin embargo, la extraña capacidad de Carrère para parecer simultáneamente ensimismado y, a pesar de todo, extremadamente empático con aquellos sobre los que escribe le permite esquivar con éxito lo que en manos de un autor menos habilidoso podría haber acabado siendo un insalvable campo de minas. Los sucesos narrados en Vidas ajenas son ciertamente dramáticos y, por momentos, francamente espantosos, pero Carrère es perfectamente consciente de que, aunque pueda compartir el espanto, el drama propiamente dicho no le pertenece, no es suyo. Existe, pues, cierta distancia de observador y una voluntad evidente de esquivar el melodrama, la literatura fácil. Dicha distancia, en cualquier caso, no es clínica ni aséptica, sino simplemente respetuosa a partir de un reconocimiento tácito: el de nuestra incapacidad para aprehender en su totalidad el dolor que no hemos experimentado, por mucho que lo compartamos. Habrá lectores que consideren el continuo yoísmo de Carrère enervante. En mi caso debo decir que es precisamente su negativa a esconderse, a pasar desapercibido, la que hace que lo narrado me resulte digerible y paradójicamente cercano, pues si algún punto de vista puede servirme de asidero a la hora de abordar el libro no es, afortunadamente, el de los padres que han perdido a su hija en una catástrofe natural ni el de las niñas que han perdido a su madre por culpa del cáncer, sino el suyo, el del observador del dolor ajeno (en este sentido Carrère está adoptando básicamente un punto de vista voyerístico, más cercano al de su futuro lector que al de sus protagonistas). Las primeras 60 páginas de Vidas ajenas, en las que se describen los efectos del tsunami de 2004, son en este sentido modélicas. Posteriormente el libro pierde un poco de fuelle con la introducción de Étienne, un juez cojo cuya inclusión en la historia parece en un principio un poco forzada por la voluntad de crear cierto juego de espejos, esta vez sí, demasiado premeditadamente literario para un volumen que juega esencialmente la baza de la no ficción. Afortunadamente, a la larga su presencia acaba demostrando estar plenamente justificada y brinda, además, uno de los pasajes más fascinantes e instructivos del libro: el dedicado a su lucha contra los abusos de las entidades de crédito. En última instancia, el tramo final de Vidas ajenas acaba siendo tan inevitablemente desolador, tan emotivo dentro de su contención, que termina uno con la sensación de que abordar estas dos historias de muerte con la brutal franqueza con la que lo hace aquí Carrère es, en realidad, la mejor celebración posible del hecho de vivir. Porque si algo transmite la lectura de Vidas ajenas es precisamente eso: ganas de salir ahí afuera a vivir.

Sábado por la noche y domingo por la mañana
Alan Sillitoe
Impedimenta
Primera obra de uno de los autores clave de la literatura británica de la segunda mitad del siglo XX, firmante también de otra novela decisiva: La soledad del corredor de fondo. Crónica social a través de lo personal, narra con suma agudeza y envidiable economía de medios la existencia monótona y más bien vacía de Arthur, un joven de 22 años con empleo en una fábrica y dos únicos objetivos en la vida: salir todos los sábados y a ser posible acabar siempre la velada en compañía femenina. Es de 1958, pero sigue resonando con la misma relevancia que entonces. Y nunca volverás a contemplar una botella de ginebra junto a la bañera de la misma manera.

Mata a tus ídolos
Luc Sante
Libros del K.O.
Una de las noticias más estimulantes de este último año para nosotros ha sido el lanzamiento de esta nueva editorial que nace con el objetivo de “recuperar el libro como formato periodístico”. De entre sus tres primeros títulos éste probablemente sea el menos sorprendente (o al menos parece, a priori, una opción menos arriesgada que, por ejemplo, El monstruo, memorias de un interrogador) pero también resulta ser el más jugoso. Como todas las recopilaciones de artículos, el disfrute de cada uno de los textos depende hasta cierto punto del interés que pueda sentir el lector por el tema a tratar, pero como en este caso prima con diferencia lo cultural y contracultural (Hergé, Terry Southern, Walker Evans, Dylan, Mapplethorpe, etc.) el lector habitual de Es Pop debería encontrar puntos de referencia de sobra como para exprimir debidamente la certera prosa de Sante. Adelanto en PDF.

Cuentos completos de terror, locura y muerte
Guy de Maupassant
Valdemar
Impresionante compendio de casi mil páginas en el que Mauro Armiño ha reunido todos los cuentos de “terror, locura y muerte” de uno de los grandes e indiscutibles maestros de la narrativa breve. Cualquier recopilación que incluya “El Horla” ya merece sobradamente la pena. Ésta reúne, además, otro centenar de relatos angustiosos, turbios, crueles, pero también ácidos y divertidos. Para tener al lado de la cama.

Mucha muerte
Max Aub
Cuadernos del Vigía
Elegante y vistosísima reedición (¡en bitono!) de los Crímenes ejemplares de Max Aub, complementados por nuevas piezas de corte similar rescatadas del olvido y recuperadas por primera vez en libro. La prosa de Aub es una delicia, su ingenio inagotable y su sentido del humor deliciosamente macabro. La maqueta se integra a las mil maravillas con el texto, poniendo de relieve su naturaleza eminentemente juguetona en uno de los libros mejor diseñados del año. Imprescindible.

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Domingo 25 de diciembre de 2011

Cuando Werner encontró a Cormac

Haciendo limpieza de fin de año acabo de darme cuenta de que tenía en borrador desde el mes de abril esta curiosa conversación entre Werner Herzog y Cormac McCarthy para el programa radiofónico Science Friday, al que acudieron acompañados por el físico Lawrence M. Krauss. La tesis de este último es que tanto la ciencia como el arte realizan la misma pregunta fundamental: ¿quiénes somos y cuál es nuestro sitio en el universo? Y para ahondar en tal cuestión nada mejor que escucharse entero el podcast que recoge la charla entre estos dos titanes de la cultura contemporánea. A continuación transcribo y traduzco algunos de los puntos álgidos.

Cormac McCarthy.

Lawrence Krauss: Para mí es evidente que tanto la ciencia como el arte plantean las mismas preguntas. Lo mejor que hace la ciencia es obligarnos a replantearnos nuestro lugar en el cosmos. De dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Y esas son las mismas preguntas que aborda el arte, la literatura, la música. Cada vez que lees un libro maravilloso o ves una película estupenda, sales con una perspectiva distinta sobre ti mismo. Y demasiado a menudo me parece que olvidamos ese aspecto cultural de la ciencia.

Cormac McCarthy: A mí siempre me ha interesado la ciencia, particularmente la física. Mi hermano y yo solíamos acudir a las presentaciones que se realizaban en el Instituto para las Ciencias de Santa Fe. Me parece que es algo que ayuda, poder hablar de cosas factuales, en las que hay un acuerdo. Resulta difícil llegar a algún acuerdo en las artes. Cada vez que hay que dar un premio, por ejemplo, es realmente complicado llegar a un consenso sobre quién debería recibirlo. En literatura y en las artes visuales resulta francamente difícil. Pero si hablamos de una teoría física, mira tú, o es cierta o no lo es. Organizas un experimento, le dices a los demás lo que estás buscando y si lo encuentran está ahí y si no, no. Eso me gusta.

Lawrence Krauss: Me resulta fascinante oírte decir eso, porque supongo que, como seres humanos, nos encanta imaginar no sólo el mundo tal como es, sino el mundo como podría ser, la esperanza de mundos mejores. Y eso está muy bien, es importante, pero esa moneda tiene dos caras. Una es que tenemos que aceptar que el mundo en el que vivimos es lo que es, y si la gente reconociese que el mundo es como es, tanto si nos gusta como si no, creo que el modo en el que se comportan las personas cambiaría notablemente. Pero al mismo tiempo, creo que debemos reconocer también que en ocasiones el universo real es más fascinante de lo que podemos imaginar, y puede servir de acicate a nuestra imaginación, no sólo como científicos sino, sospecho, como artistas. Es otro buen motivo para mantenerse al día con algunas de las cosas fantásticas que están sucediendo en el mundo.

Werner Herzog (izquierda) durante el rodaje de La cueva de los sueños olvidados.

Werner Herzog: En mi caso, por ejemplo, una película como Fitzcarraldo, para la cual tuvimos que trasladar un enorme barco a través de una montaña en la jungla amazónica, tuvo su origen en Bretaña, en la costa noroccidental de Francia, donde uno encuentra dólmenes y menhires neolíticos, enormes construcciones de piedra erigidas por millares en hileras paralelas. Y estaba allí sentado intentando pensar cómo lo habría hecho yo si hubiera sido una persona del neolítico, sin maquinaria moderna, y se me acabó ocurriendo un método que en esencia fue el que utilicé para mover el barco por la montaña. Me había enfadado mucho porque un pseudocientífico había postulado que aquellas piedras eran tan pesadas que sólo antiguos astronautas de otros planetas podrían haberlas levantado, y pensé: “Menuda idiotez”. Me irritó tanto que tuve que ponerme a idear un método. Y eso es lo que en última instancia me llevó a trasladar un barco por la selva.

Locutor: Cormac, cuando hablas con científicos, ¿hacen que te sientas pesimista u optimista?

Cormac McCarthy: Algunos de mis amigos probablemente te dirían que es difícil volverme más pesimista. Pero… no sé. Soy pesimista acerca de muchas cosas, pero no creo que deba uno vivir agobiado por ello. El hecho de que mi punto de vista sobre el futuro sea tan lúgubre es en realidad reconfortante, porque así lo más probable es que me equivoque.

Werner Herzog: Yo creo que Cormac no se equivoca, porque resulta bastante evidente que el ser humano como especie desaparecerá en un periodo bastante breve. Cuando digo breve me refiero a dos mil o tres mil años, quizá treinta mil años, quizá trescientos mil, pero no mucho más, porque somos mucho más vulnerables que otras especies, a pesar de poseer cierto grado de inteligencia. No me pone nervioso el hecho de que relativamente pronto tendremos un planeta que no contiene seres humanos.

Lawrence M. Krauss.

Lawrence Krauss: Es curioso que digas eso porque, como científico, oscilo entre ambas posturas. Hay días en los que sí imagino un futuro tan crudo como el de La carretera, porque la humanidad como conjunto no ha demostrado demasiada inteligencia a la hora de apreciar el modo en el que su comportamiento afecta globalmente al planeta. Al mismo tiempo, estoy de acuerdo con Werner, pero no estoy tan seguro de que vayamos a desaparecer porque nos destruyamos nosotros mismos. Podríamos desaparecer por otras causas.

Werner Herzog: Yo tampoco estaba pensando en la autodestrucción. Podría pasar, por supuesto. Pero hay muchos otros sucesos imaginables que podrían aniquilarnos de manera instantánea.

Lawrence Krauss: Sin duda. Eso puede que sea inevitable. Nos gusta imaginar que somos el pináculo de la evolución, pero yo lo dudo. De hecho me parece bastante evidente que, a largo plazo, los ordenadores, si seguimos desarrollándolos como especie, acabarán por adquirir conciencia y probablemente serán muy superiores a nosotros, por lo que la biología deberá de alguna manera adaptarse a ellos. Las películas siempre muestran a los ordenadores como los malos, pero no sé por qué debería ser el caso. Si adquieren conciencia no tendrían por qué ser peores que nosotros. Mi amigo Frank Wilczek siempre se pregunta si abordarían la física del mismo modo. Así que puede que desaparezcamos como especie simplemente por pasar a ser irrelevantes. Pero estoy de acuerdo con Werner y con Cormac, creo que no deberíamos deprimirnos porque el ser humano vaya a desaparecer, deberíamos estar encantados de estar aquí ahora mismo. No veo propósito alguno en el universo, pero eso no me deprime, simplemente significa que deberíamos aprovechar al máximo nuestro breve momento bajo el sol.

Werner Herzog: Nuestro lugar en el universo es éste de aquí. Es lo que tenemos y nada más. El resto es hostil. No podemos huir de nuestro planeta. Los demás planetas del sistema solar no son atrayentes. Y la siguiente estrella está a sólo cuatro años y medio luz, pero a nuestra velocidad máxima tardaríamos 110.000 años en llegar hasta allí. Cientos y cientos de generaciones que no sabrían ni adónde se dirigen. Durante el viaje habría incesto y locura y asesinatos. Y no podemos disolvernos en partículas de luz como en Star Trek y transportarnos a donde sea. Nuestro sitio es éste, éste es nuestro lugar, así que más nos vale cuidarlo. En ocasiones, por supuesto, uno se siente a disgusto. Es como lo que me pasó a mí trabajando en la selva: tras muchas penurias llegué a la conclusión de que, sí, muy a mi pesar, amo la selva.

Werner Herzog: “Amo la selva a mi pesar”.

Cormac McCarthy: Si analizas los clásicos de la literatura, están construidos en torno a la idea de la tragedia. Uno no aprende demasiado de las cosas buenas que le van sucediendo. Pero la tragedia está en el centro de la experiencia humana y es a lo que tenemos que enfrentarnos, es lo que hace que la vida sea difícil y es de lo que queremos aprender, es aquello a lo que queremos saber cómo enfrentarnos, porque es inevitable, no hay nada que podamos hacer para prevenirlo. Así que, ¿cómo te enfrentas a ello? Y toda la literatura clásica habla de cosas que le suceden a individuos que habrían preferido no experimentarlas.

Locutor: Werner, tu nueva película, La cueva de los sueños olvidados, muestra el triunfo de la experiencia humana.

Werner Herzog: Sí que lo hace, porque hay que imaginar que hace 73.000 o 74.000 años se produjo una gigantesca explosión volcánica en Sumatra que casi aniquiló por completo a toda la raza humana. Se dio lo que llamamos el efecto “cuello de botella”, todavía discutido entre científicos, pero al parecer el número de seres humanos quedó por debajo de los 10.000, se habla incluso de sólo 2.000. Empezaron a recuperarse y después vino, por supuesto, la edad de hielo. Hay que imaginarse hace 35.000 años casi toda Europa cubierta de hielo, los Alpes bajo 3.000 metros de hielo. Un mundo completamente distinto, habitado por rinocerontes peludos, mamuts, leones en el sur de Francia. Y de repente estas pinturas [las de Chauvet-Pont-d'arc] nos muestran que de ahí es de donde venimos. Que ahí empezó nuestro espíritu, nuestra naturaleza, nuestra alma de hombre moderno.

Cormac McCarthy: Para mí lo más interesante de las cuevas es la longevidad de esta escuela artística. Las más antiguas que conocemos son las de Chauvet y son de hace 32.000 años. Y si miramos las del periodo magdaleniense, que son de hace 11.000 años, han transcurrido 20.000 años y las pinturas son prácticamente iguales. El uso de la perspectiva, el estilo, sus constantes; para mostrar por ejemplo que la pierna de un animal no está delante sino detrás la desconectan del cuerpo. Todas estas cosas persistieron, y si miramos las pinturas de Chauvet son en realidad iguales, la misma escuela de pensamiento, la misma escuela artística, el mismo tipo de obra. Eso me resulta asombroso, que haya podido existir una escuela artística que se haya mantenido durante 20.000 años. Nunca he oído a nadie hablar sobre eso y estaría enormemente interesado en saber lo que piensan las personas que lo han estudiado. Evidentemente ahí hay una cultura. Los artefactos surgen de una cultura, tiene que haber una cultura antes. Y obviamente ahí hay una cultura muy fuerte y muy rica que se mantuvo durante miles y miles de años. De hecho, cuando llegamos al periodo de las primeras ciudades, como Çatal Höyük, lo primero que encontramos son pinturas de toros en las paredes. ¡Y no son tan buenas! El arte había entrado ya en declive (risas). La otra cosa de la que no parece hablarse mucho es que uno no entraba en la cueva y se ponía a pintar sin más. Había que aprender a hacerlo antes. De modo que evidentemente debían practicar antes, probablemente al aire libre. Porque cuando entraban en la cueva para pintar en la pared, mira tú, eran pintores bastante buenos. Nadie ha encontrado restos de una obra pintada por ineptos.

Pintura de un oso hallada en Chauvet.

Werner Herzog: Lo fascinante de las pinturas en la cueva de Chauvet es que parece como si todo un mundo hubiera sido articulado y casi inventado, los animales son realistas y a la vez parecen una invención, fruto de la fantasía. Y ahora quisiera hablar un poco de Cormac, porque lo mismo pasa en su obra, él también inventa paisajes enteros. Inventa los caballos, al describirlos de un modo que nunca habíamos oído con anterioridad. Cormac inventa todo un paisaje desconocido para nosotros, aunque ya pareciera existir en, pongamos, la obra de Faulkner y su profundo Sur, o en el modo en el que Conrad describe el Congo y la jungla y los misterios. Su literatura no carece de precedentes, tiene el mismo calibre que hemos visto en, por ejemplo, las dos últimas páginas de Moby Dick. Melville. Lo hemos visto en lo mejor de Faulkner, en lo mejor de mi escritor favorito del siglo XX, el autor de Tifón y El negro del Narciso, Joseph Conrad, cuyo lenguaje materno ni siquiera era el inglés. Y qué gran estilista. Pero durante décadas no habíamos visto literatura con un lenguaje y un estilo equiparable al tuyo. Punto.

Cormac McCarthy: Vaya, eres muy generoso. No sé. Esta mañana estaba pensando que debería releer Spotted Horses, el relato de Faulkner, porque se me ocurre que lo que tiene de absorbente ese relato es su pura exuberancia y exageración. Esos caballos locos y salvajes que han escapado del corral y corren campo a través, y uno de ellos cruza un puente y se encuentra con un carro que viene de frente y creo que Faulkner lo describe apartándose “y trepando a un árbol como una ardilla”. (Risas) Bueno no parece demasiado factible, pero resulta francamente evocador.

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Jueves 15 de diciembre de 2011

Schulz en Mallorca

La semana pasada, en el suplemento cultural Bellver, de Diario de Mallorca, apareció publicado un extenso artículo de Florentino Flórez centrado en Charles Schulz y sus incombustibles Peanuts. Entre otras cosas habla a fondo de la biografía de David Michaelis que publicamos en Es Pop Ediciones hace ahora justo dos años. Aunque los contenidos de Bellver sólo permanecen online durante la semana siguiente a su publicación, podéis leer el texto íntegro en el blog del propio Florentino. A continuación extracto algunos párrafos referidos en concreto a la biografía:

Vida de un dibujante
Nuestra siguiente pieza en este recorrido es la biografía escrita por David Michaelis (Es Pop), una auténtica obra maestra. Sorprende por su profundidad psicológica y brillante estilo, también por la abundancia de información y las numerosas fuentes. [...] Es un trabajo absolutamente recomendable y abrumador.
Cada dato viene reforzado por una explicación exhaustiva que nos permite contextualizarlo. Así, hay descripciones apasionantes de cómo funcionaba el mercado de los cómics de prensa. O cómo era el ambiente en San Francisco cuando Schulz decidió echar una canita al aire en los sesenta. O en qué consistían los cursos por correspondencia como el que siguió y en el que luego participó como instructor. O cómo vivió la gran depresión, que llevó a su familia a desplazarse de un pueblo miserable a otro.
Por supuesto están todas esas curiosidades biográficas que se relacionan de manera natural con el material de sus tiras. De hecho, el libro hace algo muy inteligente: no cuenta con demasiadas ilustraciones, pero en casi todas las páginas aparece alguna tira de Peanuts en formato microscópico, relacionada con el tema tratado en ese capítulo. [...] Sin subrayados, Michaelis sugiere que muchos sucesos a los que se enfrentó el dibujante en su infancia y juventud fueron reelaborados más tarde en sus ficciones.

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Viernes 25 de noviembre de 2011

Lo que traduces no son palabras

«La gente, debido a varios motivos culturales, de educación y demás, tiene a menudo la idea de que una traducción, para ser una traducción, ha de ser idéntica al original que se está traduciendo. Y mi principal argumento a lo largo de todo el libro es que no, no, una traducción ha de ser “como”. Y los modos en los que es “como” el original varían. Varían históricamente. Varían en los patrones específicos del lenguaje con el que estás tratando. Varían dependiendo del tipo de texto u objeto que estás traduciendo. Lo que busca proporcionar una traducción es una similitud. Persigues una buena equiparación, pero la igualdad, y con esto me refiero a la obtención de dos textos idénticos, en fin… eso es algo que nunca podrás alcanzar, porque ni siquiera la misma frase implica siempre lo mismo dentro de un mismo idioma. Ha pasado un momento y ya el mero hecho de repetirla hace que el significado no sea el mismo que al pronunciarla por primera vez. Pero existe esa idea, no muy explícita, no reformulada, pero sí muy poderosa, de que a menos que una traducción sea idéntica al original, no es buena. Eso es lo que intento que la gente rechace, que abandone, que se dé cuenta de que la traducción es algo mucho más sutil y mucho más interesante que eso».

«El caso es que lo que traduces no son palabras, y esto es algo que he intentado explicar en muchos capítulos de mi libro. Lo que traduces es el modo de articularlas. Traduces unidades completas. Y has de crear algo que en la traducción funcione como en el original. Supongo que probablemente estamos demasiado marcados por la experiencia de traducir entre idiomas muy cercanos entre sí, como el inglés y el francés o el francés y el latín, en los cuales, muy a menudo, las palabras coinciden porque, francamente, en realidad son dialectos unos de otros. Pero entre idiomas que son un poco más distantes también tienes que tomar distancia como traductor. Y lo que estás transmitiendo no son las palabras, sino su significado general, y después tanta textura como seas capaz. De modo que no es nada sorprendente que si abordas la tarea como una cuestión de “cuál es la palabra inglesa para esa palabra en el otro idioma” acabes dándote de cabezazos contra la pared o acabes con la idea de que no hay nada que hacer. Pero siempre puedes hacer algo para escribir la frase o el párrafo de manera diferente de modo que los elementos importantes queden representados en la traducción».

Los dos párrafos anteriores son extractos de esta charla radiofónica con David Bellos, director del programa de traducciones y comunicaciones interculturales de la Universidad de Princeton y autor del libro Is That a Fish in Your Ear? Translation and the Meaning of Everything. Creo que es difícil resumir mejor en menos palabras en qué consiste exactamente el trabajo del buen traductor (y por qué el afán por la literalidad que a veces nos exigen ciertos aficionados o, peor aún, según qué clientes, puede acabar convirtiendo en ilegible una novela o en incomprensible una película). La ilustración, por supuesto, es de Max y está sacada de su blog. Veo algo en esa acumulación de libros sin título que me resulta inexplicablemente apropiado para esta entrada.

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Miércoles 16 de noviembre de 2011

Un rebaño de portadas

Las dos imágenes que veis sobre estas líneas son las portadas con las que se ha publicado Fargo Rock City en el mercado norteamericano. La de la izquierda pertenece a la primera edición en tapa dura y juega un poco torpemente con la baza de la nostalgia, un valor al que nosotros no queríamos ni arrimarnos en este caso. La segunda, sin embargo, siempre me ha parecido magnífica. Diseñada por Paul Sahre para la edición en rústica, cuenta con un concepto tan sumamente brillante que, una vez vista, cuesta imaginar una solución mejor. La ejecución, en cualquier caso, creo que daba para más. Los añadidos puramente mercantiles, como la inclusión de la cita de Stephen King o el sello de “ganador de chorrocientos premios” (impuestos, estoy seguro, por el departamento de ventas), acaban agarrotando la imagen y afeando un poco el conjunto. Por eso a la hora de abordar la edición española decidí agarrar por los cuernos el concepto de Sahre, pero con la intención de llevarlo en otra dirección.

Para empezar, me parecía necesario apartarnos del retoque fotográfico para acercar la portada un poco más a nuestro “universo gráfico”. No había pensado volver a colaborar tan pronto con David Sánchez*, autor de la portada de Acero, pero cuando vi su serie de cromos Holocausto Australopithecus para el nº 1 de ¡Caramba! se me ocurrió la idea de pedirle que me dibujase una vaca-metálica en el mismo estilo. Así dispondríamos de un concepto alternativo, en caso de que la adaptación de la idea de Sahre no funcionase del todo, y en cualquier caso tendríamos una imagen que funcionaría de maravilla para la contraportada (como así ha sido al final). Lo primero que hice fue enviarle a David estas dos pruebas que veis aquí arriba para que se hiciera una idea del tratamiento tipográfico que iba a tener la cubierta, la gama de colores y el espacio del que iba a disponer para el dibujo.

Otra de las cosas que le comenté a David, inspirado por la foto del rebaño, fue si sería posible bovinizar no sólo a un miembro de Kiss sino a los cuatro, pero su primer boceto dejó claro de inmediato que machacar de tal manera la idea sólo iba a servir para quitarle peso al concepto en vez de para reforzarlo, y que un tratamiento excesivamente caricaturesco de los rumiantes no iba a funcionar demasiado bien. Aunque Fargo Rock City tiene mucho humor, no se trata de un libro chistoso ni paródico. El objetivo, por tanto, era intentar transmitir el estilo literario de Klosterman, que a grandes rasgos consiste en adoptar un tono socarrón para realizar un ensayo crítico serio. Consideraciones filosóficas aparte, bastaba ampliar la imagen de David para darse cuenta de que una sola vaca grande funcionaba mucho mejor que cuatro pequeñas.

Así pues, David me pasó una versión simplificada de la ilustración anterior, pero por algún motivo el resultado seguía sin convencerme. Más que una vaca me parecía un becerro excesivamente simpático; un tanto blando, quizá, para tratarse de un libro que lleva las palabras “odisea metalera” en el subtítulo. Así pues, me puse a hacer un par de pruebas apresuradas intentando aportarle a la portada ese “algo más” que no estaba encontrando en la imagen. La idea del círculo de color me atrajo bastante en un principio, quizá porque puede traer a la memoria el diseño de los quesitos de La Vaca que Ríe, que no deja de ser otro icono pop tan reconocible como el logo de Jack Daniel’s que ya habíamos recreado en la portada de Los trapos sucios. Sin embargo, dichas pruebas sólo sirvieron para convencerme de que prefería que las manchas de la vaca fueran más oscuras. En fin, algo es algo.

Le pedí a David que retocara una vez más la ilustración para que transmitiera una sensación un poco más agresiva; más de animalote que de dócil ternerillo. Arriba podéis ver otras dos pruebas con esa nueva versión, más corpulenta y barbudilla de la vaca. La cuestión es que me seguía pareciendo que el conjunto quedaba un poco desangelado y no me acababa de gustar que la ilustración fuese tan simétrica. Así pues, hicimos lo que suele hacerse en estos casos en los que empiezas a estar desesperado porque no haces más que darle vueltas y más vueltas al mismo problema: intentamos darle otro enfoque.

Mientras yo probaba a darle un aire más cartoon a la portada, retomando la idea del círculo de color a lo Looney Toones y pintando las manchas de la vaca con un negro 100% para simplificarle los rasgos y acentuar el contraste, David dibujó una nueva versión, esta vez en tres cuartos, para ver si funcionaba mejor que el plano frontal. El resultado no nos convenció a ninguno, pero al menos introdujo un nuevo elemento: la etiqueta en la oreja de la vaca que, a mi parecer, acabaría resultando fundamental en la imagen definitiva. Debo decir que desde el primer momento David estuvo convencido de que la ilustración tenía que ser frontal y que de esa manera iba a quedar mucho más llamativa que de perfil o en cualquier otra posición. Así pues, ni corto ni perezoso, tras el paso en falso del tres cuartos (provocado, todo sea dicho, por mi insistencia), me envió esta otra versión con dos opciones a elegir, corpórea e incorpórea:

Esta vaca ya era, a la vista está, mucho más molona que las anteriores. No sólo había ganado en expresividad, sino que detalles como los pelillos del bigote, las orejas y, sobre todo, la etiqueta, proporcionaban un detallismo asimétrico que le daba un aire mucho más realista sin por ello dejar de ser una interpretación artística bien personal; es decir, justo el tono que me parecía a mí que casaba con el texto de Klosterman. Sin embargo, los colores me descolocaban un poco, así que le pedí a David que volviera al esquema blanco/gris de las versiones anteriores.

Armado, pues, con la ilustración definitiva y tras haber realizado esta desconcertante prueba que podéis ver aquí arriba a la izquierda (no sé en qué estaría pensando) acabé encontrando al fin la disposición adecuada para la cubierta. Ya sólo quedaba ajustar el volado de la Chunk Five (la tipo elegida para el título, que tiene un kern un tanto puñetero) y buscar alguna manera de resaltar un poco el nombre del autor, que quedaba un tanto perdido entre el poderío de la vaca y la corpulencia del título. Dicho y hecho, aquí abajo podéis ver la cubierta definitiva. De la robovaca de la contraportada no he comentado nada porque David la clavó a la primera y todo fue tan sencillo como plantarla en la contra y aprovechar el espacio que quedaba para colar el texto promocional (una de las ventajas de no depender de un departamento de marketing que te dicta los contenidos es que puedes ajustar los textos a la imagen en vez de hacer lo contrario, que es lo más habitual). Desde aquí mi más sincero agradecimiento a David por su paciencia y su buena voluntad para ir probando una versión tras otra hasta llegar a la definitiva.

Otras entradas sobre diseño de portadas

· Reina de las portadas
· Capturando una portada
· Un lavado de cara
· El hombre de las portadas de acero
· Schulz, Carlitos y Snoopy: una portada
· Cubriendo los trapos sucios
· Sexo implícito: cómo se hizo la portada de El otro Hollywood

* No por ningún motivo en concreto, más allá de que siempre tengo en mente más ilustradores con los que me gustaría trabajar que proyectos en cartera.

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Domingo 30 de octubre de 2011

La mejor novela de horror (que no has leído)

El mejor escritor de horror al que nunca has leído. Así definía esta semana a Todd Grimson el crítico Damien Walter en esta columna para The Guardian dedicada a su novela Acero, la cual califica como “la mejor novela sobre vampiros jamás escrita”. Desde el momento de su publicación, Grimson ha ido adquiriendo una talla de verdadero autor de culto que ahora, más de diez años después, parece a punto de experimentar un repentino auge de popularidad en el mercado anglosajón gracias a la reedición casi simultánea de sus dos novelas de género, Acero y Brand New Cherry Flavor. Parece evidente que sus antiguos fans, o al menos aquellos que ahora trabajan en medios de comunicación, llevaban tiempo buscando una excusa para hablar largo y tendido sobre su obra (véase como ejemplo este excelente artículo de Nick Antosca aparecido hace un par de semanas en The Paris Review). Aunque me parece que aquí tendremos que esperar sentados a que se dé un fenómeno similar, como la esperanza es lo último que se pierde, os dejo un par de párrafos de la reseña de Damien Walter, a ver si os pica el interés.

* * *

En el fondo, las historias de vampiros hablan de nuestro deseo de morder a, o ser mordidos por, quienquiera que deseemos, cuando sea que lo deseemos. Con Acero, Todd Grimson se dispuso a escribir “la última y definitiva novela de vampiros”. Y lo consiguió. Ambientada en los noventa, con un Los Ángeles podrido de sexo, drogas y rock alternativo como telón de fondo, Acero sigue a Justine, una joven de 400 años que padece una extraña enfermedad glandular que le alarga la vida pero le obliga a recibir transfusiones de sangre regularmente, y a Keith, un músico de rock con las manos tan destrozadas como su vida tras el suicidio de su novia. Un reparto de marginados sociales en un sórdido ambiente californiano dista de ser algo único en la ficción vampírica, pero es en los detalles donde Acero deslumbra.
Los Ángeles proporciona una piedra angular para el expedito estilo literario de Todd Grimson, que en algunas secciones de la novela adopta el estilo negro de James Ellroy y otros autores asociados con la ciudad. Adjetivos como “parco” y “minimalista” son demasiado recurrentes a la hora de describir la prosa de Grimson, al igual que sucede con la de su famoso coetáneo Bret Easton Ellis. Se puede establecer una clara comparación entre ambos escritores: los dos abordan temas de alienación y sociopatía y reflejan la psicología de sus personajes mediante una prosa dura como el diamante. Pero mientras que una exposición prolongada a Easton Ellis pronto revela la desapegada voz del autor repitiéndose libro tras libro, Grimson expone los corazones palpitantes de sus personajes, incluso los de los no muertos.
Como sus personajes vampíricos, Acero es una novela que va ganando fuerza con el paso del tiempo. Hoy en día vivimos obsesionados con la figura del vampiro porque representa el ideal de nuestra cultura. Bello y resplandeciente. Eternamente joven. Inmune a la emoción y a otras fragilidades humanes. No sujeto ni a la muerte. El vampiro es en gran medida como la imagen que nos venden de nosotros mismos en la publicidad y las películas. Por fuerte que fuese esa cultura en los noventa, no ha hecho sino intensificarse hoy en día. Acero es una novela que aguarda a ser redescubierta por una generación obsesionada con su propia imagen aunque le cueste el alma.

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Jueves 20 de octubre de 2011

Los trapos rústicos


Otra novedad para el mes de noviembre. Acompañando el lanzamiento de Fargo Rock City, de Chuck Klosterman, vamos a reeditar el que probablemente sea nuestro título más emblemático: Los trapos sucios, la autobiografía de Mötley Crüe, por primera vez en rústica. Una cosa que me gustaría dejar clara es que se trata de una edición completamente nueva de verdad. Quiero decir, que no nos hemos limitado a reducir en un tanto por ciento la maqueta del original para encajarla con calzador en un formato más reducido, como suele ser habitual en nuestro mercado. El libro ha sido completamente remaquetado de principio a fin y ha quedado un volumen de 496 páginas bien compacto. También se han modificado algunos elementos visuales, principalmente las fuentes y alguna de las fotos, pero básicamente es el mismo libro, sólo que ligeramente “tuneado” para un tamaño algo inferior. Si queréis echarle un vistazo a la nueva maqueta, al final de la entrada encontraréis un vínculo para descargar un par de capítulos en PDF.

Otra cosa que hemos cambiado es la portada. Quería que esta nueva edición estuviera vinculada temáticamente a la anterior, pero que a su vez tuviera su propia estética. Empecé haciendo un par de pruebas con una imagen que tenía de una botella de Jack Daniel’s, tomada durante la sesión de fotos que hicimos hace un par de años cuando estábamos preparando la portada original. La foto no era la adecuada, pero al menos sirvió para que me hiciese una primera idea de hacia dónde tirar.

Repetí el proceso imprimiendo y pegándole a otra botella la etiqueta falsa de Los trapos sucios que habíamos creado en su día y volví a fotografiarla, controlando un poco mejor la iluminación. A partir de esa imagen y basándome principalmente en el color cálido y terroso del whisky, decidí el esquema de colores que quería usar, apartándome de los lomos negros que habíamos estado utilizando hasta ahora para las biografías musicales. Finalmente, para alejar aún más la nueva portada de la original, opté por eliminar por completo la etiqueta, sustituyéndola por una versión más al grano del texto  y usando para el título la misma fuente que hemos utilizado en los interiores para los encabezados de cada capítulo. El resultado final es este:

Características:
Rústica. 496 pags.
14 x 21,5 cm.
PVP: 19’95 €
ISBN: 978-84-936864-5-1

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Viernes 14 de octubre de 2011

Fargo Rock City: The Concurso

Lo que veis aquí arriba es el fragmento de una carta enviada por el casero de Chuck Klosterman que aparece reproducida en las páginas finales de Fargo Rock City. Para darle un poco más de gracia al asunto, en vez de limitarnos a traducir sin más el texto de la carta inglesa, creamos este facsímile en castellano con sus borrones de tippex y sus manchas de café y después la escaneamos para incluirla en el libro. Si quieres recibir en tu casa ya no una carta parecida, sino exactamente esta misma… ¡ahora puedes! Para celebrar que estamos a punto de alcanzar los 1.000 usuarios en twitter, hemos decidido sortear un ejemplar de Fargo Rock City que enviaremos recién salido de la imprenta y todavía calentito (como mínimo una semana antes de que llegue a las tiendas) acompañado del original de la misiva en cuestión como recuerdo exclusivo (bueno, Klosterman tiene una igual, pero nadie más). Reconozco que como regalo no pasará a los anales de la historia, pero… ¡esperad a que lleguemos a los 2.000!

Para participar, lo único que tenéis que hacer es escribir un tuit en el que mencionéis Fargo Rock City o a Chuck Klosterman de cualquier modo o manera. Tanto da que sea algo del estilo de “Qué ganas de leer Fargo Rock City” como del de “Qué pesaos que están los de @EsPopEdiciones con el puto Chuck Klosterman”. Evidentemente todo esto no es sino un burdo ardid para crear un poco de expectación por el libro, pero no por ello os pedimos que vayáis a decir nada que no penséis de verdad (por la misma regla de tres, si ya conocéis la obra y os parece magnífica, tampoco os vayáis a cortar de gritarlo a los cuatro vientos, claro). En cualquier caso, importante: acordaos de incluir un @EsPopEdiciones en el tuit o al final del mismo para que podamos contabilizarlos todos debidamente e ir asignándoles número en riguroso orden de llegada. El lunes 31 de octubre, haremos un sorteo entre todos los tuits recibidos y enviaremos el libro al ganador (y si eres de los que ya has hecho o van a hacer la precompra del libro en nuestra tienda, no te preocupes: participa igualmente y ya nos aseguraremos de que ambas cosas no se solapen). ¡Mucha suerte y gracias por la difusión!

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Jueves 13 de octubre de 2011

Art Spiegelman y el futuro del libro

Hace un par de días el semanario Publishers Weekly entrevistaba a Art Spiegelman a propósito de la publicación de su nuevo tebeo: MetaMaus. Aunque toda la conversación es realmente interesante (podéis encontrarla entera aquí), si algo me ha llamado particularmente la atención han sido las reflexiones de Spiegelman acerca del futuro del libro. Ahí van algunas de las más destacadas.

· La misma tecnología que amenaza con acabar con los libros tal como los conocemos (el “libro físico”, una nueva frase en nuestro vocabulario) es también la que permite que el libro físico pueda ser más hermoso de lo que lo han sido los libros desde la edad media.

· Lo que estamos perdiendo culturalmente con más rapidez, además de los recursos naturales y el petróleo y la idea de democracia y justicia social, es la habilidad para concentrarse. Ahora me pasa que cuando leo un libro físico, desvío la mirada hacia la esquina superior derecha para ver qué hora es en mi libro. La confusión es universal. Tanto el digital como el físico tienen cosas positivas, pero si vas a leer y releer un libro, tiene más sentido que sea un libro de verdad, debido a esa habilidad para concentrarse y esa relación que estableces con él, en oposición al tipo de relación que estableces con tu pantalla, que lo que recompensa es el cambio. Incluso en el iPad o el Kindle, obtienes tu recompensa pulsando un botón, es casi un reflejo pavloviano. Provocas una pequeña reacción. Y siempre obtienes una pequeña subida de adrenalina. Pero esa subida es distinta cuando lo que haces es pasar una página como si fuera un telón en un teatro para mostrarte otra cosa.

· Diría que, en el futuro, el libro estará reservado para cosas que funcionan mejor como libro. Si necesito un libro de texto que va a quedar obsoleto debido a nuevas innovaciones tecnológicas, será mejor tenerlo en un formato que permita descargar suplementos y actualizaciones. Si lo que quieres es leer una novela rápida de misterio para entretenerte mientras vas de viaje, igual. Pero nada de todo esto depende del modelo de negocio. Tiene que ver con la naturaleza estética del libro, la idea de que, como dice McLuhan, cuando una tecnología se ve reemplazada por otra tecnología, la anterior o se convierte en arte o muere.

· Recuerdo hace años una fiesta en mi casa a la que vinieron muchos autores famosos. Estaba trabajando en The Wild Party para Pantheon e intentando decidir entre una encuadernación en cartoné normal o en tres piezas, y si ponerle sobrecubierta o no. Así que les consulté a aquellos escritores qué preferían ellos y me preguntaron que qué era un cartoné en tres piezas. No lo sabían. No sabían cómo estaban hechos sus libros. Y tampoco tenían motivo para ello. Estoy convencido de que si les entrevistaras ahora, te dirían lo importante que les parece que el libro siga siendo un libro, porque ellos, igual que yo, han crecido con el objeto, y sin embargo su obra puede transferirse con relativa facilidad al plano digital. Sin embargo, nunca he conocido a un historietista que no supiera en qué papel va a ser impreso su tebeo y a qué formato. Forma parte de la semilla del proyecto en el que quieres trabajar. Por supuesto, puede modificarse y ajustarse en caso de ser necesario, pero empiezas a crearlo con un objetivo en mente. El formato es una parte integral de la narración. Diría que incluso Maus nace de una decisión formal; no de “Voy a hablarle al mundo del Holocausto”, sino más bien de “Quiero ver un libro que sea como los demás libros que tengo en la estantería y que sea lo suficientemente gordo como para necesitar un marcapáginas”.

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Lunes 10 de octubre de 2011

Fargo Rock City: un adelanto

A medio camino entre las memorias, el ensayo y el estudio antropológico, Fargo Rock City es un libro hilarante que narra el auge y la caída del heavy metal y de algunos de los grupos más populares de los años 80 y 90 (Guns N’ Roses, Poison, Bon Jovi, Def Leppard, Metallica y muchos otros) a la vez que recrea las experiencias juveniles del autor: un fan irredento del metal, nacido en Wyndmere, Dakota del Norte (población: 498), un lugar en el que habitan más vacas que personas y en el que los temas de conversación habituales son la recogida de la cosecha, el correcto cuidado del ganado agropecuario y los secretos del arte de reparar un tractor. Pero aunque quizás tal entorno no parezca el más propicio para entregarse en cuerpo y alma al rock and roll, hubo un momento en la historia de la música en el que el poder del metal era simplemente imparable e incluso los páramos helados de Dakota del Norte vibraban al compás de KISS y Mötley Crüe. Klosterman,calificado como «uno de los principales críticos culturales de Norteamérica» por la revista Entertainment Weekly y como «el nuevo Hunter S. Thompson» por la revista People, disecciona con humor e impecable precisión la historia y los rasgos básicos del género, desvelando todas sus glorias y miserias.

“No se puede escribir mejor ni con más gracia sobre cultura popular norteamericana. Si amas el rock ‘n’ roll, adorarás Fargo Rock City“.
Stephen King

“Klosterman escribe de maravilla y su libro no sólo habla de grupos de heavy metal, sino de cómo sentimos la música y experimentamos hoy en día la cultura. Tienes que leerlo”.
David Byrne

“El mejor libro de música que jamás me haya hecho gastar un solo centavo en nuevos discos; una ganga poco habitual. Pero tanto si picas el cebo y decides revaluar la obra de Ratt, Poison, Def Leppard y demás grupos de ese jaez como si no, las confesiones de Klosterman te harán vislumbrar tu solitario y soñador corazón adolescente”.
Jonathan Lethem

“Un libro magnífico por mucho motivos: es un acto de valentía cultural, un argumento convincente sobre por qué esta música ruidosa fue importante para toda una generación y un delicioso ataque a las pretensiones de todos los críticos rancios que la odiaban”.
The New York Times Book Review

Características:
Rústica. 352 pags.
14 x 21,5 cm.
PVP: 17’95 €
ISBN: 978-84-936864-4-4

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"You don't live in a vacuum anymore than I do"
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