Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Sábado 16 de septiembre de 2017

El último recreo

Todas las ilustraciones, extraidas de El último recreo, de Trillo y Altuna.

Hace unas semanas Astiberri reeditó uno de mis tebeos de isla desierta, uno cuya lectura y relectura lleva acompañándome décadas, por no decir directamente toda la vida. Se trata de El último recreo, de los argentinos Carlos Trillo y Horacio Altuna, publicado originalmente por entregas a primeros de los ochenta en la revista 1984 y recuperado posteriormente en formato álbum por Toutain (1989) y Planeta-DeAgostini (1998). En el año 2001 tuve el inmenso placer de hacerle una extensa entrevista a Altuna para el número 22 de la revista U, repasando toda su carrera hasta aquel entonces. Quiero aprovechar esta nueva y siempre pertinente reedición de una de sus mejores obras para recuperar un par de fragmentos de aquella conversación; principalmente los referidos a El último recreo, claro está, pero también un par de intercambios sobre Charlie Moon, otro estupendo cómic de la misma pareja creativa en el que también jugaba un papel primordial el paso de la infancia a la madurez y el peso del desencanto.

El siguiente trabajo que haces con Trillo [después de empezar a colaborar en El loco Chavez] es Charlie Moon. ¿Por qué esa aproximación al universo adolescente? ¿Crees que a través de los ojos de un niño se pueden contar cosas que no se pueden contar a través de los de un adulto?

Sin duda. Los ojos de un chico lo ven todo desnudo, sin ningún armazón alrededor. No es que su mirada sea la más inocente, es que es la más real. Cuando nosotros empezamos con la idea, queríamos hacer un Juanito Laguna, que es el nombre de un personaje de un pintor argentino que se llama Berni, que hizo una saga sobre la vida de Juanito Laguna. Y queríamos hacer algo así, pero en Argentina y en historieta. Luego pensamos: un personaje que se desarrolla en Argentina, con las claves y el código argentinos, no va bien con la idea que teníamos de eventualmente poder vender la serie en el exterior. Así que lo trasladamos a Estados Unidos, que es universal, y además lo ambientamos en la época de la depresión, que era una época que a los dos nos gustaba por nuestra formación.

¿Por qué abandonar el humor, que tan buenos resultados os había dado hasta entonces? Charlie Moon es una obra muy tierna, pero incómoda. Tiene un trasfondo muy duro.

Cuando nosotros nos juntábamos, había historias en las que el humor se encontraba naturalmente, porque estaba en nosotros. Del mismo modo, cuando empezamos a hacer Charlie Moon las historias fueron saliendo así, pero sin planteamientos previos. Es decir, tampoco con la idea de un mensaje ni nada por el estilo… Por ejemplo, la primera: el chico que tiene un ídolo que es un trompetista y que después lo ve borracho; es una especie de ídolo caído, pero no porque sea borracho, sino porque lo ve desnudo, con sus circunstancias, y una cosa es la lectura que él hacía sobre la música y sobre lo que le transmitía el tipo, y otra cosa es la realidad que ve. Son historias que de alguna manera van saliendo así; no tienen un recorrido, es cierto, demasiado humorístico, pero aunque hay una especie de amargura yo no las veo como muy terribles.


Más tarde, y ya residiendo en España, realizas, de nuevo con Trillo, El último Recreo, obra que muchos han saludado como la mejor colaboración entre vosotros dos.

A mí más me gustó Las puertitas del Señor López. Ahí sucedió que con Trillo hacemos un viaje a Europa, los dos juntos. Yo venía con la idea de buscar un sitio para emigrar. A mí no me conocía nadie, entonces fuimos a Toutain, fuimos a Italia, nos movimos por Alemania, por Francia, y después fui a Estados Unidos yo solo. La idea era buscar un sitio al sol. Eso fue en octubre del 81. Llegamos a Toutain, al 1984, y por suerte hubo una conjunción astral. A Rambla se iban Beá, Carlos Giménez y demás. Y llegamos nosotros y Toutain dice: “Oh, bien, fantástico”. A mí me vino de perilla. Entonces contratamos hacer la historia. Yo le dije a Toutain: “Mira, te tomo la palabra. En marzo o abril del 82 me vengo con mi familia”. Me dice: “Vente, que este trabajo lo tienes”. Perfecto. Me pagaban a 10.000 pelas la página por el dibujo. Guión aparte y rotulación aparte. En la actualidad, hay editoriales que pagan menos. Han pasado 20 años y mira como estamos. Entonces, efectivamente, hicimos un recorrido por Europa y en abril del 82 decidí venirme. Yo cumplía 40 años y estaba en plena crisis. Para los que no la han vivido, la crisis de los 40 existe. Me sentía muy mal, con todo el pasado que tenía encima, estaba muy disconforme, y además había alcanzado un techo profesional. Decía: “¿Después de esto, qué?”. Y claro, a los 40 años patear el tablero y decir: “Bueno, empiezo de cero otra vez”, fue un desafío que, felizmente, me fue bien. Llegué aquí en abril, en plena guerra de las Malvinas. No estaba previsto ¿eh? [risas]. Yo tenía pasaje para viajar primero, el 14 de abril, y mi mujer tenía otro para fines de abril, con los niños. Y el dos de abril van e invaden las Malvinas. Hubo muchos problemas, porque cerraron las casas de cambio, teníamos miedo de que también cerrasen los aeropuertos, que yo me viniera y que mi mujer no pudiera viajar después, así que decidimos viajar juntos. El 15 de abril estábamos aquí y el 1 de mayo ya estábamos viviendo en una casa de Sitges. Ese mismo mayo se hizo la feria del cómic y yo fui con los ojos grandes viendo a todos mis ídolos: a Carlos Giménez, a Alfonso Font, a Jordi Bernet y a todos los demás. Y yo con mi carpeta, que no me conocía nadie. Pero nadie ¿eh? En Argentina me hacían reportajes en radio, en televisión… Yo voy ahora a Argentina y todavía soy muy conocido. A partir de El Loco Chávez soy un tipo no te digo que popular, pero sí conocido. Y llego acá y nadie me conoce. Entonces veían mi trabajo y decían: “Ah, este es un dibujante hecho”. Claro, pero no me conocían de nada. Afortunadamente, cuando empezó a salir El último recreo tuvo bastante repercusión, gustó mucho, y es un trabajo lindo. Ese sí es un trabajo que hizo Trillo solo, ahí sí me enviaba el guión. Es decir, no participábamos juntos, no discutíamos juntos. Lo hacía él. Lo que pasa es que el guión me venía con los diálogos, pero todo el desarrollo de la página era mío. Más viñetas, menos viñetas. Trillo habitualmente deja mucha libertad a los dibujantes.


El último recreo es una obra cargada de simbolismo. El abandono de la infancia, la muerte del niño que lleva implícito el descubrimiento de la sexualidad, la falta de madurez de una sociedad condenada a repetir una y otra vez sus mismos errores, el mito del eterno retorno, el jardín del Edén y el pecado original… Es, probablemente vuestro trabajo más complejo, el que más lecturas esconde. ¿Erais conscientes de todo ello mientras lo estabais creando?

La idea que teníamos en parte era cómo los hijos son los resultados de los padres. No hay ningún tipo de eufemismo tampoco en eso; es decir, un hijo siempre es un resultado. Por comisión o por omisión de los padres, y esa era la idea. El hijo de un policía era de una manera, la hija de la actriz de cine era de otra manera, es decir, los chicos se movían en esa ambigüedad, que heredaban una formación y se enfrentaban con esas armas a un mundo que no existía. Era una linda historia. De lo de las diferentes lecturas, yo, personalmente, no era consciente. Trillo a lo mejor. Bueno, consciente… yo siempre soy consciente de lo que hago, lo que pasa es que cuando uno hace una obra, las lecturas son distintas dependiendo del lector. Yo siempre digo que uno tira una botella al mar y hay veces que la lectura que tú has hecho al hacer la obra, el lector la entiende de un modo absolutamente diferente, o la completa, o la modifica. Entonces, en realidad, la obra, cuando se publica, ya no es de uno. Ahí ya es el lector el que la completa. Para bien, para mal o para lo que sea. En el caso de El último recreo, yo le hago las lecturas que se pueden dar para mí con mis limitaciones, y habrá otros que harán otras. Para mí, por ejemplo, el final es positivo, más allá de la ambigüedad; una parejita multirracial, uniéndose, era una cosa linda, a partir de la inocencia.

¿Eres lector habitual de ciencia-ficción?

No. Al contrario, muy parcial, porque yo leí a Bradbury y alguna otra cosa, pero nada más. Lo que pasa es que cuando vine aquí, en 1984 me pedían historietas de ciencia-ficción, y a mí la ciencia-ficción no me gustaba, entonces hacía una lectura exagerada de la realidad, con ingredientes de ciencia-ficción, para decir lo que quería decir. Simplemente. No me he planteado [cómo habría sido mi trabajo] sin el componente de la ciencia-ficción, pero habría sido muy parecido, porque puesto a hacer ciencia-ficción yo vuelo bajo, no soy Juan Giménez. Es un efecto de multiplicación. La corrupción multiplicada, el control multiplicado. Todo en forma crispada, digamos. [...] La gente en nuestras historietas, y en general en las que hago como autor, la gente es gris, no es blanca ni negra, no hay maniqueísmo, no hay héroes. El malo, siempre, y en todo caso por razones ideológicas, es el sistema, pero nunca hay un tipo excesivamente malvado. Y hay otra cosa que tampoco hago nunca: dibujar historias en las que haya un mensaje edificante, como que el crimen no paga, o que el crimen siempre tiene castigo… cosas que en la realidad no son así. Siempre he pensado que las conductas malvadas, las perversas, las infames, tendrían que repugnar por sí mismas, no porque tuvieran castigo. Es algo que he tratado de hacer muchas veces y lo sigo haciendo.

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Lunes 25 de enero de 2016

David J. Skal entrevistado en Yorokobu

YOROKOBU: Después de toda una vida dedicada a escribir sobre vampiros, monstruos y Bram Stoker, ¿Drácula te ha chupado la sangre o te ha proporcionado la inmortalidad?

DAVID J. SKAL: Supongo que el hecho de que Hollywood gótico se haya impreso a lo largo de 25 años es una forma de «inmortalidad», al menos en lo que se refiere a los libros sobre cultura popular.
Hablando en serio, hay algo obsesivo y que consume en relación con todo este tema y que está muy patente en aquellas personas cuyas historias cuento en el libro. Aquellos que creyeron que podían controlar o explotar a Drácula para su propios fines a menudo acaban siendo sorprendidos por la mordedura del vampiro.
Este año voy a publicar mi último libro dedicado a Drácula, una biografía cultural de Bram Stoker titulada Something in the Blood, después de lo cual regresaré a otros temas. Realmente Drácula no me ha costado sangre y le deseo lo mejor en todos sus proyectos, pero espero que, después de más de un cuarto de siglo de eterna devoción, el conde comenzará a buscar atenciones en algún otro lugar. ¡En ocasiones creo que Drácula desea que se le preste atención tanto como ansía la sangre!

Lo anterior no es sino un pequeño fragmento de “El hombre que consagró su vida a Drácula”, un completo artículo/entrevista con el autor de Hollywood gótico, David J. Skal, realizado recientemente por Eduardo Bravo para la revista Yorokobu. Puedes (¡y desde luego deberías!) leerlo íntegro aquí.

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Lunes 14 de septiembre de 2015

Un reguero de migas

Ian MacKaye. Foto: Dakota Fine

El mes pasado la revista Huck Magazine publicó una interesantísima entrevista de Andrea Kurland con todo un referente de la cultura punk estadounidense: Ian MacKaye, miembro fundador de Minor Threat y Fugazi y propietario de la discográfica Dischord Records. En la entrevista se tocan muchos palos más allá de lo meramente musical y recomiendo mucho su lectura. Para ir abriendo boca, he traducido aquí tres preguntas que me han resultado particularmente interesantes porque me parecen perfectamente aplicables al mundo de la edición. Pincha aquí para leer la entrevista al completo.

El capitalismo parece estar fundado en la idea de que tienes que crecer continuamente para poder seguir adelante. ¿Alguna vez has sentido esa presión?

Rechazo ese concepto por completo. Dischord Records empezó siendo un grupo de críos que editaban discos que no le interesaban a nadie, salvo a esos mismos críos y a sus amigos. Pero para mí fue una época muy válida. Cuando eres tú mismo quien le está poniendo el pegamento a las carpetas de los álbumes, eso es la verdadera industria del disco. Todo el dinero generado se reinvertía en el sello, pero a mí nunca se me ocurrió pensar que no estaba triunfando. Tenía algo que sabía que quería hacer a diario, ¿qué más puedes pedirle a la vida? Diez años más tarde pasamos a vender cientos de miles de discos, lo cual presentó nuevos desafíos, pero en ningún momento sentí: “¡Oh, ahora tenemos éxito!”. Lo que pensaba era: “Esto es lo que toca hoy”. Actualmente el sello es más pequeño, pero yo no lo considero menos significativo. La parte más complicada es la de la percepción que tiene el observador de la situación. La relevancia o la falta de ella no son cuestiones que preocupen a los participantes. La gente que de verdad se vuelca en lo que hace no lo hace por la relevancia, sin embargo son juzgados por una sociedad que se centra en conceptos abstractos y absurdos de lo que es o deja de ser relevante. ¡Que estamos hablando de arte, joder! Si te llega, te llega, aunque no le guste a nadie más. Esa idea de tener que estar en perpetuo crecimiento… O sea, imagínate a una persona, tú o yo, creciendo perpetuamente. No es una imagen bonita. En algún momento acabarás reventando. Y lo mismo es cierto para todas las cosas. La verdadera cuestión es otra palabra que también empieza por “GR”: avaricia*. De eso es de lo que hablamos cuando hablamos de crecimiento. Más para mí: ése es el concepto.

¿Y qué pasa con la idea de dejar un legado? ¿Te preocupa eso?

No. Ya tengo un legado y me doy cuenta de lo engañoso que es y de lo pervertido que está. No me interesa el legado en términos de reputación personal. Sí que me interesa, sin embargo, dejar un sendero. Tengo muy claro que el trabajo que he hecho, el trabajo que hemos hecho, era el de unos críos dedicados a hacer lo que querían hacer y a demostrar que es posible hacerlo, a pesar de lo que digan las grandes empresas. Se trata de ir dejando marcas o un reguero de migas para que la gente sepa que esa posibilidad existe. Espero que eso inspire a otras personas que inevitablemente han de llegar para que hagan lo mismo. Por eso, lo que sí me interesa es la documentación: construyo archivos precisamente porque tengo esa sensación de responsabilidad de documentalista. Gran parte de mi trabajo ha estado centrado en la idea de que no sólo puedes construirte tu propia carretera, sino que también puedes conducir por ella. El problema de estas carreteras pequeñas es que generalmente están construidas justo al lado de superautopistas. Atraen menos circulación y tienden a atrofiarse; hace aparición la maleza y la gente acaba pensando que no son transitables. Que no son posibles. Pero sí que son transitables, simplemente no son permanentes. Las superautopistas son permanentes porque los individuos que las tienen en propiedad, los mismos que erigen los peajes, las mantienen así. Son caminos distintos. Y es importante que la gente sepa que existen otras posibilidades.

Para mí el punk o el “hazlo tú mismo” es una manera de valorar la autosuficiencia por encima de todo. Y creo que todo tipo de personas pueden inspirarse por esa idea, más allá de la música. ¿Es un buen momento para que la gente joven haga cosas por sí misma?

Creo que siempre es un buen momento para eso. Mi definición del punk es el espacio libre. Es un lugar en el que se pueden presentar nuevas ideas sin tener que pasar por el filtro o la perversión de la especulación. Si no vivimos preocupados por vender, podemos dedicarnos a pensar. El problema de las ideas nuevas es que no tienen un público hecho. Y en términos de mercado, un público equivale a clientela. Si no tienes un público, no es rentable. El punk fue un entorno, al menos para mí, en el que eso no parecía importar. Nunca conocí a ningún roquero punk que pensara: “voy a ganarme la vida con esto”. Los que pensaban así desaparecieron rápidamente. Lo que recibí de la contracultura fue un regalo; el permiso para crear libremente. Y mi reacción fue cuidar de ese regalo y mantenerlo vivo porque sigue dando cosas. Por supuesto, hubo gente que pensó: “Guau, si esto lo pulo un poco, podré venderlo”. Pero entonces deja de ser un regalo.

* En inglés: growth (crecimiento) y greed (avaricia).

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Viernes 11 de septiembre de 2015

Es Pop en Psychonauts

Este verano, Álex Serrano me hizo una larga e incisiva entrevista para la revista digital PsychonautsMag en la que abordamos varias cuestiones relacionadas con el mundillo de la edición sobre las que, me parece, nunca me habían preguntado hasta ahora. Si queréis echarle un vistazo, no tenéis más que seguir el enlace. Si por el contrario lo único que os interesa es saber qué tenemos preparado en Es Pop para los próximos meses. Aquí os pego directamente la pregunta con la que termina la entrevista y acabáis más rápido:

¿Qué tienes preparado para el futuro? ¿Hacia dónde se dirige Óscar Palmer? ¿Y Es Pop?
La idea es seguir traduciendo para ganarme la vida, tanto si es para mí como para otros sellos con los que ya estoy trabajando. En cuanto a la editorial, juego con una inversión tan mínima que la posibilidad de que salgan nuevos libros siempre va a depender un poco de cómo hayan funcionado los inmediatamente anteriores. Si me hubieras hecho la misma pregunta el año pasado, te habría dicho que lo mismo Arte salvaje era el último título de Es Pop, que a punto estuvo de serlo. Al final funcionó mejor de lo esperado y además he tenido la buena fortuna de que la autobiografía de Lemmy está tirando bastante bien, así que ahora mismo puedo permitirme tener otros tres títulos en cartera: Todo el mundo adora nuestra ciudad: una historia oral del grunge, de Mark Yarm, El sombrero del malo, de Chuck Klosterman, y El libro más peligroso, de Kevin Birmingham. Más allá de eso, ¿quién sabe?

(Sobre el primero de estos títulos, Todo el mundo adora nuestra ciudad, tenéis ya algo de información en la web de Es Pop).

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Martes 13 de enero de 2015

En recuerdo de Robert Stone

Hace un par de días fallecía a los 77 años el novelista estadounidense Robert Stone, autor de libros como Una galería de espejos, Banderas al amanecer y La puerta de Damasco. Su afinidad con los movimientos contraculturales de los años sesenta y su experiencia como corresponsal de guerra en Vietnam confluyeron de manera memorable en Dog Soldiers, novela de 1975 que le convirtió en autor de referencia para varias generaciones de escritores (desde DeLillo y Ellroy hasta otros a priori alejados de su universo, como Franzen y Stephen King), así como en un verdadero punto de inflexión entre la “generación perdida”, el movimiento beat y la novela norteamericana contemporánea, con tintes de nuevo periodismo. Dog Soldiers fue adaptada al cine (Nieve que quema; Karel Reisz, 1978) y permaneció inexplicablemente inédita en España hasta que fue rescatada en 2010 por Libros del Silencio (que también editó otros dos libros suyos: Hijos de la luz y la autobiografía Recordando los sesenta). Vaya como pequeño homenaje una selección de extractos de esta magnífica entrevista realizada por William C. Woods en 1985 para la revista The Paris Review. Robert Stone, en sus propias palabras.

* * *

La ficción en prosa debe ante todo cumplir con las funciones tradicionales de la narración. Necesitamos historias. No podemos identificarnos a nosotros mismos sin ellas. Continuamente nos estamos contando historias acerca de quiénes somos: en eso consiste la Historia, en eso consiste el concepto de una nación o de un individuo. El propósito de la ficción es ayudarnos a responder a la pregunta que debemos estar planteándonos constantemente: ¿quién creemos que somos y qué creemos que estamos haciendo?
Lo que intento hacer yo siempre es definir ese proceso en la vida estadounidense que lleva a las personas a un estado de anomía o frustración. La promesa del sueño americano es tan enorme que su elusividad evoca una tremenda amargura. Ése era el tema principal de Fitzgerald y también es el mío. Muchísima gente pierde la cabeza en este país… Después de todo, están haciendo todo cuanto se supone que deben hacer y aun así no obtienen la recompensa.

Fue una relectura de El gran Gatsby lo que hizo que me planteara escribir una novela. Estaba viviendo en St. Mark’s Place, en Nueva York. En aquella época era otro mundo. Tenía veintitantos años. Decidí que había comprendido un par de cosas; entendía ciertos patrones de la vida. Me di cuenta de que no podía vender aquel conocimiento ni tampoco fumármelo, así que se me ocurrió escribir una novela. Empecé Una galería de espejos. Debí de tardar unos seis años en terminarla, una cantidad de tiempo terrible. Empecé a trabajar de verdad en la novela durante mi estancia en la Universidad de Stanford, gracias a una Beca Stegner que me llevó a California en el preciso momento en el que todo empezaba a volverse ligeramente loco. Así que pasé cantidad de tiempo que debería haber estado dedicando a escribir experimentando la muerte, transfiguración y renacimiento por LSD en Palo Alto. No era una atmósfera proclive a la productividad. Una galería de espejos fue algo contra lo que hice añicos mi juventud. Toda mi juventud acabó en ella. Metí todo cuanto sabía en aquella novela. Fue escrita durante unos años de cambios drásticos, no sólo para mí, sino para el país. Cubre los años sesenta desde el asesinato de Kennedy y el movimiento por los derechos civiles hasta el comienzo del ácido, los hippies, la guerra…

[Escribir] es condenadamente duro. En realidad a nadie le importa si lo haces o no. Tienes que obligarte tú mismo. Yo soy bastante perezoso y sufro como resultado. Por supuesto, cuando fluye bien, no hay nada en el mundo que se le pueda comparar. Pero también es una actividad muy solitaria. Si haces algo con lo que te sientes verdaderamente satisfecho, te encuentras en la loca posición de estar eufórico tú solo. Recuerdo haber terminado una parte de Dog Soldiers (el final del paseo de Hicks) en el sótano de una biblioteca universitaria, trabajando de noche, con el edificio cerrado a cal y canto. Salí abrumado por las lágrimas, hablando solo, y fui a darme de bruces con un guardia de seguridad. Resulta duro descender del subidón que te produce tu propio trabajo. Es uno de los motivos por los que los escritores le dan a la botella. El entusiasmo que te provoca el trabajo se convierte en la depresión del día después. Pero si intentas compensarlo con demasiado whisky, al día siguiente no estás en condiciones de seguir adelante. Cuando era joven era capaz de aguantar las resacas, pero ahora tengo que irme temprano a la cama.

Estuve en el momento indicado en el momento adecuado para ver [el cambio fundamental vivido por la cultura estadounidense entre la generación beat en los cincuenta y la contracultura de los sesenta]. Empezó con En el camino de Jack Kerouac cuando yo aún estaba en la marina. Mi madre me recomendó que lo leyera. Probablemente soy la única persona a la que su madre le recomendó En el camino. Me resulta muy difícil retrotraerme y pensar  qué fue lo que me transmitió en su momento. Ahora lo hojeo y lo único que soy capaz de ver es a Neal Cassady. Llegué a conocerlo. El libro es un maravilloso retrato suyo, pero apenas le veo valores más allá. Es como leer algo escrito por un individuo puesto de anfetas. Puede que sea una valoración poco amable, pero sinceramente lo encuentro excesivamente sentimental. Como digo, no estoy seguro de por qué me conmovió en su momento. Supongo que debía de ser la tan americana tradición de la carretera. Casi puedo recordar cómo era aquello. Pensar en el gran continente, los cruces en las ciudades, el mito del viajero en el arcén. Me recordó cómo, a cada tanto, mi madre y yo emigrábamos en busca de algún sitio donde las condiciones parecieran más prometedoras, como Chicago o donde fuese. Una vez llegamos hasta Nuevo México. No recuerdo qué era lo que buscábamos. Pero en cualquier caso era una búsqueda. Normalmente terminábamos dependiendo de la beneficencia e intentando escapar de donde fuera que estuviéramos. Una vez fuimos a Chicago y acabamos en un refugio del Ejército de Salvación en la zona norte, porque nos habíamos quedado sin dinero. Nos quedamos allí tanto tiempo como el Ejército de Salvación nos lo permitió, hasta que, de algún modo, mi madre consiguió reunir dinero suficiente para volver a Nueva York. Cuando regresamos, nos pasamos dos noches durmiendo en una azotea. Era descabellado. Pero me fue útil. Por una parte, me infundió un miedo al desorden, pero por otra era un romance con el mundo, las estaciones de autobuses y cosas así.

La violencia es una de mis preocupaciones. Acontece en mis novelas en niveles quizá desproporcionados. Pero la fortuna me ha deparado observarla en grandes cantidades y tengo que reflexionar al respecto. Intento contener mis temores a través de lo que escribo. En cierto modo utilizo a mis personajes como chivos expiatorios para que paguen mis deudas, para que alejen el peligro de mi pellejo atrayéndolo con los suyos. Cada vez que un conflicto irrumpe en tu vida, el primer impulso es recrearlo: convertir el desastre en anécdota o arte. Es verdad que abordo muchas cosas negativas y espantosas, pero no escribo para deprimir a los lectores. Escribo para infundirles coraje, para hacer que se enfrenten a la realidad de las cosas de una manera más valerosa.

Es literalmente cierto que el mundo es visto por las superpotencias como un mapa cuadriculado con objetivos específicos. Todos estamos en los mapas militares. Puede darse la circunstancia de que no se esté desarrollando ninguna acción en esas zonas en el momento presente, pero están ahí. Y luego están las guerras que luchamos contra nosotros mismos en nuestras propias ciudades. La verdad es así de simple: allá donde estés, hay un ejército armado a escasa distancia.

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Jueves 25 de diciembre de 2014

Stephen King: la carne y las verduras

Entre las cosas curiosas que me voy encontrando por ahí y que guardo con intención de ir recuperando poco a poco en el blog, estaba desde hace meses esperando el turno esta conversación con Stephen King organizada por la Casa Museo de Mark Twain, en Connecticut, grabada en julio de 2013. Dejo a continuación un par de fragmentos transcritos y traducidos. Si queréis ver la grabación completa de la charla, podéis hacerlo aquí. El audio es bastante penoso durante los primeros veinte minutos, pero luego mejora.

* * *

Mi madre nos leyó Tom Sawyer cuando yo tenía seis años y mi hermano Dave probablemente ocho. Nos enganchó por completo y nos reíamos como locos, pero lo que más me marcó y me hizo pensar fue: le encargan una tarea como castigo, se supone que debe encalar esa valla, pero se lo monta de tal manera que consigue que otras personas le paguen por hacer su labor. Así que empecé a preguntarme: “¿Funcionaría eso en la vida real?”. Y entonces se me ocurrió: me gustaría ser escritor, porque el trabajo consiste precisamente en eso.

Tendemos a perpetuar una especie de distinción artificial entre ficción popular y literatura. No me interesa esa distinción, me parece infantil. Es como el niño que dice: “No me quiero comer la cena, porque… mira, las patatas están tocando la carne y la carne está mezclada con las zanahorias y las verduras. Si no está cada cosa en su sitio, no voy a comer”. Es una gilipollez, igual que lo son las distinciones entre ficción popular y literatura. […] Lo que me gustan son las historias, y si una historia me transporta, estoy feliz con ella. Nunca pienso en términos de género, ni si la gente la va a leer o si harán una película. Para mí los libros suelen empezar con una imagen. No sé de dónde viene la imagen, sólo que está ahí. Por ejemplo, durante probablemente tres años tuve la imagen de un niño en silla de ruedas jugando con una cometa en la playa. Volvía a ella una y otra vez hasta que, un día, vi un parque de atracciones a lo lejos, en la playa, y empecé a intuir la historia. Cuando acabé, había escrito Joyland, una novela sobre una feria y un chaval que sufre un desengaño amoroso a los 21 años.

Tenía 27 años cuando publiqué mi primera novela. Era un recién llegado y escribía historias que la gente asociaba con la ficción pulp y con lo que la generación de mis padres habría llamado “basura”. “¿Qué haces leyendo esa basura?”. Básicamente me tildaron de plumífero y de oportunista. Bien, mi prioridad era alimentar a mi familia, así que no me importaba lo que dijeran. Lo que pasó fue que, como empecé muy joven, gran parte de aquellos críticos pasaron a mejor vida, dejando sitio para un montón de chicos a los que acojoné vivos cuando eran niños, así que ahora me tienen en alta estima. Básicamente, lo que ha pasado es que he vivido lo suficiente [como para que la crítica haya empezado a apreciarme]. Creo que si vives el tiempo suficiente y te dedicas a hacer tu trabajo, te esfuerzas y sigues adelante haciéndolo lo mejor posible, antes o después la gente acabará aceptándote.

Ilustración de Gottfried Helnwein para la portada de un número de 1986 de Time.

Creo en el sentimiento, creo en la emoción y creo en la sensibilidad. Quiero alcanzar a los lectores emocionalmente, suscitarles una reacción visceral, porque considero la escritura, la ficción, como algo vivo. Algo real. Uno de los desafíos es ser capaz de alcanzar esa zona en la que verdaderamente estás hablando de sentimiento, sentimiento humano y sincero; el peligro es ir más allá de ese punto y caer en el sentimentalismo, que es otra cosa, no tan real. El escritor que mejor dominaba eso fue Charles Dickens, porque era capaz de sacar emociones reales de sus lectores. Una de las cosas que siempre me ha cabreado mucho es que hay ciertos críticos literarios que miran por encima del hombro a Dickens, porque tienen la idea de que provocar emociones en el lector es poca cosa. No es poca cosa, es algo de suma importancia.

Me interesan los niños porque no han empezado a estrechar el foco de sus percepciones. Observaba a mis tres hijos, que se pasaban el día metidos en casa y continuamente se traían a sus amigos, y me fascinaba su manera de pensar, de imaginar cosas. Todo el rato están absorbiendo y aprendiendo. Pero, ¿sabes? Los niños se comportan igual que los locos. Recuerdo una cosa que me sirvió de inspiración para It: iba paseando por mi pueblo cuando vi a un niño pequeño en calzoncillos sentado sobre un montón de tierra. Llevaba un palo en la mano y daba golpes contra el suelo a la vez que decía: “Ya te pillaré”. Pam. “Ya te pillaré”. Pam. “¡Ya te pillaré!”. Y pensé: si fuera un adulto, se lo llevarían de inmediato a una institución mental y pasaría la noche en observación, pero en los niños es un comportamiento aceptable, porque sabemos que aún no han aprendido a estrechar su foco de atención. Y ése es el motivo de que me interesen [como personajes]. Tuve que escribir varias novelas con niños, como El misterio de Salem’s Lot, El resplandor, Ojos de fuego y Cujo, para darme cuenta de lo que estaba haciendo: estaba escribiendo sobre niños para adultos, en vez de sobre niños para niños. Resulta asombrosa la cantidad de libros sobre niños que hay para niños y los pocos que hay sobre niños para adultos. William Golding contaba una anécdota maravillosa: tenía una idea para una novela sobre chicos en una isla, y una noche, mientras estaban sentados delante de la chimenea, le dijo a su mujer: “¿Qué te parece esta idea que tengo de escribir una novela sobre niños, pero que no se comporten como los niños de los libros, sino como son en realidad, es decir, unos salvajes?”. Ella le dijo: “William, me parece una idea maravillosa”. Así que se sentó a escribir El señor de las moscas.

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Jueves 27 de noviembre de 2014

El tipo que lo entendió todo

Philip K. Dick.

El año pasado por estas fechas, Rafa Rodríguez, de la revista cultural Verlanga, me escribió para proponerme participar en un artículo en el que se les solicitaba a diversos editores que recomendasen un libro publicado por otra editorial que no fuera la suya. Mi elección fue Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, una biografía de Philip K. Dick escrita por Emmanuel Carrère y publicada en nuestro país por Minotauro en 2002. El motivo principal, tal como explicaba en el artículo, fue que «me despertó el gusto por un tipo de biografía menos tradicional; uno que no se centrara exclusivamente en la obra y milagros del artista de turno, sino que prestara particular atención a su relación con la cultura y la sociedad de su momento, así como a nuestra propia relación, la de los lectores, con la cultura y la sociedad de nuestro tiempo a través de la obra del individuo en cuestión. La mera existencia de este libro ejerció sobre mí una influencia decisiva a la hora de animarme a montar Es Pop, ya que uno de los motivos para ello fue precisamente dar a conocer más biografías y ensayos similares que, más allá del interés particular de la persona o el tema al que estén dedicados, contribuyan a arrojar cierta luz sobre cómo nos afecta a nivel personal y como sociedad la cultura popular y los modos en los que establecemos una relación con aquellos que la crean».

Hace unos meses di por casualidad con una excelente entrevista con Carrère aparecida el año pasado en la revista The Paris Review, en la que hablaba precisamente sobre su biografía de Dick y los motivos que le llevaron a escribirla. Traduzco a continuación un par de fragmentos de la misma. Si os parece interesante, no dejéis de hincarle el diente al libro. Merece la pena.

CARRÈRE: [Escribir la novela] Hors d’atteinte? me dejó tan agotado que me pasé el siguiente par de años completamente bloqueado. Me ganaba la vida escribiendo guiones. Llegado cierto punto, mi agente, François Samuelson, me dijo: «¿Sabes? El último recurso contra el bloqueo del escritor es la biografía». Así que me puse a pensar en ello y de inmediato me vino Dick a la cabeza. También sucedió otra cosa, y fue que en la primavera de 1990 fui a Rumanía justo tras la caída de Ceaucescu para hacer un reportaje. Y Rumanía tras la caída de Ceaucescu era uno de los lugares más aterradores en los que he estado jamás. Era The Twilight Zone. Todo parecía peligroso y traicionero. Recuerdo que una noche en Bucarest el gobierno que sucedió a Ceaucescu llevó a la ciudad a veinte mil mineros para que apalearan a la multitud con palancas. Una violencia inimaginable. Me había hecho colega de un periodista estadounidense que recibió una paliza de muerte. Estábamos bebiendo en el bar cuando nos dimos cuenta de que ambos éramos fans de Dick y que, sumidos en el aterrador caos de Rumanía, continuamente estábamos pensando en sus novelas, como si fueran la única clave posible para poder llegar a entender aquel mundo incomprensible. De modo que regresé convencido de que lo que tenía que hacer era escribir una biografía de Dick. […] Al final, escribir la biografía fue una solución excelente. Fue como construir un avión a partir de un montón de piezas. Disfruté mucho con aquel juego de mecano. Y me gustaba imaginarme a Dick mirando por encima de mi hombro. En muchos aspectos, Dick era un tío insufrible, pero durante los dos años que dediqué a escribir la historia de su vida, nunca dejé de sentir afecto, incluso ternura, hacia él. Hacíamos buena pareja.

TPR: ¿Qué fue lo que te atrajo de Dick?

CARRÈRE: Para mí, es el Dostoievski del siglo XX, el tipo que lo entendió todo. Francamente, me impresiona su vigencia póstuma, no sólo todas las películas basadas en sus libros, sino todas las películas que no lo están, como Matrix, El show de Truman y Origen, que tratan del modo en el que la realidad desaparece detrás de su representación. Solía irritarme que toda esa gente no reconociera su deuda con Dick, pero en última instancia me parece estupendo. Lo que hace veinte años llamábamos el mundo de Philip K. Dick ahora es simplemente el mundo. Ya no necesitamos seguir citándole. Ha ganado.

TPR: ¿Dedicaste mucho tiempo a la documentación?

CARRÈRE: Para ser sincero, no. Me releí todos sus libros en orden. Leí una excelente biografía previa, escrita por Lawrence Sutin. Basándome en ella, preparé una lista de acontecimientos: cuándo se casó, cuándo se mudó, etcétera. Después tiré la biografía a la basura, para evitar la tentación de volver a ella. Después cotejé los acontecimientos de su vida con sus novelas, convencido de que sus historias, que parecen surgir de una imaginación desbocada, eran en realidad una forma de autobiografía. Y la cosa encajó bastante bien. Llegué hasta el extremo de utilizar un conversación entre dos robots en una de sus novelas como un diálogo entre Dick y una de sus esposas. El resultado es una especie de viaje por su cerebro. Al lector anglosajón, acostumbrado a las biografías con muchos datos, debe de resultarle muy extraño, pero es un libro por el que siento mucho cariño. Puede que su defecto sea un exceso de información que lo haga agotador para el lector. Creo que uno debe ser exigente con sus lectores, pero al mismo tiempo debes cuidar de ellos.

TPR: Lo cierto es que tienes un modo muy coloquial y natural de escribir. ¿Editas mucho?

CARRÈRE: Un montón. Lo que busco siempre es un equilibrio entre un tono natural, íntimo, coloquial, como bien has dicho, y el máximo de tensión posible, de modo que pueda mantener atrapado al lector. Las frases han de tener corriente eléctrica. Tiene que haber tirantez y a la vez flexibilidad, velocidad y pausa, como en las artes marciales. Has de simplificar las frases todo lo posible, al tiempo que haces que asuman una temática cada vez más compleja. Me gusta eso que dice Hemingway: como todo el mundo, me sé unas cuantas palabras complicadas, pero me esfuerzo al máximo por no utilizarlas.

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Jueves 12 de diciembre de 2013

Una entrevista con Chris Womersley

Si seguís el twitter o el facebook de Es Pop ya sabréis que el escritor australiano Chris Womersley es el autor de Por mal camino, tercer título de nuestra colección Pulpo negro que, como quien dice, acabamos de poner en la calle. Comparto aquí hoy un par de materiales promocionales que hemos preparado para acompañar el lanzamiento del libro. El primero es el vídeo que podéis ver sobre estas líneas, cedido generosamente por Scribe Publications, los editores de Chris en Australia (los subtítulos están integrados en YouTube; hay que activarlos en el vídeo). El segundo es esta “entrevista” creada a partir de varias conversaciones que preparamos para acompañar al dossier de prensa. ¡Buena lectura!

¿Por qué escritor?

Nunca hubo una decisión concreta de hacerme escritor. Fue más bien una especie de maldición familiar inevitable. Toda mi familia ha estado relacionada con la escritura de una manera u otra y crecí en una casa llena de libros, algo por lo que me considero extremadamente afortunado.

¿Qué tres obras —libro, cuadro, pieza de música, etc.— crees que tuvieron un mayor efecto sobre ti en el pasado, hasta el punto de influir tu desarrollo como escritor?

Recuerdo haberme sentido profundamente marcado por El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone, que debí de ver cuando tenía unos doce años. Cumbres borrascosas también fue una gran influencia; una historia de violencia y amor intensos. Por último, me encantaban The Velvet Underground, por su capacidad para crear música alternativamente bella y aterradora.

Empezaste escribiendo cuentos y todavía sigues haciéndolo entre novela y novela. ¿Qué es lo que más te gusta de escribir relatos breves y qué lo que más de escribir una narración larga?

Una de las mejores cosas que tiene la ficción breve es que puedes terminar una historia en menos de tres años, de modo que puedes ir obteniendo satisfacciones a la vez que dedicas tiempo a retocar las novelas. Dicho esto, también he escrito algunos cuentos que me han llevado varios años desde que los imaginé hasta que al fin conseguí terminarlos. Disfruto con la disciplina de tener que ir directo al grano cuando escribo relatos, pero no cabe duda de que en una novela uno puede examinar elementos complejos con mucha más profundidad. Como lector, disfruto realmente con la experiencia de sumergirme en una novela, y eso es lo que busco proporcionar al lector en las mías.

¿Puedes describir tu proceso de trabajo? ¿Qué es lo que te lleva hasta la silla y hace que las palabras comiencen a fluir?

Como ahora mismo dispongo de un tiempo bastante limitado, simplemente tengo que aprovechar cada momento que se me presenta. Algo que hago regularmente es buscar una pieza musical que se aproxime al tono que pretendo conseguir en la novela (o en una escena de la novela) y eso puede ponerme en marcha. Lo mejor de todo, en cualquier caso, es pegamento para el culo, disponible en todas las buenas ferreterías.

Foto: Roslyn Oades.

Por mal camino tuvo una excelente acogida crítica, lo cual debió de ser una sensación maravillosa, tratándose de tu primera novela. ¿Tuvo esta experiencia algún tipo de efecto sobre tu escritura?

Es cierto que Por mal camino recibió una atención bastante positiva, lo cual fue maravilloso, pero en realidad no cambió mi manera de trabajar a la hora de afrontar Bereft. Para mí siempre se trata de un proceso bastante azaroso. Por fortuna, Por mal camino no fue ni semejante exitazo que me dejara cohibido ni tampoco un desastre que me hiciera perder la confianza. Por supuesto, ninguna novela es fácil de escribir, ni debería serlo. En cierto modo, lo más difícil para mí a la hora de escribir una novela —o quizá cualquier tipo de ficción— es hallar la “voz” adecuada. Zadie Smith afirma pasarse meses trabajando en los primeros capítulos de sus novelas, para luego descubrir que el resto cae por su propio peso una vez ha encontrado el tono adecuado para la obra. En mi caso viene a pasar un poco lo mismo. La perseverancia es siempre la clave, creo yo. Ese empeño en enfrentarse a la página en blanco hasta que sucede algo. Ese empeño en escribir basura con la seguridad de que al final conseguirás sacar algo mínimamente aprovechable. Para mí, lo mejor de escribir una segunda novela fue saber que ya había completado el proceso antes, de modo que probablemente —posiblemente— sería capaz de repetirlo. La sospecha que me rondaba mientras escribía Por mal camino era que quizás no tuviera lo que había que tener para ser escritor. La segunda vez esa sensación se atenúa ligeramente, aunque sospecho que no es mala cosa conservar siempre esa pizca de duda, ese temor a que alguien te desvele como un fraude. Te hace seguir adelante.

Me gusta esta cita tuya que dice: “Escribes un libro, lo cual es un ejercicio bastante interior, y de repente queda expuesto al mundo y la gente responde a él de muchas maneras distintas”. ¿Cuáles han sido para ti esas maneras?

Por mal camino en particular generó una respuesta muy fuerte y muchos comentarios muy interesantes. Creo que hubo lectores que se sintieron traicionados por la manera en la que termina el libro. Pero precisamente el propósito de Por mal camino era escribir una historia bastante truculenta acerca de un grupo de personajes que en bastantes aspectos son… algo repelentes, la verdad. Son criminales encallecidos que se han dado a la fuga. Asesinos. Y lo que me interesaba era aportarles cierto grado de humanidad. Bereft es un libro más amable. En cualquier caso, me parece que no hay manera de controlar el modo en el que alguien lee tu novela. Algunos autores se preocupan mucho acerca de la manera en la que deberían ser leídos sus libros, pero yo soy más de la escuela de que, una vez editado, la gente lo aborda desde su propia perspectiva y con sus propias interpretaciones.

Tengo entendido que te gusta la novela criminal, pero no eres precisamente fan de los policíacos procedimentales. Sin embargo, cuando se editó Por mal camino, seguro que te etiquetaron como escritor de género negro.

Me frustra bastante la idea de que tenga que existir una separación entre novelas que sean percibidas como “de género” y, en consecuencia, de menor mérito literario, frente a otras más literarias que, a menudo, carecen en gran medida de narración. Me parece una división completamente falsa. Un buen libro en mi opinión es un libro que no sólo merece la pena ser leído una vez, sino varias. Y creo que muchas de las obras más interesantes que se están escribiendo actualmente están enmarcadas en lo que llamaríamos “literatura de género”. Personalmente me interesa el crimen, pero más en lo que se refiere a sus consecuencias, el modo en el que los actos de las personas les afectan y les persiguen, como le pasa al personaje de Lee en Por mal camino.

Tu trabajo ha sido comparado con autores como Edgar Allan Poe, Dickens, Beckett y Cormac McCarthy, entre otros. ¿Tú con cuál te quedarías?

Hum… Sigo sintiendo mucho aprecio por Charles Dickens. Puede pasarse de sentimental y tiene cierta tendencia a divagar un poco, pero por lo general sus personajes siempre son vívidos y divertidos y memorables. Además, sus libros siguen vendiéndose muchos años después de haber muerto, y ¿qué autor no querría eso? Que tampoco es que esté planeando morir pronto, pero…

Ya sean médicos opiómanos o sheriffs sociópatas, pareces sentir cierta atracción por los bajos fondos de la sociedad. ¿Podemos esperar más de lo mismo en tus obras futuras?

¡Ja! Es cierto, me encantan los casos perdidos. Son mucho más interesantes y más divertidos a la hora de trabajar que la gente feliz y normal. De modo que la respuesta es: sí, pueden esperar que sigan apareciendo de vez en cuando en el futuro.

Conversación compuesta a partir de las siguientes entrevistas: Tara Moss, 13th Street, 2011; Emily Kiddell, The Melbourne Review, 2011; Claire Gregory, All the World’s Our Page, 2011; John Purcell, Booktopia, 2011.

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Sábado 17 de noviembre de 2012

Viva la gente de Radio Vallekas

Hace un par de semanas tuve el placer de participar en “Viva la Gente”, el programa de entrevistas que conduce y presenta los sábados por la tarde en Radio Vallekas el cómico y guionista Pepón Fuentes. Pepón y yo somos amigos desde hace tiempo, vivimos juntos los (en mi nada objetiva opinión) mejores años de Paramount Comedy e incluso lo saqué por aquí en una de las primeras entradas de este blog haciendo como que leía la edición americana de Los trapos sucios. Quiero decir con todo esto que se trata de una persona que me conoce bien, que ha vivido de cerca el periplo de Es Pop Ediciones y que, como resultado, fue capaz de sacarme una entrevista a la vez informada e informal, cosa que aunque parezca fácil no lo es. Aquí la dejo por si os sobra una hora que no sabéis muy bien cómo matar.


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Viernes 13 de julio de 2012

Una entrevista con Vicki Hendricks

Además de escribir ficción, Keith Rawson es un incansable divulgador del pulp. Como colaborador habitual de LitReactor y Spinetingler Magazine, ha realizado diversas entrevistas a algunos de los más importantes autores de la narrativa negra y criminal, entre ellos a Vicki Hendricks, a la cual grabó con motivo del lanzamiento de su recopilación de cuentos Florida Gothic Stories. Keith ha tenido la gentileza de cedernos su entrevista, de la cual hemos extractado y subtitulado el fragmento que encontraréis arriba. Si tenéis ganas y tiempo, no dejéis de echarle un vistazo a la página de Keith en Vimeo, donde podréis ver más entrevistas con autores como James Sallis, Michael Connelly o Charlie Huston.

CreaciónEntrevistasVideoteca , , Sin comentarios

Slowly but surely I’m gonna wear you down, I’m gonna bring you ’round to my way of thinking.
“Slowly But Surely”, Elvis Presley
Popsy