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Miércoles 8 de noviembre de 2017

Bram Stoker: el padre del vampiro

Hoy, 8 de noviembre de 2017, se cumplen 170 años del nacimiento de Bram Stoker. Para celebrarlo, recupero aquí un artículo que escribí en 2012 para el libro Drácula, un monstruo sin reflejo, catálogo de la exposición del mismo título, comisariada por Jesús Egido, que pudo verse en la Fundación Luis Seoane de A Coruña y en Matadero Madrid. Se trata de una breve semblanza biográfica pensada originalmente para dar un poco de contexto cultural sobre el autor y, sobre todo, para desmentir ciertos mitos recurrentes respecto a su figura. Poco podía sospechar que un lustro más tarde iba a darme el gusto de editar la primera biografía de Stoker publicada en España. Me refiero, cómo no, a Algo en la sangre, de David J. Skal. Como bola extra, recupero también (bajo estas líneas) una intervención de 2013 en el programa Viaje al interior de la cultura, de La 2, para el que me entrevistaron con motivo precisamente de la llegada de la citada exposición a Madrid.

Bram Stoker: el padre del vampiro
Aunque el nombre de Bram Stoker (8 de noviembre de 1847 – 20 de abril de 1912) sea de sobra conocido, la imagen que suele transmitirse del escritor irlandés parece a menudo más propia del personaje que podría haber sido que de la persona que realmente fue. Un personaje nacido a la sombra de su más famosa criatura, Drácula, probablemente el icono popular más importante que ha dado la literatura de terror; un personaje, irónica y muy apropiadamente, vampirizado por su propia creación, hasta el punto de que la mayoría de los estudiosos que se han acercado a su figura lo han hecho poniéndola en relación con su obra, y no al revés, que sería lo normal. De este modo, se ha hecho repetidamente hincapié en los elementos más «oscuros» y supuestamente turbadores de su existencia: su hipotética homosexualidad, su fallecimiento a causa de una posible sífilis, su obsesión por lo macabro, su mesmérica relación con el actor Henry Irving… creando así la imagen de un Stoker reprimido y atormentado, que utilizaba la literatura como medio de escape para plasmar sobre el papel sangrientas alegorías de la oscuridad que anidaba en su torturada mente. La riqueza psicológica de Drácula y su multiplicidad de lecturas se han convertido a menudo en los principales argumentos de los que se han servido críticos y biógrafos para crear este personaje-fachada, que quizá cuente a priori con más atractivo o morbo que el del funcionario que un buen día se convirtió en agente teatral, pero que no deja de ser un aspecto muy parcial de la rica y compleja personalidad del auténtico Bram Stoker, un hombre atlético e industrioso, afable, mordaz y dotado de un espléndido sentido del humor —una de las constantes más notables y menos señaladas en su trabajo—, que contemplaba la literatura no como una actividad confesional o catártica, sino como un verdadero placer: el tan irlandés placer de contar y transmitir historias, cualquier tipo de historias, por el simple hecho de hacerlo.

Bram Stoker (aprox. 1884).

Abraham «Bram» Stoker nació en Clontarf, una aldea costera situada a las afueras de Dublín. Pasó los primeros siete años de su vida prácticamente enclaustrado y postrado en la cama. Apenas sabemos nada de sus dolencias infantiles, pero lo más probable es que tuviesen una raíz psicosomática en vez de congénita, ya que Bram acabaría superándolas sin ninguna secuela física para acabar convirtiéndose en un robusto y enérgico deportista (durante sus años universitarios sería remero, futbolista y participante habitual en numerosas pruebas atléticas, llegando a ganar las de levantamiento de peso, marcha de 5 millas y marcha de 7 millas). Una de las grandes influencias en la vida literaria de Stoker fue la de su madre, Charlotte, la cual solía sentarse junto al lecho del postrado muchacho para entretenerle desgranando docenas de deliciosas historias macabras, tan abundantes y ricas en la tradición oral irlandesa. Varias de ellas le servirían posteriormente de inspiración directa para uno de sus libros más celebrados, la colección de relatos El País del Ocaso (1883). «Era pensativo por naturaleza y el ocio de una larga enfermedad me dio oportunidad de desarrollar muchas ideas que acabarían dando su fruto en los años venideros», rememoraría el autor en 1906.
Stoker estudió en el Trinity College de Dublín, donde desarrolló una gran actividad tanto deportiva como intelectual, en calidad de miembro (y finalmente presidente) de la Sociedad Filosófica. Gran enamorado de la poesía y del teatro, actuó en diversas obras, como The Rivals, de Richard Sheridan, o The Happy Man, de Samuel Lover, y participó en varios debates públicos defendiendo la poesía de Walt Whitman, autor que habría de marcarle indeleblemente y cuyo romanticismo naturalista y viril acabaría teniendo una clarísima y específica influencia en Drácula.

Walt Whitman.

«Cuando Michael Rossetti publicó en 1868 sus Poemas Selectos de Walt Whitman», recordaría Stoker en su libro Personal Reminiscenses of Henry Irving, «provocó una verdadera tormenta en los círculos literarios británicos. Los críticos amargados de la época se arrojaron sobre el Poeta y su obra como perros guardianes sobre un pobre mendigo. En mi Universidad, el libro fue recibido con cínicas carcajadas. Durante días no hablamos de otra cosa que de Walt Whitman y la nueva poesía con desprecio, especialmente aquellos de nosotros que no habíamos visto el libro. Hasta que un día me encontré con un individuo que tenía un ejemplar [de Hojas de hierba] y le solicité que me permitiese hojearlo. Se mostró encantado de hacerlo: “Llévese el condenado libro —me dijo—. ¡Ya me he hartado de él!”. Me lo llevé al parque y a la sombra de un olmo comenzé a leerlo. Rápidamente empecé a formarme una opinión propia; la obra era diametralmente opuesta a todo aquello que había estado oyendo acerca de ella. A partir de aquel momento, pasé a ser un rendido admirador de Walt Whitman».
El día de San Valentín de 1876, tras haber defendido acaloradamente la obra del poeta norteamericano en una sesión del Fortnight Club, Stoker se decidió a escribirle, adjuntando en su carta una encendida y admirativa misiva redactada cuatro años antes, que no se había atrevido a mandar en su día. Whitman le respondió el 6 de marzo en los siguientes términos: «Mi querido joven. He recibido con sumo gusto sus cartas; con sumo gusto la persona y también con sumo gusto el autor, pues no sé a cuál de los dos han agradado más. Ha hecho bien en escribirme de manera tan poco convencional, tan fresca, tan masculina y también tan afectuosa. También yo espero (aunque no es probable) que algún día podamos conocernos en persona. Mientras tanto, le envío mi amistad y agradecimiento».
Por poco probable que le hubiese podido parecer al poeta, Stoker aprovechó sus viajes por Estados Unidos para llegar a reunirse hasta en tres ocasiones con Whitman, en 1884, 1886 y 1887. «Me pareció todo lo que siempre había soñado que sería o había deseado que fuera», diría el irlandés sobre su primer encuentro. «Sumamente inteligente, abierto de miras, tolerante en grado sumo; la simpatía encarnada; comprensivo con una perspicacia que parecía más que humana. ¡Un hombre entre los hombres!».
Lejos de limitarse a la obsesión adolescente, la obra de Whitman seguiría ejerciendo un profundo influjo sobre Stoker toda su vida, tal como demuestra el hecho de que, cuando en 1898, un año después de la publicación de Drácula, se le solicitara una biografía de sí mismo para la guía Quien es quién, indicase como aficiones: «Más o menos las mismas que las de los otros hijos de Adán». Stoker se estaba refiriendo al Libro IV de Hojas de hierba, en el que los hijos de Adán son descritos como aquellos que «saben nadar, remar, montar, pelear, disparar, correr, golpear, retirarse, avanzar, resistir, defenderse a sí mismos». Una definición que viene a describir a la perfección a la siempre animosa pandilla de cazavampiros formada por Jonathan Harker, Arthur Holmwood, Quincey Morris y el doctor Seward, guiados con mano firme por Abraham Van Helsing, un «intelectual aventurero» cuyos talentos se asemejan no poco a los atribuidos por Stoker a Whitman.

Florence Balcombe, antes de casarse con Bram Stoker.

Sin embargo, a pesar de su innegable amor por las artes, Stoker venía de una familia sumamente práctica, por lo que tras graduarse en Matemáticas Puras, siguió la estela de su padre y consiguió un puesto de funcionario en el Castillo de Dublín. En 1872 se incorporó a la Sociedad Histórica del Trinity College y se convirtió en invitado habitual de Sir William y Lady Jane Wilde, padres de Oscar, al cual propuso como candidato para la Sociedad Filosófica de la universidad. No sería éste su único vínculo con el malogrado dramaturgo: Wilde fue durante dos años («Dos dulces años, los años más dulces de toda mi juventud») el novio formal de Florence Balcombe, una atractiva joven de Clontarf con la que Stoker acabaría casándose en 1878. Oscar siguió visitando regularmente a Florence y, según Barbara Belford, autora de las biografías Bram Stoker and the Man who Was Dracula y Oscar Wilde: A Certain Genius, Bram incluso podría haberle llevado dinero a París en sus años de penuria. En cualquier caso, la última comunicación confirmada de Florence con Wilde fue cuando éste le envió una copia en francés de la primera edición de Salomé.
Menos talentoso que Wilde, pero mucho más trabajador, Stoker aprendió desde un primer momento a combinar las labores funcionariales con su incipiente carrera literaria, iniciada en 1872, cuando vendió su primer cuento, «The Crystal Cup», a la revista London Society. Entre 1873 y 1974 se convirtió en editor de The Halfpenny Press, y en 1875 serializó tres historias en el semanario The Shamrock: The Primrose Path, Buried Treasure y The Chain of Destiny (su primer relato de horror). Un año más tarde, Bram fue ascendido a Inspector de Tribunales de Primera Instancia, un puesto que le obligó a viajar por la Irlanda rural, donde pudo comprobar el alcance de la miseria de la mayor parte de la población, los abusos de los terratenientes y el caótico estado del sistema judicial. Todo ello le animó a escribir su primer libro, un árido pero educativo tratado legal de 1879 titulado The Duties of Clerks of Petty Sessiones in Ireland, y pondría también el telón de fondo para su primera novela, The Snake’s Pass, romance costumbrista publicado por entregas en 1888 en la revista The People y reunido en un solo volumen al año siguiente. Entre ambos títulos, su vida experimentó un extraordinario cambio de rumbo que le llevó a abandonar su cómodo y seguro trabajo gubernamental para mudarse a Londres. El responsable de todo ello no fue sino el actor más célebre de la escena británica del momento: Henry Irving.

Henry Irving en The Bells.

Stoker había visto actuar por primera vez a Irving en 1871, durante una representación de The Bells, de Erckmann y Chatrian, en el Vaudeville Theatre de Dublin, y había quedado maravillado por su magnetismo. Entusiasmado y a la vez molesto por la escasa repercusión de la obra, decidió ofrecerse como crítico teatral sin remuneración alguna al Evening Mail, periódico editado por Henry Maunsell y Sheridan Le Fanu, en el que publicaría sus crónicas durante los siguientes cinco años. En diciembre de 1876, de regreso en Dublín para interpretar Hamlet, Irving expresó su interés por conocer a aquel valedor suyo que se deshacía en elogios cada vez que presentaba una nueva obra en la capital irlandesa y le invitó a cenar. Stoker recogería sus impresiones de aquel decisivo encuentro en Personal Reminiscenses of Henry Irving: «Tras la cena me dijo que recitaría para mí el poema El sueño de Eugene Aram, de Thomas Hood. Es una experiencia que nunca podré olvidar. La recitación fue distinta, tanto en estilo como en intensidad, a cualquier otra que hubiese oído hasta entonces. Fue poder encarnado, pasión encarnada. El arte puede acometer muchos logros, pero, como todo, también tiene sus cimas. Aquella noche, durante un rato, mientras el resto del mundo parecía inmóvil, el genio de Irving voló en ardoroso triunfo sobre la cima del arte. En cuanto a su efecto, sólo puedo decir que al cabo de unos segundos de pétreo silencio sufrí una especie de ataque de histeria».
Irving y Stoker entablaron una amistad que fue estrechándose progresivamente en sucesivas visitas hasta que, en 1878, aprovechando que había viajado a Londres para verle interpretar el papel de Holandés Errante en la obra Vanderdecken, el actor solicitó la ayuda de su rendido admirador para darle un repaso al texto, con el que no estaba del todo satisfecho. «Trabajamos mucho en la obra y la alteramos considerablemente. Para mejor, creo yo», recordaría Stoker. En noviembre de aquel mismo año, Irving le pidió que acudiese a verle a Glasgow, donde le informó de que acababa de comprar el Lyceum y le ofreció el puesto de mánager del teatro. «Acepté de inmediato. Llevaba entonces trece años al servicio de la administración pública. A la mañana siguiente envié mi dimisión y organicé ciertos detalles domésticos supremamente importantes para mí». Dichos detalles no eran sino los de su boda con Florence, celebrada el 4 de diciembre de aquel mismo año. 5 días después, Bram se reunió con Irving en Birmingham para emprender su nueva carrera como mánager: «Cual no fue su sorpresa cuando me vio llegar con una esposa. Mi esposa». El 30 de diciembre, el nuevo Lyceum abrió sus puertas estrenando Hamlet, con Irving en el papel protagonista y Ellen Terrry, su primera actriz, como Ofelia. La obra alcanzaría 100 representaciones seguidas y constituiría un primer éxito de organización para Stoker.

Henry Irving y Bram Stoker saliendo del Lyceum.

Su trabajo como mánager de la compañía de Irving, que seguiría desempeñando hasta 1905, año del fallecimiento del actor, convirtió a Stoker en un personaje reconocido y popular en la sociedad londinense. En el interior del Lyceum existía además una estancia que demostró ser decisiva para el desarrollo no sólo de su círculo social sino también de su labor literaria: The Beefsteak Room, la habitación del bistec, una especie de restaurante privado dominado por una enorme parrilla que había sido sede de la curiosa The Sublime Society of Beefsteaks, un club de amantes de la carne de buey y otras delicias palatales. Después de cada función, Irving y Stoker cenaban en la habitación del bistec y se pasaban las horas muertas contándose historias. A menudo lo hacían acompañados de otros comensales, amigos y admiradores del actor, que participaban en la conversación con sus propias anécdotas, ofreciendo decenas de puntos de partida (cuando no desarrollos completos) para las narraciones de Stoker. Su relación con Irving puso al escritor en contacto con luminarias de la cultura, la política y la sociedad de la época, nombres como Sarah Bernhardt, Alfred Tennyson, Franz Liszt, François Gounod, George Bernard Shaw, Ernest Renan, Robert Browning, Edward Burne-Jones, Sir Richard Burton, Henry Stanley e incluso el mismísimo William Gladstone. Las diversas giras que realizó la compañía por Estados Unidos le permitieron conocer, entre otros, a su admirado Whitman, a Mark Twain —con el que entablaría una buena amistad y al que recibiría dos veces en su casa de Londres—, y a los presidentes McKinley y Roosevelt.

Stoker empezó a escribir Drácula en 1890 durante unas vacaciones en Whitby,
pintoresco pueblo costero coronado por una atmosférica abadía en ruinas.

Que envuelto en la vorágine de su labor cotidiana como encargado de llevar las cuentas del teatro, supervisar el día a día de la compañía, organizar las giras e incluso contestar la correspondencia de Irving (afirmaba haber redactado unas cincuenta cartas al día durante los casi treinta años que estuvo al servicio del gran histrión), Stoker fuese además capaz de encontrar tiempo para la literatura resulta poco menos que milagroso, máxime teniendo en cuenta que el Lyceum no era en absoluto un teatro cualquiera, sino el teatro de referencia del momento. El escritor Horace Wyndham recordaría en su libro The Nineteen Hundreds que «ver a Stoker en su elemento era verlo de pie en lo alto de las escaleras del teatro, observando a la multitud apelotonarse en una noche de estreno. No puede haber duda al respecto: una première en el Lyceum atraía a un público que verdaderamente era representativo de todo lo mejor del periodo en los campos del arte, la literatura y la sociedad». Bajo su supervisión, la troupe del Lyceum realizó siete tournées por Estados Unidos y puso en escena espectáculos como Fausto, con Irving en el papel de Mefistófeles, 250 extras y abundantes efectos especiales; sin duda la producción teatral más espectacular de la era victoriana, que llegaría a alcanzar las 792 representaciones, convirtiéndose en el mayor éxito de la compañía. No es de extrañar, pues, que la mayor parte de sus obras (ocho novelas, un libro de relatos, dos volúmenes de no ficción y varios cuentos de variado pelaje en el periodo 1879-1905) fueran escritas a matacaballo o en breves periodos vacacionales. La única y notable excepción a esta regla fue Drácula, novela a la que dedicó casi siete años de su vida. En ella abordaría algunos de sus más profundos sentimientos y lidiaría con algunos de sus fantasmas más personales, sí, pero también dejaría constancia de su perenne sentido del humor y de su amplísimo bagaje cultural. Porque, en última instancia, no debemos olvidar que, aunque gran parte del atractivo de la obra de Stoker pueda tener su origen en el reflejo inconsciente de las complejidades y deseos reprimidos de su autor, en un trasfondo psicológico que a su vez puede ser interpretado como espejo deformante del conjunto de la sociedad victoriana, otra parte no menos importante de su capacidad para pervivir y seguir fascinando a múltiples generaciones de lectores deriva simple y llanamente del puro goce literario que produce su lectura, fruto precisamente de una serie de decisiones muy conscientes (subvertir el arquetipo del vampiro romántico byroniano, integrarlo completamente en el zeitgeist —no es difícil encontrar en la novela ecos de varios de los principales temas de conversación de la burguesía del momento, como el marcado incremento en la emigración proveniente de Europa Oriental, los crímenes de Jack el Destripador, el juicio a Oscar Wilde, la fascinación por Norteamérica o el sufragismo—, dinamitar los esquemas clásicos de la novela de horror tradicional dándole un tratamiento narrativo vanguardista y fragmentado —deudor de Wilkie Collins y Conan Doyle, pero igualmente precursor del monólogo interior joyceano y otros recursos asociados posteriormente al modernismo—, y sacar al monstruo de las catacumbas medievales para establecerlo firmemente en el presente mediante una aventura marcada por el uso de la ciencia y la tecnología) por parte de un escritor que quizá nunca tuvo oportunidad de desarrollar por completo sus talentos, pero que al menos en una ocasión, ésta, pudo atisbar lo mejor de sí mismo y ofrecernos no la última gran novela del siglo XIX sino la primera gran novela del XX.

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