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El blog de Espop Ediciones

Martes 26 de abril de 2011

En el principio fue la información

Lo primero que me llamó la atención de The Information: A History, A Theory, A Flood, de James Gleick, fue su monumental portada, diseñada por Peter Mendelsund, que me dejó sencillamente boquiabierto y con ganas de echarle las zarpas. Sin embargo, me daba un poco de reparo que el texto pudiera resultarme un tanto árido o excesivamente académico. Afortunadamente, la semana pasada la revista Smithsonian colgó en su web un extracto del mismo, reconvertido en artículo, que me ha convencido del todo. Tanto me ha entusiasmado, de hecho, que no he podido evitar traducir unos cuantos párrafos (el artículo original es mucho más extenso y recomiendo vivamente su lectura íntegra). Aquí los dejo por si a alguien más le pica la curiosidad, a la espera de que algún avezado editor se decida a publicar entre nosotros el libro completo (¡preferiblemente cuanto antes y respetando la portada!).

¿QUÉ DEFINE UN MEME?
Por James Gleick
«Lo que yace en el corazón de todo ser vivo no es fuego, ni un aliento cálido, ni una “chispa de la vida”. Es información, palabras, instrucciones», declaró Richard Dawkins en 1986. Convertido ya para entonces en uno de los principales biólogos evolutivos del mundo, acababa de capturar el espíritu de una nueva era. Las células de un organismo son nodos en una red de comunicaciones densamente entrelazadas, transmitiendo y recibiendo, codificando y descodificando. La propia evolución encarna un intercambio de información continuo entre organismo y ambiente. «Si quieres entender la vida», escribió Dawkins, «no pienses en légamos vibrantes y fluidos palpitantes, piensa en tecnología de la información». [...]
El auge de la teoría de la información instigó e impulsó una nueva visión de la vida. El código genético había dejado de ser una mera metáfora y estaba siendo descifrado. Los científicos se referían con grandiosidad a la biosfera: una entidad compuesta por todas las formas vitales de la tierra, rebosante de información, evolucionando y replicándose. Y los biólogos, tras haber absorbido los métodos y el vocabulario de las ciencias de la comunicación, fueron más allá para aportar sus contribuciones a la comprensión de la propia información. [...]

James Gleick.

Jacques Monod, el biólogo parisino que compartió un premio Nobel en 1965 por averiguar el papel jugado por las moléculas de ARN mensajero en la transmisión de información genética, propuso una analogía: igual que la biosfera se alza por encima del mundo de la materia inerte, hay otro “reino abstracto” que se alza sobre la biosfera. ¿Los habitantes de dicho reino? Las ideas.
“Las ideas han conservado algunas de las propiedades de los organismos”, escribió. “Al igual que ellos, tienden a perpetuar su estructura y a reproducirse; también pueden fusionarse, recombinarse, segregar sus contenidos; de hecho, también pueden evolucionar, y la selección debe de jugar un papel importante en dicha evolución”.
Las ideas tienen “poder para extenderse”, indicó —“infecciosidad, podríamos decir”— y algunas más que otras. Un ejemplo de idea infecciosa podría ser una ideología religiosa que cobra influencia sobre un grupo numeroso de personas. El neurofisiólogo norteamericano Roger Sperry había adelantado una noción similar varios años antes, argumentando que las ideas son “exactamente tan reales” como las neuronas que ocupan. Las ideas tienen poder, dijo:

Las ideas provocan ideas y ayudan a la evolución de nuevas ideas. Interactúan las unas con las otras así como con otras fuerzas mentales dentro del mismo cerebro, en cerebros vecinos y, gracias a las comunicaciones globales, también en otros cerebros lejanos y ajenos. Y también interactúan con el entorno exterior para producir, en conjunto, un avance explosivo en la evolución que va mucho más allá de cualquier otra cosa que hayamos podido ver en la escena evolutiva.

Monod añadió: “No me arriesgaré a aventurar una teoría de la selección de las ideas”. Tampoco hizo falta. Otros estaban dispuestos a ello.
Dawkins también dio el salto de la evolución de los genes a la evolución de las ideas. Para él, el papel protagonista es el del replicador, y lo que menos importa es que los replicadores estén hechos de ácido nucleico o no. Su regla es: “Toda la vida evoluciona según la supervivencia diferencial de las entidades replicadoras”. Allí donde haya vida, tiene que haber replicadores. Quizá en otros mundos los replicadores puedan surgir de una química basada en el silicio… o en ningún tipo de química.
¿Qué significaría para un replicador existir al margen de la química? “Creo que una nueva especie de replicador ha emergido recientemente en nuestro mismo planeta”, proclamó Dawkins en las últimas páginas de su primer libro, El gen egoísta, en 1976. “Nos está mirando a la cara. Aunque aún está en su infancia, dejándose llevar torpemente por su caldo primordial, ya está alcanzando el cambio evolutivo a un ritmo que deja a los viejos genes jadeando muy atrás”. Ese “caldo” es la cultura humana; el vector de transmisión es el lenguaje, y el lugar de cultivo es el cerebro.

Richard Dawkins.

Dawkins propuso un nombre para este replicador incorpóreo. Lo llamó el meme, y acabaría siendo su invención más memorable, mucho más influyente que sus genes egoístas o que sus posteriores proselitismos en contra de la religión. “Los memes se propagan a través del banco de memes saltando de cerebro en cerebro mediante un proceso que, a grandes rasgos, puede llamarse imitación”, escribió. Compiten unos con otros para hacerse con el control de unos recusos limitados, tiempo cerebral o ancho de banda. Sobre todo, compiten por nuestra atención. Por ejemplo: ideas, canciones, frases hechas, imágenes. [...]
Los memes emergen de los cerebros y salen al exterior, estableciendo cabezas de playa sobre papel, celuloide, silicio y allá donde pueda viajar la información. No deben de ser considerados partículas elementales, sino organismos. El número tres no es un meme; tampoco lo es el color azul, ni ningun pensamiento sencillo, igual que un único nucleótido no puede ser un gen. Los memes son unidades complejas, distintivas y memorables. Unidades con el poder de perdurar.
Tampoco un objeto es un meme. El hula hoop no es un meme; está hecho de plástico, no de bits. Cuando esta especie de juguete se extendió en 1958 por todo el mundo en una loca epidemia, fue el producto, la manifestación física, de un meme o memes: el anhelo de tener un hula hoop; los meneos, balanceos y habilidades necesarias para usarlo. El hula hoop en sí mismo es un vehículo para el meme. También, de igual modo, lo son todos aquellos que lo usan; un vehículo sorprendentemente efectivo en el sentido perfectamente explicado por el filósofo Daniel Dennett: “Un carro con ruedas de radios no sólo traslada grano o cualquier otra carga de un lugar a otro; traslada la brillante idea de un carro con ruedas de radios de mente en mente”. [...]

El hula hoop no fue un meme. La fiebre de usarlo sí.

Durante la mayor parte de nuestra historia biológica los memes existieron efimeramente, su principal modo de transmisión era el llamado “boca a boca”. Últimamente, sin embargo, han conseguido adherirse a sustancias sólidas: tabletas de barro, paredes de cuevas, hojas de papel. Adquieren longevidad a través de nuestras plumas y nuestras imprentas, cintas magnéticas y discos ópticos. Se diseminan a través de antenas y redes digitales. Los memes pueden ser relatos, recetas, habilidades, leyendas o modas. Y nosotros los copiamos, de individuo en individuo. El otro punto de vista, desde la perspectiva centrada en el meme de Dawkins, es que se copian a sí mismos.
“Creo que, dadas las condiciones adecuadas, los replicadores se juntan automáticamente para crear sistemas, o máquinas, que les dan movilidad y trabajan para favorecer su replicación continua”, escribió. Con esto no pretende sugerir que los memes sean actores conscientes; sólo que son entidades con intereses que pueden verse impulsados por la selección natural. Sus intereses no son los nuestros. “Un meme”, dice Dennett, “es una carga de información con genio”. Cuando hablamos de luchar por un principio o morir por una idea, podríamos estar siendo más literales de lo que creemos.
Como los genes, los memes tienen efectos en el mundo al margen de sí mismos. En algunos casos (el meme de encender el fuego, el de usar ropa, el de la resurrección de Jesús) los efectos pueden ser realmente poderosos. A la vez que diseminan su influencia por el mundo, los memes influyen en las condiciones que afectan a sus opciones de sobrevivir. Los memes que comprenden el código Morse obtuvieron un efecto enérgico y positivo. Algunos memes reportan evidentes beneficios para sus anfitriones humanos (“Mira antes de saltar”, conocimiento del RCP, lavarse las manos antes de cocinar), pero el éxito memético y el éxito genético no son la misma cosa. Los memes pueden replicarse con impresionante virulencia a la vez que dejan un reguero de daños colaterales: patentes de medicinas y cirugía psíquica, astrología y satanismo, mitos racistas, supersticiones. En cierto modo, estos son los más interesantes: los memes que prosperan en detrimento de sus anfitriones, como por ejemplo la idea de que los terroristas suicidas encontrarán su recompensa en el cielo.

Un gorila aprendiendo a dar collejas por mimética.

Los memes podían viajar sin palabras antes incluso de que naciera el lenguaje. La simple imitación basta para replicar el conocimiento: cómo afilar una punta de lanza o encender un fuego. Entre los animales, se sabe que los chimpancés y los gorilas adquieren comportamientos por imitación. Algunas especies de pájaros aprenden sus canciones, o al menos variantes de las mismas, tras oírselas a otros pájaros (o, de un tiempo a esta parte, a ornitólogos con reproductores de audio). Los pájaros desarrollan repertorios y dialectos; en resumen, muestran una cultura aviar que precede a la cultura humana en eones. A pesar de estos casos especiales, durante la mayor parte de la historia humana, los memes y el lenguaje han ido de la mano. (Los clichés son memes). El lenguaje hace las funciones del primer catalizador de la cultura. Sustituye a la simple imitación, extendiendo el conocimiento mediante abstracción y codificación. [...]
Una fuente de resistencia —o al menos de incomodidad— fue el paso a segundo término de nosotros los humanos. Afirmar que una persona sólo es un medio para que un gen cree más genes ya era bastante malo. Ahora los humanos debían ser considerados además vehículos para la propagación de memes. A nadie le gusta ser considerado una marioneta. Dennett resumió el problema de la siguiente manera: “No sé a ustedes, pero a mí en principio no me atrae la idea de que mi cerebro sea una especie de montón de abono en el que las larvas de las ideas de otras personas se renuevan, antes de enviar copias de sí mismas en una diáspora de información… ¿Quién está al al cargo según esta visión, nosotros o nuestros memes?”.
Él mismo respondió su pregunta recordándonos que, nos guste o no, raras veces estamos “al cargo” de nuestras mentes. Podría haber citado a Freud, pero en vez de eso citó a Mozart (o eso creía él): “En la noche, cuando no puedo dormir, las ideas se agolpan en mi cerebro. ¿De dónde vienen y cómo llegan hasta mí? Ni lo sé ni tengo nada que ver con ello”. Más tarde a Dennett se le informó de que esta conocida cita no era en realidad de Mozart. Había cobrado vida propia; era un meme bastante exitoso. [...]

Aunque puede que Mozart no tuviera este aspecto, muchos tenemos esta imagen en mente
cuando pensamos en él. Las imágenes también son memes.

A medida que el arco del flujo de la información tiende hacia una conectividad aún mayor, los memes evolucionan más rápido y se extienden más lejos. Su presencia se siente, aunque no se vea, en comportamientos borreguiles, pánicos bancarios, cascadas de información y burbujas financieras. Algunos falsos memes se extienden con ayuda insincera, como la aparentemente imbatible noción de que Barack Obama no nació en Hawaii. Y en el ciberespacio, cada nueva red social se convierte en una nueva incubadora de memes. [...]
En la competición por el espacio de nuestros cerebros y de la cultura, los auténticos combatientes son los mensajes. “El mundo humano está hecho de historias, no de gente”, escribe el novelista David Mitchell, “las personas que las historias usan para contarse a sí mismas no pueden ser culpadas”.
Fred Dretske, filósofo, escribió en 1981: “En el principio estuvo la información. La palabra llegó luego”. Después añadió esta explicación: “La transición se logró mediante el desarrollo de organismos capacitados para explotar selectivamente esta información con objeto de sobrevivir y perpetuar su clase”. Ahora podríamos añadir, gracias a Dawkins, que la transición se logró mediante la información en sí misma, sobreviviendo y perpetuando su clase y explotando selectivamente organismos.
La mayor parte de la biosfera no puede ver la infosfera; es invisible, un universo paralelo que vibra con habitantes fantasmales. Pero no son fantasmas para nosotros. Ahora ya no. Sólo nosotros, los humanos, entre todas las criaturas orgánicas de la tierra, vivimos en ambos mundos a la vez. Es como si, tras haber coexistido durante largo tiempo con lo invisible, hubiéramos empezado a desarrollar la necesaria percepción extrasensorial. Somos conscientes de las muchas especies de información. Nombramos los tipos sardónicamente, como para asegurarnos a nosotros mismos que los entendemos: “mitos urbanos”, “medias verdades”. Los mantenemos vivos en servidores bien refrigerados. Pero no podemos ser sus dueños. Cuando una melodía permanece en nuestros oídos, o una manía cambia el mundo de la moda, o un falso rumor domina la charla global durante meses y desaparece con la misma rapidez con la que llegó, ¿quién es el amo y quién el esclavo?

Leonardo DiCaprio, convertido en meme.

CienciaLibros , , Un comentario

Para mí el sexo es una utopía, no sólo un negocio.
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