Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Domingo 25 de diciembre de 2011

Cuando Werner encontró a Cormac

Haciendo limpieza de fin de año acabo de darme cuenta de que tenía en borrador desde el mes de abril esta curiosa conversación entre Werner Herzog y Cormac McCarthy para el programa radiofónico Science Friday, al que acudieron acompañados por el físico Lawrence M. Krauss. La tesis de este último es que tanto la ciencia como el arte realizan la misma pregunta fundamental: ¿quiénes somos y cuál es nuestro sitio en el universo? Y para ahondar en tal cuestión nada mejor que escucharse entero el podcast que recoge la charla entre estos dos titanes de la cultura contemporánea. A continuación transcribo y traduzco algunos de los puntos álgidos.

Cormac McCarthy.

Lawrence Krauss: Para mí es evidente que tanto la ciencia como el arte plantean las mismas preguntas. Lo mejor que hace la ciencia es obligarnos a replantearnos nuestro lugar en el cosmos. De dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Y esas son las mismas preguntas que aborda el arte, la literatura, la música. Cada vez que lees un libro maravilloso o ves una película estupenda, sales con una perspectiva distinta sobre ti mismo. Y demasiado a menudo me parece que olvidamos ese aspecto cultural de la ciencia.

Cormac McCarthy: A mí siempre me ha interesado la ciencia, particularmente la física. Mi hermano y yo solíamos acudir a las presentaciones que se realizaban en el Instituto para las Ciencias de Santa Fe. Me parece que es algo que ayuda, poder hablar de cosas factuales, en las que hay un acuerdo. Resulta difícil llegar a algún acuerdo en las artes. Cada vez que hay que dar un premio, por ejemplo, es realmente complicado llegar a un consenso sobre quién debería recibirlo. En literatura y en las artes visuales resulta francamente difícil. Pero si hablamos de una teoría física, mira tú, o es cierta o no lo es. Organizas un experimento, le dices a los demás lo que estás buscando y si lo encuentran está ahí y si no, no. Eso me gusta.

Lawrence Krauss: Me resulta fascinante oírte decir eso, porque supongo que, como seres humanos, nos encanta imaginar no sólo el mundo tal como es, sino el mundo como podría ser, la esperanza de mundos mejores. Y eso está muy bien, es importante, pero esa moneda tiene dos caras. Una es que tenemos que aceptar que el mundo en el que vivimos es lo que es, y si la gente reconociese que el mundo es como es, tanto si nos gusta como si no, creo que el modo en el que se comportan las personas cambiaría notablemente. Pero al mismo tiempo, creo que debemos reconocer también que en ocasiones el universo real es más fascinante de lo que podemos imaginar, y puede servir de acicate a nuestra imaginación, no sólo como científicos sino, sospecho, como artistas. Es otro buen motivo para mantenerse al día con algunas de las cosas fantásticas que están sucediendo en el mundo.

Werner Herzog (izquierda) durante el rodaje de La cueva de los sueños olvidados.

Werner Herzog: En mi caso, por ejemplo, una película como Fitzcarraldo, para la cual tuvimos que trasladar un enorme barco a través de una montaña en la jungla amazónica, tuvo su origen en Bretaña, en la costa noroccidental de Francia, donde uno encuentra dólmenes y menhires neolíticos, enormes construcciones de piedra erigidas por millares en hileras paralelas. Y estaba allí sentado intentando pensar cómo lo habría hecho yo si hubiera sido una persona del neolítico, sin maquinaria moderna, y se me acabó ocurriendo un método que en esencia fue el que utilicé para mover el barco por la montaña. Me había enfadado mucho porque un pseudocientífico había postulado que aquellas piedras eran tan pesadas que sólo antiguos astronautas de otros planetas podrían haberlas levantado, y pensé: “Menuda idiotez”. Me irritó tanto que tuve que ponerme a idear un método. Y eso es lo que en última instancia me llevó a trasladar un barco por la selva.

Locutor: Cormac, cuando hablas con científicos, ¿hacen que te sientas pesimista u optimista?

Cormac McCarthy: Algunos de mis amigos probablemente te dirían que es difícil volverme más pesimista. Pero… no sé. Soy pesimista acerca de muchas cosas, pero no creo que deba uno vivir agobiado por ello. El hecho de que mi punto de vista sobre el futuro sea tan lúgubre es en realidad reconfortante, porque así lo más probable es que me equivoque.

Werner Herzog: Yo creo que Cormac no se equivoca, porque resulta bastante evidente que el ser humano como especie desaparecerá en un periodo bastante breve. Cuando digo breve me refiero a dos mil o tres mil años, quizá treinta mil años, quizá trescientos mil, pero no mucho más, porque somos mucho más vulnerables que otras especies, a pesar de poseer cierto grado de inteligencia. No me pone nervioso el hecho de que relativamente pronto tendremos un planeta que no contiene seres humanos.

Lawrence M. Krauss.

Lawrence Krauss: Es curioso que digas eso porque, como científico, oscilo entre ambas posturas. Hay días en los que sí imagino un futuro tan crudo como el de La carretera, porque la humanidad como conjunto no ha demostrado demasiada inteligencia a la hora de apreciar el modo en el que su comportamiento afecta globalmente al planeta. Al mismo tiempo, estoy de acuerdo con Werner, pero no estoy tan seguro de que vayamos a desaparecer porque nos destruyamos nosotros mismos. Podríamos desaparecer por otras causas.

Werner Herzog: Yo tampoco estaba pensando en la autodestrucción. Podría pasar, por supuesto. Pero hay muchos otros sucesos imaginables que podrían aniquilarnos de manera instantánea.

Lawrence Krauss: Sin duda. Eso puede que sea inevitable. Nos gusta imaginar que somos el pináculo de la evolución, pero yo lo dudo. De hecho me parece bastante evidente que, a largo plazo, los ordenadores, si seguimos desarrollándolos como especie, acabarán por adquirir conciencia y probablemente serán muy superiores a nosotros, por lo que la biología deberá de alguna manera adaptarse a ellos. Las películas siempre muestran a los ordenadores como los malos, pero no sé por qué debería ser el caso. Si adquieren conciencia no tendrían por qué ser peores que nosotros. Mi amigo Frank Wilczek siempre se pregunta si abordarían la física del mismo modo. Así que puede que desaparezcamos como especie simplemente por pasar a ser irrelevantes. Pero estoy de acuerdo con Werner y con Cormac, creo que no deberíamos deprimirnos porque el ser humano vaya a desaparecer, deberíamos estar encantados de estar aquí ahora mismo. No veo propósito alguno en el universo, pero eso no me deprime, simplemente significa que deberíamos aprovechar al máximo nuestro breve momento bajo el sol.

Werner Herzog: Nuestro lugar en el universo es éste de aquí. Es lo que tenemos y nada más. El resto es hostil. No podemos huir de nuestro planeta. Los demás planetas del sistema solar no son atrayentes. Y la siguiente estrella está a sólo cuatro años y medio luz, pero a nuestra velocidad máxima tardaríamos 110.000 años en llegar hasta allí. Cientos y cientos de generaciones que no sabrían ni adónde se dirigen. Durante el viaje habría incesto y locura y asesinatos. Y no podemos disolvernos en partículas de luz como en Star Trek y transportarnos a donde sea. Nuestro sitio es éste, éste es nuestro lugar, así que más nos vale cuidarlo. En ocasiones, por supuesto, uno se siente a disgusto. Es como lo que me pasó a mí trabajando en la selva: tras muchas penurias llegué a la conclusión de que, sí, muy a mi pesar, amo la selva.

Werner Herzog: “Amo la selva a mi pesar”.

Cormac McCarthy: Si analizas los clásicos de la literatura, están construidos en torno a la idea de la tragedia. Uno no aprende demasiado de las cosas buenas que le van sucediendo. Pero la tragedia está en el centro de la experiencia humana y es a lo que tenemos que enfrentarnos, es lo que hace que la vida sea difícil y es de lo que queremos aprender, es aquello a lo que queremos saber cómo enfrentarnos, porque es inevitable, no hay nada que podamos hacer para prevenirlo. Así que, ¿cómo te enfrentas a ello? Y toda la literatura clásica habla de cosas que le suceden a individuos que habrían preferido no experimentarlas.

Locutor: Werner, tu nueva película, La cueva de los sueños olvidados, muestra el triunfo de la experiencia humana.

Werner Herzog: Sí que lo hace, porque hay que imaginar que hace 73.000 o 74.000 años se produjo una gigantesca explosión volcánica en Sumatra que casi aniquiló por completo a toda la raza humana. Se dio lo que llamamos el efecto “cuello de botella”, todavía discutido entre científicos, pero al parecer el número de seres humanos quedó por debajo de los 10.000, se habla incluso de sólo 2.000. Empezaron a recuperarse y después vino, por supuesto, la edad de hielo. Hay que imaginarse hace 35.000 años casi toda Europa cubierta de hielo, los Alpes bajo 3.000 metros de hielo. Un mundo completamente distinto, habitado por rinocerontes peludos, mamuts, leones en el sur de Francia. Y de repente estas pinturas [las de Chauvet-Pont-d'arc] nos muestran que de ahí es de donde venimos. Que ahí empezó nuestro espíritu, nuestra naturaleza, nuestra alma de hombre moderno.

Cormac McCarthy: Para mí lo más interesante de las cuevas es la longevidad de esta escuela artística. Las más antiguas que conocemos son las de Chauvet y son de hace 32.000 años. Y si miramos las del periodo magdaleniense, que son de hace 11.000 años, han transcurrido 20.000 años y las pinturas son prácticamente iguales. El uso de la perspectiva, el estilo, sus constantes; para mostrar por ejemplo que la pierna de un animal no está delante sino detrás la desconectan del cuerpo. Todas estas cosas persistieron, y si miramos las pinturas de Chauvet son en realidad iguales, la misma escuela de pensamiento, la misma escuela artística, el mismo tipo de obra. Eso me resulta asombroso, que haya podido existir una escuela artística que se haya mantenido durante 20.000 años. Nunca he oído a nadie hablar sobre eso y estaría enormemente interesado en saber lo que piensan las personas que lo han estudiado. Evidentemente ahí hay una cultura. Los artefactos surgen de una cultura, tiene que haber una cultura antes. Y obviamente ahí hay una cultura muy fuerte y muy rica que se mantuvo durante miles y miles de años. De hecho, cuando llegamos al periodo de las primeras ciudades, como Çatal Höyük, lo primero que encontramos son pinturas de toros en las paredes. ¡Y no son tan buenas! El arte había entrado ya en declive (risas). La otra cosa de la que no parece hablarse mucho es que uno no entraba en la cueva y se ponía a pintar sin más. Había que aprender a hacerlo antes. De modo que evidentemente debían practicar antes, probablemente al aire libre. Porque cuando entraban en la cueva para pintar en la pared, mira tú, eran pintores bastante buenos. Nadie ha encontrado restos de una obra pintada por ineptos.

Pintura de un oso hallada en Chauvet.

Werner Herzog: Lo fascinante de las pinturas en la cueva de Chauvet es que parece como si todo un mundo hubiera sido articulado y casi inventado, los animales son realistas y a la vez parecen una invención, fruto de la fantasía. Y ahora quisiera hablar un poco de Cormac, porque lo mismo pasa en su obra, él también inventa paisajes enteros. Inventa los caballos, al describirlos de un modo que nunca habíamos oído con anterioridad. Cormac inventa todo un paisaje desconocido para nosotros, aunque ya pareciera existir en, pongamos, la obra de Faulkner y su profundo Sur, o en el modo en el que Conrad describe el Congo y la jungla y los misterios. Su literatura no carece de precedentes, tiene el mismo calibre que hemos visto en, por ejemplo, las dos últimas páginas de Moby Dick. Melville. Lo hemos visto en lo mejor de Faulkner, en lo mejor de mi escritor favorito del siglo XX, el autor de Tifón y El negro del Narciso, Joseph Conrad, cuyo lenguaje materno ni siquiera era el inglés. Y qué gran estilista. Pero durante décadas no habíamos visto literatura con un lenguaje y un estilo equiparable al tuyo. Punto.

Cormac McCarthy: Vaya, eres muy generoso. No sé. Esta mañana estaba pensando que debería releer Spotted Horses, el relato de Faulkner, porque se me ocurre que lo que tiene de absorbente ese relato es su pura exuberancia y exageración. Esos caballos locos y salvajes que han escapado del corral y corren campo a través, y uno de ellos cruza un puente y se encuentra con un carro que viene de frente y creo que Faulkner lo describe apartándose “y trepando a un árbol como una ardilla”. (Risas) Bueno no parece demasiado factible, pero resulta francamente evocador.

CienciaCineLibros , 2 comentarios

Martes 26 de abril de 2011

En el principio fue la información

Lo primero que me llamó la atención de The Information: A History, A Theory, A Flood, de James Gleick, fue su monumental portada, diseñada por Peter Mendelsund, que me dejó sencillamente boquiabierto y con ganas de echarle las zarpas. Sin embargo, me daba un poco de reparo que el texto pudiera resultarme un tanto árido o excesivamente académico. Afortunadamente, la semana pasada la revista Smithsonian colgó en su web un extracto del mismo, reconvertido en artículo, que me ha convencido del todo. Tanto me ha entusiasmado, de hecho, que no he podido evitar traducir unos cuantos párrafos (el artículo original es mucho más extenso y recomiendo vivamente su lectura íntegra). Aquí los dejo por si a alguien más le pica la curiosidad, a la espera de que algún avezado editor se decida a publicar entre nosotros el libro completo (¡preferiblemente cuanto antes y respetando la portada!).

¿QUÉ DEFINE UN MEME?
Por James Gleick
«Lo que yace en el corazón de todo ser vivo no es fuego, ni un aliento cálido, ni una “chispa de la vida”. Es información, palabras, instrucciones», declaró Richard Dawkins en 1986. Convertido ya para entonces en uno de los principales biólogos evolutivos del mundo, acababa de capturar el espíritu de una nueva era. Las células de un organismo son nodos en una red de comunicaciones densamente entrelazadas, transmitiendo y recibiendo, codificando y descodificando. La propia evolución encarna un intercambio de información continuo entre organismo y ambiente. «Si quieres entender la vida», escribió Dawkins, «no pienses en légamos vibrantes y fluidos palpitantes, piensa en tecnología de la información». [...]
El auge de la teoría de la información instigó e impulsó una nueva visión de la vida. El código genético había dejado de ser una mera metáfora y estaba siendo descifrado. Los científicos se referían con grandiosidad a la biosfera: una entidad compuesta por todas las formas vitales de la tierra, rebosante de información, evolucionando y replicándose. Y los biólogos, tras haber absorbido los métodos y el vocabulario de las ciencias de la comunicación, fueron más allá para aportar sus contribuciones a la comprensión de la propia información. [...]

James Gleick.

Jacques Monod, el biólogo parisino que compartió un premio Nobel en 1965 por averiguar el papel jugado por las moléculas de ARN mensajero en la transmisión de información genética, propuso una analogía: igual que la biosfera se alza por encima del mundo de la materia inerte, hay otro “reino abstracto” que se alza sobre la biosfera. ¿Los habitantes de dicho reino? Las ideas.
“Las ideas han conservado algunas de las propiedades de los organismos”, escribió. “Al igual que ellos, tienden a perpetuar su estructura y a reproducirse; también pueden fusionarse, recombinarse, segregar sus contenidos; de hecho, también pueden evolucionar, y la selección debe de jugar un papel importante en dicha evolución”.
Las ideas tienen “poder para extenderse”, indicó —“infecciosidad, podríamos decir”— y algunas más que otras. Un ejemplo de idea infecciosa podría ser una ideología religiosa que cobra influencia sobre un grupo numeroso de personas. El neurofisiólogo norteamericano Roger Sperry había adelantado una noción similar varios años antes, argumentando que las ideas son “exactamente tan reales” como las neuronas que ocupan. Las ideas tienen poder, dijo:

Las ideas provocan ideas y ayudan a la evolución de nuevas ideas. Interactúan las unas con las otras así como con otras fuerzas mentales dentro del mismo cerebro, en cerebros vecinos y, gracias a las comunicaciones globales, también en otros cerebros lejanos y ajenos. Y también interactúan con el entorno exterior para producir, en conjunto, un avance explosivo en la evolución que va mucho más allá de cualquier otra cosa que hayamos podido ver en la escena evolutiva.

Monod añadió: “No me arriesgaré a aventurar una teoría de la selección de las ideas”. Tampoco hizo falta. Otros estaban dispuestos a ello.
Dawkins también dio el salto de la evolución de los genes a la evolución de las ideas. Para él, el papel protagonista es el del replicador, y lo que menos importa es que los replicadores estén hechos de ácido nucleico o no. Su regla es: “Toda la vida evoluciona según la supervivencia diferencial de las entidades replicadoras”. Allí donde haya vida, tiene que haber replicadores. Quizá en otros mundos los replicadores puedan surgir de una química basada en el silicio… o en ningún tipo de química.
¿Qué significaría para un replicador existir al margen de la química? “Creo que una nueva especie de replicador ha emergido recientemente en nuestro mismo planeta”, proclamó Dawkins en las últimas páginas de su primer libro, El gen egoísta, en 1976. “Nos está mirando a la cara. Aunque aún está en su infancia, dejándose llevar torpemente por su caldo primordial, ya está alcanzando el cambio evolutivo a un ritmo que deja a los viejos genes jadeando muy atrás”. Ese “caldo” es la cultura humana; el vector de transmisión es el lenguaje, y el lugar de cultivo es el cerebro.

Richard Dawkins.

Dawkins propuso un nombre para este replicador incorpóreo. Lo llamó el meme, y acabaría siendo su invención más memorable, mucho más influyente que sus genes egoístas o que sus posteriores proselitismos en contra de la religión. “Los memes se propagan a través del banco de memes saltando de cerebro en cerebro mediante un proceso que, a grandes rasgos, puede llamarse imitación”, escribió. Compiten unos con otros para hacerse con el control de unos recusos limitados, tiempo cerebral o ancho de banda. Sobre todo, compiten por nuestra atención. Por ejemplo: ideas, canciones, frases hechas, imágenes. [...]
Los memes emergen de los cerebros y salen al exterior, estableciendo cabezas de playa sobre papel, celuloide, silicio y allá donde pueda viajar la información. No deben de ser considerados partículas elementales, sino organismos. El número tres no es un meme; tampoco lo es el color azul, ni ningun pensamiento sencillo, igual que un único nucleótido no puede ser un gen. Los memes son unidades complejas, distintivas y memorables. Unidades con el poder de perdurar.
Tampoco un objeto es un meme. El hula hoop no es un meme; está hecho de plástico, no de bits. Cuando esta especie de juguete se extendió en 1958 por todo el mundo en una loca epidemia, fue el producto, la manifestación física, de un meme o memes: el anhelo de tener un hula hoop; los meneos, balanceos y habilidades necesarias para usarlo. El hula hoop en sí mismo es un vehículo para el meme. También, de igual modo, lo son todos aquellos que lo usan; un vehículo sorprendentemente efectivo en el sentido perfectamente explicado por el filósofo Daniel Dennett: “Un carro con ruedas de radios no sólo traslada grano o cualquier otra carga de un lugar a otro; traslada la brillante idea de un carro con ruedas de radios de mente en mente”. [...]

El hula hoop no fue un meme. La fiebre de usarlo sí.

Durante la mayor parte de nuestra historia biológica los memes existieron efimeramente, su principal modo de transmisión era el llamado “boca a boca”. Últimamente, sin embargo, han conseguido adherirse a sustancias sólidas: tabletas de barro, paredes de cuevas, hojas de papel. Adquieren longevidad a través de nuestras plumas y nuestras imprentas, cintas magnéticas y discos ópticos. Se diseminan a través de antenas y redes digitales. Los memes pueden ser relatos, recetas, habilidades, leyendas o modas. Y nosotros los copiamos, de individuo en individuo. El otro punto de vista, desde la perspectiva centrada en el meme de Dawkins, es que se copian a sí mismos.
“Creo que, dadas las condiciones adecuadas, los replicadores se juntan automáticamente para crear sistemas, o máquinas, que les dan movilidad y trabajan para favorecer su replicación continua”, escribió. Con esto no pretende sugerir que los memes sean actores conscientes; sólo que son entidades con intereses que pueden verse impulsados por la selección natural. Sus intereses no son los nuestros. “Un meme”, dice Dennett, “es una carga de información con genio”. Cuando hablamos de luchar por un principio o morir por una idea, podríamos estar siendo más literales de lo que creemos.
Como los genes, los memes tienen efectos en el mundo al margen de sí mismos. En algunos casos (el meme de encender el fuego, el de usar ropa, el de la resurrección de Jesús) los efectos pueden ser realmente poderosos. A la vez que diseminan su influencia por el mundo, los memes influyen en las condiciones que afectan a sus opciones de sobrevivir. Los memes que comprenden el código Morse obtuvieron un efecto enérgico y positivo. Algunos memes reportan evidentes beneficios para sus anfitriones humanos (“Mira antes de saltar”, conocimiento del RCP, lavarse las manos antes de cocinar), pero el éxito memético y el éxito genético no son la misma cosa. Los memes pueden replicarse con impresionante virulencia a la vez que dejan un reguero de daños colaterales: patentes de medicinas y cirugía psíquica, astrología y satanismo, mitos racistas, supersticiones. En cierto modo, estos son los más interesantes: los memes que prosperan en detrimento de sus anfitriones, como por ejemplo la idea de que los terroristas suicidas encontrarán su recompensa en el cielo.

Un gorila aprendiendo a dar collejas por mimética.

Los memes podían viajar sin palabras antes incluso de que naciera el lenguaje. La simple imitación basta para replicar el conocimiento: cómo afilar una punta de lanza o encender un fuego. Entre los animales, se sabe que los chimpancés y los gorilas adquieren comportamientos por imitación. Algunas especies de pájaros aprenden sus canciones, o al menos variantes de las mismas, tras oírselas a otros pájaros (o, de un tiempo a esta parte, a ornitólogos con reproductores de audio). Los pájaros desarrollan repertorios y dialectos; en resumen, muestran una cultura aviar que precede a la cultura humana en eones. A pesar de estos casos especiales, durante la mayor parte de la historia humana, los memes y el lenguaje han ido de la mano. (Los clichés son memes). El lenguaje hace las funciones del primer catalizador de la cultura. Sustituye a la simple imitación, extendiendo el conocimiento mediante abstracción y codificación. [...]
Una fuente de resistencia —o al menos de incomodidad— fue el paso a segundo término de nosotros los humanos. Afirmar que una persona sólo es un medio para que un gen cree más genes ya era bastante malo. Ahora los humanos debían ser considerados además vehículos para la propagación de memes. A nadie le gusta ser considerado una marioneta. Dennett resumió el problema de la siguiente manera: “No sé a ustedes, pero a mí en principio no me atrae la idea de que mi cerebro sea una especie de montón de abono en el que las larvas de las ideas de otras personas se renuevan, antes de enviar copias de sí mismas en una diáspora de información… ¿Quién está al al cargo según esta visión, nosotros o nuestros memes?”.
Él mismo respondió su pregunta recordándonos que, nos guste o no, raras veces estamos “al cargo” de nuestras mentes. Podría haber citado a Freud, pero en vez de eso citó a Mozart (o eso creía él): “En la noche, cuando no puedo dormir, las ideas se agolpan en mi cerebro. ¿De dónde vienen y cómo llegan hasta mí? Ni lo sé ni tengo nada que ver con ello”. Más tarde a Dennett se le informó de que esta conocida cita no era en realidad de Mozart. Había cobrado vida propia; era un meme bastante exitoso. [...]

Aunque puede que Mozart no tuviera este aspecto, muchos tenemos esta imagen en mente
cuando pensamos en él. Las imágenes también son memes.

A medida que el arco del flujo de la información tiende hacia una conectividad aún mayor, los memes evolucionan más rápido y se extienden más lejos. Su presencia se siente, aunque no se vea, en comportamientos borreguiles, pánicos bancarios, cascadas de información y burbujas financieras. Algunos falsos memes se extienden con ayuda insincera, como la aparentemente imbatible noción de que Barack Obama no nació en Hawaii. Y en el ciberespacio, cada nueva red social se convierte en una nueva incubadora de memes. [...]
En la competición por el espacio de nuestros cerebros y de la cultura, los auténticos combatientes son los mensajes. “El mundo humano está hecho de historias, no de gente”, escribe el novelista David Mitchell, “las personas que las historias usan para contarse a sí mismas no pueden ser culpadas”.
Fred Dretske, filósofo, escribió en 1981: “En el principio estuvo la información. La palabra llegó luego”. Después añadió esta explicación: “La transición se logró mediante el desarrollo de organismos capacitados para explotar selectivamente esta información con objeto de sobrevivir y perpetuar su clase”. Ahora podríamos añadir, gracias a Dawkins, que la transición se logró mediante la información en sí misma, sobreviviendo y perpetuando su clase y explotando selectivamente organismos.
La mayor parte de la biosfera no puede ver la infosfera; es invisible, un universo paralelo que vibra con habitantes fantasmales. Pero no son fantasmas para nosotros. Ahora ya no. Sólo nosotros, los humanos, entre todas las criaturas orgánicas de la tierra, vivimos en ambos mundos a la vez. Es como si, tras haber coexistido durante largo tiempo con lo invisible, hubiéramos empezado a desarrollar la necesaria percepción extrasensorial. Somos conscientes de las muchas especies de información. Nombramos los tipos sardónicamente, como para asegurarnos a nosotros mismos que los entendemos: “mitos urbanos”, “medias verdades”. Los mantenemos vivos en servidores bien refrigerados. Pero no podemos ser sus dueños. Cuando una melodía permanece en nuestros oídos, o una manía cambia el mundo de la moda, o un falso rumor domina la charla global durante meses y desaparece con la misma rapidez con la que llegó, ¿quién es el amo y quién el esclavo?

Leonardo DiCaprio, convertido en meme.

CienciaLibros , , Un comentario

Sábado 31 de octubre de 2009

La cultura del riesgo

Las palabras “No” e “Imposible” y frases como “Eso no se puede hacer” son las que le provocan una erección.
El actor Bill Paxton, hablando sobre James Cameron.

Hace un par de semanas escribí un borrador de entrada inspirado por el fallecimiento en Estados Unidos del columnista, analista político y novelista ocasional William Safire, un señor al que yo no conocía de nada, pero que por las fotos me recordaba al siempre inquietante Robert Loggia. En cualquier caso, no era ese detalle el que me interesaba de su figura, sino su período como redactor de discursos para el presidente Richard Nixon y en concreto un documento tirando a curioso recuperado por varias páginas web a raíz de su defunción: un discurso alternativo preparado en caso de que la misión Apolo 11 hubiera fracasado y los astronautas Armstrong y Aldrin hubieran quedado varados en la luna. El texto en sí no es ni mucho menos la bomba, pero creo que tiene su interés histórico y dice así:

El discurso de William Safire. Pincha para ampliar.

En caso de desastre lunar
El destino ha dictaminado que los hombres que han ido la luna para explorar pacíficamente, permanezcan en la luna descansando en paz.
Estos hombres valerosos, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no tienen esperanza de ser rescatados. Pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio.
Estos dos hombres están entregando sus vidas en pos del objetivo más noble de la humanidad: la búsqueda de la verdad y el entendimiento.
Serán llorados por sus familiares y amigos; serán llorados por su nación; serán llorados por las gentes de todo el mundo; serán llorados por una Madre Tierra que osó enviar a dos de sus hijos hacia lo desconocido.
En su exploración, animaron a los pueblos del mundo a sentirse uno solo; en su sacrificio, estrechan aún más el lazo de la hermandad del hombre.
En la antigüedad, los hombres miraban hacia las estrellas y veían a sus héroes en las constelaciones. En estos tiempos modernos, hacemos prácticamente lo mismo, pero nuestros héroes son hombres épicos de carne y hueso.
Otros les seguirán, y con seguridad encontrarán el camino de regreso a casa. La búsqueda del hombre no será negada. Pero estos hombres fueron los primeros, y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones.
Pues todo ser humano que mire hacia la luna en las noches futuras, sabrá que hay un rincón de otro mundo que será para siempre de la humanidad.

Cuadro de Alan Bean, miembro de la expedición Apolo 12.

El texto de Safire, por ñoño y sentimentaloide que pueda resultar, me provocó un ligero estremecimiento al pensar lo que habría supuesto comunicar el fracaso de la misión lunar en un momento en el que los astronautas habrían seguido vivos, aunque sin esperanza de rescate (náufragos espaciales condenados a una muerte bastante horrible), y a la vez me admiró por el modo en el que deja bien claro y con dos cojones que el proyecto lunar iba a seguir adelante sí o sí, algo impensable en un momento como el actual, en el que cualquier fracaso similar implicaría automáticamente la cancelación del proyecto. El éxito de la misión lunar Apolo 11 (y siguientes, a excepción de ya sabéis cuál) nos ha hecho olvidar en parte lo sumamente arriesgado de aquellas misiones, las cuales contaban con un porcentaje tan elevado de posibilidades de acabar mal que, dicho por miembros de la propia NASA, hoy no se habrían atrevido a llevarlas a cabo. Todo lo cual se suponía que me iba a dar para una reflexión acerca de cómo hemos ido abandonando progresivamente una cultura del riesgo, de la aventura, de la exploración, para entrar de lleno en una cultura de la “seguridad”, del temor y, en resumidas cuentas, del más perezoso conformismo. Por desgracia, el tema me venía grande y no encontré el modo adecuado de expresarlo como a mí me habría gustado, de modo que lo dejé aparcado.

James Cameron dirigiendo una escena de Avatar.

Hasta que hace un par de días me encontré con este impresionante artículo acerca de James Cameron escrito por Dana Goodyear para The New Yorker, probablemente el mejor texto que he leído en mi vida acerca de este loco maravilloso con el que no niego que debe de dar miedo currar, pero al cual yo admiro profundamente al margen de lo cinematográfico, principalmente porque lleva toda la vida trabajando para labrarse una fortuna que le permita hacer lo que le salga de las narices, sea bajar al fondo de las Marianas o hacer turismo espacial. Y eso a mí me pone verraco ya sólo de pensarlo. El artículo, como digo, es buenísimo y lo recomiendo vivamente; iba a traducir un par de fragmentos pero al final he desistido porque, de verdad, hay que leerlo entero.
Sí me quedo sin embargo con este pequeño extracto que viene al pelo de todo lo que os estaba contando al principio, y que resume con toda la eficacia de las frases lapidarias lo que a mí me habría gustado desarrollar y argumentar hasta que me di cuenta de que iba a ser incapaz:

“Marte es uno de los planetas más apropiados”, dice Cameron. “Porque realmente se puede aterrizar en él y está lo suficientemente cerca como para que podamos llegar, y está lo suficientemente cerca del sol como para no ser una enorme bola de hielo”. Cameron es un miembro reputado dentro de la Mars Society, una organización privada entre cuyos miembros se cuentan escritores de ciencia ficción y astronautas (Gregory Benford, Buzz Aldrin), cuyo propósito es abogar por la exploración y colonización de dicho planeta. “En última instancia deberíamos tener colonias en Marte, para expandir la huella de la raza humana”, dice Cameron. Comparte con la Mars Society la opinión de que la NASA —de cuyo consejo consultivo formó parte durante tres años— ha pasado a tenerle demasiada aversión al riesgo. “Hemos pasado básicamente a ser unos cobardes”, dice. “Como sociedad, vivimos gordos y felices y cómodos y hemos perdido todo el empuje”.

¡Vámonos pa’ Marte!

Y yo, al margen de que lo de Marte me parezca más o menos factible o más o menos interesante, estoy completamente de acuerdo con el bueno de Cameron. Y creo que uno ha de ponerse metas, que pueden ser modestas, no tienen por qué ser las de un Shackleton o un Lindbergh o un Chuck Yeager (a los cuales no habría a día de hoy Gobierno ni empresa privada que permitiera realizar sus hazañas). Ni siquiera las de un Philippe Petit. Pero sí descubrir el placer de arriesgar. Y promoverlo. Y en caso de casos no obsesionarse tanto con eso que llaman el éxito y abrazar un poco más el fracaso, que es de donde se aprende. (Y si al final resulta que Avatar es una mierda, seguiré quitándome el sombrero ante James Cameron aunque sólo sea por haber tenido el valor de ponerse una vez más en una situación de vulnerabilidad ante todos aquellos a los que les gustaría verlo fracasar).

CienciaCine , , 2 comentarios

Domingo 5 de julio de 2009

Superhéroes de barrio


Science Not Fiction es un blog que me tiene completamente enganchado. Está escrito por varios colaboradores de la revista Discover y es una mina de información para aquellos aficionados a la ciencia que, como yo, prácticamente han aprendido más sobre el tema consumiendo cultura popular que estudiando en firme. Por desgracia, el problema de una educación tan informal es acabar confundiendo las churras con las merinas y no sabiendo realmente qué es ciencia y qué es ficción. Precisamente para dirimir cuáles de esas imaginativas ocurrencias que nos maravillan en películas, series, novelas y tebeos tienen una auténtica base científica, y para explicar didácticamente en qué consiste dicha base, está Science Not Fiction. ¿Que en un episodio de Galáctica reparan la nave con una especie de metal biológico creado por los cylones? En SNF se escriben un artículo sobre avances reales en la creación de sustancias autorreparables. ¿Que en Dollhouse le implantan a Eliza Dushku un aparato en el cerebro para poder ver en una pantalla lo que ella está viendo a través de sus ojos? Resulta que el experimento ya se ha hecho con gatos (y con éxito moderado, por cierto). ¿Que en Terminator: Las Crónicas de Sarah Connor aparece un robot de metal líquido? Te ponen al día con los últimos experimentos en materia multiforme y programable. Francamente, ahora mismo no se me ocurre otro blog en el que leer párrafos tan fascinantes y a la vez delirantes como el siguiente, extraído de la entrada Creando superhéroes:

«Ya que toda la vida en la Tierra utiliza el mismo código genético, en teoría cualquier cosa que encontremos en la naturaleza es susceptible de ser asimilada. Por ejemplo, las células sanguíneas de los cocodrilos contienen un tipo de hemoglobina que oxigena el cuerpo con tal eficiencia que el cocodrilo puede permanecer bajo el agua una hora sin tener que salir a respirar. Un equipo de investigadores ha sido capaz de alterar el ADN responsable de producir la hemoglobina humana para que incorpore algunas de las instrucciones genéticas halladas en la de los cocodrilos, creando de esta manera una hemoglobina humana más eficiente. Dicha hemoglobina superhumana sólo se produce actualmente mediante bacterias en cubas y está pensada para aplicaciones médicas, pero en principio podría adaptarse a seres humanos para que la asimilaran, dándoles poderes parecidos a los de Aquaman».

Y ya que hablamos de superhéroes, aquí os dejo traducido el artículo más reciente aparecido en Science Not Fiction (escrito por Eric Wolff y centrado en parte en uno de mis personajes favoritos de la Marvel) que ha sido el que me ha recordado que les debía una entrada. Pinchad aquí si queréis leer la versión en inglés y no dejéis de revisar sus archivos. Encontraréis cantidad de ejemplos tanto o más curiosos que éste.


Superpoderes incorporados: Ecolocalización entre humanos
Todos sabemos que para obtener superpoderes hace falta un gen mutante, un origen alienígena o un objeto mágico, generalmente acompañados de una cataclísmica desgracia familiar que sirva de motivación. Matt Murdock, más conocido como Daredevil, perdió la vista en un accidente con un camión que transportaba sustancias radioactivas. El accidente incrementó sus otros sentidos, lo que le permite “ver” sirviéndose de una especie de radar que detecta con su súper oído. ¿Pero sabéis qué? Para ver con el oído no necesitamos radar, ni supersentidos, ni siquiera una muerte en la familia. Es algo que podemos hacer todos los seres humanos normales y corrientes.
¿Cómo, os preguntaréis? Prácticamente igual que lo hace Daredevil (o los murciélagos y los delfines): haciendo rebotar el sonido contra nuestro entorno y prestando atención a los ecos. Los ciegos ya hacen algo parecido a esto de una manera instintiva, que generalmente describen diciendo que son capaces de “percibir” un obstáculo cercano, como una pared o una puerta. Lo que están haciendo en realidad es escuchar el modo en el que cambia el ruido de sus pisadas a medida que se aproximan a dicho obstáculo. Un estudio reciente dirigido por el investigador español Juan Antonio Martínez en la Universidad de Alcalá de Henares puso a prueba una serie de sonidos y técnicas diseñadas para enseñar a la gente a usar la ecolocalización para sus propios fines. El sonido más efectivo que podemos producir, según han descubierto, es un chasquido con la lengua.

“El sonido casi ideal es el ‘clic palatal’, un chasquido que se origina poniendo la punta de la lengua en el velo del paladar, justo detrás de los dientes, y realizando un movimiento rápido hacia atrás, aunque es frecuente hacerlo erróneamente hacia abajo”, dijo Martínez en un comunicado de prensa.
Los seres humanos normales, carentes de supersentidos como nosotros, debemos recurrir a la fuerza de voluntad y a la insistencia para poder llegar a ecolocalizar con efectividad. Martinez dice que sus estudiantes necesitaron dos horas al día durante dos semanas para aprender a detectar cuándo tenían un objeto delante de ellos y un par de semanas más para ser capaces de identificar formas como árboles o aceras. Un estudio del año 2000 reveló que un individuo que escuche en movimiento puede aprovechar el efecto Doppler para localizar los objetos con mayor efectividad.
Por otra parte, aquél que tiene un motivo poderoso para aprender a ecolocalizar puede llegar a hacerlo con sorprendente virtuosismo. Ben Underwood, que falleció el mes pasado, perdió la visión a los dos años a causa de un cáncer. Aprendió a patinar y a jugar al futbolín guiándose únicamente por sonidos y ecolocalización (el vídeo es realmente asombroso). Paseaba por la calle proyectando precisamente el tipo de clics recomendados por Martínez y era capaz de distinguir los coches aparcados, de las tomas de agua para los bomberos de los contendores de la basura.
¡Así que todavía hay esperanza para aquellos de nosotros que aún no hemos conseguido ser mordidos por un perrillo radiactivo ni provenimos de un lejano asteroide en órbita alrededor de un sol morado! Ver con los ojos cerrados es un superpoder bien chulo que todos podemos llegar a tener… con mucha práctica.

CienciaCómic , , 2 comentarios

Viernes 3 de julio de 2009

Fuera de este mundo

A través de Guerra Eterna he llegado a este interesante especial elaborado por el diario británico The Guardian a raíz del cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la luna, que se cumplirá el próximo 20 de julio. Merece la pena echarle un vistazo, no sólo por la cantidad de fotos y vídeos que han reunido, sino también por textos tan absorbentes y amenos como el de Tim Radford, titulado The First Man on the Moon, capaces de recuperar y transmitir la sensación de emoción y dramatismo vivida por gran parte del mundo en aquel verano de 1969, así como de aportar varios datos que yo al menos desconocía. La cosa empieza así:

«Ya en aquel instante comprendimos que nuestro mundo había cambiado y que podíamos precisar el momento del cambio prácticamente al segundo. No tuvimos que esperar a que Neil Armstrong saliera del modulo lunar y pronunciara torpemente su portentosa afirmación sobre el pequeño paso para el hombre. Cuando escuchamos las palabras “Huston, aquí Base Tranquilidad, el Eagle ha aterrizado”, no acabamos de ser del todo conscientes de lo que estaba pasando, pero luego, cuando tras una breve y extraña pausa el hombre de Huston al que únicamente conocimos como Capcom se atragantó ligeramente y titubeó, y finalmente dijo: “Os recibimos desde tierra. Tenéis a un montón de tipos a punto de ponerse azules. Por fin volvemos a respirar”, ése fue el momento en el que cien millones de personas de todo el mundo volvieron a respirar también.

»Apolo tuvo una trascendencia que la primera y heroica órbita de Yuri Gagarin nunca podría haber alcanzado. Gagarin había dado la vuelta a la Tierra en 92 minutos en 1961. Había recorrido 38.625 kilómetros en una hora y media; había hecho historia; había confirmado la supremacía espacial de los soviéticos; había logrado algo que muchos pensaban que nunca podría hacerse. Pero dos cosas le separaban del equipo Apolo de ocho años más tarde. Una era que Gagarin había logrado todo aquello antes de que nadie en el mundo supiera que iba a hacerlo, o pudiera saber que iba a hacerlo. Celebramos su triunfo, pero nos perdimos la emoción. La otra es que en realidad nunca dejó la Tierra; voló más alto que nadie, pero seguía siendo prisionero de la gravedad del planeta. Nunca se alejó de la Tierra en una distancia mayor que la que separa a Manchester de Londres.

»Todo en el alunizaje del Apolo, sin embargo, fue una aventura. Era el clímax de una carrera espacial tan igualada que, hasta aquel momento en el Mar de la Tranquilidad, había parecido posible que los rusos llegaran hasta allí los primeros. Dicha carrera se había desarrollado, aunque en aquel momento no podíamos conocer los detalles, a raíz de un duelo de ingenio entre dos hombres. Uno era Wernher von Braun, el antiguo oficial de las Waffen-SS que había diseñado, construido, probado y empleado la que, en 1944, había sido el arma definitiva: la Vergeltungswaffe-2, el arma de la venganza, la V2. Fue el pionero de la tecnocracia norteamericana. Su oponente soviético era una figura tan en la sombra que incluso en la URSS sólo era conocido como el “Diseñador Jefe”. En realidad, Sergei Kolorev era un hombre más extraordinario aún, que había perdido los dientes, la salud y prácticamente la vida en los gulags de Stalin, pero la mayoría de nosotros no supo nada sobre él, ni siquiera su nombre, hasta 1990.

»La decisión de financiar una carrera hacia la luna fue una maniobra dramática fruto de la política de la guerra fría, un acto de exhibicionismo definitivo: el dominio de las alturas del espacio, iniciado por el presidente Kennedy como respuesta a la jactancia de Nikita Jruschev. Pero el sprint hacia la luna también unió a un mundo implacablemente dividido. Nos dio la primera impresión de la soledad y la belleza de nuestro planeta, visto a una distancia de casi medio millón de kilómetros. Y fue el primer paso premeditado en busca de vida extraterrestre. Ahora lo hemos olvidado, pero en 1969 el temor a una infección global provocada por organismos lunares parecía lo suficientemente real como para asegurar que los tres astronautas quedaran en cuarentena biológica nada más regresar a casa. Por encima de todo, fue un momento de dramatismo humano, interpretado con una tecnología frágil y brillante frente al telón de fondo del infinito. Como otros mil millones de personas seguí el acontecimiento, a través de una radio de segunda mano con una antena improvisada en el pequeño salón de una vieja casa de guardavías en Kent mientras mi esposa, mi hijo y mi hija dormían en el piso de arriba. En aquel entonces no era periodista científico, pero había entrado en un periódico a los 16, en 1957, justo a tiempo para el Sputnik 1 y, al igual que otros millones, había seguido de cerca todos y cada uno de los pasos del drama que, aquella noche del 20 de julio de 1969, alcanzó su punto álgido».

El texto prosigue detallando los aspectos técnicos de la expedición y los numerosos problemas que se sucedieron en el transcurso de la misma, enlazando espiritualmente a Armstrong, Aldrin y Collins con los grandes exploradores de antaño, ya que «como el Capitán Cook y otros marinos del siglo XVIII antes que ellos, los astronautas tuvieron que complementar su sistema de navegación guiado por ordenador realizando cálculos con un sextante según la posición de las estrellas. En los 60, el mundo se maravillaba ante los ordenadores de última generación de la NASA, pero olvidamos lo nuevo que era aquel arte. Cualquier lavadora de hoy en día tiene más memoria, programas más elaborados y procesadores más rápidos que la suma de todos los recursos de la NASA en aquel momento».

En cualquier caso, si tengo que quedarme con una de las anécdotas técnicas relacionadas con el viaje a la luna, mi favorita es ésta: «Aquel enorme ejército de cerebros tuvo que trabajar como uno solo y al mismo tiempo pensar en todo, incluida la temperatura del espacio por la que iban a viajar Apolo y Eagle. El espacio es muy frío, pero la luz del sol es muy caliente: la diferencia entre las zonas de luz y sombra fuera de órbita es de más de 200ºC. Si un costado de la nave se calentaba demasiado mientras la otra se enfriaba demasiado, el cableado eléctrico que mantenía el sistema de guiado y las reservas de oxígeno podía colapsarse. De modo que Apolo tuvo que que ir rodando a intervalos durante todo el trayecto de ida y vuelta a la luna».

Para seguir leyendo el texto de Tim Radford, pincha aquí. Y ya que estás, aprovecha para repasar esta sencilla pero informativa guía interactiva de la carrera espacial y del viaje del Apolo 11.
Si te quedas con ganas de profundizar aún más en el tema, no te pierdas la espectacular “historia oral” (en plan El otro Hollywood) Apolo 11, The Untold Story, elaborada por la revista Popular Mechanics. Realmente impresionante y con perlitas como ésta de Neil Armstrong, quizá la más adecuada para Cultura Impopular: «En las obras de ciencia ficción —Julio Verne, H.G. Wells y otros— ningún escritor había llegado jamás a imaginar que los exploradores lunares pudieran estar en contacto con la gente de la Tierra o, más sorprendente aún, que fueran capaces de transmitirles instantáneas o imágenes en movimiento. Así que entendimos que aquel debería ser un componente importante de nuestros objetivos para la expedición». Un bonito modo de reconocer la huella dejada en el inconsciente colectivo por aquellos maestros de la literatura fantástica.

Ciencia , Sin comentarios

Viernes 27 de febrero de 2009

Cuando los pollos dominaban la Tierra

No es que me guste particularmente tirar de la misma fuente para dos entradas consecutivas, pero esta entrevista de Damon Tabor al paleontólogo Jack Horner aparecida hace cuatro días en Wired, a propósito de la próxima publicación de su nuevo libro How to Build a Dinosaur: Extinction Doesn’t Have to Be Forever es demasiado buena como para dejarla pasar. ¡Prometo no volver a citarles en mucho tiempo!


Wired: Dinopollo… Repasemos el concepto.
Jack Horner: Los pájaros son descendientes de los dinosaurios. Llevan consigo su ADN. De modo que, en sus primeras fases, un embrión de pollo desarrollará rasgos propios de un dinosaurio, como la cola, los dientes y patas delanteras acabadas en tres dedos. Si fuéramos capaz de localizar los genes que cancelan el rabo y que fusionan los dedos para crear un ala y aprendiéramos a desactivarlos, podríamos criar animales con características de dinosaurio.
Wired: Es una idea romántica, esa de que los dinosaurios puedan pervivir en forma de pájaros.
Horner: Los dinosaurios no están extintos; en ese sentido siguen aquí con nosotros. Los pájaros tienen un aspecto diferente, sí, pero eso sólo es cosmética. Trasteando algunos de esos genes deberíamos poder volver a hacer visibles esas similitudes subyacentes. Y sí, es una idea descabellada, pero me gusta empezar la casa por el tejado.
Wired: Usted fue asesor en Parque Jurásico. ¿Deberíamos preocuparnos?
Horner: Mire, tampoco es que el dinopollo vaya a conquistar el mundo. Si se aparea con una gallina seguirán teniendo pollos. Eventualmente, a lo mejor conseguimos animales que se parezcan más a los dinosaurios, pero no tendremos manadas de velocirraptores sueltos.
Wired: ¿Algún espinoso dilema ético?
Horner: Si piensa usted que estamos jugando a Dios, quizá. Pero ya estamos modificando plantas y ratones. Y no veo a demasiada gente llevándose las manos a la cabeza quejándose porque haya mejores tomates.
Wired: ¿Le critican otros investigadores?
Horner: Los científicos que juegan siguiendo las reglas de otros no tienen demasiadas oportunidades de hacer nuevos descubrimientos.
Wired: La inversión inicial salió de su propio bolsillo. ¿Es un problema el dinero?
Horner: No debería costar más de un par de millones de dólares. No es demasiado dinero para tratarse de un experimento científico importante.
Wired: ¿Cuáles son las ventajas? ¿Qué piensa ganar con esto?
Horner: En última instancia, esperamos que pueda conducir a una cura para los defectos genéticos. Una vez hayamos aprendido a controlar los genes, tendremos la posibilidad potencial de regenerar la médula espinal, regenerar los huesos, etcétera, etcétera. A lo mejor también conseguimos pollos más rollizos.
Wired: Ciertamente demostraría que los creacionistas están completamente equivocados.
Horner: La religión se basa en la fe, no en las pruebas. Comparar la ciencia con la religión no es como comparar manzanas con naranjas, es más bien como comparar manzanas con máquinas de coser.
Wired: En su libro afirma su intención de presentar al dinopollo en el programa de Oprah Winfrey. ¿Por qué?
Horner: La criatura sería su mejor propio portavoz. Contribuiría mucho a convencer a la gente de que son muchas las cosas que podemos aprender con este tipo de experimentos, sobre biología, desarrollo, evolución. De otro modo, sólo somos un grupo de científicos alocados creando monstruos en nuestros laboratorios.

Pincha aquí para ver la entrevista en inglés.
Pincha aquí para ver la web del Museo de las Rocosas, de cuya área de paleontología es conservador Jack Horner.


Un dinopollo que tengo suelto por casa.

CienciaEntrevistas , , 5 comentarios

Miércoles 11 de febrero de 2009

Un hombre solo en la vasta cordillera

Cordilleras desde Santiago de Chile. Ilustración de R. T. Pritchett.

Por fin los hombres llegaron al paso del Portillo, la «pequeña puerta» de las montañas, y miraron sobrecogidos la inmensa planicie de la pampa a sus pies, una vasta extensión de tierras sólo interrumpida por los ríos que corrían como hilos de plata bajo el sol del amanecer antes de desvanecerse en la lejanía. Darwin había logrado su objetivo.
Empezaron el descenso hacia el puesto fronterizo de la república de Mendoza. En una de las paradas, Darwin colocó trampas y logró cazar otro ratón.
—Este ratón es distinto de los que hay en el lado de Chile —declaró.
—Pues claro —dijo Mariano echándole un rápido vistazo—. Los ratones chilenos son diferentes de los ratones de Mendoza.
—Todos los animales del lado de Chile son diferentes de los animales del lado de Mendoza —explicó Gonzales como si estuviera hablando con un idiota.
—¿Todos? ¿Está usted seguro? —Debía tener cuidado con las afirmaciones de los guasos. Mariano y Gonzales no habían demostrado ser muy perspicaces en el campo de la historia natural.
—Todo el mundo lo sabe, don Carlos. En cuanto a los cóndores, bueno, en su caso pueden volar de un lado al otro, así que es diferente. Pero los demás animales no cruzan los pasos entre las montañas. Hace demasiado frío. Por consiguiente, los animales chilenos y los mendocinos son completamente distintos.
A Darwin le daba vueltas la cabeza. Eso significaba que los animales habían empezado a existir después de que se alzaran los Andes, y que los Andes aún estaban alzándose. Por tanto, no podían haber sido creados por Dios en el sexto día. Entonces, los dos grupos de animales eran criaturas nuevas, o —la aterradora monstruosidad de esa posibilidad hizo que se le pusiera el pelo de punta— se habían transmutado, o metamorfoseado, desde ancestros originales y comunes. Enseguida se sintió diminuto e insignificante ante la inmensa y apenas comprensible escala de tales cambios; un hombre solo en la vasta cordillera.

Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de Charles Darwin y, por momentos, se diría que el pobre hombre sigue ahí solo, a su edad, en lo alto de esa vasta cordillera; la que separa la razón de la superstición. Cierto es que, si uno se para a pensarlo, sobre todo en comparación con los dieciocho siglos precedentes, la revolución ideológica producida en los ciento cincuenta años transcurridos desde la publicación de su El origen de las especies es realmente vertiginosa, pero a uno no deja de impresionarle lo mucho que queda aún por hacer, y esta especie de revival protagonizado por el creacionismo a lo largo de estas dos últimas décadas, con lavado de cara incluido para ponerlo al día mediante “teorías” como la del diseño inteligente o supuestos museos como el de Cincinnati, con la pretensión de presentar lo que no es sino un acto de fe como una “afirmación científica, lógica y razonable”, no hace sino reivindicar la figura de Darwin como un gigante entre pigmeos, un hombre avanzado no sólo para su época sino también para la nuestra. Si Copérnico nos rescató del geocentrismo para ponernos en nuestro lugar, Darwin nos sacudió de un gorrazo las pretensiones de ser hijos del hálito divino (que ya es ser presuntuosos) para revelarnos como pura biología, evolución, accidente. Algo que muchos aún se resisten a asumir.

El Beagle en el estrecho de Magallanes. Ilustración de R. T. Pritchett.

Es por ello que me parece fenomenal la reivindicación de la figura de Darwin llevada a cabo desde diversos ámbitos a lo largo de este año y a ella me sumo, como cientos de otros blogs en estos días, para hablaros no de su vida ni de su obra, sino para recomendaros un libro. Un libro realmente magnífico (y que conste que éste no es precisamente un adjetivo del que suela hacer mucho abuso) que se cuenta sin lugar a dudas entre mis lecturas favoritas de la última década. Se trata de Hacia los confines del mundo (editado en España por Salamandra), del británico Harry Thompson, que narra, entre otras cosas, el viaje de Darwin a bordo del Beagle y del cual está extraído el párrafo que encabeza esta entrada. Y digo entre otras cosas porque, al margen de ser una excelente novela de aventuras, Thompson no se queda sólo en la peripecia ni se centra sólo en Darwin. De hecho, Darwin es más bien el coprotagonista de una narración centrada primordialmente en el capitán Robert Fitz-Roy, responsable de la expedición y una figura, al menos para los legos como yo, ampliamente desconocida. Thompson maneja con audacia y maestría todos los recursos de los grandes novelistas de antaño: personajes descritos con tal talento que es difícil no simpatizar tanto con unos como con otros, a pesar de defender posturas básicamente antagónicas; situaciones complejas, desarrolladas en su justa medida como para que tengan un peso específico en el devenir de los acontecimientos; y un ritmo endiablado que no decae en ningún momento, ni en las secuencias más explosivas (tormentas, batallas navales, terremotos) ni en la más introspectivas. Quizá el mayor hallazgo de Thompson, en cualquier caso, sea el modo en el que a lo largo de la novela las ideas van surgiendo y tomando forma a raíz de la acción y cómo, al igual que en las grandes tragedias, dos espíritus afines movidos por una voraz curiosidad por entender el mundo que les rodea acaban enfrentados en posturas irreconciliables; un drama humano, en definitiva, al amparo de una de las mayores aventuras científicas que ha dado la historia.

Izquierda: Retrato de Darwin a los 31 años por George Richmond.
Derecha: Edición española de Hacia los confines del mundo.


Por desgracia, Harry Thompson falleció a los cuarenta y cinco años en noviembre de 2005, cinco meses después de haber publicado ésta, su primera y última novela. Una verdadera lástima porque, al margen de su apasionante trama, Hacia los confines del mundo revela a un autor completamente formado, en pleno control de sus facultades y con un dominio del lenguaje y de la estructura dramática francamente envidiables. Curiosamente, los trabajos anteriores de Thompson incluyen decenas de guiones para programas de radio, concursos televisivos y comedias como El show de Ali G y tres biografías: una de Peter Cook, otra de Richard Ingrams y una tercera titulada Tintin: Hergé and His Creation que sigue inédita en castellano y a la que le estoy deseando hincar el diente. Nada, en cualquier caso, que pudiera haber anticipado tamaño tour de force literario. Sí que comparten, según parece, el aparente rigor con el que afrontaba sus biografías, presente sin lugar a dudas en todas las páginas de este monumental libro que, una vez más, os recomiendo con fervor.
Mientras os hacéis con él y para terminar de rematar el día de Darwin, aquí os dejo unos cuantos vínculos variados.

  • Una interesante entrevista con Harry Thompson aparecida en el Guardian en junio del 2005, a propósito de su libro y la figura de Darwin.
  • Un ebook que reproduce al completo una reedición ilustrada de 1913 del libro de Darwin A Naturalist’s Vogaye Round the Globe, en el que describe su viaje a bordo del Beagle y una de las principales referencias para el libro de Thompson. Considerado todo un clásico de los libros de viajes, fue un auténtico éxito de ventas en su época.
  • El obituario de Darwin en el Times del 21 de abril de 1882.
  • Un estupendo set de fotos de las Islas Galápagos en flickr.
  • Para celebrar el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, la BBC emitió recientemente The Tree of Life un excelente documental realizado por el mismo equipo de Planeta azul y Planeta Tierra y presentado, cómo no, por Sir David Attenborough (entrevista con él, aquí). Mientras esperamos a que alguien lo edite por aquí en DVD, podéis verlo entero en You Tube. En inglés, eso sí.

—Pero ¿acaso no siente curiosidad por las obras de la naturaleza, señora? —insistió Darwin—. ¿No se pregunta por qué una oruga se convierte en una mariposa? ¿Por qué erupciona un volcán? ¿Por qué en Chile hay montañas, pero al este, en la Patagonia, la tierra es lisa como una tabla?
—Ese tipo de preguntas son tan inútiles como impías —replicó la señora Campos con desdén—. Basta con saber que Dios hizo las montañas.

De Hacia los confines del mundo, Harry Thompson. Traducción (muy buena, por cierto) de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson.

CienciaLibros , 4 comentarios

Quizá sea eso lo que buscamos a lo largo de la vida: la mayor congoja posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.
Louis Ferdinand Céline
Popsy