Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Jueves 14 de julio de 2022

Sólo una dosis: el ministerio de William Burroughs

Una de las colaboraciones más notables y singulares de los últimos años de William S. Burroughs tiene que ser sin lugar a dudas la que desarrolló con la banda de metal industrial Ministry. Burroughs no sólo participó en el vídeo de “Just One Fix”, uno de los sencillos de su magistral Psalm 69, disco de cuyo lanzamiento se cumplen hoy, 14 de julio, ni más ni menos que treinta años; también grabó un monólogo de spoken word que fue utilizado para una remezcla de dicho single titulada “Quick Fix” y cedió uno de sus collages como ilustración de portada para su edición en CD. En esta “cara B”, que podéis ver/oír sobre estas líneas, Burroughs adopta el punto de vista de un alienígena recién llegado a nuestro planeta como parte de una fuerza colonizadora y se pregunta cuál es la mejor manera de tratar con los terrícolas, si hacer con ellos lo mismo que los anglosajones hicieron con los indios en Estados Unidos («the Indian reservation is extinction») o intentar llegar a un acuerdo que evite una posible guerra nuclear. El tema concluye con una proclama típicamente burroughsiana: «Smash the control images, smash the control machine». Al Jourgensen, el fundador de la banda, recordaba en esta entrevista de 2012 el modo en que se desarrolló la colaboración con el veterano escritor. Traduzco:

Grabamos un vídeo con él en Lawrence, Kansas. Fuimos caminando hasta su casa. Me asusta volar el día 23 de cualquier mes. Nunca viajo ese día. Pero, en esta ocasión, convencí a un colega para que alquilase un coche y condujimos hasta Lawrence. Conseguimos su dirección y nos presentamos en su casa, tal cual. Abrió la puerta y lo primero que dijo fue: «¿Traéis mandanga?». Mi colega también era yonqui y entre los dos llevábamos lo justo para apañarnos un par de días, así que le dijimos que no. Y nos cerró la puerta en las narices.
De modo que dimos media vuelta y condujimos hasta Kansas City para pillar algo de jaco y que Bill Burroughs nos dejara entrar en su casa. La siguiente vez que abrió la puerta, dijo: «¿Traéis mandanga?». Y nosotros: «Sí, traemos unas papelas». Y él: «Está bien. Podéis entrar». Y así fue como conseguimos que nos dejase pasar.

Al Jourgensen con William Burroughs en 1992.

Nos sentamos en su salón y de repente sacó una especie de viejo cinturón para herramientas de los años cincuenta como salido de Pulp Fiction, lleno de jeringas. Unas jeringas enormes, de las antiguas. Se preparó una meticulosamente y se encontró una vena. No sé cómo es posible encontrarle una vena a un septuagenario, pero sabía lo que se hacía. De modo que nos metimos un pico juntos y nos quedamos tirados en su sofá. Entonces me percaté de que en la mesa, delante de mí, había una carta con el sello de la Casa Blanca. Estaba sin abrir, así que le pregunté: «Oye, Bill, ¿no vas a abrir esta carta?». Y me dice: «¡Nahhh! Probablemente sólo sea publicidad». Pero era de la Casa Blanca y en aquel momento llevábamos un buen cuelgue, así que le dije: «¿Te importa si la abro yo?». Y él: «Me da igual, tío». De modo que la abrí y era una carta del presidente Bill Clinton invitándole a asistir a la Casa Blanca para leer unos fragmentos de El almuerzo desnudo o algo así. «Tío», le dijo a Bill, «esto es muy gordo». Y lo único que comentó al respecto fue: «¿Quién es presidente ahora?». No lo sabía. No tenía ni idea de que Bill Clinton era el presidente. Estaba tan metido en su propio mundo que no sabía quién era el presidente de los Estados Unidos y ni se le había ocurrido abrir el sobre.

Entonces se puso a hablarnos sobre su jardín de petunias. Era lo único que le preocupaba. No le preocupaba quién pudiera ser el presidente. Le preocupaba su jardín de petunias y que los mapaches se las estuvieran comiendo. Intentó cargárselos a tiros, pero los mapaches eran demasiado veloces. Evidentemente, nada que ver con la historia de Guillermo Tell en México.
Yo sabía que estaba apuntado a un programa de metadona, así que le dije: «¿Por qué no impregnas unas cuantas obleas con un poco de metadona? Seguro que eso los frena un poco». Y me dijo: «Eres un joven astuto». A partir de ahí hicimos buenas migas de inmediato. Accedió a venir al día siguiente al rodaje del vídeo, más contento que unas castañuelas. Llegó temprano, lo que para Bill Burroughs era más bien raro. Temprano y encantado de la vida, en plan: «Por fin he acabado con uno de esos malnacidos, gracias a tu consejo». Al parecer, los mapaches se habían comido las obleas y se habían adormilado lo suficiente para que Bill se liara a tiros. Estaba contentísimo y nos hicimos amigos durante los años que le quedaban de vida. Adoro a ese tío, colega.

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Miércoles 8 de junio de 2022

El universo mágico de William Burroughs

París, 1959. Fotografía de Loomis Dean.

«Aunque seguía el molde establecido por otros autores característicamente estadounidenses como Emerson y Thoreau, Burroughs poseía una dimensión adicional, un lado oscuro: su creencia en un universo mágico. [...] En la universidad, leyó ensayos sobre magia tibetana y la obra de Eliphas Lévi, el maestro francés del ocultismo, que le reveló la clave del éxito: voiloir sans désirer, voilà le secret du pouvoir. (Querer sin desear, he ahí el secreto del poder). Estudió la Golden Dawn, la sociedad psíquica a la que perteneció Yeats, y se convirtió en un experto en cuentos de fantasmas.
»Burroughs ocupaba la misma posición que el hombre primitivo convencido de que el sacrificio animal o humano que ha ofrecido a los dioses es lo que ha provocado las lluvias. En el universo actuaban fuerzas que debían ser apaciguadas o frente a las que uno debía protegerse. “En el universo mágico no existen las coincidencias ni los accidentes. Nada ocurre a menos que alguien desee que ocurra. El dogma de la ciencia es que la voluntad no puede alterar en modo alguno las fuerzas externas y eso a mí me parece ridículo. Es igual de absurdo que la religión. Mi punto de vista es justo el contrario al científico. Estoy convencido de que si te cruzas con alguien en la calle es por un motivo. En los pueblos primitivos se afirma que si alguien ha sido mordido por una serpiente, ha sido asesinado. Yo también lo creo”».

Nueva York, 1975. Fotografía de Peter Hujar.

Los precedentes son dos párrafos extraídos de Forajido literario, la biografía de William S. Burroughs escrita por Ted Morgan que acabamos de publicar en Es Pop. Vaya por delante que soy un completo descreído respecto a estos temas y que me resulta imposible tomarme en serio ninguna de las afirmaciones que hace Burroughs al respecto de sus experiencias con la magia, entre las que se cuentan haberle echado maleficios a un joven que lo rechazó (y cayó enfermo), a un camorrista que no devolvió una pistola prestada (perdió ambas manos cuando le reventó un bidón de gasolina que estaba transportando) y a una quiosquera que le tenía ojeriza (se le incendió el quiosco). También experimentó con la contemplación de espejos (supuestamente para vislumbrar hechos pasados) y la adivinación (estaba convencido de que sus cut-ups revelaban acontecimientos futuros). Uno de sus conjuros más curiosos, a medio camino entre lo arcano y lo tecnológico, fue el que realizó en una cafetería en la que le habían atendido con grosería. Cito nuevamente de Forajido literario: «El 3 de agosto de 1973, [Burroughs] sacó fotos y realizó grabaciones a plena vista del horrible propietario. Después fue paseando hasta el mercadillo de la calle Market y grabó a un trilero en plena faena: “Ahora la ves, ahora no la ves”. Varios días más tarde regresó al Moka Bar para realizar nuevas grabaciones sobre las anteriores y sacar más fotos. La idea era desvincular la cafetería de la corriente temporal. Ponías una cinta grabada dos días antes y la superponías sobre lo que estaba ocurriendo en el presente, creando una divergencia temporal. Cuando el Moka Bar cerró el 30 de octubre, Burroughs se quedó convencido de que su conjuro había surtido efecto».

Amsterdam, 1979. Fotografía: Gerard Pas.

Por supuesto, cuando uno está empeñado en buscar correlaciones, puede interpretar las causas y efectos como le venga en gana. Y, aunque no me cabe ninguna duda de que Burroughs creía a pies juntillas lo que contaba, personalmente me cuesta aguantarme la risa cuando me lo imagino dirigiéndose al encuentro de sus «enemigos» enarbolando su grabadora mágica como un nigromante con traje de tres piezas. Por otra parte, también debo decir que la producción de Forajido literario me ha deparado algunos momentos realmente curiosos que no había experimentado con ningún otro título. No voy a entrar en la cantidad de «encuentros» accidentales con Burroughs que comenzaron a sucederse mientras traducía el libro, al fin y al cabo se trata de un personaje tan ubicuo en la cultura popular contemporánea que lo más probable es que me hubiera salido igualmente al paso en películas, discos y lecturas; simplemente no le habría dado tanta importancia. Más inquietante me resultó el hecho de que el libro comenzara a sufrir un retraso tras otro, casi como si estuviera gafado. Primero tuve que interrumpir durante casi tres meses la traducción por motivos ajenos a mi voluntad. Cuando por fin pude retomarla, ya no disponía de tantas horas al día como me habría gustado dedicarle: se me había juntado con trámites como el lanzamiento de Confesión, la reedición de Todo el mundo adora nuestra ciudad (con rediseño de la portada incluido), compra de derechos de próximos libros… la parte burocrática de mi labor, vaya.

Londres, 1990. Fotografía de John Minihan.

Con todo, la traducción siguió avanzando aunque fuese a ritmo pausado… tan pausado que, cuando por fin la tuve completa, estábamos ya metidos de lleno en la crisis del papel. Cuando en febrero de este año empecé a pedir presupuesto a las imprentas con las que trabajo habitualmente, todas me daban una fecha de entrega que se iba a finales de julio/primeros de agosto precisamente por falta de materia prima. ¡Como iba a sacar Forajido literario en agosto! Suicidio comercial. ¿Retrasarlo a septiembre? Imposible por motivos contractuales. Empezaba a pensar que el libro estaba condenado cuando en última instancia un amigo me pasó el contacto de una imprenta con la que hasta ahora no había trabajado que tenía justo el remanente de papel necesario para realizar una tirada decente. A partir de este momento, la tendencia se invirtió y todo comenzó a salir rodado. Casi, casi, como si ese combate entre fuerzas externas benignas y hostiles en las que creía Burroughs se hubiera decantado al fin a favor de las primeras. De pronto, caí en que el libro se iba a editar poco antes del 25 aniversario del fallecimiento del escritor (el próximo 2 de agosto), una de esas fechas redondas que tanto gustan a los periodistas y que sin duda generará más interés por parte de los medios del que habría suscitado en noviembre del año pasado, que era la fecha inicialmente prevista para su edición. Después, de no tener portada, pasé a descubrir por pura casualidad el trabajo de Leib Chigrin (mientras andaba buscando imágenes de Lee Marvin) y en menos de veinticuatro horas habíamos cerrado un acuerdo para usar dos de sus fantásticos retratos. De igual modo, creo que nunca había maquetado un libro tan rápido en mi vida. A pesar de ser el título más voluminoso que hemos publicado en Es Pop hasta la fecha, la parte del león de Forajido literario quedó clavada en apenas dos días, casi como si el texto quisiera amoldarse a la maqueta. De repente, el libro parecía empeñado en salir.

No obstante, el momento más sincrónico de todo el proceso tuvo lugar el 8 de abril de este año. Nada más recibir los ferros de imprenta, lo celebré saliendo a comprar el nuevo disco de Jack White (Fear of the Dawn), que se ponía precisamente a la venta ese día. Aquella tarde, puse el disco y me acomodé en el sofá con los ferros para empezar a revisar. Llevaba un rato enfrascado en la labor cuando, de repente, la inconfundible voz de Burroughs surgió de los altavoces para inundar mi salón con su característico tono nasal. Por un momento, me quedé helado. ¿Acababa de experimentar una alucinación auditiva? ¿Tan metido estaba en la lectura que me había imaginado a Burroughs «hablándome» por encima de la música? ¡¿Acaso me estaba enviando una señal desde el más allá?! Me levanté de inmediato y eché la aguja hacia atrás. Sensación de alivio: el «mensaje» de Burroughs no había sido producto de mi imaginación sino simplemente un sampler incluido por White en el tema “Into the Twilight” (podéis oírlo en el minuto 2:40). Pero lo que de verdad me hizo dudar durante varios segundos de la realidad de lo que acababa de oír, lo que de verdad me hizo plantearme si no habría entrado fugazmente en contacto con el universo mágico de Burroughs, fueron las palabras contenidas en el sampler. Como sabéis, los libros en cartoné de Es Pop llevan siempre una estampación en la portada, debajo de la sobrecubierta. Esta estampación cambia en cada libro y siempre busco algún motivo referente al contenido del mismo. Esta es la estampación que lleva Forajido literario.

Si habéis oído el tema de White, comprobaréis que se trata de exactamente la misma cita. De ahí el escalofrío momentáneo, el desconcierto, la sensación de asombro y dislocación. Una vez superado el instante, al incrédulo no le queda más remedio que buscar una explicación en la simple casualidad. Y tampoco tiene que esforzarse demasiado: siendo sinceros, ni siquiera se trata de una casualidad tan desmedida. La frase, extraída de la conferencia «Origin and Theory of the Tape Cut-Ups», es quizá una de las más célebres y repetidas de Burroughs, junto a la de «el lenguaje es un virus» y «la palabra es uno de los instrumentos de control más poderosos» (estuve dudando hasta el último momento sobre cuál de las tres utilizar). En realidad la anécdota sólo viene a demostrar que a la hora de escoger citas, tanto White como yo adolecemos de la misma falta de originalidad. Aunque el autor de El almuerzo desnudo no creía que existieran los accidentes (ni las casualidades), por mi parte sigo pensando lo mismo que pienso sobre la mayor parte de las cosas que tienen que ver con Burroughs: me resultan sumamente interesantes de leer y estimulan mi imaginación, pero no las necesito en mi vida. En otras palabras: el universo mágico… para quien lo quiera.

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Para mí el sexo es una utopía, no sólo un negocio.
Nina Hartley, El otro Hollywood
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