Cultura Impopular

Viernes 29 de julio de 2011

El rey de las moscas

William Golding fotografiado por Paul Shutzer en 1964.

El próximo 19 de septiembre se cumplirá el centenario del nacimiento del escritor británico William Golding (fallecido en 1993), motivo por el cual la editorial Faber & Faber lanzará al mercado una nueva edición de su obra más famosa, El señor de las moscas, con un nuevo prólogo escrito por Stephen King. La semana pasada, el periódico británico The Telegraph publicó una versión editada de dicho prólogo a modo de adelanto. Aquí van un par de fragmentos traducidos al castellano:

Dos ediciones de El señor de las moscas en Faber. A la derecha, la nueva con prólogo de King.

Crecí en una pequeña comunidad rural al norte de Nueva Inglaterra, donde la mayoría de las carreteras eran de tierra, había más vacas que personas y la escuela era una única habitación calentada por una estufa de leña. Los chicos que se portaban mal no se quedaban castigados en el aula tras las clases: debían salir a cortar maderos para la estufa o rociar con cal los retretes.
Por supuesto no había biblioteca, pero en la desierta casa parroquial a un cuarto de milla de la casa en la que crecimos mi hermano David y yo, había una habitación llena con pilas de libros mohosos, muchos de ellos del grosor de guías telefónicas. Un gran porcentaje de ellos eran libros de aventuras para chicos. David y yo éramos lectores voraces, un hábito que habíamos heredado de nuestra madre, y nos abalanzamos sobre aquel botín como un par de muertos de hambre sobre un plato de pollo.
Con el tiempo —más o menos para cuando John Kennedy fue elegido presidente, creo— acabamos por sentir que algo fallaba. Las historias eran emocionantes, pero algo no terminaba de encajar. En parte puede que fuese porque la mayor parte de ellas estaban ambientadas en los años veinte y treinta, décadas antes de que mi hermano y yo hubiéramos nacido, pero ese no era el motivo principal. Simplemente aquellos libros tenían algo erróneo. Los niños no eran niños.
No había biblioteca, pero a primeros de los sesenta la biblioteca vino a nosotros. Una vez al mes, una pesada furgoneta verde aparcaba frente a nuestra diminuta escuela. Un rótulo de grandes letras doradas anunciaba en uno de sus costados: Libromóvil del Estado de Maine. La conductora-bibliotecaria era una señora fornida a la que le gustaban los niños casi tanto como los libros, y siempre estaba dispuesta a hacer recomendaciones. Un día, después de haberme pasado 20 minutos sacando novelas de las estanterías en la sección reservada para los Jóvenes Lectores y volviéndolos a dejar, me preguntó qué tipo de libro estaba buscando.

Fotograma de la adaptación de Peter Brooks (1963).

Pensé en ello, después hice una pregunta —quizás por accidente, quizás como resultado de una intervención divina— que abrió la puerta del resto de mi vida: «¿Tiene alguna historia que cuente cómo son los niños en realidad?».
Ella se lo pensó un momento, después fue a la sección del Libromóvil señalada Ficción para Adultos y extrajo un delgado volumen en tapa dura. «Prueba esto, Stevie», me dijo. «Y si alguien te pregunta, diles que lo encontraste tú solo. O si no podría meterme en líos».
Imaginad mi sorpresa (conmoción sería una descripción más adecuada) cuando, medio siglo después de aquella visita al Libromóvil aparcado en el polvoriento patio de la escuela metodista, descargué una versión en audio de El señor de las moscas y oí a William Golding articular, en la encantadoramente informal introducción a su brillante lectura, exactamente aquello que me había turbado entonces: «Un día estaba sentado a un lado de la chimenea y mi esposa estaba sentada al otro, cuando de repente le dije: “¿No sería buena idea escribir una historia sobre unos muchachos en una isla, mostrando cómo se comportarían realmente; como muchachos, y no como los pequeños santos que suelen ser habitualmente en los libros para niños?”. Y ella dijo: “¡Qué buena idea! ¡Escríbela tú!”. De modo que eso hice».
Golding unió su punto de vista nada sentimentalizado de la infancia a una historia de aventuras y suspense creciente. Para el muchacho de 12 años que era yo, la idea de vagar libremente por una isla tropical deshabitada, sin supervisión paterna alguna, resultaba en un principio liberadora, casi celestial. Para cuando desaparece el joven con la marca de nacimiento en el rostro (el primero que plantea la posibilidad de que haya una bestia en la isla), mi sensación de liberación había empezado a quedar teñida de desasosiego. Y para cuando llegué al momento en el que el enfermo —y quizás visionario— Simon se enfrenta a la cabeza de cerdo cercenada y cubierta de moscas clavada sobre un palo, ya estaba aterrorizado.
Era, hasta donde me llega la memoria, mi primer libro con manos; manos fuertes que surgían de las páginas para atenazarme la garganta. El primer libro que me dijo: “Esto no es sólo entretenimiento; es vida o muerte”.

Ilustraciones de Sam Weber para la edición de The Folio Society.

El señor de las moscas no se parecía en nada a los libros para chicos de la casa parroquial; de hecho, hizo que todos quedaran obsoletos. En ellos, los Hardy Boys podían ser atados por los villanos, pero uno sabía perfectamente que acabarían por liberarse. Dave Dawson podía verse atacado por un Messerschmitt alemán, pero uno sabía perfectamente que conseguiría escapar.
Sin embargo, cuando sólo me quedaban 70 páginas para terminar El señor de las moscas, comprendí no sólo que algunos de los muchachos podrían morir, sino que varios de ellos iban a hacerlo. Era inevitable. Sólo esperaba que Ralph, con el cual me identificaba de un modo tan apasionado que empecé a experimentar sudores fríos mientras iba pasando las páginas, no fuese uno de ellos. No hacía falta que ningún profesor me explicara que Ralph encarnaba los valores de la civilización y que la asunción de Jack del salvajismo y el sacrificio representaban la facilidad con la cual dichos valores podían ser barridos; resultaba evidente incluso para un niño. Especialmente para un niño que había presenciado (y participado en) muchos actos de agresión escolar.
Para mí, El señor de las moscas siempre ha representado para qué están las novelas; qué las hace indispensables. ¿Deberíamos esperar vernos entretenidos mientras leemos una historia? Por supuesto. Un acto de la imaginación que no entretiene es ciertamente un acto más bien pobre. Pero debería haber algo más. Una novela bien escrita borra los límites entre el escritor y el lector, para que puedan unirse. Cuando eso sucede, la novela pasa a ser parte de tu vida; el menú principal, no el postre. Una buena novela interrumpe la vida del lector, le hace llegar tarde a las citas, saltarse las comidas, olvidarse de pasear al perro. En las mejores novelas, la imaginación del escritor pasa a ser la realidad del lector. Resplandece, incandescente y furiosa. Llevo desarrollando estas ideas durante la mayor parte de mi vida como escritor, y no han faltado quienes me han criticado por ello. La más potente de estas críticas afirma que si la novela se sustenta únicamente en la emoción y la imaginación, no hay lugar para el análisis, y la discusión de la obra pasa a ser irrelevante.

William Golding fotografiado por Paul Shutzer en 1964.

Estoy de acuerdo en que «Me ha encantado» es la peor manera de comenzar un análisis serio de una novela, pero estoy dispuesto a defender que sigue siendo el corazón palpitante de la ficción. «Me ha encantado» es lo que todo lector desea poder decir cuando cierra un libro, ¿o no? ¿Y no es exactamente ese el tipo de experiencia que la mayoría de escritores quieren ofrecer?
Una reacción visceral y emocional ante una novela tampoco tiene por qué excluir un análisis. Yo me acabé la primera mitad de El señor de las moscas en una tarde, con los ojos como platos, el corazón palpitante, incapaz de pensar, sólo de respirar profundamente. Pero llevo reflexionando acerca del libro desde entonces, más de cincuenta años. Mi regla básica como escritor y lector —formulada en gran medida gracias a El señor de las moscas— es: primero siéntelo, piensa en ello más tarde. Analiza todo lo que quieras, pero primero sumérgete en la experiencia.
A lo que sigo regresando una y otra vez es a Golding diciendo: «¿No sería buena idea escribir una historia sobre unos muchachos mostrando cómo se comportarían realmente?». Fue una buena idea. Una muy buena idea que produjo una muy buena novela, todavía hoy igual de emocionante, relevante y provocadora que cuando Golding la publicó en 1954.
Stephen King

Libros , , 4 comentarios

Miércoles 20 de abril de 2011

45 minutos de entretenimiento

Tengo la perspectiva de ser un lector de relatos cortos desde que tenía 8 ó 9 años. En aquel entonces había revistas por todas partes. Había tantas revistas publicando ficción breve que nadie podía abarcarlas todas. Eran como una gran boca abierta que exigía que la alimentaran. Ya sólo los pulps, los pulps de 15 y 20 centavos, publicaban unos 400 relatos al mes, y eso sin contar lo que llamábamos las revistas “elegantes”: Cosmopolitan, American Mercury… Todas esas revistas publicaban ficción breve. Y luego el pozo empezó a secarse. Hoy en día te bastan literalmente los dedos de ambas manos para contar el número de revistas, que no pertenezcan a pequeñas editoriales, que publican relatos cortos. Y yo siempre he querido escribir para un gran público. Me parece una ambición honorable, igual de honorable que decir: “Tengo una obra que sólo va a ser apreciada por una pequeña franja de público”. Y hay pequeñas revistas que publican en ese sentido, pero muchos de los individuos que leen esas revistas sólo las leen para ver qué tipo de relatos publican para poder enviarles los suyos. El relato corto ha dejado de ser algo generalizado. No ves a gente en el avión con las revistas abiertas por la séptima entrega de lo nuevo de Norman Mailer. Por supuesto, Mailer ya falleció, pero ya sabes a lo que me refiero. Y tanto darle vueltas al e-book y al ordenador en parte sólo sirve para enturbiar las aguas y oscurecer el hecho de que la gente sencillamente ha dejado de leer relatos cortos. Y cuando has perdido la costumbre de hacerlo, pierdes la maña, pierdes esa habilidad para sentarte 45 minutos a entretenerte un rato con una historia como esta. [...] Cuando veo los libros de algunos de los autores de suspense que son populares hoy en día, pienso para mí mismo: “Básicamente son libros para gente que en realidad no quiere leer”. Pasan sin dejar huella, como una especie de comida rápida que va de la boca a los intestinos sin detenerse a nutrir ninguna parte del cuerpo. No quiero dar nombres, pero ya sabemos todos de quiénes estoy hablando.

Extraído de esta entrevista de James Parker a Stephen King, aparecida en el número de abril de The Atlantic, que también incluye un nuevo y tremendísimo relato breve de este último, Herman Wouk Is Still Alive, disponible aquí.

Los viejos paradigmas no han terminado de desaparecer y los nuevos paradigmas resultan todavía algo confusos. Y tenemos la cuestión tecnológica, no sabemos todavía lo que significa tener un cerebro digitalizado. La gente parece no poder concentrarse, por ejemplo, no puede detenerse un momento para leer un libro. Hay un número considerable de gente diciendo que ya no puede hacerlo. No el tipo literario, claro, sino la gente que decía leer unos doce libros al año o así. Esta gente se ha acostumbrado a picotear de uno y otro lado… Creo que la incapacidad para comprometerse con una experiencia lectora es una pérdida gigantesca. Me horrorizaría que mis hijos no fueran capaces de leer de esa forma. Pienso que las novelas tienen un lugar a la hora de buscar comprender el mundo, y esa es la razón por la que uno termina leyendo no ya a sus contemporáneos sino a la generación anterior, para de esa manera enriquecer nuestro mundo. Creo que eso es lo que hacen las novelas, enriquecer nuestro mundo. Como sabes, mis dos referentes principales son Bellow y Nabokov. La obra de Nabokov es enorme, mucho más que la de Bellow, y contiene por lo tanto excesos bastante más obvios. Sin embargo, Nabokov no se interesó ni por un segundo en la modernidad, en el mundo moderno, mientras que Bellow sí estaba interesado en él, su obra está mucho más relacionada con el mundo moderno, tiene esta especie de autoconciencia acerca de la cultura de masas. Pero en todo caso, no creo que eso sea lo importante en ninguno de los dos, lo importante es el disfrute artístico.

Extraído de esta entrevista de Diego Salazar a Martin Amis aparecida en Letras Libres.

CreaciónLibros , Sin comentarios

Martes 17 de noviembre de 2009

Cuestiones puramente físicas

Ilustración de Gottfried Helnwein para la portada de un número de 1986 de Time.

Acabo de descubrir este interesante especial de la revista Time, dedicado a Stephen King y sus diez novelas más largas, comentadas por el propio autor (y teniendo en cuenta que hablamos de una carrera repleta de “tochos”, hasta la más corta de ellas supera las quinientas páginas). Cualquiera que sea fan hará bien en echarle un vistazo, ya que encontrará cantidad de perlas, como de dónde le vino la inspiración original para It, el modo en el que su descontento con la presidencia de George W. Bush le ha servido de motor para su última novela, Under the Dome, o por qué en 1994 le dio por montarse en su Harley y hacer una gira por diez ciudades estadounidenses para presentar Insomnia exclusivamente en librerías independientes como manera de apoyarlas contra las grandes cadenas.
En cualquier caso, lo que más me apetece destacar es un comentario en concreto que pone de manifiesto que las cosas siempre son más complicadas de lo que parecen (incluso aunque te llames Stephen King) y que cuando hablamos de la cultura como industria hay muchos elementos al margen de lo meramente artístico que, en la mayor parte de las ocasiones, no sólo no nos detenemos a tener en cuenta sino que posiblemente incluso ignoramos (cosa que en cualquier caso no nos impide criticar con una alegría nacida del desconocimiento con la que jamás nos atreveríamos a enfrentarnos al fontanero o a cualquier otro profesional de un oficio considerado práctico).

El comentario es acerca de la novela más larga de Stephen King, The Stand, un relato apocalíptico en el que el 99’4 % de la humanidad fallece a causa de una cepa mutada de gripe. Editada originalmente en 1978 en un volumen de 823 páginas (publicada en castellano como La danza de la muerte), la novela sería relanzada en 1990 con el añadido de más de cuatrocientas páginas (en España esta nueva versión se tituló Apocalipsis). ¿El motivo? Imposiciones editoriales habían obligado a King a recortar drásticamente el texto original. Tal y como lo explica él: «Me irritaba mucho que se hubieran eliminado esas páginas. Todo se debió a una cuestión puramente física. En aquellos días, mi editorial, Doubleday, encuadernaba pegando los lomos en vez de cosiéndolos. Según me lo explicaron a mí, había un máximo de grosor a partir del cual los lomos empezaban a descuajaringarse. Y eso implicaba editar el libro en dos volúmenes, cosa que no querían hacer. De modo que mi editor vino a verme y me dijo: “Tenemos que recortarle 400 páginas a este libro”. Y ese fue el motivo. No tuvo nada que ver con cuestiones de calidad».
Años más tarde, con King ya convertido en uno de los autores más populares del mundo mundial (y gracias, es de suponer, al avance de las técnicas de impresión y encuadernación), la misma Doubleday le propuso a King rescatar las cuatrocientas páginas “perdidas” y reeditar la novela tal y como había pretendido en un principio (él procedió a reescribirla en gran parte, pero esa es otra historia). Valga la anécdota como ejemplo del modo en el que las tristes realidades del negocio suelen imponerse a cualquier otro tipo de consideración.

Entresijos de la industriaLibros 2 comentarios

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