El San Francisco Panorama de McSweeney’s con todos sus suplementos.
Si eres habitual de Cultura Impopular, lo más probable es que ya conozcas McSweeney’s. Pero por si acaso, aquí va una rápida explicación sacada directamente de su web: «McSweeney’s nació en 1998 como revista literaria, editada por Dave Eggers, con la intención de reunir únicamente trabajos rechazados por otras publicaciones. Pero tras aquel primer número, la revista empezó a publicar sobre todo textos escritos ex profeso para McSweeney’s. Desde entonces, McSweeney’s ha atraído trabajos de algunos de los mejores escritores de Estados Unidos, entre ellos Denis Johnson, William T. Vollmann, Rick Moody, Joyce Carol Oates, Heidi Julavits, Jonathan Lethem, Michael Chabon, Ben Marcus, Susan Straight, Roddy Doyle, T.C. Boyle, Steven Millhauser, Gabe Hudson, Robert Coover, Ann Beattie y muchos otros. McSweeney’s Quarterly sigue publicándose en la actualidad con una periodicidad más o menos trimestral, y cada número es marcadamente distinto de sus predecesores tanto en lo que se refiere al diseño como a la política editorial». Entre los 35 números de McSweeney’s aparecidos hasta la fecha hay de todo: libros en tapa dura de diversa factura y formato, un poemario, una antología de cómics, un montón de correo como el que podrías encontrar en tu buzón, una caja llena de panfletos… El año pasado, a modo de número 33, tuvieron la feliz ocurrencia de editar un ejemplar único de un periódico inexistente: The San Francisco Panorama, «un intento por demostrar todas las cosas estupendas que todavía puede hacer el periodismo impreso». El resultado fue francamente espectacular, sobre todo a nivel gráfico, si bien poco realista a nivel práctico: libres de las constricciones que les habría impuesto el día a día de una verdadera redacción, los colaboradores de McSweeney’s se permitieron realizar un diario repleto no de noticias, sino de grandes y espectaculares reportajes, con lo cual, más que un periódico, lo que les quedó fue prácticamente una colección de magníficos suplementos dominicales. No importa: si lo que pretendían desde McSweeney’s era inspirar y sorprender, The San Francisco Panorama cumple el objetivo con creces.
El atractivo y elegante diseño de interiores de The Panorama Book Review. Por cierto que
esta entrevista con Junot Díaz ya la comentamos por aquí en su día.
En cualquier caso, como de casta le viene al galgo, si algo hay que destaque en este falso periódico por encima de todo lo demás, es sin duda su suplemento literario: The Panorama Book Review. En este caso no nos encontramos con sólo una serie de ideas brillantes pero (en ocasiones) difícilmente aplicables a una dinámica de trabajo real, sino con un auténtico modelo de revista cultural perfectamente práctico, reproducible y viable… y por desgracia muy alejado de todos los que imperan en nuestro mercado. Dicho de otra manera más insolente, The Panorama Book Review es lo que podría ser El Cultural, lo que debería ser Qué leer y lo que le gustaría ser a Babelia. En resumen: una revista visualmente atractiva y moderna, sin por ello renunciar a la elegancia, capaz de abordar todo tipo de géneros y aspectos del mundo literario sin confundir el rigor con la pedantería ni la amenidad con la ligereza. Algo prácticamente inaudito en este mercado nuestro en el que, por momentos, si algo parece abundar entre los profesionales del ramo son precisamente los árbitros del buen gusto y de la alta literatura, encargados de proteger la virtud de algo que en el fondo parecen considerar una actividad sumamente elitista, preciosa e indigna de ser mancillada por todo lo que huela a popular. Así nos luce el pelo, claro, y así tenemos una industria cada día más ensimismada y disociada del público.
Un buen repaso a la carrera y la obra de J. G. Ballard.
Durante la última Feria del Libro de Madrid, por ejemplo, me acerqué a la caseta de Mondadori para comprar un libro que en su día se me había pasado por alto: Árbol de humo, de Denis Johnson, una extensa y fascinante crónica sobre la peripecia de varios y muy diversos individuos en la Guerra de Vietnam, desde un coronel norteamericano hasta un agente doble vietnamita, que acabó llevándose el National Book Award a la mejor novela en 2007. El ejemplar que encontré tenía una faja en la que venía reproducida parte de una crítica de Robert Saladrigas, publicada en La Vanguardia. La cita decía así: «Un texto duro, inclemente, comprometido, no apto para pusilánimes ni para quienes buscan evasión en la lectura. En suma, gran literatura». El subrayado es mío, claro. Francamente, si ese mismo día no hubiera leído una recomendación del libro en el blog de Javier Calvo, lo habría vuelto a dejar donde estaba sólo por culpa de esa frase. Porque, vamos a ver, me parece muy bien que la obra de Johnson pueda ser considerada dura e inclemente; ciertamente lo es. Y es posible también que ciertos pasajes caracterizados por una inmisericorde descripción de la violencia puedan provocar rechazo entre los lectores más “pusilánimes”. Ahora bien, lo que no consigo entender es: ¿quién no busca evasión en la lectura? ¿Desde cuándo buscar evasión puede considerarse algo peyorativo y reñido con la “gran literatura”? ¿A quién beneficia esta manía de vender la “alta cultura” como algo supuestamente duro y trabajoso al alcance de sólo unos pocos? Para mí al menos, leer siempre ha sido sinónimo de evasión. Y otra cosa no, pero con Árbol de humo me he evadido durante varias horas seguidas con sumo gusto.
Las reseñas de The Panorama Book Review incluyen, además de abundante información sobre cada autor, una página de muestra del libro para que puedas ver el diseño de interiores. ¡Buena idea!
Tampoco vamos a entrar ahora en cuestiones semánticas. Ya supongo que Saladrigras no está utilizando la palabra «evasión» en el sentido de perderse en la lectura y dejarse llevar, que en realidad es lo que nos pasa a todos cuando nos quedamos absortos con un libro, ya sea de Virgilio, de Denis Johnson o de Marcial Lafuente Estefanía. Está utilizando «evasión» como sinónimo de literatura barata, poco exigente, noveluchas; todo lo que Árbol de humo no es, de acuerdo. ¿Pero acaso no revela esa metonimia un pensamiento muy claro que viene a identificar entretenimiento con “mala literatura”? Sin embargo uno puede entretenerse maravillosamente leyendo a Cormac McCarthy o a Dante, por poner dos nombres libres de toda sospecha. ¿Qué está pasando aquí, entonces? ¿Por qué estamos abordando los libros no desde una perspectiva realmente crítica, sino desde una puramente clasista? No es que esto sea bueno o malo, sino que esto hay gente que no lo va a entender, y eso te convierte a ti, amigo mío, en alguien especial que está por encima de la media¹. Lo cual, y mira que es triste, viene a ser lo mismo que dicen los vendedores de coches y de desodorantes. Claro que dudo mucho que por llevar Árbol de humo debajo del brazo vayas a follar más. A mí, desde luego, no me ha funcionado de momento. Pero al menos me lo he pasado pipa leyéndolo y por eso lo recomiendo.
Un interesante artículo sobre obras de ficción inspiradas por el 11-S.
En cualquier caso, no quiero centrar esta entrada en la reseña de Saladrigas, el cual, dicho sea de paso, no me parece un mal crítico en absoluto (su crítica de Árbol de humo es ciertamente certera y apasionada). Lo que me preocupa principalmente, y lo que estoy tratando de poner de relieve aquí, es esa tendencia a tratar la literatura como si fuera un club privado de difícil acceso que tienen, voluntaria o involuntariamente, gran parte de los profesionales del mundillo. Veamos otros dos ejemplos aparecidos en los periódicos de esta última semana (tampoco os creáis que he ido a buscarlos; sencillamente me llamaron la atención en el momento de leerlos). En un artículo sobre Camilla Läckberg publicado en el suplemento Bellver del Diario de Mallorca del pasado jueves, Virginia Guzmán, la autora, remataba su repaso a la obra de la escritora sueca diciendo: «La literatura no siempre tiene que ser rompedora e innovadora, también tiene que haber hueco para esa literatura que busca el entretenimiento con un estilo que no le desmerece». Por mi parte, nunca he leído nada de Läckberg ni tampoco es que me atraiga particularmente, ahora bien: ¿de verdad es necesario terminar un artículo con una perogrullada que suena a disculpa porque una obra te haya parecido entretenida? ¿Por haber recomendado algo que aparentemente no es “gran literatura”? Eso parece, teniendo en cuenta que la coletilla suele aparecer de una manera u otra en todo tipo de reseñas y suplementos literarios². Hace un par de meses me hizo mucha gracia ver una crítica de A la cara en la que el reseñista recomendaba su lectura argumentando que era verano. «Disfrute», decía, «es tiempo vacacional». ¿Y el resto del año qué, a sufrir?
Por tener, The Panorama Book Review tiene hasta microrrelatos.
El otro comentario al que hacía referencia era este de Diego Moreno, editor de Nórdica, aparecido en El País el sábado pasado: «Nos hemos apartado del género negro y hemos apostado por otra literatura de más calidad. Lo curioso es que gracias a lo policiaco mucha gente ha empezado a descubrir a los autores de esos países, así que podemos estar agradecidos». Vaya por delante que no siento más que admiración por Moreno como editor; ha demostrado redaños, saber hacer y un criterio muy personal. Ahora bien, decir a estas alturas que el género negro es, por definición, literatura de menor calidad, es tener muy poca vista o muy poco conocimiento. Imaginemos por un momento que a otro editor se le ocurriera decir: “Nos hemos apartado de la poesía sueca y hemos apostado por otra literatura más entretenida”. Quedaría como un mercachifle, claro. Sin embargo la otra postura, la del exquisito, parece que cuela. A pesar de que pase por alto o no le importe el hecho de que tanta distancia hay entre James Ellroy y Stieg Larsson como entre éste y Tomas Tranströmer. Meter en el mismo saco a los dos primeros sólo porque comparten balda en las librerías es tan absurdo como equiparar a Larsson con Transtömer sólo por ser suecos. Y aunque a nadie se le ocurriría hacer lo segundo, lo primero parece estar al orden del día. Con esto no quiero decir que todo sea equiparable o que no deba existir una crítica que estudie, analice y ponga las cosas en su sitio. Por supuesto que no toda la literatura es igual de buena. Por supuesto que tiene que haber raseros. Pero por favor, basta ya de usar el argumento del entretenimiento como uno de ellos, porque no deja de ser el más perezoso y falaz de todos. Tan entretenido está el que lee Parerga y Paralipómena porque de verdad le gusta Schopenhauer como mi tía con su Danielle Steel.
Un fascinante reportaje sobre las convenciones de aficionadas a la novela rosa.
Decía mi amigo Gabi Beltrán, también la semana pasada, que «la literatura norteamericana actual está diez millones de escalones por encima de la española. La razón es bien sencilla: ellos escriben sobre el ser humano. Nosotros sobre literatura». Algo que, con las consabidas excepciones, estoy bastante de acuerdo. Y creo que lo mismo puede aplicarse, en términos generales, a gran parte de nuestra industria: en vez de escribir o hablar sobre libros, no se dan cuenta de que están escribiendo y hablando sobre ellos mismos. Se retratan, no pueden evitarlo, con todas sus inseguridades culturales y una perentoria necesidad de ser distintos, mejores. Como los chavales cuando se adornan el perfil en Facebook. Por eso me resultó tan refrescante la lectura de The Panorama Book Review, y por eso echo tanto a faltar una publicación similar en nuestro país. Porque demuestra que se puede hacer una revista seria sin tener que ir de serio; porque demuestra que se puede hacer buena crítica y dar buena información siendo inclusivo en vez de exclusivo (quizá el artículo más tremendo de toda la revista sea una crónica acerca de las convenciones para fans de la novela romántica; todo un anatema para cualquier lector “de verdad” que, mira por donde, ha inspirado uno de los mejores reportajes que he leído en este último año). Aun a riesgo de sonar inmodesto, eso es precisamente lo que pretendimos en su día con Más Libros, una publicación de la que ya he hablado por aquí anteriormente. Y me encantaría ver que más gente lo sigue intentando. Porque la lectura, el disfrute de la literatura, no debería de ser una arma arrojadiza, ni una medalla que ponerse entre unos pocos, sino por encima de todo un placer.
Manel Fontdevila no publica en The Panorama Book Review,
pero podría, porque sabe muy bien de lo que habla.
1. Lo cual automáticamente para a ser un insulto y un menosprecio para cualquier otro tipo de lector. Es como aquella campaña de promoción de la lectura de hace muchos años en la que salía un mono que no sabía qué hacer con un libro. ¿De verdad hubo alguien en el Ministerio de Cultura convencido de que llamar chimpancés a los telespectadores que no leían era el mejor modo de conseguir que fueran corriendo a su biblioteca más cercana? 2. Es más, diría que lleva circulando siglos. Ya en tiempos de Shakespeare no faltaba quien le reprochaba que fuera demasiado populachero o que incluyera demasiados elementos de comedia. Y si queremos remontarnos mucho más aún en el tiempo, veremos que Tito Livio, en su historia de Roma, ya se quejaba de la degeneración del teatro romano, «un arte que, a día de hoy, ha acabado alcanzando semejantes niveles de libertinaje que a duras penas pueden tolerarse». ¡Ay, si el bueno de Tito levantara la cabeza!
(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:
Una de las ocho portadas con las que se ha lanzado The Suburbs.
Acabo de leer en Creative Review un interesante texto sobre el trabajo realizado por el director de vídeos Vincent Morisset para el nuevo disco de Arcade Fire, The Suburbs. Morisset ya había trabajado con el grupo anteriormente en el vídeo interactivo de “Neon Bible”, y en esta ocasión se ha encargado de idear un sistema para que los archivos digitales del álbum resulten interesantes visualmente. Copio y pego:
Morisset ha trabajado con la diseñadora Caroline Robert para crear muestras de arte digital que aparecen mientras el disco va sonando en reproductores de mp3 como el iPod o el iPhone. El trabajo recrea deliberadamente los placeres de las viejas carpetas de vinilo, en las que las letras de los temas aparecían a menudo reproducidas en su totalidad. Cada una de las canciones del disco tiene una imagen individual sobre la cual va apareciendo la letra del tema sincronizada con la voz del cantante al reproducirse en el iPod.
“Win [Butler, el cantante de Arcade Fire], quería crear una versión de las ilustraciones que fuera relevante en el mundo digital”, explica Morisset en su página web. “Actualmente, la mayoría de nosotros compra, comparte y escucha la música a través de ordenadores y aparatos portátiles. Resulta absurdo que en 2010 la imagen del álbum siga siendo un único jpg. Me puse a pensar en la relación que tenemos con la carpeta o los insertos de los discos de vinilo mientras escuchamos la música, ojeando las letras, observando una foto del grupo o un dibujo chulo relacionado con una canción mientras la oímos. Eso es algo que hemos perdido con el mp3. Quería hallar un modo de volver a acercarnos a esa experiencia”.
Como en el caso de su vídeo para “Neon Bible”, parte del éxito de la propuesta es su sencillez. Morisset explica su funcionamiento de la siguiente manera: “Sólo hay que sincronizar una serie de imágenes con momentos específicos de una canción utilizando el formato m4a. Como hacen algunos podcasters, pero con microcapítulos para cada verso de la letra. Además de eso, añadimos vínculos de los de toda la vida que también sincronizamos con los temas. Esto le permitirá al grupo añadir en cualquier momento todo tipo de referencias relacionadas con cada una de las canciones. Su intención es ir actualizando dichos vínculos ocasionalmente”.
La presentación caligráfica de las letras sobre la pantalla combinan a la perfección con el diseño del disco realizado por Caroline Robert, que incluye fotografías de Gabriel Jones tomadas en los suburbios de Houston.
Esta copia digital con añadidos visuales es un extra que acompaña a la compra de cualquiera de las versiones del álbum (digital, CD o vinilo) en la web del grupo, pero ignoro si también puede descargarse con algún tipo de vale incluido en las copias físicas que lleguen a las tiendas de discos (que sería lo suyo).
El caso es que, aunque no tenga nada que ver con los libros, la noticia me ha parecido relevante en relación a lo que indicaban amigos como Soulnow y Carlos Andrés en los comentarios a la anterior entrada, respecto a la necesidad de desarrollar valores añadidos y elementos gráficos propios del libro electrónico, para que la cosa no se quede en un mero trasunto digital de algo que en realidad resulta inimitable: el libro como objeto físico. Quizá en vez de seguir ideando sistemas que intenten reproducir con mayor o menor fortuna la sensación de leer un libro, lo que habría que hacer es explorar las posibilidades que ofrece el nuevo formato y crear soluciones a su medida. En resumen: que el libro electrónico no se limite a ser una simulación de otra cosa sino que adquiera entidad propia y aproveche las herramientas que le son inherentes. La idea de Arcade Fire me parece un buen ejemplo de esto último, puesto que aprovecha las posibilidades del m4a para crear algo más complejo e interesante que la simple copia digital de un disco. Lo cual me lleva a pensar que quizá los desarrolladores de libros electrónicos harían mejor fijándose menos en los libros de toda la vida y más en lo que se está haciendo en otros campos (arte digital, HTML5, videojuegos, etcétera). Vamos, que el formato dé forma al contenido, no al revés, como está sucediendo ahora. Y con esto prometo dejar el tema del libro digital por una temporada.
Dos de los carteles de Mico Toledo.
Aprovecho en cualquier caso para aplicarme el consejo de seguir buscando nuevas soluciones más allá de los límites de tu especialidad (en los suburbios, podríamos decir) para pegar aquí otro reciente descubrimiento realizado a través de Creative Review. Se trata de Music Philosophy, un proyecto del diseñador Mico Toledo consistente en crear todas las semanas un póster a partir del estribillo de una canción, sirviéndose de un número mínimo de elementos, principalmente tipográficos. Echadles un vistazo que de verdad merecen la pena. ¡No me diréis que no funcionarían estupendamente como portadas de libros!
Dos portadas que se me pasó incluir en la entrada anterior: Ciudad de ladrones, en versión norteamericana y española (que afortunadamente ha cambiado en las reediciones).
Dos curiosas adendas a mi entrada anterior sobre diseño y libros electrónicos. La primera, el anuncio realizado la semana pasada de que Dorchester Publishing, una de las principales editoriales de libro de bolsillo en Norteamérica, abandona el formato físico para pasarse por completo al libro digital y a la impresión por demanda a partir de hoy mismo. Dorchester trabaja lo que en Estados Unidos se llama el mass market, es decir, el mercado masivo: novelas de bolsillo muy baratas (de precio y factura) destinadas al consumo mayoritario, no tanto en librerías como en grandes almacenes tipo Wal-Mart y demás. Es decir, que no sigue estrictamente las estrategias de venta de las editoriales, llamémoslas, “literarias”. En cualquier caso, no deja de ser un paso bastante radical que incide en lo que ya comentábamos acerca del creciente abismo entre el mercado mayoritario y el minoritario. Según este artículo de Jeffrey A. Trachtenberg para el Wall Street Journal, la medida ha venido marcada por una caída del 25% en las ventas del año pasado. “La decisión de pasarse a digital”, escribe Trachtenberg, “podría ser un signo de lo que se avecina para otros pequeños editores enfrentados a una bajada de las ventas en el negocio de la impresión tradicional. Este cambio le asegurará a Dorchester un significativo ahorro en un momento en el que sus expectativas pasan por doblar sus ventas digitales en 2011. Dorchester, que lleva editando novelas de bolsillo para el mercado masivo desde 1971, publica entre 25 y 30 nuevos títulos al mes, de los cuales aproximadamente un 65% son de género romántico. Los fans de la novela romántica en particular ya han acogido con entusiasmo el libro electrónico, en parte porque les permite leer sus novelas en público sin tener que mostrar la cubierta”. Esta última puntualización me parece no sólo curiosa sino también muy acertada, y lo cierto es que nunca me había parado a pensarlo. Es indudable que la lectura, como todo tipo de actividad cultural, lleva implícita cierto grado de pavoneo: hay libros que se exhiben con más orgullo y comodidad que otros, y no me parece exagerado pensar que el pudor pueda llegar a influir en el tipo de lecturas que uno se lleva al metro o a la playa y cuáles reserva para casa. ¿Quizá títulos como El otro Hollywood pudieran funcionar mejor como libro electrónico que como libro tradicional? ¿Puede resultar un inconveniente la cubierta en casos como este? No lo sé, pero desde luego da qué pensar.
A la izquierda, el último libro de HCC que saldrá coeditado con Dorchester (portada de Bob McGinnis, por supuesto). A la derecha, lo nuevo de Christa Faust se retrasa hasta el 2011.
De todas maneras, y para terminar con el sorpresivo anuncio de Dorchester, si por algo he traído a colación su cambio de modelo de negocio ha sido no sólo porque me pareciera significativo, sino porque, como sabrán los seguidores de Cultura Impopular, Dorchester es también la editorial que ampara uno de mis proyectos editoriales favoritos, Hard Case Crime, cuyo máximo responsable, Charles Ardai, ya ha salido al paso para aclarar que no, que él no se pasa al digital. “El destino de HCC no está particularmente ligado a esta situación”, declaraba hace tan sólo dos días en The Rap Sheet. “El sello HCC es de mi propiedad y si Dorchester ya no va a seguir en el negocio de imprimir y distribuir libros como los nuestros, podemos asociarnos con otro editor o distribuidor que lo haga. Ya estoy en conversaciones con varios e imagino que en las próximas semanas o meses podremos ir aclarando nuestras opciones. Mientras tanto, los dos libros que tenemos anunciados en nuestra página web [entre ellos el nuevo de Christa Faust] sufrirán sin duda algún retraso, y cuando salgan es probable que sea en colaboración con otra compañía que no será Dorchester, pero mi previsión es que saldrán. No tengo ningún interés en convertir Hard Case Crime en una editorial de libros electrónicos. No tengo nada contra el e-book, pero sería una solución que iría en contra del objetivo principal de HCC, que es celebrar un tipo muy concreto de artefacto físico, la novela de bolsillo criminal de mediados de siglo”.
Las coloridas portadas de Melville House.
La segunda adenda tiene más que ver con lo que decíamos en los comentarios de la anterior entrada sobre el modo en el que podrían cambiar o no las portadas de los libros electrónicos y los nuevos retos que les esperan a los diseñadores. He aquí dos soluciones posibles en extremos opuestos del espectro. A través del twitter de Jorge Portland llego a este artículo de James Bridle con abundantes muestras de tres editoriales, Odyssey, Melville House y Reclam, especializadas en diseños minimalistas que convierten el libro en poco más que un icono.
Más minimalismo de la mano de Odyssey.
Por otra parte, Charlie Orr, desde su blog The Hypothetical Library, realizó hace un par de meses tres curiosas pruebas animando portadas ya existentes para adaptarlas al mundo digital. “Básicamente una portada es una imagen y un título”, explica Orr. “Pero podría ser un cortometraje o una animación, abstracta o narrativa. Podría tener música o ruidos inquietantes. También podría ser un portal con enlaces a otra información, como el catálogo del editor o más información acerca del libro. Podría hacer cualquier cosa que nunca hubiéramos imaginado que pudiera hacer una portada. Pasé de asumir que un día las portadas podrían desaparecer por completo a creer que podían adoptar una vida completamente nueva. Desarrollé algunas muestras del aspecto que podía tener una portada de libro digital, principalmente para mostrarlas dentro de la industria, pero he decidido que ha llegado el momento adecuado para presentarlas en público. Echad un vistazo y a ver si estáis de acuerdo conmigo”.
Animación de Charlie Orr para una portada original de Paul Sahre.
Podéis ver el resto de animaciones de Charlie Orr, a mayor tamaño, en la página enlazada más arriba o directamente en Vimeo. No sé hasta qué punto puede llegar a cuajar una idea como esta, pero no me cabe duda de que veremos muchos más ejemplos en el futuro.
Otra de las animaciones de Charlie Orr, en este caso sobre una portada propia.
Este artículo de Ivor Tossell aparecido en The Globe and Mail sobre las posibilidades que abre para el diseño el advenimiento del libro electrónico tiene más de un mes, así que disculpad si ya lo habéis visto repetido por ahí más veces, pero entre el Mundial, la canícula estival y Slash, no había tenido tiempo de ponerme a traducir esta serie de fragmentos que me apetecía destacar:
En el mundo del libro nadie se toma las portadas a la ligera. Los editores invierten tiempo, dinero y talento para desarrollar sus cubiertas. Reclutan a artistas de primera línea, realizan tests de mercado y organizan grupos de prueba. Y cuentan con que las portadas hagan que sus viejos libros parezcan nuevos otra vez y llamen la atención en las librerías, donde la mitad de las compras se hacen siguiendo el capricho del que ojea. Pero a medida que el mundo literario entra en la era del libro electrónico, las portadas van perdiendo parte de su función, al menos tal como la conocemos ahora. Cuando los libros tengan pantallas en vez de portadas, ¿podrán los editores seguir dependiendo de ellas como herramientas de mercadotecnia? En el proceso de perder la forma física, ¿seguirá el arte de portada de los libros el mismo camino que las cubiertas de los discos hasta convertirse en una sombra de lo que fue? A medida que los Kindle baratos proliferan, la portada parece oscilar al borde del abismo de la obsolescencia. Pero puede que la era dorada del diseño gráfico literario esté sólo empezando.
A la izquierda, la Odisea de toda la vida. A la derecha, el mismo título con portada de Gregg Kulick.
A la hora de vender libros, el envoltorio importa. La portada de un libro no sólo sirve como su plumaje en la librería, sino que es particularmente decisivo para promocionar lo que los editores llaman el “fondo”, su creciente colección de títulos aún en catálogo, pero ya no tan promocionados como las novedades. “El diseño de portadas es una manera de darle frescura a algo, de devolverlo a la vida”, dice Adam Freudenheim, el editor de Penguin Classics en Londres. “Por lo general ese es el desafío con los fondos: ¿Cómo conviertes libros antiguos en novedades o consigues que el público los vea con nuevos ojos?”. No es cuestión baladí. Los fondos pueden llegar a sumar una enorme proporción de las ventas de un editor, en algunos casos más del 80 %. Un diseño atrevido puede atraer atención sobre un viejo título y aportarle al comprador la impresión de que no es que se trate sólo de un libro antiguo, sino que se ha convertido en “clásico”.
A corto plazo, el acelerado ritmo de los cambios experimentados por la industria literaria está añadiendo presión a los editores para acentuar el diseño físico de los libros, dice Joel Silver, presidente de Indigo Books & Music. “El valor de poner [un libro] en la estantería o sobre la mesita del salón pasa a ser mucho más importante”, afirma Silver. “Como objeto físico ha de ser mucho más bello”. La sensación física de sostener y mostrar un libro impreso, después de todo, es una de sus ventajas competitivas. Pero esas opciones sencillamente no son válidas para los e-books. No sólo no tienen portada en el sentido tradicional de la palabra sino que además algunos, como el Kindle de Amazon, sólo reproducen escalas de grises. Ni siquiera las tabletas a color capaces de hacerle justicia a una imagen de portada pueden replicar las funciones sociales de una cubierta. La portada, dice Sarah MacLachlan, directora de House of Anansi Press, hace algo más que vender un libro en la tienda: es publicidad para la edición cada vez que un lector lo saca a la calle. Es una herramienta de interacción social en el sentido más viejo del término, permitiendo que la gente vea lo que otros están leyendo, sentados en el metro o en la sala de espera. “En un dispositivo electrónico, la portada no juega ese papel”, dice MacLachlan. [...] Pero si las portadas están perdiendo terreno como la mejor manera de vender un libro, su diseño gráfico acabará por ser más importante que nunca, aunque sea de maneras ligeramente distintas.
Entre esta portada y la de Todo por una chica, Anagrama está consiguiendo que Nick Hornby parezca un ñoño de cuidado.
El artículo continúa enumerando algunos de los nuevos desafíos a los que se enfrentan los diseñadores, como son la creación de portadas lo suficientemente llamativas e identificables incluso en una versión tan reducida como la que suelen utilizar las tiendas electrónicas o el desarrollo de aplicaciones para los lectores de e-books. A mí lo que más me interesa, en todo caso, es esta idea de que el cambio que se avecina pueda ser una llamada de atención que propicie el estímulo creativo. Por supuesto, en Estados Unidos e Inglaterra la recuperación continua del fondo editorial, pasado por el filtro de la reinvención gráfica, es una práctica habitual: ya hablamos aquí en su día de los James Bond de Michael Gillette; otros dos ejemplos notables recientes podrían ser el rediseño de toda la obra de Cormac McCarty realizado hace unos meses por David Pearson (podéis ver el resultado aquí) o la fantástica colección Great Ideas de Penguin (ejemplos aquí y aquí). Sin embargo, esta sana costumbre que sirve no sólo para modernizar el aspecto del libro, sino también para acercarlo a nuevas generaciones de lectores, carece de toda tradición en nuestro mercado, el cual, si por algo se caracteriza a nivel gráfico, es por un inmovilismo que ronda lo pavoroso, tanto en lo referido al catálogo de fondo como a las mismas novedades: fotos de stock, cuadros de pintores románticos, escasa o nula relación de la imagen con el contenido, la manía de basar el diseño de colección en la presencia de cajas de color o marcos (tanto da que sean negros, rojos, amarillos o de damero).
La educación sentimental de Flaubert: Losada vs. Penguin.
Todo lo cual no tendría por qué ser malo si no fuera tan exageradamente omnipresente desde hace treinta años. Por eso, al margen de que todavía no tenga una idea muy definida de lo que va a traer de bueno y de malo el libro electrónico, si al menos sirve, como parece que así va a ser, para acentuar aún más la división entre “productos de consumo masivo” y “libros-objeto editados con mimo para una minoría”, puede que el diseño de estos últimos empiece a estar marcado por nuevas tendencias más innovadoras y creativas. Francamente, a mí como consumidor me gustaría que así fuera (a qué fan de Bolaño, por ejemplo, no le gustaría tener un mercado en el que se publicaran ediciones de 2666como esta), pero debo reconocer que no soy demasiado optimista. Y desde luego no será por falta de talento; así a bote pronto me vienen a la cabeza trabajos como los libros de J. G. Ballard y de Agatha Christie diseñados por el estudio Opalworks, las portadas de Ferrán López para Plaza & Janés o las de Fernando Carballo para la colección Pensamiento Crítico, que demuestran con creces que si algo falta en España no son ideas ni buenos diseñadores. Pero el trabajo de un diseñador nace siempre constreñido por la línea que quiera marcar el sello para el que trabaje. Teniendo en cuenta lo enquistadas que llegan a estar algunas editoriales en sus fórmulas de toda la vida, y viendo por otra parte el comportamiento de un público por lo general acomodaticio que tiende a comprar más de lo mismo antes que a arriesgar con lo nuevo (y que por lo tanto suele rechazar en principio propuestas gráficas más elaboradas porque, al no seguir la pauta establecida, intuye que el contenido también se va a salir de lo normal o no se va a adecuar a sus gustos), mucho me temo que el cambio aún tardará en llegar. A no ser que, efectivamente, el seísmo que se avecina llegué a ser de tal magnitud como para forzarlo. Lo cierto es que estoy deseando ver a dónde nos lleva todo esto.
Dos aproximaciones pero que muy distintas a Haruki Murakami. Pincha sobre la imagen de la derecha para ver la cubierta diseñada por Chip Kidd en todo su esplendor.
La semana pasada se inauguró en el centro de creación contemporánea Matadero Madrid la muestra Cartográfica: Madrid Diseña, una exposición impulsada, en palabras de la organización, “con la doble idea de visualizar la gráfica que se hace en, desde o para Madrid y para hacer un inventario gráfico de los profesionales que trabajan o viven en Madrid”. Lo bonito y lo original de la muestra es que, gracias a ese afán inventariador, uno puede ver el trabajo de diseñadores absolutamente consagrados junto al de completos desconocidos y admirar el resultado de grandes campañas para firmas como Mahou, Camper, El País, el Museo del Prado o Alfa Romeo junto a diseños para pequeñas editoriales, librerías, fanzines y proyectos personales. Vamos, que sí tiene uno la sensación de estar viendo un auténtico panorama, completo, complejo y variado del diseño que se está haciendo actualmente en Madrid.
Varios trabajos de, entre otros, Javier Olivares.
Vaya por delante que yo no me considero ni mucho menos diseñador. Me apasiona el tema y trasteo lo que puedo, más que nada por necesidad y para poder sacar adelante mi proyecto editorial, pero de verdad que no es falsa modestia cuando digo que me siento bastante intruso en una muestra como esta, ya no sólo al lado de gigantes a los que admiro como Pep Carrió, Óscar Mariné, Fernando Rapa Carballo o Isidro Ferrer, sino también al lado de todos los demás participantes, la gran mayoría desconocidos para mí pero en muchísimos casos sobrados de auténtico talento.
Es Pop en Cartográfica.
En cualquier caso, una vez recibida la invitación a participar en el proyecto, no podía dejar pasar la ocasión de promocionar los libros de Es Pop en un marco tan apetitoso. Para que os hagáis un idea de la magnitud de la exposición, cada diseñador de los más de 500 que han participado podía enviar hasta cinco ejemplos de su trabajo. Todos ellos pueden verse en Matadero Madrid tal y como podéis comprobar en las fotos que acompañan a este texto. Entre todas estas obras propuestas, un comité de selección escogió una serie de ellas para componer una segunda muestra dentro de la muestra en la que se pueden ver los diseños reproducidos a mucho mayor tamaño y ordenados por temáticas.
La cubierta de Acero, ilustrada por David Sánchez. en buena compañía.
Y sí, ahí entre los libros está la portada de Acero. Me parece evidente que si algo ha debido de llamar la atención del comité de selección tiene que haber sido, por encima de cualquier otro elemento, la potencia gráfica de David Sánchez, el ilustrador de la misma, pero aun así no he podido evitar sentir cierta satisfacción personal, más como editor que como diseñador, al verla ahí expuesta. Pero lo que más marciano me parece de todo esto es la posibilidad de que si, tal y como estaba previsto, esta parte de la muestra viaja a finales de año al pabellón de Madrid en la Expo de Shanghai, pueda llegar a darse el caso de que algún espectador chino vea la portada y piense: “Oye, pues tiene buena pinta este libro”. En fin, vaya tonterías que se me ocurren.
Cómo me gustan los carteles de Isidro Ferrer para el Centro Dramático Nacional.
Lo importante, en cualquier caso, es que la exposición podrá seguir viéndose hasta el próximo 5 de septiembre, de martes a viernes de 16:00 a 22:00 horas y los fines de semana de 11.00 a 22:00. Ya sabéis, en Matadero Madrid (Paseo de la Chopera, 14). Y de verdad que merece bastante la pena. Podéis ver más fotos y comentarios en los blogs de otros amigos que también participan en la muestra, como Manuel Bartual y Javier Olivares. También, con un poco de paciencia, podéis ver todos los trabajos presentados en la web de Cartográfica, aunque quizá no sea la manera más cómoda de hacerlo. Por último las portadas de Es Pop están aquí.
Creo que de todas las portadas que hemos hecho hasta ahora en Es Pop, la de Capturado ha resultado ser la más complicada. Al contrario que en anteriores ocasiones, no contábamos con un concepto demasiado concreto para la imagen principal, sino que ésta surgió en el transcurso de una serie de correos que fui intercambiando con Kano, el ilustrador de la misma, al cual quiero agradecer antes que nada el entusiasmo y la entrega con los que afrontó todo el proceso. Kano es dibujante de cómics y ha trabajado para las dos principales editoriales norteamericanas del medio, Marvel y DC, en colecciones como Superman: Action Comics, H-E-R-O, Gotham Central y Marvel Zombies, aunque quizá al gran público le suene más su labor en campañas publicitarias para empresas como Movistar, Mitsubishi o el Masters de tenis de Madrid (podéis ver imágenes de todas ellas aquí). Kano, en cualquier caso, es un tipo muy versátil que se maneja en varios estilos distintos, y a mí lo que más me había llamado la atención en este caso había sido una serie de dibujos que realizó para ilustrar un proyecto de guión de nuestro común amigo David Muñoz.
A la izquierda, la portada original. A la derecha, ilustración de Kano. Pincha para ampliar.
El estilo y la atmósfera de esta imagen que podéis ver aquí arriba me parecieron idóneos para la prosa tersa y directa de Neil Cross y, de hecho, con apenas un par de modificaciones, habría resultado casi perfecta para la cubierta de su anterior novela, Enterrada, de la cual ya hablaremos en el futuro. Volviendo a Capturado, he aquí un par de extractos del primer mail que le envié a Kano, obviando algunos spoilers:
Para la imagen de portada se me han ocurrido varias opciones, a ver cuál te parece más interesante. Una deriva directamente de la ilustración que hiciste para el guión de David. Sería mostrar una carretera comarcal típicamente inglesa, rodeada de árboles, con una VW Combi naranja aparcada en la cuneta y un tipo metiendo a otro tío inconsciente y golpeado por la puerta lateral de la furgoneta. Lo ideal sería que no se les viera apenas las caras. De hecho, ni siquiera debería verse muy a las claras que es un tío arrastrando a otro hasta que uno se fija un poco. Quiero decir, que a lo mejor el raptado podría estar asomando de la puerta de la furgoneta, pero en un ángulo que no sea normal, por ejemplo tirado de espaldas en la calle, con las piernas desapareciendo en el interior, no sé. Te pego una imagen de referencia de la VW Combi:
Hay una escena en el libro en que la furgoneta queda abandonada justo al borde de una playa. Es una imagen que me mola, pero al margen de dibujarla con las puertas abiertas… no se me ocurre otro modo de transmitir una sensación un poco de inquietud o de ausencia, algo que enlace con los otros temas del libro. Pero ahí te dejo la idea por si se te ocurre algo por ese lado. Lo más importante aquí sería, al igual que con lo de la VW aparcada a un lado de la carretera, conseguir transmitir una sensación de inquietud a partir de una imagen en apariencia banal. El otro concepto más o menos claro que tengo para la imagen de portada iría por otro camino completamente distinto. Sería una imagen de un cuarto vacío, con una ventana en medio como única fuente de luz, y frente a la ventana, con la luz de ésta reflejada en el suelo, una silla con un tipo atado (inmovilizado con bridas a los brazos y las patas de la silla). Una vez más, lo mejor es que el tipo esté medio en sombras, que se sugiera el encierro más que otra cosa. La imagen me vino pensando en los viejos tebeos de Spirit y su casa en el cementerio con la gran ventana por detrás. Evidentemente, la ventana a dibujar en este caso no sería tan espectacular, sino algo mucho más normalito. Te pego un garabato para que te hagas una idea más concreta de a lo que me refiero:
Estoy pensando ahora mismo, de hecho, que cuanto más sugerido quede el tema mejor va a funcionar, probablemente, como portada. Quizá lo más efectivo sería centrarnos en la silla, incluso vacía, pero insinuando que ahí ha habido alguien atado. Podría estar manchada, con los restos de las bridas todavía colgando, un cubo con heces volcado al lado… el estado en el que quedaría la habitación una vez desaparecido el “capturado” del título, vamos. También hay otra escena en el libro en la que dos personajes se pelean a la orilla de un torrente y quedan pringados de barro de arriba abajo. Ilustrar eso probablemente iba a quedar demasiado literal, pero la escena hizo que me acordara de esta foto, que me parece muy sugerente y malrollera:
A la izquierda, “Massimo Speech”, fotografía de Davide Faggiano. A la derecha,
ilustración de Tobias Kwan. Pincha para ampliar.
Otra referencia podría ser esta ilustración de Tobias Kwan que he visto hace un rato en tumblr (una feliz coincidencia, desde luego). Evidentemente, no es aplicable a Capturado. Pero ¿y si en vez del payaso tuviéramos a nuestro protagonista cubierto de barro, hojas secas y demás detritus vegetales, y en vez de una pìstola llevara en la mano el pie de cabra, como si estuviera golpeando algo o a alguien que queda fuera de la portada y al que nosotros no vemos? ¡Ahí lo dejo! Mientras, para la contraportada también tengo dos imágenes, estas sí mucho más concretas. Una, la que más me atrae, es un banco de herramientas. Bueno, en realidad no un banco, sino una tabla en vertical de la que cuelgan diversas herramientas amenazadoras: un pie de cabra o alzaprima, una almádena, unas tijeras de podar, un martillo de carpintero de esos con cuña para arrancar clavos… Toda la contra de arriba abajo podría ser el corcho o la plancha que va colgada en la pared y en la parte inferior podría verse apenas un par de centímetros de lo que es ya el banco en sí, y sobre el banco un rollo de cinta de embalar y (¡agh!) un diente arrancado. Lo que te decía de combinar la imagen costumbrista con el mal rollo. La otra idea, que podría encajar además bastante bien con la imagen de la furgoneta abandonada en la playa si finalmente nos decidiéramos por esa opción, es la de un pier ardiendo. La novela relata un incendio real en el Grand Pier de Weston-super-Mare, en Inglaterra, y la imagen de esa pasarela internándose en el mar, y un pequeño incendio al fondo, me parece bastante cautivadora, sobre todo si la ilustración sólo ocupa el tercio inferior de la contra y el resto queda ocupado por el aire, como hizo Henry Sene Yee en su portada para Columbine (la VW en la playa podría seguir el mismo esquema). El Grand Pier de Weston era este:
Y hasta aquí llegaba el exhaustivo primer pitch, que he resumido en parte para no aburrir hasta a las ovejas, acompañado de una galerada de la novela para que Kano pudiera leerla y aportar cualquier otra idea que le sugiriera el texto. A continuación os pego varios fragmentos de sus respuestas, acompañados de los primeros bocetos que me fue enviando.
Primeros bocetos y primera visualización de la “pelea en el río”. Pincha para ampliar.
Todas me parecen sugerentes. Voy pensando en voz alta… La primera es la más clara, igual demasiado peliculera. La furgo mola en todas. En la playa, descontextualizada, inquieta, quizás sea una imagen más abstracta. Que termine resultando perturbadora ya es más difícil de resolver, al menos para mí, que me manejo mejor con lo obvio que con ese tipo de fría sutilidad. La de la ventana mucho mejor con la silla vacía. Me hace gracia, porque es la típica imagen de terapia gestalt, ésta igual da más idea de tortura, más mal rollo que inquietud. Lo del barro me parece guapísimo visualmente. A mí siempre me tiran más las figuras que los objetos. Un plano cerrado, un poco más que el de la foto. No sé si sería mucha licencia ponerlo ahí atado con las cuerdas, que junto al barro ya no daría exactamente la idea de estar secuestrado, quedaría una composición un poco más extraña, porque ¿qué hace un tipo embadurnado en barro y atado a la vez? Y es verdad que gráficamente el barro queda muy marciano y malrollero. Como de mutante de Burns. Ese mismo tono verdoso de la foto es buenísimo. Está la peliculera, la abstracta, la de tortura y el tratamiento exfoliante. Voy meditándolas, a ver qué visualizo.
Dos versiones de la VW Combi. Pincha para ampliar.
Las contras molan todas también. La primera, claro, más obvia, la pasarela entrando en el mar da juego, queda mas poético. ¿Descartas usar una de las ideas de portada en la contra? Como la silla con las cuerdas, sin fondo, y la ventana arriba o simplemente la furgoneta con las puertas abiertas, también sin fondo. La furgoneta me pone, ja, ja, ja. En todo caso en la contra podría quedar más guapo poner lo que sea sin fondo; incluso las herramientas colgadas sin corcho ni nada, y el diente puesto abajo también, todo directamente sobre el color de la contra. No sé si la quieres relacionar de alguna manera con la imagen de portada…
La silla vista como elemento de portada o de contraportada.
Una vez recibidos los bocetos de Kano, me puse a hacer pruebas combinando las opciones que más me gustaban con diferentes tratamientos tipográficos (algunas pruebas aparecen pegadas directamente sobre la portada de A la cara porque para entonces ya sabía que Capturado iba a tener el mismo número de páginas y por lo tanto el mismo grosor de lomo). Veamos un par:
Debo reconocer que durante varios días estuve bastante tentado de tirar para adelante con la imagen de la VW Combi, principalmente porque me preocupaba que las otras pudieran resultar demasiado macarras y poco comerciales, que pudieran ahuyentar a un determinado tipo de lectores que de otro modo podrían haberse interesado por un thriller psicológico como este. Pero de haberlo hecho así, creo que en última instancia nos habríamos acabado arrepintiendo, porque si por algo creamos esta colección fue precisamente para disfrutar con nuestro trabajo y para poder permitirnos tomar decisiones que en una editorial “de verdad” quizá no tendrían lugar. Y en este caso, al margen de disquisiciones empresariales, la imagen que más “nos ponía” a todos, tanto a mis socios de Valdemar, como a Kano, como a mí, era la del personaje embarrado enarbolando el pie de cabra. Así pues…
Pincha para ampliar.
Mientras hacíamos varias pruebas con distintos colores y texturas de fondo para la imagen de portada, Kano me envió como alternativa un nuevo reencuadre del dibujo que potenciaba la incertidumbre y el mal rollo, así como el anonimato del personaje:
Una vez decidido el color y el encuadre definitivos, ya sólo quedaba elegir qué elementos iban a ir definitivamente en la contraportada y en la solapa. Había dos opciones bien claras, cada una con sus propias ventajas. La silla, por una parte, ofrecía la posibilidad de colocar el texto de la contra de un modo más original y llamativo, siguiendo en diagonal el contorno de la sombra. También me gustaba mucho la idea de extender la imagen sobre el lomo del libro de tal modo que la sombra lo dividiera en dos, dejando el título y el nombre del autor en la parte morada y el logo y el nombre de la editorial en la parte negra.
Por otra parte, también me atraía la idea de contrastar la imagen cerrada y opresiva de la portada con el plano abierto y aparentemente apacible de la VW Combi en mitad de la playa. Además, nos permitía darle más coherencia cromática al conjunto, reservando las tonalidades más oscuras para las solapas. Para intensificar el efecto, posteriormente le pedí a Kano que cambiara el cielo azul de la playa por un tono verdoso similar al de la portada.
Una vez hecho esto, ya sólo quedaba decidir el tratamiento tipográfico. Para no aburriros con las decenas de pruebas que fui acumulando, aquí sólo pondré dos ejemplos de versiones casi definitivas que cerca estuvieron de convertirse en la portada real. Resulta curioso que después de probar con todo tipo de colores tanto para el título como para el nombre del autor, acabara volviendo a los que llevaba utilizando desde el primer día, a pesar de que en su momento los había puesto completamente al azar, sin meditarlo demasiado.
Pincha para ampliar.
Todavía me sigue gustando mucho la versión de la derecha, con el título en verde. Me parece una opción quizá algo más elegante que la definitiva, pero es innegable que el amarillo resulta mucho más llamativo y potente, así que en última instancia nos decantamos por él. La prueba de la izquierda, con un bloque de un solo color en el lomo, también habría quedado bien, aunque a lo mejor habría resultado excesivamente “clásica”, rompiendo la tendencia de las dos cubiertas anteriores de tener un pequeño elemento gráfico no demasiado definido en el lomo que pueda despertar cierta curiosidad o incluso impulsar a un hipotético comprador a sacar el libro de la estantería para ver “qué más hay”. Aquí abajo tenéis, finalmente, la versión definitiva (la imagen se amplía al pinchar). Este ha sido sin duda el Cómo se hizo más largo que ha aparecido en el blog hasta ahora y ciertamente espero no haber abusado de vuestra paciencia, pero creo que merecía la pena entrar con cierto detalle en todo el proceso. Espero al menos haber conseguido transmitir en alguna medida lo emocionante que resultó para mí ir descubriendo poco a poco la portada en las sucesivas imágenes que iba creando Kano. Para alguien que, como yo, se pasa tanto tiempo trabajando solo, entrar aunque sólo sea durante un par de semanas en un proceso de colaboración tan intenso como este siempre resulta altamente estimulante.
A la izquierda, el primer libro de bolsillo publicado por Penguin, editorial pionera en el uso
de códigos de colores para diferenciar los contenidos de sus títulos.
La semana pasada leí un artículo bastante interesante en la página Web de The Smithsonian, escrito por Anne Trubek y titulado “Cómo el libro de bolsillo cambió la literatura popular”. Hoy en día damos por hecha la existencia de dos grandes mercados complementarios dentro de la industria del libro: el de la edición en tapa dura y el de la edición barata y en rústica (y raro es el título que no convive en ambos). Pero esto no siempre fue así. Hasta mediados de los años treinta, la única manera que tenía uno de leer literatura “seria” era comprando libros en tapa dura a un precio habitualmente bastante elevado en relación a los artículos de primera necesidad. La edición en rústica existía, pero en términos generales estaba restringida a las formas más bajas de entretenimiento, principalmente a los penny dreadfuls (noveluchas de crímenes y horror) y similares. Lógicamente, aquello no servía sino para perpetuar una suerte de elitismo cultural unido inextricablemente al poderío económico que, en definitiva, convertía la lectura en una forma más de clasismo. Todo esto cambió con la llegada de un tipo empeñado en acercar la literatura a las masas. De eso precisamente es de lo que habla el artículo de Trubek, que podréis encontrar completo aquí y del cual he extraído este par de fragmentos:
Dos ejemplos de la colección de ensayos de “interés público” que
caracterizaron durante años a la editorial.
Cómo el libro de bolsillo cambió la literatura popular
Puede que la historia sobre los primeros libros de bolsillo de Penguin sea apócrifa, pero es buena. En 1935, Allen Lane, director de la eminente editorial británica Bodley Head, pasó un fin de semana en el campo con Agatha Christie. Como muchas otras editoriales, Bodley Head estaba teniendo problemas económicos debido a la Depresión, y la principal preocupación de Lane era cómo mantener la empresa a flote. Mientras estaba en la estación de Exeter esperando su tren de regreso a Londres, curioseó por varias tiendas en busca de algo bueno que leer. No consiguió encontrar nada. Lo único que vio fueron revistas de moda y noveluchas de baratillo. Fue entonces cuando tuvo su momento «¡Eureka!»: ¿y si hubiera títulos de calidad disponibles en lugares como las estaciones de tren a un precio razonable, como por ejemplo el de un paquete de cigarrillos?
Lane le propuso a Bodley Head crear un nuevo sello para hacer precisamente eso. La editorial no quiso financiar la empresa, por lo que Lane decidió usar su propio capital. Siguiendo al parecer la sugerencia de una secretaria, llamó a su nueva editorial Penguin, y envió a un joven colega al zoológico para que le trajera un dibujo de dicho pájaro. A continuación adquirió los derechos de reimpresión de diez títulos de literatura seria y se dedicó a llamar a las puertas de negocios que no fueran librerías. Cuando los grandes almacenes Woolworth’s le hicieron un pedido de 63.500 ejemplares, Lane comprobó que tenia un modelo de negocio viable.
Los libros de bolsillo de Lane eran baratos. Costaban seis peniques, lo mismo que diez cigarrillos, insistía el editor. El volumen de la tirada era clave para la rentabilidad; Penguin tenía que vender 17.000 ejemplares de cada título sólo para cubrir los costes.
Dos buenas muestras de la revolución estilística capitaneada pro Penguin en los sesenta.
Los diez primeros títulos de Penguin, entre ellos El misterioso caso de Styles, de Agatha Christie, Adiós a las armas, de Ernest Hemingway y El misterio del Bellona Club, de Dorothy Sayers, tuvieron un éxito arrollador, y en tan solo un año de existencia la editorial ya había vendido más de tres millones de libros.
[…] En 1937, Penguin se expandió, añadiendo un sello dedicado a la no ficción llamado Pelican y empezando a publicar material original. El primer titulo escrito expresamente para Pelican fue la Guía del socialismo, el capitalismo, el sovietismo y el fascimo para la mujer inteligente, de George Bernard Shaw. También publicó Especiales Penguin de tendencia progresista como Por qué estamos en guerra y Lo que quiere Hitler, que se vendieron como rosquillas. De esta manera, Penguin jugó un papel no sólo en la literatura y el diseño sino también en la política, y su postura izquierdista marcó la guerra y la postguerra de Gran Bretaña. Después de que el partido laborista obtuviera el poder en 1945, uno de sus líderes declaró que la posibilidad de que el pueblo hubiera podido acceder a textos progresistas durante la guerra había contribuido enormemente a la victoria de su partido.
[...] Estados Unidos adoptó el modelo Penguin en 1938 con la creación de Pocket Books, cuyo primer título fue La buena tierra de Pearl S. Buck, y se vendió en los grandes almacenes Macy’s. Otras empresas norteamericanas siguieron el ejemplo de Pocket. Avon, Dell, Ace y Harlquin publicaron novelas de género y nuevas obras literarias de autores como Henry Miller y John Steinbeck.
Penguin también recopilaba la obra de humoristas gráficos como Peter Arno
y fue una de las primeras editoriales en utilizar fotografías en sus portadas.
En España, la primera editorial en seguir los pasos de Penguin fue Espasa Calpe, con su celebérrima colección Austral, inaugurada en 1939 por La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, que imitaba incluso el característico diseño de portada minimalista de Penguin y la adopción de un esquema de colores para indicar el tipo de contenido de cada libro. Posteriormente, a partir de finales de los cincuenta, Penguin abandonaría dicho diseño unitario para crear nuevamente escuela con sus portadas realizadas a partir de fotomontajes, collages y arte pop (en España el alumno más aventajado de esta nueva tendencia en la manera de difundir la literatura popular sería, qué duda cabe, Daniel Gil con su trabajo para la colección El Libro de Bolsillo de Alianza). Hoy en día las revoluciones en el formato han cambiado de plano y pasan inevitablemente por el mundo digital, pero afortunadamente eso no ha impedido que Penguin (al contrario que muchas otras de aquellas editoriales que siguieron en otros tiempos sus pasos y que hoy en día parecen anquilosadas en las mismas fórmulas) siga innovando, al menos desde lo gráfico, con aportaciones tan jugosas como la serie Great Ideas o como Graphic Classics, su colección de clásicos con cubiertas de dibujantes de cómic (una innegable influencia en Es Pop Narrativa). A pesar de que este 2010 va a cumplir setenta y cinco años, no parece que el pingüino de Allen Lane haya perdido un ápice de entusiasmo juvenil.
Dos estilos de portada para un mismo autor dentro de la misma colección.
Todas las imágenes que acompañan a esta entrada están extraídas del grupo de flickr Penguin Paperback Spotters.
Bueno, debo reconocer que esta entrada está un poco hinchada, ya que la portada de A la cara, no fue tan azarosa ni requirió de tanto trabajo como la de Acero. Es más, prácticamente desde el primer momento tuve bastante claro qué ilustración quería utilizar para la cubierta y, si acaso, lo más trabajoso de todo el proceso fue hacerse con los derechos de reproducción y una buena copia de la misma. Nada excesivamente creativo, vamos. En cualquier caso, por hacer honor a la tradición, aquí tenéis el “cómo se hizo” la portada de A la cara, de Christa Faust.
A la izquierda, la portada original. A la derecha, una primera prueba sobre la misma imagen.
En la entrada anterior ya hablamos largo y tendido sobre Hard Case Crime, la editorial norteamericana que publicó Money Shot, la versión original de A la cara. Ahora, sobre estas líneas, podéis ver su portada ilustrada por Glen Orbik. Orbik es, a mi juicio, un digno sucesor de la gran escuela de ilustración comercial norteamericana de los cincuenta y los sesenta, pero eso no quita para que también piense que quizá en este caso no estuviera en su momento más acertado. Es indudable que su chica se amolda casi a la perfección a la descripción que hace Christa Faust de Angel Dare, la protagonista de la novela, y que la ilustración mantiene el nivel de otros trabajos suyos para esta misma colección, de los cuales ya vimos varios ejemplos el domingo, pero… ese billete. ¡Ese billete! Quizá sea sencillamente una cosa cultural, pero a mí este tipo de portadas que intentan transmitir una idea de desnudez integral para luego disimularla por completo de una manera tan burda me dejan con una sensación como de “quiero y no puedo”. No siempre quedan mal (el propio Orbik sorteó el problema con bastante mejor fortuna en la portada de Songs of Innocence), pero por lo general, si no puedes poner en tu portada a una mujerona (o a un hombretón) verdaderamente en bolas, mejor sácala vestida. Por supuesto, es sólo mi opinión. Pero el caso es que no me gustaban nada esos cien dólares ahí puestos con el imperdible. Aun así, hice una rápida prueba para ver qué tal se defendía la ilustración sin más elementos en la portada aparte del título y el nombre de la autora. No quedaba mal, pero seguía sin convencerme. Al margen de eso, quizá la imagen iba demasiado dirigida a un público eminentemente masculino, cuando la idea que impulsa la novela es precisamente, en palabras de la propia autora, «retar tanto a los lectores como a las lectoras a que lean más allá de su tradicional zona de seguridad. Quiero que los hombres lean sobre la imagen que tienen de su cuerpo las mujeres y sobre el miedo a envejecer. Quiero que las mujeres lean sobre la verdadera brutalidad de la violencia que contra ellas se comete a diario en todo el mundo. También me atraía la idea de darle la vuelta a los arquetipos tradicionales del género». Por ello, me parecía imprescindible buscar una portada un poco más “para todos los públicos” y que pudiera apelar también a todas esas lectoras hasta las que quiere llegar Faust, y no sólo al típico aficionado a la novela negra.
Izquierda, The Brass Halo. Derecha, una apresurada aproximación a Maguire.
Afortunadamente, casi desde que terminé de leer la novela tenía ya en mente una imagen que me parecía perfectamente apropiada para vender esta historia de mujer agraviada que busca venganza dentro de un contexto puramente pulp. Creo que ya he comentado en alguna ocasión mi admiración y devoción por los grandes ilustradores de la era de la novela de quiosco; nombres como Norman Saunders, Rafael De Soto, Robert McGinnis y James Avati. Y entre todos ellos siempre he sentido especial predilección por Robert A. Maguire, cuya portada para la novela de Jack Webb (no confundir con el creador de Dragnet) The Brass Halo, publicada originalmente en 1956, quise recuperar para la ocasión. A partir de una pequeña imagen sacada de Internet, monté rápidamente la prueba que podéis ver arriba a la derecha, que aunque aún distaba mucho de parecerse a nada remotamente publicable me reafirmó en que iba por el buen camino (a veces hasta la prueba más chorra y apresurada sirve para demostrar al menos cosas como que la ilustración se ajusta a las proporciones, que te va a dejar espacio para el título y demás consideraciones prácticas).
A la izquierda, una prueba más seria. A la derecha, buscando alternativas. Pincha para ampliar.
Por desgracia, Bob Maguire falleció en 1955, pero su hija Lynn mantiene vivo su legado a través de la página R.A. Maguire Cover Art, que me sirvió para contactar con ella y empezar a negociar la compra de los derechos. El principal problema a la hora de recuperar portadas de la edad de oro de la literatura popular norteamericana suele ser que muchos de los originales se han perdido o están en manos de coleccionistas privados. En este caso la suerte me sonrió gracias al libro Dames, Dolls & Gun Molls: The Art of Robert Maguire, que publicó Jim Silke el año pasado, para cuya realización reunió, fotografió y digitalizó buena parte de la obra del artista. De otro modo, dudo mucho que hubiera podido disponer de una reproducción decente del original. En cualquier caso, como la negociación se alargó durante algunos meses y la cosa no terminaba de estar clara, se me ocurrió que no estaría de más tener alguna alternativa, por si acaso al final no era posible contar con la imagen de Maguire. De ahí la prueba de la derecha, realizada a partir de una ilustración de Jonas Bergstrand, un dibujante y diseñador gráfico sueco que encontré gracias a Tumblr. Como finalmente conseguí llegar a un acuerdo con la hija de Maguire, no llegué a contactar con Bergstrand para interesarme por su trabajo, pero creo que a partir de esta idea podría haber quedado igualmente una portada bastante chula; muy distinta, pero también muy llamativa. ¡Quizá en otra ocasión!
Los originales de Maguire en todo su esplendor. Pincha para ampliar.
El libro de Silke también me permitió ver a gran tamaño otras portadas que no conocía o que nunca había visto así de bien reproducidas. Entre todas ellas, me llamó particularmente la atención la de otra novela de los cincuenta, The Hot Chariot, de un tal J. M. Flynn, que también reunía elementos muy relacionados con el contenido de A la cara: un grupo de hombres que se matan entre ellos y una mujer con tendencia a quitarse la ropa (en el caso de Angel Dare, porque en eso consiste su trabajo) atrapada en el medio. Me pareció muy adecuada para usarla como contraportada y, tan pronto como recibí los originales que podéis ver sobre estas líneas, me puse a trabajar ya en firme con el resto de los elementos. Probablemente os habréis fijado en que para todas las pruebas anteriores me había empeñado en utilizar la misma fuente, una tipografía más rota e irregular que la que finalmente acabé usando. La idea era compensar el estilo retro de la ilustración con una fuente que jamás hubiera encontrado hueco en una portada de los cincuenta y que aportara un toque contemporáneo para que la cosa no se quedara en un simple ejercicio de mimesis. La fuente me sigue gustando mucho y no descarto utilizarla para otro proyecto, pero en última instancia preferí usar otra que resultara más legible a primera vista, y de todos modos me parece que la elegida tiene también suficiente personalidad como para transmitir un aire de cierta contemporaneidad y además combinaba muy bien con la Futura que quería utilizar para el nombre de la autora. El resultado final, ya con todos los elementos integrados, lo tenéis bajo estas líneas.
Pincha para ampliar.
Más sobre A la cara, de Christa Faust
Características: 14 x 21,5 centímetros.
Rústica con solapas. 256 páginas.
ISBN: 978-84-937771-0-4
Precio: 16 €
Ilustración de Glen Orbik para la portada de The Wounded and the Slain, de David Goodis.
Ya sé que la semana pasada prometí que en breve hablaríamos de la portada de A la cara, pero luego, pensándolo mejor, me ha parecido que antes de ahondar en el proceso de diseño de ese título en particular podría resultar interesante hablar un poco de la editorial que lo publicó originalmente, Hard Case Crime, un sello norteamericano fundado hace seis años por el escritor y diseñador Max Phillips y por uno de mis héroes personales de los últimos tiempos: Charles Ardai, un treintañero enamorado de la novela negra que un buen día decidió vender su empresa proveedora de servicios de Internet para invertir lo ganado en montar una editorial. Y no una editorial cualquiera, sino una especializada en recuperar clásicos de la narrativa pulp de la era dorada de la literatura de quiosco norteamericana, respetando su formato original barato y de bolsillo (los libros de HCC casi nunca pasan de los siete dólares) y recuperando un arte casi perdido como es el de las portadas pintadas, encargadas ex profeso para todos y cada uno de sus títulos. El invento funcionó bien y prácticamente desde el principio Ardai empezó a publicar también obras de autores contemporáneos dispuestos a seguir el espíritu de aquellos irrepetibles clásicos de baratillo (entre ellos gente como Stephen King y, evidentemente, nuestra Christa Faust). Con estos antecedentes, no sé si hará mucha falta decir que el de Hard Case Crime fue uno de los ejemplos que más me animó en su día a la hora de lanzarme con Es Pop, y si leéis la entrevista hasta el final podréis ver que el modelo de asociación Valdemar/Es Pop, que acabamos de crear para sacar nuestros títulos de narrativa, está casi calcado del que tiene Hard Case con otra editorial norteamericana llamada Dorchester Publishing (un ejemplo de coedición que, supongo, no será único, pero que en cualquier caso fue el que me sirvió a mí de inspiración).
Pulp contemporáneo. The Colorado Kid de Stephen King y Songs of Innocence de Richard Aleas. Portadas de Glen Orbik.
Quería, pues, aprovechar la ocasión para dedicarle una entrada a esta editorial valiente y singular. Y para ello, nada mejor que tirar de su cofundador y principal ideólogo, Charles Ardai. El año pasado, en Killer Covers (una web dedicada precisamente a hablar de portadas de libros de género negro), J. Kingston Pierce, editor y fundador de The Rap Sheet (sin duda uno los mejores blogs que hay ahora mismo en el mundo sobre narrativa criminal), publicó una extensa entrevista con Ardai, de la cual ha tenido la gentileza de cederme unos cuantos fragmentos. Si no he traducido la entrevista entera no es porque el resto no fuera interesante, sino porque quería centrarme principalmente en los dos motivos básicos de que os quisiera hablar sobre Hard Case Crime: por una parte sus excelentes portadas y por otra su actitud de referencia como pequeña editorial independiente. Por supuesto, si estos fragmentos os interesan, no dejéis de pasaros por Killer Covers para leer la entrevista original al completo.
CHARLES ARDAI: CRIMEN EN SUS MANOS
J. Kingston Pierce: ¿Puedo asumir que desde que empezaste a pensar en fundar Hard Case Crime te preocupó el tema del aspecto de las portadas? ¿Cómo de importantes crees que son las cubiertas tanto para vender los libros como para establecer la “marca” Hard Case? Charles Ardai: Son absolutamente esenciales. Hard Case Crime no sería Hard Case Crime sin las portadas, igual que una película de James Bond no sería una película de James Bond sin el tema principal de Monty Norman o un BLT no sería un BLT sin el béicon. En cada caso, se trata de un elemento integral que añade sabor y color y textura y jugo. Las ilustraciones de portada siempre fueron un elemento básico de la ficción pulp. En los tiempos en los que este tipo de historias se vendían principalmente en los quioscos, en abarrotadas estaciones de tren y similares, uno no podía sacarle los diez céntimos al currito que esperaba para hacer su transbordo a menos que su portada saltara desde la balda, lo agarrara de las solapas y lo arrastrara hasta la caja registradora. Lo mismo pasaba en la época en la que las droguerías empezaron a vender novelas publicadas directamente en rústica y lo mismo sigue pasando hoy. La mayor parte de las portadas de libros son aburridas y carecen de imaginación. Farfullan con una vocecilla nasal en vez de entonar una canción de sirena. Nuestras portadas están diseñadas para provocar, para tentar, para despertar la curiosidad. Están pensadas para que el lector diga: “Por supuesto espero que la novela que hay detrás de esa portada sea buena, pero incluso aunque no lo sea tengo que comprarme el libro aunque sólo sea para tener esa portada en casa”.
Dos curiosas reediciones de obras primerizas de Michael Crichton, escritas bajo el seudónimo de John Lange. Por si eso fuera poco, la trama de Zero Cool está enteramente ambientada en España, empezando en Tossa de Mar y acabando en Granada. Portadas de Gregory Manchess.
KP: Entonces ¿cuáles son los elementos más importantes en una portada para Hard Case? ¿Mujeres hermosas? ¿Hombres peligrosos? ¿Una oportunidad de seducción? ¿Violencia inminente? ¿Qué? CA: ¿Cómo decía aquella vieja canción de La noche del escándalo Minsky’s? “Reúne a diez mujeres estupendas/Pero dales sólo nueve vestidos/Y estarás preparando algo grande”. De entre nuestras primeras cinco docenas de portadas, todas salvo una muestran a una mujer hermosa entera o en parte, y precisamente esa una ha sido de las que peor han vendido. El sexo vende. Algunas de nuestras portadas sólo muestran a una persona, otras a dos, otras a tres o cuatro; algunas sugieren acción y otras estatismo; algunas tienen una atmósfera amenazadora mientras que otras son más seductoras. Pero todas tienen una despampanante mujer fatal, normalmente con menos ropa de la que se lleva a la iglesia.
El otro elemento decisivo no depende del contenido sino del estilo. La portada ha de estar pintada siguiendo el estilo de los maestros de mediados del siglo XX: [Robert] McGinnis, [Robert] Maguire, [Rudolph] Belarski, [James] Bama, [James] Avati, [Rafael] De Soto y demás. Es imprescindible que tengan cuerpo, rotundidad; que se vea el brochazo, una representación clásica de la anatomía. Nada de aerógrafos y, por el amor de Dios, nada digital. Sólo óleo sobre lienzo o pintura al temple diluida en auténtica yema de huevo y la mano de un maestro del pincel. Eso es lo que le da a nuestras portadas su aspecto.
Dos portadas de Ron Lesser, uno de los artistas más reincidentes en la colección.
JKP: En 2006 le dijiste a Denise Hamilton del Los Angeles Times: “Es irónico. En los cincuenta podías mostrar a una mujer completamente desnuda en una portada siempre y cuando le estuviera dando la espalda al espectador, pero hoy en día libros con cubiertas así de atrevidas serían rechazados por al menos ciertas cadenas de libreros”. ¿Qué ha cambiado en los últimos años? ¿Por qué las portadas de la era Eisenhower y la era Kennedy eran menos puritanas que las de ahora? CA: Como ni siquiera he cumplido aún los cuarenta (aunque sólo me falten un par de meses), no soy quién para decir cómo eran realmente las cosas hace medio siglo, pero sí me da la impresión de que cierto nivel de estimulación en determinados lugares públicos estaba considerado aceptable de una manera que hoy no tendría lugar. Incluso hace 30 años, cuando yo era chaval, recuerdo ir a la barbería local y devorar con los ojos como platos la pila de “revistas para hombres” disponibles para que los clientes leyeran un rato mientras esperaban su turno. Me resulta inconcebible que hoy en día un barbero pudiera hacer lo mismo, especialmente uno que atienda tanto a adultos como a niños. Pero en aquel entonces no sólo estaba aceptado, sino que incluso era lo que uno esperaba. Sospecho que lo mismo debe de ser cierto para los exhibidores de novelas en las droguerías. No estamos hablando de pornografía, sino únicamente de algún que otro trasero desnudo o quizá, muy de vez en cuando, la promesa de un pezón bajo una camisa demasiado fina. No conozco a nadie que haya quedado perjudicado por ver ni una cosa ni la otra. Pero hoy en día a los vendedores les de semejante pánico ofender a alguien que prefieren ir a lo seguro y rechazar cualquier libro cuya portada contenga algún elemento susceptible de ofensa. En estos últimos años nos han dicho de todo, desde “no queremos pies descalzos” hasta que “algunas tiendas no aceptan que se vea el ombligo”, e incluso “no podéis mostrar escotes laterales”. Sinceramente, yo no siquiera sabía lo que era un “escote lateral” ni que hubiera un nombre para ello. Pero ahí lo tienes. Al final resulta que tienen nombre para todo y si existe la mínima posibilidad de que pueda producirle una erección a alguien, siempre habrá una tienda que no tolere mostrarlo en la portada de un libro. Yo intento ignorar estos comentarios en la medida de lo posible y limitarme a dejar que nuestros artistas pinten la mejor portada posible. Sólo de vez en cuando he tenido que decirle a Bob McGinnis: “¿Puedes cerrarle un poquito la bata?”.
Dos muestras del trabajo de Ken Laager para HCC.
JKP: Has conseguido trabajar con algunos de los más célebres ilustradores de la industria de la novela popular, de Robert McGinnis y Glen Orbik a Ron Lesser y Ken Laager. Teniendo en cuenta la repercusión de las portadas de vuestra colección y la consiguiente búsqueda por parte de otros editores de diseños retro, ¿has tenido algún problema a la hora de contratar a algún ilustrador con el que realmente te apeteciera trabajar? CA: Hay algunos pintores que empezaron sus carreras en el pulp y que siguen en activo hoy en día, pero que no tienen interés en volver a sus raíces. El gran James Bama, que es un tipo generoso y encantador, se retiró de la ilustración comercial en 1971 y se mudó a Wyoming para convertirse en un pintor serio, principalmente de estampas del Oeste. Le enseñamos lo que estábamos haciendo y se mostró muy entusiasta, pero aun así no se dejó convencer. Me escribió una nota en la que decía: “Después de haberle dicho que no a Malcolm Forbes, a Clint Eastwood y a George Lucas, cada vez me resulta más fácil”. De igual manera, Ray Kinstler sentía que había dejado atrás su trabajo como ilustrador de pulps y no tenía el tiempo o las ganas de volver a ellos. Pero el caso que más me entristeció fue el de Robert Maguire. Mantuve una buena conversación con él poco antes de que muriera [en 2005] y me dio la impresión de que le habría gustado intentarlo, pero que tenía la impresión de que no iba a ser capaz de producir nada que estuviera a la altura de sus antiguas portadas. Le rogué que lo intentara de todas maneras. Incluso un Maguire menor habría sido una maravilla. Pero no quiso hacerlo, y un par de meses más tarde falleció. JKP: Yo estoy particularmente interesado en McGinnis, ya que después de todo es el gran maestre de los ilustradores de novelas de bolsillo de mediados del siglo XX. ¿Cómo conseguiste convencerle para que trabajara para HCC? ¿Y qué tipo de relación tienes con él ahora que ya ha pintado varias portadas para vosotros?
Dos portadas a cargo de un veterano de estilo inconfundible: Robert McGinnis.
CA: Trabajar con Bob es un placer. Ahora mismo está haciendo su décima portada para nosotros, una que además tiene un cariz especial ya que es para una de las novelas de Brett Halliday protagonizadas por Mike Shayne, probablemente la serie por la que Bob es más conocido (o eso o por los libros de Carter Brown). Me enteré de que Bob seguía pintando gracias a Glen Orbik, el cual me sugirió que lo llamara. Al principio me daba un gran reparo, no sabía ni qué decirle, pero al final me armé de valor y cogí el teléfono… y tan pronto como nos pusimos a hablar supe que tendríamos una relación estupenda. Para empezar, Bob es en un caballero, un auténtico profesional y absurdamente modesto (a pesar de que no tiene ningún motivo para serlo). Aparte de eso, siente una pasión genuina por el tipo de libros que estamos publicando y es evidente que se lo está pasando de lo lindo volviendo a pintar portadas. No tiene demasiado tiempo libre (sigue estando muy reclamado), pero a nosotros siempre nos ha hecho hueco, algo por lo que le estoy sumamente agradecido. La relación laboral es muy simple: le envío una descripción del libro y un par de semanas más tarde él me envía una serie de bocetos inspirados por esa descripción. Yo elijo uno, le digo: “Ponle algo más de ropa a esta mujer, por favor”, y ya está. JKP: A buen seguro tendrás algunas favoritas entre todas las portadas que habéis publicado. ¿Cuál es la que más te ha gustado hasta ahora? CA: No podría elegir favoritas entre las obras de nuestros artistas. Ofendería a cualquiera al que no nombrara. Lo que sí puedo decirte es qué portadas han generado más comentarios entre los compradores: las de Greg Manchess para The Vengeful Virgin y Fade to Blonde; las de Glen Orbik para The Max y Blackmailer; las de Robert McGinnis para The Girl with the Long Green Heart y The Last Quarry; la de Sharif Tarabay para Killing Castro y la de Ricky Mujica para The Corpse Wore Pasties. Y hay muchas más. En realidad sólo ha habido un puñado que han generado comentarios negativos, y en el transcurso de cinco años eso me parece algo bastante notable.
Blackmailer y The Max, nuevamente de Glen Orbik.
JKP: Explícame el proceso por el cual una novela clásica pasa a ser un título de Hard Case Crime. Hay cantidad de títulos, pero la mayoría nunca aparecerán en tu colección. ¿Cómo te decides por uno o por otro? CA: Llevo prácticamente 30 años leyendo novelas de género negro; empecé de muy joven. Y recuerdo perfectamente las que más me gustaron. Cuando llega el momento de hacer una recuperación, sencillamente voy a la estantería, saco unos cuantos títulos que recuerdo que me gustaron, los releo para asegurarme de que la memoria no me engaña y luego investigo cuándo fue la última vez que se reeditaron y si los derechos están disponibles. En ocasiones tengo que prescindir de un libro porque otra editorial lo ha vuelto a publicar recientemente; en otras no consigo encontrar al autor o a sus herederos. Pero por lo general, si insisto lo suficiente, acabo localizándolos, y aunque es verdad que un par de autores (o de herederos) nos han dicho que no, han sido los menos. Me llevó años encontrar a la nieta de Steve Fisher, o a los tres hijos (de dos esposas distintas) del Robert B. Parker original. Pero acabé encontrándolos. Y el propio trabajo detectivesco necesario para dar con ellos puede resultar divertido en sí mismo. JKP: ¿Puedes citar un par de libros que te gustaría ver publicados en Hard Case? ¿Algún “santo grial” que te gustara rescatar? CA: Gore Vidal escribió cuando era joven una novela con seudónimo para la editorial Gold Medal [Thieves Fall Out, por “Cameron Kay”] que no se ha vuelto a reeditar nunca, y a mí me encantaría sacarla. Hablamos con él y se lo estuvo pensando, pero al final rechazó la oferta. También me gustaría publicar una nueva edición de la primera y fantástica novela de Alan Furst [Your Day in the Barrel, 1976] que fue nominada al Edgar, pero él nos dejó bien claro que no iba a ser posible. Es demasiado diferente de los libros que publica ahora y no quiere verse asociado con ella, lo cual me parece una pena, pero desde luego está en todo su derecho. Martin Cruz Smith escribió una serie de novelas como “Simon Quinn” acerca de un agente secreto del Vaticano, y dos de ellas, particularmente una, son lo suficientemente buenas como para que merezca la pena recuperarlas. Smith estuvo a punto de decirnos que sí; de hecho, llegó a decir que sí pero luego cambió de idea en el último momento. Y hay más. Pero no faltan autores encantados de ver su trabajo de nuevo en el mercado; no voy a perder el sueño por aquellos pocos que prefieren que su obra permanezca en el anonimato.
Las portadas de Fade to Blond, de Greg Manchess y Killing Castro, de Sharif Tabaray.
JKP: Hace poco leí en uno de tus boletines a los lectores que tienes pensado reducir la frecuencia de publicación de HCC. Hasta ahora habéis estado editando un libro al mes, pero a partir del 2010 la frecuencia pasará a ser bimestral. ¿Por qué ese cambio? CA: Por varios motivos. Básicamente llevo cinco años publicando un libro al mes y es agotador. Tenemos un total de cero trabajadores en plantilla, lo que quiere decir que sólo estoy yo para leer todos los libros, comprar los derechos, negociar los contratos, encargar las portadas, supervisar las fotos y los escaneos, corregir los textos de todos los libros, encargarme de la publicidad, hacer cola en correos para enviarle sus ejemplares a cada autor, etcétera, etcétera. Y de verdad que me encanta, pero cinco años así agotan a cualquiera. Por otra parte, llevo un tiempo teniendo la sensación de que estamos atiborrando el mercado. Sí, habrá algunos superfieles que se leerán todo lo que publiquemos. Pero por cada individuo así, hay otros diez que me dicen lo mucho que les gustan nuestros libros, pero que tienen ya una docena esperando en la pila por leer. De igual modo, resulta difícil entusiasmar a los críticos con cada nuevo título cuando en apenas cuatro semanas va a salir otro por la cinta transportadora. En algún momento del proceso, la publicación de un nuevo título de Hard Case Crime dejó de ser un hecho interesante o digno de atención y pasó a ser sencillamente algo que se da por hecho. Mi esperanza es que, reduciendo la frecuencia de publicación, seamos capaces de conseguir más atención para cada título.
Y eso por supuesto nos lleva al tema de las ventas. La economía está fatal y todo el mundo está sufriendo las consecuencias. No voy a decir que nosotros estemos sufriendo más que los demás, pero nuestras ventas han bajado y espero que con un calendario menos apretado, en el que cada título es un poco más un “evento”, se recuperen un poco. Después de todo necesitamos el dinero. Esto es una labor de amor, pero también es un negocio, y si las ventas caen por debajo de cierto nivel no seremos capaces de continuar. De ahí el paso la bimestralidad. Es difícil saber si eso ayudará o perjudicará a las ventas, pero al menos me dará la oportunidad de tomarme un respiro.
Lawrence Block y Mickey Spillane, dos veteranos recuperados por HCC. Las portadas
son de Chuck Pyle y de Arthur Suydam respectivamente.
JKP: ¿Puedes ahondar un poco más en cómo está funcionando Hard Case como negocio? ¿Hay motivos para preocuparse? CA: Trabajamos con otra editorial, Dorchester Publishing, que son quienes se encargan de la producción, las ventas y la distribución, y en estos cinco años han hecho un trabajo consistentemente excelente. También se encargan de llevar la mayor parte de los temas empresariales, de modo que a nosotros nos protegen de lo peor. Pero sé que se enfrentan a la misma situación complicada que cualquier otra editorial, sólo que en mi opinión la situación es más dura para los pequeños que para los grandes. Tenemos menos colchón para amortiguar la caída. Afortunadamente sigue habiendo un montón de lectores ahí afuera y si trabajas duramente aún puedes vender suficientes libros como para mantenerte a flote. Pero desde luego resulta más complicado ahora de lo que lo era incluso hace sólo un par de años, y no me sorprendería que Hard Case Crime tuviera que acabar cerrando algún día. No es por sonar fatalista, pero nada dura para siempre.
Una vez dicho eso, incluso aunque tuviéramos que echar el cierre mañana (cosa que no vamos a hacer), seguiría sintiéndome orgulloso de lo que hemos conseguido. Más de sesenta libros en cinco años, entre ellos cinco nominados a los Edgar (y un ganador), dos ganadores del Shamus, nominados a muchos otros premios, reseñas en todos los principales periódicos y revistas del país… No es moco de pavo. Es muchísimo más de lo que pensé que íbamos conseguir la primera vez que a Max [Phillips] y a mí se nos ocurrió la idea de esta colección. Pensamos que sacaríamos seis libros y que ahí acabaría todo. JKP: ¿Qué has aprendido acerca del negocio de la edición que desearías haber sabido antes de empezar? CA: Oh, he aprendido millones de cosas. Sería imposible explicarlas todas en una respuesta que no fuera a ocupar un libro entero. Pero quizá lo más importante que he aprendido ha sido que si hay algo que amas y que de verdad sientes con pasión, hay una buena probabilidad de que haya más gente ahí afuera, quizá miles e incluso millones, que compartan esa pasión. Y si eres capaz de llegar a una cantidad suficiente de esas personas, tienes una buena base sobre la que levantar una colección longeva.
Dos de mis portadas favoritas de todo el catálogo de HCC,
a cargo de Chuck Pyle y de Michael Koelsch.
(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:
Bueno, pues siguiendo con la ya tradicional costumbre de destripar un poco el proceso de diseño de cada una de las portadas de los libros que vamos publicando (¡menos mal que tampoco son muchos!), hoy le llega el turno a la del primer número de la nueva colección Es Pop Narrativa: Acero, de Todd Grimson. Una portada a la que, por cierto, le tengo un especial cariño, no sólo por ser la primera que me animé a diseñar en solitario, sino porque además contribuyó a que mis socios en esta aventura, la buena gente de Valdemar, empezaran a ver la propuesta con otros ojos. Y es que, claro, una cosa es hablar en abstracto y otra muy distinta tener algo que marca la línea del producto ya en la mano. ¡A pesar de que el producto ni siquiera exista! (el primer boceto de los que veréis aquí se hizo antes incluso de haber comprado los derechos de Acero; y cuando digo “antes” me refiero como a un año antes). Pero volvamos al principio. Recordaréis que hará un par de meses os comentaba que mi amigo David Muñoz había dirigido un cortometraje titulado El último día (que podéis ver aquí). Aprovechando que la protagonista del corto, Ana Villa, salía en un par de escenas maquillada de vampira, y también su buena disposición, tiré de cámara y le saqué una buena tanda de fotos. Si tenéis curiosidad, podéis ver una selección de dichas instantáneas aquí, pero mi favorita, en cualquier caso, es esta:
Justo por aquel entonces acababa de leer Acero, un título que me habían pasado precisamente desde Valdemar para ver si se adecuaba a su colección de narrativa gótica. Y lo cierto es que no era el caso; Acero era demasiado contemporáneo, demasiado posmoderno y demasiado referencial como para justificar su inclusión junto a clásicos como Stoker y Lovecraft o incluso autores más recientes como William Hjortsberg y Shirley Jackson. Sin embargo, aquellas mismas características lo hacían perfecto para Es Pop. La idea de lanzar una colección de libros de narrativa contemporánea me llevaba rondando desde el primer día, aunque por el momento parecía quedar lejos de mi alcance. Pero de repente allí teníamos aquel título, perfecto para presentar una colección que yo no podía editar solo y, en mi opinión, equivocado para las líneas ya establecidas por Valdemar. La solución parecía evidente: editémoslo juntos. Para ilustrar el concepto de colección que tenía yo en la cabeza y aprovechando las fotos que había hecho durante el rodaje de El último día, preparé este apresurado boceto que podéis ver aquí abajo a la derecha:
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Es, efectivamente, la foto de arriba reencuadrada y mínimante retocada con Photoshop para hacerla un poco más fría y borrar el enchufe ese que se veía a la derecha. A la izquierda podéis ver la portada original norteamericana, que no me gusta nada pero sí ilustra un poco el concepto que quería reinterpretar: una cubierta sencilla, compuesta únicamente por la imagen, el título de la obra, el autor y una cita con atractivo comercial. Nada de logos ni de marcos, ni de sellos de colección. Mi idea era reproducir un poco ese aire a bestseller americano, para que a los libreros les entraran ganas de colocar nuestros libros entre las novedades de Planeta y… hala, a vender como locos. Por supuesto, como todos los mejores planes, este acabó yéndose rápidamente al traste por culpa de mis manías, una de las cuales es que no me suelen gustar demasiado las portadas realizadas a partir de fotos. No me malinterpretéis: hay algunas portadas fotográficas verdaderamente magníficas, pero sí creo que el uso de la fotografía está excesivamente extendido y que, encima, está copado por el trabajo de agencias como Corbis o Getty, con lo cual además corres el riesgo de que te pasen cosas como esta, esta o esta otra. El caso es que, no sólo por estética sino también, a qué negarlo, para que llamaran un poco más la atención, decidí que uno de los rasgos definitorios de la colección debería ser que todas las portadas fueran ilustradas.
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Mientras tanto, como podéis ver aquí arriba, seguí dándole vueltas y usos a esta otra foto de El último día. En este caso son pruebas para la carátula del DVD, pero las incluyo aquí para veáis el modo en el que intentaba potenciar ideas como la de que las letras “pincharan” el cuello de la protagonista (como en la primera) o la de que dieran un poco una impresión cortante (como en la segunda). Todo esto, evidentemente, como campo de pruebas para cuando llegara el momento de diseñar la portada definitiva de Acero, para la cual ya tenía en mente a un único ilustrador.
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Las dos imágenes que veis aquí arriba son de David Sánchez, ilustrador e historietista y diseñador de las publicaciones de la editorial Errata Naturae (no dejéis de echarle un vistazo a su espectacular El destripador). Para mí, David es uno de esos ilustradores que incluso cuando trabaja desde una referencia fotográfica es capaz de mantener un estilo reconocible y personal. Aparte de eso, me gustan mucho cómo trata el color y el grosor de su trazo. Por eso, una vez comprados los derechos de la novela y tras haber decidido que sí, que íbamos a utilizar mi boceto inicial como punto de partida, supe de inmediato a quién quería encargarle la ilustración. Afortunadamente, a David le interesó el trabajo y rápidamente me envió esta primera imagen que podéis ver abajo a la izquierda.
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Como veis, el (a mi juicio) mayor hallazgo de la portada ya está ahí presente: la mancha de rojo que divide la imagen en dos. Debo reconocer que me sigue gustando mucho el contraste únicamente entre blanco y rojo, pero me daba miedo que fuera excesivamente agresivo para el lector y además quería algún elemento azul que recordara pues, eso, la frialdad del acero y que me sirviera de nexo de unión con un detalle azul que tenía pensado para el lomo. De modo que le pedí a David que coloreara de azul la parte inferior del rostro de la chica y un par de detalles mínimos más (que el rojo no entrara dentro de la boca y cambiar la posición del reflejo en el ojo). Como veis, la portada quedó prácticamente terminada desde el primer dibujo.
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Aun así, yo soy un poco de natural paranoico, y cuando algo me gusta mucho desde el primer momento siempre lo toqueteo un poco, más que nada para ver si la opinión inicial se sostiene o si es únicamente fruto del entusiasmo. Por eso, probé otras combinaciones de colores sobre la misma ilustración para ver de qué manera cambiaba la primera impresión. Aquí arriba podéis ver las tres que hice antes de reafirmarme en que no, no hacía falta cambio alguno y que la combinación rojo-azul-blanco era perfecta y lo suficientemente llamativa como para gritar desde la sección de libros de misterio y terror, donde lo que predominan son los tonos negros. Así pues, una vez decidida la portada, sólo quedaba escoger los elementos gráficos que debían ir en la contraportada y en una de las solapas. Acero es una novela bastante coral, pero el eje que mueve todas las relaciones es el compuesto por Justine, una vampira francesa del siglo XV que vive en el Los Ángeles de mediados de los noventa; su compañero Keith, un antiguo guitarrista de un grupo postpunk que tuvo que abandonar la música después de que unos matones le rompieran los dedos; y David, un antiguo enamorado de Justine convertido al vampirismo por ella que ahora la busca para vengarse. Pensé que sería buena idea reflejar este triunvirato en el diseño de la portada, así que le pedí a David (Sánchez, no el vampiro) que me dibujara una mano con los dedos vendados para la contra (tal y como se describen los de Keith en el libro) y para la solapa un sable ensangrentado, ya que David (el vampiro, no Sánchez) utiliza repetidas veces uno en la novela.
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Aquí arriba tenéis la ilustración definitiva que me hizo David, con los tres elementos ya colocados en su sitio. De toda la cubierta, debo reconocer que casi lo que más me gusta es la mano de la contra. Por momentos me arrepiento de haberla utilizado aquí porque habría sido una portada súper impactante para alguna otra novela, pero eso supondría esperar a encontrar otra en la que el protagonista también llevara los dedos vendados, y no era plan. Aquí abajo os dejo, en fin, el resultado definitivo, ya con todos los textos colocados en su sitio (con el título bien cerca del cuello, como en la primera carátula de El último día), su ISBN, su foto del autor y, bueno, todos esos elementos que indefectiblemente afean la ilustración pero que se imponen como inevitables. ¡La semana que viene os espero aquí para hablar de la portada de A la cara!
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Más sobre Acero, de Todd Grimson
Características: 14 x 21,5 centímetros.
Rústica con solapas. 272 páginas.
ISBN: 978-84-937771-1-1
Precio: 17 €
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Cultura Impopular está escrito por Óscar Palmer. Puedes contactar con él por correo electrónico.