Miércoles 16 de noviembre de 2011
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Las dos imágenes que veis sobre estas líneas son las portadas con las que se ha publicado Fargo Rock City en el mercado norteamericano. La de la izquierda pertenece a la primera edición en tapa dura y juega un poco torpemente con la baza de la nostalgia, un valor al que nosotros no queríamos ni arrimarnos en este caso. La segunda, sin embargo, siempre me ha parecido magnífica. Diseñada por Paul Sahre para la edición en rústica, cuenta con un concepto tan sumamente brillante que, una vez vista, cuesta imaginar una solución mejor. La ejecución, en cualquier caso, creo que daba para más. Los añadidos puramente mercantiles, como la inclusión de la cita de Stephen King o el sello de “ganador de chorrocientos premios” (impuestos, estoy seguro, por el departamento de ventas), acaban agarrotando la imagen y afeando un poco el conjunto. Por eso a la hora de abordar la edición española decidí agarrar por los cuernos el concepto de Sahre, pero con la intención de llevarlo en otra dirección.
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Para empezar, me parecía necesario apartarnos del retoque fotográfico para acercar la portada un poco más a nuestro “universo gráfico”. No había pensado volver a colaborar tan pronto con David Sánchez*, autor de la portada de Acero, pero cuando vi su serie de cromos Holocausto Australopithecus para el nº 1 de ¡Caramba! se me ocurrió la idea de pedirle que me dibujase una vaca-metálica en el mismo estilo. Así dispondríamos de un concepto alternativo, en caso de que la adaptación de la idea de Sahre no funcionase del todo, y en cualquier caso tendríamos una imagen que funcionaría de maravilla para la contraportada (como así ha sido al final). Lo primero que hice fue enviarle a David estas dos pruebas que veis aquí arriba para que se hiciera una idea del tratamiento tipográfico que iba a tener la cubierta, la gama de colores y el espacio del que iba a disponer para el dibujo.
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Otra de las cosas que le comenté a David, inspirado por la foto del rebaño, fue si sería posible bovinizar no sólo a un miembro de Kiss sino a los cuatro, pero su primer boceto dejó claro de inmediato que machacar de tal manera la idea sólo iba a servir para quitarle peso al concepto en vez de para reforzarlo, y que un tratamiento excesivamente caricaturesco de los rumiantes no iba a funcionar demasiado bien. Aunque Fargo Rock City tiene mucho humor, no se trata de un libro chistoso ni paródico. El objetivo, por tanto, era intentar transmitir el estilo literario de Klosterman, que a grandes rasgos consiste en adoptar un tono socarrón para realizar un ensayo crítico serio. Consideraciones filosóficas aparte, bastaba ampliar la imagen de David para darse cuenta de que una sola vaca grande funcionaba mucho mejor que cuatro pequeñas.
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Así pues, David me pasó una versión simplificada de la ilustración anterior, pero por algún motivo el resultado seguía sin convencerme. Más que una vaca me parecía un becerro excesivamente simpático; un tanto blando, quizá, para tratarse de un libro que lleva las palabras “odisea metalera” en el subtítulo. Así pues, me puse a hacer un par de pruebas apresuradas intentando aportarle a la portada ese “algo más” que no estaba encontrando en la imagen. La idea del círculo de color me atrajo bastante en un principio, quizá porque puede traer a la memoria el diseño de los quesitos de La Vaca que Ríe, que no deja de ser otro icono pop tan reconocible como el logo de Jack Daniel’s que ya habíamos recreado en la portada de Los trapos sucios. Sin embargo, dichas pruebas sólo sirvieron para convencerme de que prefería que las manchas de la vaca fueran más oscuras. En fin, algo es algo.
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Le pedí a David que retocara una vez más la ilustración para que transmitiera una sensación un poco más agresiva; más de animalote que de dócil ternerillo. Arriba podéis ver otras dos pruebas con esa nueva versión, más corpulenta y barbudilla de la vaca. La cuestión es que me seguía pareciendo que el conjunto quedaba un poco desangelado y no me acababa de gustar que la ilustración fuese tan simétrica. Así pues, hicimos lo que suele hacerse en estos casos en los que empiezas a estar desesperado porque no haces más que darle vueltas y más vueltas al mismo problema: intentamos darle otro enfoque.
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Mientras yo probaba a darle un aire más cartoon a la portada, retomando la idea del círculo de color a lo Looney Toones y pintando las manchas de la vaca con un negro 100% para simplificarle los rasgos y acentuar el contraste, David dibujó una nueva versión, esta vez en tres cuartos, para ver si funcionaba mejor que el plano frontal. El resultado no nos convenció a ninguno, pero al menos introdujo un nuevo elemento: la etiqueta en la oreja de la vaca que, a mi parecer, acabaría resultando fundamental en la imagen definitiva. Debo decir que desde el primer momento David estuvo convencido de que la ilustración tenía que ser frontal y que de esa manera iba a quedar mucho más llamativa que de perfil o en cualquier otra posición. Así pues, ni corto ni perezoso, tras el paso en falso del tres cuartos (provocado, todo sea dicho, por mi insistencia), me envió esta otra versión con dos opciones a elegir, corpórea e incorpórea:

Esta vaca ya era, a la vista está, mucho más molona que las anteriores. No sólo había ganado en expresividad, sino que detalles como los pelillos del bigote, las orejas y, sobre todo, la etiqueta, proporcionaban un detallismo asimétrico que le daba un aire mucho más realista sin por ello dejar de ser una interpretación artística bien personal; es decir, justo el tono que me parecía a mí que casaba con el texto de Klosterman. Sin embargo, los colores me descolocaban un poco, así que le pedí a David que volviera al esquema blanco/gris de las versiones anteriores.
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Armado, pues, con la ilustración definitiva y tras haber realizado esta desconcertante prueba que podéis ver aquí arriba a la izquierda (no sé en qué estaría pensando) acabé encontrando al fin la disposición adecuada para la cubierta. Ya sólo quedaba ajustar el volado de la Chunk Five (la tipo elegida para el título, que tiene un kern un tanto puñetero) y buscar alguna manera de resaltar un poco el nombre del autor, que quedaba un tanto perdido entre el poderío de la vaca y la corpulencia del título. Dicho y hecho, aquí abajo podéis ver la cubierta definitiva. De la robovaca de la contraportada no he comentado nada porque David la clavó a la primera y todo fue tan sencillo como plantarla en la contra y aprovechar el espacio que quedaba para colar el texto promocional (una de las ventajas de no depender de un departamento de marketing que te dicta los contenidos es que puedes ajustar los textos a la imagen en vez de hacer lo contrario, que es lo más habitual). Desde aquí mi más sincero agradecimiento a David por su paciencia y su buena voluntad para ir probando una versión tras otra hasta llegar a la definitiva.

Otras entradas sobre diseño de portadas
· Reina de las portadas
· Capturando una portada
· Un lavado de cara
· El hombre de las portadas de acero
· Schulz, Carlitos y Snoopy: una portada
· Cubriendo los trapos sucios
· Sexo implícito: cómo se hizo la portada de El otro Hollywood
* No por ningún motivo en concreto, más allá de que siempre tengo en mente más ilustradores con los que me gustaría trabajar que proyectos en cartera.
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David Sánchez, Es Pop Ediciones, Fargo Rock City 5 comentarios
Jueves 20 de octubre de 2011

Otra novedad para el mes de noviembre. Acompañando el lanzamiento de Fargo Rock City, de Chuck Klosterman, vamos a reeditar el que probablemente sea nuestro título más emblemático: Los trapos sucios, la autobiografía de Mötley Crüe, por primera vez en rústica. Una cosa que me gustaría dejar clara es que se trata de una edición completamente nueva de verdad. Quiero decir, que no nos hemos limitado a reducir en un tanto por ciento la maqueta del original para encajarla con calzador en un formato más reducido, como suele ser habitual en nuestro mercado. El libro ha sido completamente remaquetado de principio a fin y ha quedado un volumen de 496 páginas bien compacto. También se han modificado algunos elementos visuales, principalmente las fuentes y alguna de las fotos, pero básicamente es el mismo libro, sólo que ligeramente “tuneado” para un tamaño algo inferior. Si queréis echarle un vistazo a la nueva maqueta, al final de la entrada encontraréis un vínculo para descargar un par de capítulos en PDF.
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Otra cosa que hemos cambiado es la portada. Quería que esta nueva edición estuviera vinculada temáticamente a la anterior, pero que a su vez tuviera su propia estética. Empecé haciendo un par de pruebas con una imagen que tenía de una botella de Jack Daniel’s, tomada durante la sesión de fotos que hicimos hace un par de años cuando estábamos preparando la portada original. La foto no era la adecuada, pero al menos sirvió para que me hiciese una primera idea de hacia dónde tirar.
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Repetí el proceso imprimiendo y pegándole a otra botella la etiqueta falsa de Los trapos sucios que habíamos creado en su día y volví a fotografiarla, controlando un poco mejor la iluminación. A partir de esa imagen y basándome principalmente en el color cálido y terroso del whisky, decidí el esquema de colores que quería usar, apartándome de los lomos negros que habíamos estado utilizando hasta ahora para las biografías musicales. Finalmente, para alejar aún más la nueva portada de la original, opté por eliminar por completo la etiqueta, sustituyéndola por una versión más al grano del texto y usando para el título la misma fuente que hemos utilizado en los interiores para los encabezados de cada capítulo. El resultado final es este:

Características:
Rústica. 496 pags.
14 x 21,5 cm.
PVP: 19’95 €
ISBN: 978-84-936864-5-1
PINCHA AQUÍ PARA DESCARGARTE UN ADELANTO EN PDF
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Es Pop Ediciones, Los trapos sucios, Mötley Crüe 4 comentarios
Jueves 29 de septiembre de 2011

Fragmento de una ilustración para la portada de La bella estate, de Cesare Pavese.
Lo bueno de ser amigo de alguien como Javier Olivares es que no se limita a ser un dibujante increíble y un portadista como la copa de un pino (¡y mira que ya podría!), sino que encima continúa siendo un estudioso tan entusiasta y enamorado del medio como un jovenzuelo que estuviera empezando. No tiene esa distancia que caracteriza a otros artistas veteranos que aducen “estar de vuelta de todo” cuando en realidad lo que les pasa es que, de tanto dibujar profesionalmente, han perdido el interés por el goce puro y duro de la imagen. Prácticamente no hay mes que Javier no me envíe vínculos e imágenes que va encontrando en sus viajes reales y virtuales. Y la mayoría suelen ser acojonantes, claro.
Dos espectaculares ejemplos de cómo usar los espacios en blanco.
Hace poco, a raíz de las portadas de Valdemar/Es Pop, le dio por hablarme de Ferenc Pintér, un ilustrador italiano del que, para variar, yo nunca había oído hablar. Javier estaba convencido de que sus portadas (realizadas principalmente para ediciones populares de autores de misterio como Simenon, Agatha Christie, McBain, Thompson o Stark) me iban a tocar la fibra, y caray que si lo han hecho.
Pintér nació en 1931 en la Liguria, de padre húngaro y madre italiana. Cuando tenía nueve años, la familia se mudó a Budapest, donde Ferenc conocería a algunos de los principales artistas comerciales húngaros de la postguerra, como Konecsni Gyorgy y Tamassi Zoltan, a los que siempre consideraría sus maestros. Posteriormente, Pintér aliaría la inescapable influencia de Bob Peak y Robert McGinnis (cuya sombra durante los años sesenta y setenta era ciertamente alargada) con esta asumida tradición de la Europa del Este, fusionándolas a la perfección en un estilo claramente personal a la vez que perfectamente integrado en las corrientes mayoritarias de ilustración comercial del momento.
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Ilustración para otro libro de Pavese y una colorida aproximación a 1.280 almas.
En 1956, Ferenc regresó a Italia, instalándose en Milán, donde comenzó a trabajar en la industria publicitaria. Su gran oportunidad llegó en 1960, cuando entró como portadista en Mondadori, empresa para la que seguiría ilustrando durante los siguientes 32 años.
La falsa y deslumbrante simplicidad del Maigret de Pintér.
Entre toda su abundante obra, destaca con luz propia la serie de cubiertas realizadas durante los años setenta para las novelas de Georges Simenon protagonizadas por el comisario Maigret. Pintér ya había ilustrado decenas de cubiertas del mismo personaje, bastante más convencionales, en el transcurso de la década anterior (podéis verlas en esta galería).
Maigret observa.
Pero cuando nuestro artista retoma a Maigret para la colección de bolsillo Oscar Mondadori, parece dispuesto a explotar la familiaridad y la asociación que ha sabido crear en la mente del público entre su estilo, su interpretación del personaje y la obra de Simenon, para dar un salto exponencial en lo que a la composición de las imágenes se refiere. En muchas de las cubiertas Maigret ni siquiera es un elemento importante, como lo había sido durante la década anterior: aparece de espaldas o envuelto en sombras, empequeñecido o incluso de refilón, como si simplemente pasase por allí.
Maigret, de paso.
Sabemos que es Maigret (a ojos del comprador italiano de la época, dibujado con ese estilo y esos colores, no puede ser otro), pero su avasalladora presencia ha dejado de ser lo más importante a la hora de presentar los libros. Con esta serie de portadas, Pintér consiguió sustituir la ineludible imagen “de personaje” (supuestamente la que vende el producto o, al menos, este tipo de producto) por una simple presencia (casi se diría que Maigret se limita a hacer un cameo en las portadas de sus libros, como si fuera Hitchcock en sus películas) que le dejó libre para llevarse la ilustración a nuevos y más personales terrenos, lo cual no deja de ser un éxito extraordinario para cualquier artista comercial.
Maigret en verde.
Casi todos los ejemplos de esta entrada están sacados de la la página oficial de Ferenc Pintér (http://www.ferencpinter.it/), donde podréis encontrar muchas más ilustraciones a una resolución mayor.

Ilustración para la portada de una de las novelas de Parker, de Richard Stark.
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Miércoles 31 de agosto de 2011

Dean Gorissen lleva casi veinte años trabajando como ilustrador y diseñador en su Australia natal. Además de colaborar en revistas como Child, Australian Family Physician, American Lawyer, Sunday Life Magazine o The Big Issue, también ha diseñado personajes de dibujos animados (como los de la serie Deadly) y ha ilustrado varios libros infantiles, entre los que destacan I Got a Rocket!, My Dad’s a Wrestler y Ten Little Elvi. Este mismo año, ha publicado su primer libro escrito e ilustrado completamente en solitario: The Search for Bigfoot Bradley. Uno de sus trabajos recientes más interesantes y personales fue la realización de las cubiertas para una colección de seis títulos llamada Long Story Shorts, publicada por la editorial australiana Affirm Press. Fue a raíz de este último proyecto cuando decidí entrevistarle para charlar acerca de la creación de sus elegantes y llamativas portadas. Para saber más sobre Dean, no dejéis de visitar su blog.
La anterior imagen y esta forman parte del cuadro Supertrain, una meditación
sobre la saturación de superhéroes en la cultura popular.
Cultura Impopular: Asumo que desde el primer momento debías saber que el proyecto Long Story Shorts iba a constar de seis títulos, de modo que lo que me gustaría saber es: ¿ideaste un diseño general para toda la colección desde el primer momento o te limitaste a plantearte un par de líneas generales que luego pudieras ir aplicando a cada uno de los libros?
Dean Gorissen: Efectivamente, siempre supe que serían seis libros. Martin Hughes, editor de Affirm Press, quería por supuesto un nexo común para toda la colección, pero no creo que ninguno de los dos supiera cuál debía ser en un principio. Francamente, debo decir que depositó su fe en mí completamente a ciegas. Un par de años antes había realizado unas cuantas ilustraciones para él, cuando aún trabajaba como jefe de redacción en la edición australiana de la revista The Big Issue, pero la mayoría en un rollo más figurativo, pintado. Nada que ver estilísticamente con la serie. ¡En realidad, ahora que lo pienso, en principio me llamó para preguntarme si conocía y podía recomendarle a alguien adecuado para el trabajo! No recibí ninguna instrucción detallada respecto al diseño, pero sí que hablamos un montón, principalmente para ponernos de acuerdo en la nota emocional que queríamos pulsar. Creo que lo único de lo que Martin estaba convencido desde un principio era de que no quería que la serie tuviera un logo, ni en la cubierta ni en la contra. Lo que de verdad pretendíamos encontrar era un equilibrio en el que cada libro fuese capaz de definirse por sí mismo, conservando su integridad, y que a la vez resultara evidente que formaba parte de una serie dotada de una estética general cohesionada. Si la constancia debía ser tipográfica, temática o estilística, era algo que todavía estaba por decidir.
Al principio, tras haber leído un relato del primer manuscrito, visualicé la serie como un compendio de estilos de ilustración muy distintos, unidos por un diseño y un enfoque tipográfico único, lo cual le pareció bien a Martin. De modo que abordé el trabajo de la manera habitual: esbozos conceptuales, bocetos, saqué las pinturas e incluso empecé a juguetear con fotomontajes y manipulación digital. Pero tan pronto como hube terminado el primer borrador para la primera portada, no me llevó demasiado tiempo darme cuenta de que sentaría un precedente que enclaustraría toda la colección. De modo que, apoyado y animado por Martin, renuncié a todo aquel enfoque y volví a comenzar de nuevo. Meterme de lleno en el trabajo requirió de un ligero cambio de actitud por mi parte. Me di cuenta de que había estado enfocándolo únicamente como ilustrador, centrándome en un solo aspecto de las portadas, cuando en realidad debía afrontarlo como diseñador. Desde Affirm me enviaron el manuscrito completo del primer libro, Under Stones, y me limité a sumergirme por completo en su lectura. Una vez hube conectado emocional e intelectualmente, el tono adecuado se reveló prácticamente solo y comencé a tener una idea general para toda la serie. Preparé una plantilla para el resto de los elementos de portada y contraportada y fijé ciertos parámetros tipográficos para el título y el nombre del autor, después me limité a sentarme sin bocetos ni esbozos, armado únicamente con un par de ideas y un ratón. Completé la cubierta de un tirón bastante intenso y se la envié a Martin y a Rebecca Starford, la directora de la colección. La respuesta fue abrumadoramente positiva y personalmente me emocioné de tal manera que no veía el momento de empezar con la siguiente. Al final escogí fuentes distintas para cada título, nuevamente con el propósito de remarcar la identidad individual de cada uno de los libros, pero todas siguen un esquema similar en cuanto a peso, espacio y tamaño. Y en cada uno de los lomos aparece una letra que, al juntar toda la colección, forma la palabra “shorts”. Lo cual suena un poco facilón, pero es francamente eficaz a la hora de darle cierta cohesión sin resultar excesivamente abrumador. Estábamos muy empeñados en que la colección transmitiese la idea de que estaba pensada con cariño, una serie encapsulada que era un pequeño evento, algo que atesorar, un poco objeto de coleccionista.
Tangled, ilustración para un artículo sobre las deficiencias del sistema sanitario.
CI: En todas estas portadas te has apartado de tu estilo más reconocible, renunciando a tu característico “figurativismo caricaturesco” (por así decirlo) para tratar principalmente con objetos y figuras que lindan con lo abstracto. ¿Cómo y por qué elegiste este estilo en particular para la colección? ¿Pensaste quizás que cuanto menos figurativas más evocadoras resultarían las portadas?
DG: “Figurativismo caricaturesco” me parece una definición perfecta. ¡Me preguntaba cómo llamarlo! En aquel momento entraron en juego varios factores. Había llegado a un punto en el que me sentía un tanto incómodo con mi carrera de ilustrador, como si hubiera llegado a un punto muerto y estilísticamente un poco encorsetado. Como ilustrador a menudo existe cierta presión para convertirte en un factor conocido por el mercado (o a lo mejor sólo imagino que existe, pero me afecta igual). Comprendo perfectamente por qué, pero cada vez me iba sintiendo más limitado. Mi esposa y yo tenemos un pequeño estudio de diseño, Room 44, a través del cual había comenzado a realizar trabajos ocasionales aquí y allá. De modo que desde un punto de vista personal, llevaba algún tiempo deseando encontrar un proyecto como este, algo que me ofreciese la oportunidad de trascender los encargos habituales para crear toda una colección como diseñador a la vez que como ilustrador. Que me permitiese evaluar el trabajo desde un punto de vista diferente y confiar en mis instintos para llegar hasta algo nuevo. De modo que supongo que escogí este estilo porque me parecía el correcto y porque además podía. Creo que tirar demasiado de figurativismo habría explicitado demasiado la reacción emocional que debían suscitar estas imágenes en el lector, renunciando a dejar espacio para que el potencial comprador se sintiese intrigado o atraído. En realidad fue un proceso completamente liberador. Una vez hube establecido un tono y un enfoque para la primera portada, me puse como regla no realizar bocetos, sólo leer los manuscritos, tomar unas cuantas notas y después atacar directamente la cubierta, comenzar a dibujar directamente, con el ratón, no con el lápiz. De modo que no tengo ni un solo boceto, sólo algún garabato o nota sobre los manuscritos para acordarme de alguna idea en concreto.
Bigfoot Bradley, el protagonista del nuevo libro ilustrado de Dean Gorissen.
CI: Por algún motivo me da la impresión de que no decidiste ilustrar ningún pasaje en concreto de los libros en las portadas, sino que más bien optaste por transmitir una sensación. Por ejemplo, no sé si las bicis juegan un papel prominente en Nineteen Seventysomething, pero tu ilustración evoca perfectamente esa idea de memoria de un tiempo pasado. ¿Crees que como portadista tiendes más a ser evocador (¡otra vez esa palabra!) que puramente ilustrativo?
DG: En realidad no tengo una regla general para nada. Intento abordar cada encargo según sus propias características inherentes. Simplemente me pareció que una respuesta básicamente visceral era el modo adecuado de proceder; reducir los elementos a símbolos permite que el lector aporte algo de sí mismo al haber dejado una interpretación hasta cierto punto abierta. Tienes razón, no hay una visualización literal de pasajes específicos, aunque un par de ellas sí que están inspiradas por ciertas escenas. Y en ocasiones hablar con el autor también ayudó a darles forma. Lo único que sé es que para poder hacerlas con sinceridad, debía leer los libros, de modo que fueron los libros de manera individual y como conjunto los que básicamente definieron la respuesta.
Pincha para ampliar.
CI: Bueno, teniendo en cuenta que ninguno de los libros son demasiado conocidos fuera de Australia, ¿te importaría que los repasemos uno por uno? ¿Cómo fuiste llegando a las imágenes finales? Empecemos por Under Stones.
DG:Under Stones contiene un pasaje que inspiró la imagen de cubierta, aunque no sea una representación literal. El autor, Bob Franklin, es actor y cómico de escenario, y aunque ya había algo a menudo intimidatorio en el personaje escénico de Bob, su libro bordea por momentos el horror, no en un aspecto sangriento, sino en su tendencia a revelar detalles inquietantes, macabros y terribles acerca de individuos aparentemente corrientes. Realmente va arrastrándote hasta que finalmente te acojona por completo. Martin me lo había descrito como “una especie de horror ligero” y más tarde, mientras estaba leyendo el primer relato, iba pensando: “¿A qué se refería? Vale, es absorbente, personal, inquieta un poco, pero… ¡Ohhh, ohhdiosmío!”. Así que me parecía importante visualizar esa sensación y crear algo de intriga para ver qué hay bajo esas piedras. En el libro hay una escena en una especie de pantano que simplemente provoca escalofríos. Rebosaba una sensación de lo desconocido y de antiguos males, todo lo que hay enterrado en el corazón de las culturas coloniales, y quería capturar eso de algún modo, y quería que el estilo de dibujo también lo manifestara. Era el primer libro de la serie y (tras el falso arranque de mi primer intento) surgió muy rápido, en un verdadero torrente tras haber leído el libro. Si pudiera compararlo con algo sería casi con el arroyo de conciencia que te arrastra cuando de verdad te sumerges en la escritura de algo. No creo que cambiase de manera substancial a partir de aquello, aunque me parece que hice una versión con el cielo predominantemente blanco.
OP: ¿Y Nineteen Seventysomething?
DG: La portada de Nineteen Seventysomething surgió de una larga conversación telefónica con el autor, Barry Divola. Tenemos la misma edad, crecimos en los setenta, de modo que mucho de lo que ha escrito me hizo reír por identificación. Más o menos nos pusimos de acuerdo en esa bicicleta icónica, la dragster, y la experiencia de los suburbios. También incluí detalles muy personales, como ese platillo volante apenas visible en la esquina superior derecha, porque recuerdo haber esperado y deseado a menudo que llegase uno y simplemente se me llevara. Es un libro muy distinto al de Bob, de modo que el enfoque fue mucho más amable. Es nostálgico, pero sin ponerse unas gafas con los cristales rosa. Estilísticamente, me sentí muy influido por el papel de pared curvado y geométrico que recordaba de nuestra sala de estar. De esta hice un par de versiones para captar el tono correcto.
Pincha para ampliar.
OP: Hablando de tono, Known Unknowns, de Emmet Stinson, tiene una de las portadas más atmosféricas que he visto últimamente.
DG: ¡Gracias! Esta cubierta sí que surge del libro como un todo. No sólo trata decididamente sobre las consecuencias del 11-S, sino que además hay una especie de desintegración inevitable que lo impregna todo. Es solitario. Y el humo es un tema recurrente, ya sea en cigarrillos, en un porro, en una barbacoa o en un tubo de escape. No sé si fue deliberado por parte de Emmett o no, pero lo leí de una sentada y lo dibujé. Simplemente supe cómo iba a ser, y tan pronto como me sentí satisfecho con la forma del humo/bandera, básicamente se dibujó sola. No recuerdo haber tenido ninguna duda al respecto. Me sentí como un simple conducto para la ilustración. No sé si lo recuerdo correctamente, pero me parece que a Martin no acababa de convencerle, o le preocupaba que desde un punto de vista comercial los colores fueran demasiado oscuros o algo así. Sin embargo yo tenía la inquebrantable sensación de que así estaba bien.
OP: Having Cried Wolf.
DG: El libro de Gretchen Shirm trata de vidas interconectadas, historias que se interrelacionan a menudo de manera ligera pero muy definida, ambientadas en una pequeña ciudad costera. Al principio tuve que darme prisa para liquidarla. Si no recuerdo mal, debíamos tener la portada terminada en apenas un par de días para asegurarnos un hueco en el ciclo de publicación. Lo leí demasiado rápido y no me sentía satisfecho con cómo lo estaba filtrando. Básicamente me había limitado a absorber información en vez de leerlo. En cualquier caso, sobrecompensé mi inseguridad produciendo un montón de opciones que no estaban mal, pero fundamentalmente tan aceleradas como mi lectura. Sin embargo no podía dejarlo estar, de modo que tras algunos ruegos por mi parte y la intervención de Martin, terminamos consiguiendo una extensión del plazo, pude leer el libro adecuadamente, lo sentí y encontré su voz. El sentido del detalle de una realidad con muchas capas es sorprendente. Gretchen, según averigüé un mes más tarde, es relativamente joven, sólo tenía 30 años cuando terminó el libro, y recuerdo haberme sentido asombrado de que una persona de esa edad pudiese tener tal innata comprensión de cómo pueden ir desarrollándose las vidas, el viaje de las relaciones a largo plazo, implicaciones emocionales, consecuencias, acciones y reacciones que reverberan a través de una familia o una comunidad y la naturaleza irresuelta de nuestras vidas.
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OP: Creo que el siguiente fue Bearings, de Leah Swan, ¿no?
DG: Sí, esa fue probablemente la portada más rápida de toda la colección. Fue uno de esos momentos perfectos. Llegó el manuscrito, la fecha de entrega era cercana, pero no demasiado. Me lo leí en un par de noches, me senté una buena mañana y la dibujé tal cual. Es una obra muy potente, la novela, y en realidad habla de una serie de vidas azotadas por una tormenta, tanto metafórica como real. Al igual que con el libro de Emmett, no sentí la menor duda acerca del concepto. Lo principal para mí era sentir esas olas. Me sentí inmensamente satisfecho con el resultado y la reacción en Affirm fue inmediatamente positiva.
OP: Y llegamos al último título de la serie, Two Steps Forward de Irma Gold.
DG:Two Steps Forward habla en gran medida de vidas difíciles y a menudo desconsoladoramente tristes, pero con un corazón empeñado en encontrar alguna especie de felicidad o amabilidad. La reacción de Martin y Rebecca fue una vez más muy inmediata: odiaron la cubierta por completo. Lo cual me dejó bastante patidifuso. Pero tenían razón. Había pasado por alto el tema básico. Tras la reacción inicial de Martin y Rebecca a mi primer intento, como siempre me dieron amplias oportunidades para intentar convencerles y venderles la idea, pero fui incapaz de hacerlo con demasiada convicción. ¡Siempre un indicio claro de que en realidad no crees en lo que has hecho! Martin sugirió que lo leyese de nuevo. A menudo en las historias intervienen niños, las relaciones fracturadas entre padres e hijos, especialmente cuando las circunstancias cambian. Y cómo tratamos con las tragedias de la vida, el dolor de la pérdida. Me dio la impresión de que los adultos del libro seguían siendo en gran medida niños, como lo somos todos, tambaleantes e inseguros, buscando consuelo incluso cuando no lo hay, aprendiendo y creciendo. A menudo resulta insoportablemente triste pero al mismo tiempo bellamente inspirador. De modo que aunque necesitaba atenerme a los tonos apagados y los colores planos, quise ofrecer un contrapunto mediante esos dibujos infantiles que se diseminan sobre el paisaje, dirigiéndose hacia algo invisible.
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Dos ilustraciones para la revista Australian Family Physician. Pincha para ampliar.
OP: Tras haber trabajado como ilustrador para otros diseñadores en el pasado, ¿cuáles dirías que son los pros y los contras de abordar en solitario un proyecto de estas características?
DG: No se me ocurre ninguna desventaja. Todo han sido ventajas. Sólo que nunca he sentido que estuviera trabajando solo. Por supuesto me considero responsable del enfoque visual de la colección, pero haber tenido comunicación directa con dos personas que toman decisiones, que sienten una conexión y una dedicación para con las obras más allá del mero encargo burocrático, y que tienen fe en tus habilidades, no es lo habitual, y esa fue en realidad la clave de todo. Además esa fe también aporta cierta flexibilidad. Te permite cometer errores en ocasiones, y te impulsa a hacerlo mejor sin constreñirte demasiado y te permite defender las soluciones en las que crees apasionadamente. No ha habido más niveles de intervención ni me he visto obligado a presentar las portadas a múltiples departamentos para que las aprueben ni a cumplir tales o cuales requisitos comerciales que en última instancia le habrían arrebatado la vida. Martin y yo hablamos cantidad de veces e intercambiamos ideas a menudo con robustez, pero siempre con el objetivo de mejorar el trabajo.
OP: Es curioso, pero teniendo en cuenta lo estandarizado y dependiente de bancos de imágenes que ha acabado siendo el diseño literario, lo primero que me vino a la cabeza tras ver tus portadas para Affirm Press no fue el trabajo de otros diseñadores de libros sino el de antiguos ilustradores de portadas de discos, como Jim Flora y el recientemente fallecido Alex Steinweiss. No como un pastiche nostálgico, sino realmente como una evolución contemporánea de ese tipo de diseño del que ellos fueron pioneros.
DG: ¡No andas demasiado equivocado! Aspiro por completo a seguir su ejemplo. Tanto Steinweiss como Flora parecían tener la capacidad para resaltar las excentricidades de cada uno de sus trabajos y a la vez para establecer un vínculo emocional con ellos. Me encanta la sofisticación y la elegancia de Alex Steinweiss, y me siento atraído por Jim Flora en particular, porque a pesar de que era capaz de resultar evocador de una manera abstracta, también podía soltarse el pelo y dibujar esas maravillosas figuras caricaturescas que reventaban de energía y entusiasmo, todo ello sin perder lo que era esencialmente “suyo”. Es un honor verme mencionado en el mismo párrafo.
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Dean Gorissen Sin comentarios
Miércoles 10 de agosto de 2011
El magazine digital Design Observer acaba de publicar una estupenda entrevista con Laurence King (fundador y director de Laurence King Publishing, editorial británica especializada en libros de arte y diseño), realizada por Mark Lamster. Aunque resulta difícil escoger un momento álgido entre toda la conversación, me quedo con estas dos respuestas, que destilan una visión de la industria del libro que comparto en gran medida. De todos modos, si tenéis un momento, pasaos por Design Observer y echadle un vistazo a la entrevista completa, ya que merece la pena de principio a fin, y anécdotas como la del origen de la editorial (¡tras once años de insolvencia!) hay que leerlas para creerlas.
Laurence King. Foto: Design Observer.
ML: ¿Cómo están abordando la edición electrónica y qué parte del negocio cree que ocupará en el futuro? ¿Qué cambios prevé en el mercado y la economía de los libros de diseño?
LK: El mercado para libros digitales ilustrados siempre iba a progresar más lentamente que el de libros sólo de texto, pero aun así se está desarrollando más lentamente de lo que yo había anticipado. A pesar de ello, estoy seguro de que al final el mercado para libros ilustrados en los que prima el contenido (libros para estudiantes, de referencia y manuales) acabará siendo principalmente digital. Al final, los gastos de publicar libros digitales ilustrados será mucho más reducido que el de los libros impresos, de modo que los editores intentarán tentar al mercado para que se pase al producto digital, no sólo con precios más reducidos sino, más importante, explotando las posibilidades digitales. [...] En cualquier caso, sin duda continuará habiendo un mercado para los libros ilustrados impresos, si bien creo que estarán considerados un pequeño lujo. Los libros necesitarán explotar el hecho de ser objetos reales; necesitarán estar mejor diseñados, realizados con una producción más inventiva que aproveche la ventaja de su presencia física. Una proporción más elevada del mercado de los libros impresos quedará dominada por los libros-regalo. Mi verdadera preocupación es el impacto de Amazon y de la revolución digital sobre las librerías. Los editores de libros ilustrados, y en particular los de libros de arte, necesitan que las librerías sobrevivan, particularmente las especializadas, aquellas a las que acuden los compradores cultivados que entienden de arte, arquitectura y diseño. Creo que dichas tiendas deben ser tratadas con gran mimo por los editores, ya que demasiado a menudo sirven como escaparate para Amazon. Son más importantes para nosotros de lo que sus ventas directas podrían indicar. Sería estupendo que pudieran utilizar su reputación, sus conocimientos y su experiencia para ser competitivas con Amazon en la red. Pero me da miedo que llegue un día en el que los editores de libros de arte tendremos que mantener con pérdidas locales-muestrario en los que exhibir nuestros libros, sólo porque fuimos excesivamente duros con los libreros especializados. Al mismo tiempo, los libreros necesitan reinventarse a no tardar, lo cual evidentemente no es fácil.
Algunos de los libros editados por Laurence King mencionados en la entrevista.
ML: Uno sabe que algunos libros van a ser éxitos seguros (su próximo libro sobre Saul Bass cae en esa categoría), pero por lo general resulta tremendamente difícil para los editores predecir qué libros van a funcionar y cuáles no. ¿Cuál es su secreto? ¿Hay libros que publica sólo porque cree que merecen existir al margen de lo que puedan vender? ¿Hay algún título de su catálogo del que no esperase gran cosa comercialmente hablando pero que acabase siendo un bestseller, o lo que podríamos considerar uno en nuestro pequeño rincón del mercado?
LK: Editar consiste en tomar riesgos, de modo que ahora ya no busco material que crea que nos va a dar dinero y cuyas ventas intente predecir. Más bien me pregunto si cada libro tiene algo emocionante o especial o útil que pueda capturar la imaginación de su público potencial. No intento predecir ventas, sino centrar nuestros esfuerzos en intentar potenciar en el libro aquello que tenía de especial la idea que lo inspiró. Si captura la imaginación del público, acabará reeditándose varias veces y nos dará dinero. Si no, bueno, al menos era una idea emocionante, y espero que haya otros libros que funcionen lo suficientemente bien como para seguir adelante con la empresa. Ocasionalmente publicamos libros sólo porque consideramos que deberían existir. Por ejemplo, Swiss Graphic Design, de Richard Hollis. En su día no pensé que Bibliographic (un volumen sobre los 100 mejores libros de diseño) fuera a vender particularmente bien, pero lo publicamos porque me encantaron las muestras que me enseñó el autor Jason Godfrey cuando nos ofreció el libro. Esperaba que a otras personas dentro del mundillo del diseño pudieran gustarles tanto como a mí. Ciertamente nos vimos gratamente sorprendidos por las ventas de ese libro, que ahora sigue funcionando en una edición en rústica. Pero la emoción en el juego de editar no consiste en publicar libros que sean simplemente comerciales, u otros que nos parezcan poco comerciales pero meritorios de algún modo. Generalmente surge de encontrar libros que tengan un mérito y que además vendan bien, que es lo más difícil de conseguir. Pero las buenas ventas (a largo plazo) son una de las cosas que definen un buen libro. Si nadie quisiera leer las obras de Mark Twain cien años después de su muerte, no seguiríamos diciendo que fue un genio, sino más bien una curiosidad histórica.
Diseño • Entresijos de la industria • Libros
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Lunes 25 de julio de 2011

«En 1997, 26 fardos ajustadamente envueltos en papel de estraza fueron descubiertos en una zona de almacenamiento del Departamento de Dibujos y Grabados del Instituto de las Artes de Chicago. Su presencia era un misterio, su contenido un enigma. A medida que los conservadores y celadores se esforzaban por ir abriendo cuidadosamente los paquetes, se sintieron sorprendidos e intrigados al descubrir que contenían unos carteles monumentales creados hace 50 años por TASS, la agencia de noticias de la Unión Soviética. Impresionantemente grandes —entre metro y medio y tres de alto— y llamativos por sus vibrantes colores y las texturas propias del estarcido —algunos necesitaron de hasta 60 y 70 plantillas y divisiones de color distintas para su confección— estos posters fueron enviados originalmente al extranjero para que sirvieran como “embajadores” culturales internacionales y para agrupar a las naciones tanto aliadas como neutrales en torno a los esfuerzos de la Unión Soviética, aliada de Estados Unidos y de Gran Bretaña en la lucha contra la Alemania nazi. En “Ventanas a la Guerra”, los carteles serán presentados como objetos históricos únicos y a la vez como obras de arte que demuestran cómo los artistas preeminentes de su tiempo usaron técnicas y estéticas poco convencionales para contribuir a la lucha contra los nazis, marcando un importante capítulo en la historia del diseño y la propaganda».
La metamorfosis de los boches, por Kukriniksi.
El precedente es el texto de presentación de la muestra Windows on the War, que se inaugurará el próximo 31 de julio en el Art Institute de Chicago. La exposición constará de 250 carteles creados por artistas prácticamente desconocidos en Occidente, como Mijaíl Mijáilovich Soloviev, Nikolai Fedórovich Denisovskii, Vladimir Vasilievich Lebedev o el absolutamente brillante colectivo Kukriniksi (mis favoritos con diferencia). Por supuesto, su catálogo de 380 páginas tiene toda la pinta de ser una compra obligada, pero lo realmente interesante de estas “Ventanas a la guerra”, al menos para todos aquellos que vivimos lejos de Chicago y que no vamos a poder disfrutarla en persona, es la iniciativa emprendida por el Art Institute para ir dando a conocer la exposición con varias semanas de antelación y ponernos los dientes largos. A través de un tumblr creado ex profeso para la ocasión (http://tass-posters.tumblr.com/), podemos ir viendo a diario a una resolución más que decente buenas muestras de estos extraordinarios carteles, que conjugan la propaganda con la caricatura, el arte vanguardista del periodo de entreguerras e incluso, en ocasiones, ciertos elementos narrativos propios de la historieta. Otro buen ejemplo de cómo algunos museos e instituciones culturales empiezan a aprovechar las herramientas que Internet ha puesto a su disposición para promover y popularizar sus fondos. ¡Pasen y vean!
Se acerca la hora, por Mijaíl Mijáilovich Tcheremnij.
Izquierda: Feliz Año Nuevo, por Pavel Petrovich Sokolov-Skalia.
Derecha: ¿Qué me traerá el mañana?, por Vladimir Vasilievich Lebedev.
Encuentro sobre Berlín, por Kukriniksi.
Hubo un grito en Orel que resonó en Roma, por Kukriniksi.
Esto es lo que te espera, por Kukriniksi.
Diseño • Ilustración
Arte soviético, Kukriniksi, Propaganda 6 comentarios
Viernes 20 de mayo de 2011

Los lectores veteranos de Cultura Impopular quizá recordarán esta entrada, una de las primeras del blog, en la que hablaba sobre el proceso de diseño de El otro Hollywood, el libro sobre la historia de la industria del cine porno escrito por Legs McNeil y Jennifer Osborne con Peter Pavia. En aquel entonces explicaba cómo nos habíamos debatido entre usar una portada eminentemente fotográfica, más fiel en apariencia al contenido de libro, o una ilustrada a partir de viejas imágenes del Hollywood clásico «con el objetivo de, en cierto modo, subvertirlas con la intención de subrayar esa dicotomía, tan bien tratada en el libro, entre la industria cinematográfica “legítima” y la del porno, que no sólo no están tan separadas como en un principio podría parecer sino que en muchos casos se solapan». Como ya sabéis, finalmente optamos por la portada fotográfica y así quedó la cosa. De modo que quizá os sorprenda saber que hoy 20 de mayo El otro Hollywood llega nuevamente a las tiendas con una portada distinta a la original. Bueno, en realidad no tan distinta, ya que no se trata sino de una versión algo más depurada de aquella alternativa que ya manejamos en un principio, la ilustrada con carteles de cine antiguos. ¿Por qué el cambio? Por una parte, a qué negarlo, porque en su día me quedé con las ganas de utilizarla y no quería desperdiciar esta segunda oportunidad. Por otra, más importante, porque creo sinceramente que, viendo el rumbo que ha tomado visualmente la colección Es Pop Ensayo, en aquel momento nos equivocamos al elegir la portada. Si os fijáis, las cubiertas de los otros tres libros que hemos publicado hasta ahora en la colección son eminentemente conceptuales: el logo de Jack Daniel’s en Los trapos sucios; la camiseta de Carlitos en Schulz, Carlitos y Snoopy; incluso la de Slash muestra una imagen deliberadamente icónica y muy tratada del melenudo guitarrista para transmitir una idea de lo que es o lo que representa Slash antes que la realidad física de cómo es él en persona. Por todo ello, y teniendo en cuenta que mi intención para los próximos títulos es seguir por esa línea de ilustración y sugerencia antes que de imagen literal, creo que esta otra portada de El otro Hollywood encaja ahora mismo mejor en el diseño general de la colección que la anterior. Y por eso a partir de hoy podréis verla en las tiendas tal que así:

Siguiendo con El otro Hollywood, precisamente ayer recibía un mail con un excelente artículo escrito por Antonio Marcos para el número de primavera 2011 de la revista Archivamos, de la Asociación de Archiveros de Castilla y León, titulado “Legs McNeil: el archivo oral como relato”, cuya lectura os recomiendo (está disponible en Issuu). Entre las cosas que dice, está esta frase que me parece una de las mejores y más sucintas descripciones que he leído hasta ahora de todo lo que es El otro Hollywood: «Un libro modélico que junto a su tema principal desarrolla tramas propias de la mejor novela negra, debates políticos en torno a los derechos civiles y pautas de funcionamiento que nos dicen más del capitalismo que muchos tratados de economía aplicada». ¡Si la hubiera recibido antes la hubiera puesto en la contraportada!
Para terminar, una aclaración: aunque haya titulado esta entrada “El otro Hollywood Redux”, lo único que ha cambiado del libro es la cubierta, no se trata de una nueva edición ampliada, revisada o con extras, así que si ya lo tenéis, tranquilos, que no os estáis perdiendo nada nuevo. A los que les guste más la portada anterior, decirles que todavía quedan algunos ejemplares rondando por ahí. ¡No los dejéis escapar! Para los que, por el contrario, tengáis ya el libro pero os guste más la nueva portada, hemos impreso unas cuantas de más por si acaso; escribidme al correo del blog y ya miraremos de encontrar una manera de hacérosla llegar.
Diseño • Libros • Sexo
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Viernes 25 de marzo de 2011
La cubierta de Reina del crimen completamente desplegada. Pincha para ampliar.
A la hora de plantear la portada de Reina del crimen tuve desde el primer momento un único ilustrador en mente. Como ya he comentado otras veces, la novela de Megan Abbott es probablemente la más tradicional, formal y argumentalmente, de cuantas hemos publicado hasta ahora. No sólo está ambientada en los años cincuenta, sino que además entra de lleno en los parámetros de lo que consideraríamos los grandes clásicos del género negro; no en vano los nombres que más ha usado la crítica a la hora de contextualizarla han sido los de James M. Cain y Raymond Chandler. Por todo ello, mi primer impulso fue el de acudir a Fernando Vicente, el cual, además de ser un ilustrador excepcional, es un verdadero enamorado tanto del género como de los grandes portadistas a los que de inmediato asociamos con éste. Afortunadamente, a Fernando le entusiasmó la idea: «Hago muchas portadas de libros, es una de las partes importantes de mi trabajo, pero esta es la primera ocasión en la que he podido tirar por un genero que me encanta. Adoro a los clásicos, de los que atesoro una nutrida colección. Maguire, James Avati, Mitchell Hooks y, por supuesto, Robert McGinnis. Creo que, como muchas otras cosas de esa época, es un estilo que vuelve con fuerza, las pin-ups, el mobiliario y la moda retro… Mira si no la serie Mad Men. Es un estilo que el lector entiende perfectamente y que no hace falta tanto adaptarlo como actualizarlo. En este momento las librerías están demasiado llenas de portadas anodinas y de un exceso de fotografía, muchas veces sacadas directamente de bancos de imagen. Pienso que viendo mi portada no estas viendo una portada antigua sino algo perfectamente actual… o eso espero».
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Las dos fotos que le envié a Fernando como referencia. Pincha para ampliar.
Al contrario que en otras ocasiones, mi implicación en el desarrollo fue mínima. Me limité a enviarle a Fernando una galerada de la novela y dos fotos, comentándole lo siguiente: «Las protagonistas de la novela son dos mujeres de carácter que utilizan la elegancia y la buena presencia como escudos protectores en un mundo en el que abundan las “mujerzuelas” y la mala gente. Su buen gusto es parte de lo que las hace intocables dentro de su ambiente. Vamos, que yo me las imagino un poco como en la primera foto. Luego está esta otra imagen que también me transmite bastante bien la idea de la novela, por ese contraste entre la elegancia del vestido y la modelo y ese mundo como grasiento que la rodea. Se diría que estuviera intentando escudarse de la mugre, que es un poco lo que tiene que hacer la protagonista de Reina del crimen cuando recorre los casinos y los garitos de apuestas cuya recaudación recoge todas las semanas; pasearse por los bajos fondos pero sin mancharse. Me gusta mucho que transmita esa sensación de elegancia/independencia y que a la vez utilice el color de una manera tan sencilla y llamativa, como dando a entender que detrás de esa imagen hay algo más. Que se trata de una elegancia “alterada” o un tanto peligrosa (salvando las distancias, como en tus ilustraciones de la serie Vanitas, o la portada que hiciste para Juez y parte; la imagen es bella, pero genera inquietud)».
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A la izquierda el boceto original y a la derecha la portada pintada.
Aquí arriba podéis ver el primer boceto que me envió Fernando. El primero… y el único, porque de inmediato le dije que no le diera más vueltas. Al contrario que la portada norteamericana, que dejaba un poco al personaje de Gloria Denton en las sombras para potenciar la relación entre la anónima protagonista con un jugador de mala reputación, la imagen de Fernando se centraba en el que para mí es el aspecto más fundamental de la novela, que es la relación entre las dos “reinas del crimen”, la veterana y la recién llegada. También me encantó el detalle de la ruleta integrada en el vestido y la idea de que la portada fuera a estar dominada primordialmente por un tono de color. Fernando desenfundó los pinceles y me envió la imagen acabada que veis a la derecha. Como podréis comprobar, es prácticamente idéntica a la portada publicada. Sólo le pedí que eliminara dentro de lo posible los blancos rizos del pelo de Gloria, ya que me parecía que le quitaban un poco de peso a esa mirada tan enigmática y maravillosamente captada que, en mi opinión, “vende” por sí sola el libro.

Aunque en principio había pensado usar una rotulación mecánica para el título, Fernando es tan fan de las rotulaciones manuales de las novelas de los cincuenta que me envió esta foto de aquí arriba con ejemplos sacados de su colección particular y me propuso hacer una él. Lógicamente, una oferta semejante no se rechaza así como así, y no podría sentirme más satisfecho con el resultado. Es evidente que la calidez y la textura que aporta una rotulación manual a cualquier tipo de portada ilustrada es muy difícil de imitar con una fuente mecánica. Más abajo podéis verla tal como la vi yo por primera vez, aplicada sobre las imágenes de portada y contraportada. Sobre el origen de dichas imágenes, por cierto, Fernando comenta lo siguiente: «La primera sensación que tuve al leer el texto es de que estaba ante un clásico de la novela negra, por lo que mi primera idea desde el principio era atacar el tema desde un punto de vista formal clásico del genero, el pulp o el paperback. Realmente la primera idea la tuve en la primera línea de texto: “¡Quiero esas piernas!”. Esa frase me mató, me pasé el resto del libro pensando si las haría andando, cruzadas, encima de una mesa o cómo, pero tenía que dibujar esas piernas. Sin embargo, la novela es algo más compleja y pensé que necesitaba una portada algo mas densa, por eso dejé esa primera idea para la contraportada. Viéndola ya hecha sí me da la sensación de que habría podido funcionar como portada, no así el dibujo que hice para la portada que es demasiado ambicioso para una contra. O sea que están bien tal como están». Qué duda cabe que así es.
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Probando la rotulación manual sobre las versiones definitivas de la portada y de la contra.
Otras entradas sobre diseño de portadas
· Capturando una portada
· Un lavado de cara
· El hombre de las portadas de acero
· Schulz, Carlitos y Snoopy: una portada
· Cubriendo los trapos sucios
· Sexo implícito: cómo se hizo la portada de El otro Hollywood
· Creando escuela: Hard Case Crime
· James Bond Recovered
· En portada: John Gall
Diseño
Fernando Vicente, Megan Abbott, Reina del crimen 6 comentarios
Jueves 6 de enero de 2011
Una ilustración publicitaria de Enoch Bolles, antes de saltar a la fama con la revista Film Fun.
Si eres fan de los grandes ilustradores de toda la vida, y en particular de la exuberante escuela de ilustración comercial norteamericana característica de los dos primeros tercios del siglo XX, no me cabe duda de que ya conocerás de sobra la revista Illustration. Su creador y principal artífice, Daniel Zimmer, es en lo que a mí respecta uno de esos pequeños héroes de la humanidad que, vale, no habrán descubierto ninguna vacuna, pero desde luego contribuyen a hacer de la vida algo más agradable (la mía al menos). También es un buen ejemplo de aventura editorial más bien tímida que ha acabado estableciéndose gracias al entusiasmo y el buen hacer de sus responsables. En 10 años, Zimmer ha conseguido consolidar Illustration (que hoy en día va por el número 32, convertida prácticamente en una serie de libros de 96 páginas con lomo) a la vez que se ha ido atreviendo con otros proyectos, como la revista Illo (publicación centrada en ilustradores contemporáneos) y The Illustrated Press, sello con el que ya lleva editados tres librazos voluminosos y abrumadoramente espectaculares, dedicados a la vida y la obra de tres ilustradores fundamentales: Reynold Brown, Norman Saunders y H. J. Ward.
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Portadas de los números 20 (William Andrew Loomis) y 31 (J. Frederick Smith). Pincha para ampliar.
Según explica el propio Zimmer: «Empecé a desarrollar la idea a mediados de los ochenta. Había descubierto “Methods of the Masters”, la columna de Fred Taraba en la revista de diseño Step-by-Step Graphics, y de inmediato imaginé lo maravilloso que sería tener no una columna sino toda una publicación dedicada a ilustradores clásicos. Entonces había muy poca información disponible en otros medios y aquello me despertó el apetito. La lenta pero constante evolución de las herramientas para la pequeña edición, así como los muchos avances en la tecnología de impresión directa a plancha, acabó por hacer realidad mi sueño de autopublicar una revista lujosa y a todo color. Para el año 2001 ya había pasado a ser posible que una sola persona creara por sí misma toda una revista. Fue en aquel momento cuando decidí lanzarme y nació la primera versión en 48 páginas de este humilde fanzine. Y a pesar de que podría decir que produje la revista “yo solo”, nada de todo esto habría sido posible sin la generosidad y la ayuda de decenas de colaboradores y anunciantes que han creído en mi visión y me han ayudado a mantener el sueño con vida».
Diseño de interiores del nº 5 de Illustration (Roy G. Krenkel). Pincha para ampliar.
Pero como decía al principio, si eres fan de este tipo de ilustradores, lo más probable es que ya conozcas la existencia de Illustration. Lo que quizá no sepas todavía es que de un tiempo a esta parte Zimmer ha decidido colgar TODOS los números de su revista en Issuu para que puedas hojearlos a tu gusto y conveniencia desde la pantalla de tu ordenador. No exagero si digo que para mí, que también acabo de enterarme, no ha habido este año un regalo de Reyes mejor que este (sobre todo teniendo en cuenta que me faltan varios números de la revista, a día de hoy completamente agotados). De hecho, llevo todo el día metido en la web de Illustration disfrutando como un enano y seleccionando unas cuantas muestras de todo lo que podrás encontrar en ella a poco que quieras dedicarle un poco de tiempo. Sólo tienes que entrar en el archivo de números atrasados, pinchar sobre la portada que te haga más tilín y, una vez dentro de la ficha del número en cuestión, encontrarás el vínculo que te permitirá verlo a toda pantalla.
Diseño de interiores del nº 8 de Illustration (Ernest Chiriacka). Pincha para ampliar.
Huelga decir que, aunque la reproducción digital es notable, palidece en comparación con el papel satinado y de alto gramaje con el que cuenta la revista física. De modo que, si te apetece apoyar la iniciativa del amigo Zimmer, siempre puedes aprovechar la visita para hacerte con algunos números atrasados o incluso para suscribirte a los próximos. Si necesitas más razones, aquí van unas cuantas más:
El hundimiento del Lusitania por Louis Glanzman, en el número 19.
Izquierda: J. Frederick Smith, en el número 31. Derecha: Gerald Gregg en el número 9.
Pincha para ampliar.
Izquierda: Al Parker, en el número 21. Derecha: Jon Whitcom en el número 16. Pincha para ampliar.
Izquierda: W. T. Benda, en el número 13. Derecha: Charles R. Showalter en el número 16.
Pincha para ampliar.
Izquierda: James Dwyer, en el número 5. Derecha: Tran J. Mawicke en el número 22.
Pincha para ampliar.
Izquierda: Constantin Alajalov, en el número 23. Derecha: Bob Peak, en el número 6.
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Jueves 7 de octubre de 2010
El San Francisco Panorama de McSweeney’s con todos sus suplementos.
Si eres habitual de Cultura Impopular, lo más probable es que ya conozcas McSweeney’s. Pero por si acaso, aquí va una rápida explicación sacada directamente de su web: «McSweeney’s nació en 1998 como revista literaria, editada por Dave Eggers, con la intención de reunir únicamente trabajos rechazados por otras publicaciones. Pero tras aquel primer número, la revista empezó a publicar sobre todo textos escritos ex profeso para McSweeney’s. Desde entonces, McSweeney’s ha atraído trabajos de algunos de los mejores escritores de Estados Unidos, entre ellos Denis Johnson, William T. Vollmann, Rick Moody, Joyce Carol Oates, Heidi Julavits, Jonathan Lethem, Michael Chabon, Ben Marcus, Susan Straight, Roddy Doyle, T.C. Boyle, Steven Millhauser, Gabe Hudson, Robert Coover, Ann Beattie y muchos otros. McSweeney’s Quarterly sigue publicándose en la actualidad con una periodicidad más o menos trimestral, y cada número es marcadamente distinto de sus predecesores tanto en lo que se refiere al diseño como a la política editorial». Entre los 35 números de McSweeney’s aparecidos hasta la fecha hay de todo: libros en tapa dura de diversa factura y formato, un poemario, una antología de cómics, un montón de correo como el que podrías encontrar en tu buzón, una caja llena de panfletos… El año pasado, a modo de número 33, tuvieron la feliz ocurrencia de editar un ejemplar único de un periódico inexistente: The San Francisco Panorama, «un intento por demostrar todas las cosas estupendas que todavía puede hacer el periodismo impreso». El resultado fue francamente espectacular, sobre todo a nivel gráfico, si bien poco realista a nivel práctico: libres de las constricciones que les habría impuesto el día a día de una verdadera redacción, los colaboradores de McSweeney’s se permitieron realizar un diario repleto no de noticias, sino de grandes y espectaculares reportajes, con lo cual, más que un periódico, lo que les quedó fue prácticamente una colección de magníficos suplementos dominicales. No importa: si lo que pretendían desde McSweeney’s era inspirar y sorprender, The San Francisco Panorama cumple el objetivo con creces.
El atractivo y elegante diseño de interiores de The Panorama Book Review. Por cierto que
esta entrevista con Junot Díaz ya la comentamos por aquí en su día.
En cualquier caso, como de casta le viene al galgo, si algo hay que destaque en este falso periódico por encima de todo lo demás, es sin duda su suplemento literario: The Panorama Book Review. En este caso no nos encontramos con sólo una serie de ideas brillantes pero (en ocasiones) difícilmente aplicables a una dinámica de trabajo real, sino con un auténtico modelo de revista cultural perfectamente práctico, reproducible y viable… y por desgracia muy alejado de todos los que imperan en nuestro mercado. Dicho de otra manera más insolente, The Panorama Book Review es lo que podría ser El Cultural, lo que debería ser Qué leer y lo que le gustaría ser a Babelia. En resumen: una revista visualmente atractiva y moderna, sin por ello renunciar a la elegancia, capaz de abordar todo tipo de géneros y aspectos del mundo literario sin confundir el rigor con la pedantería ni la amenidad con la ligereza. Algo prácticamente inaudito en este mercado nuestro en el que, por momentos, si algo parece abundar entre los profesionales del ramo son precisamente los árbitros del buen gusto y de la alta literatura, encargados de proteger la virtud de algo que en el fondo parecen considerar una actividad sumamente elitista, preciosa e indigna de ser mancillada por todo lo que huela a popular. Así nos luce el pelo, claro, y así tenemos una industria cada día más ensimismada y disociada del público.
Un buen repaso a la carrera y la obra de J. G. Ballard.
Durante la última Feria del Libro de Madrid, por ejemplo, me acerqué a la caseta de Mondadori para comprar un libro que en su día se me había pasado por alto: Árbol de humo, de Denis Johnson, una extensa y fascinante crónica sobre la peripecia de varios y muy diversos individuos en la Guerra de Vietnam, desde un coronel norteamericano hasta un agente doble vietnamita, que acabó llevándose el National Book Award a la mejor novela en 2007. El ejemplar que encontré tenía una faja en la que venía reproducida parte de una crítica de Robert Saladrigas, publicada en La Vanguardia. La cita decía así: «Un texto duro, inclemente, comprometido, no apto para pusilánimes ni para quienes buscan evasión en la lectura. En suma, gran literatura». El subrayado es mío, claro. Francamente, si ese mismo día no hubiera leído una recomendación del libro en el blog de Javier Calvo, lo habría vuelto a dejar donde estaba sólo por culpa de esa frase. Porque, vamos a ver, me parece muy bien que la obra de Johnson pueda ser considerada dura e inclemente; ciertamente lo es. Y es posible también que ciertos pasajes caracterizados por una inmisericorde descripción de la violencia puedan provocar rechazo entre los lectores más “pusilánimes”. Ahora bien, lo que no consigo entender es: ¿quién no busca evasión en la lectura? ¿Desde cuándo buscar evasión puede considerarse algo peyorativo y reñido con la “gran literatura”? ¿A quién beneficia esta manía de vender la “alta cultura” como algo supuestamente duro y trabajoso al alcance de sólo unos pocos? Para mí al menos, leer siempre ha sido sinónimo de evasión. Y otra cosa no, pero con Árbol de humo me he evadido durante varias horas seguidas con sumo gusto.
Las reseñas de The Panorama Book Review incluyen, además de abundante información sobre cada autor, una página de muestra del libro para que puedas ver el diseño de interiores. ¡Buena idea!
Tampoco vamos a entrar ahora en cuestiones semánticas. Ya supongo que Saladrigras no está utilizando la palabra «evasión» en el sentido de perderse en la lectura y dejarse llevar, que en realidad es lo que nos pasa a todos cuando nos quedamos absortos con un libro, ya sea de Virgilio, de Denis Johnson o de Marcial Lafuente Estefanía. Está utilizando «evasión» como sinónimo de literatura barata, poco exigente, noveluchas; todo lo que Árbol de humo no es, de acuerdo. ¿Pero acaso no revela esa metonimia un pensamiento muy claro que viene a identificar entretenimiento con “mala literatura”? Sin embargo uno puede entretenerse maravillosamente leyendo a Cormac McCarthy o a Dante, por poner dos nombres libres de toda sospecha. ¿Qué está pasando aquí, entonces? ¿Por qué estamos abordando los libros no desde una perspectiva realmente crítica, sino desde una puramente clasista? No es que esto sea bueno o malo, sino que esto hay gente que no lo va a entender, y eso te convierte a ti, amigo mío, en alguien especial que está por encima de la media¹. Lo cual, y mira que es triste, viene a ser lo mismo que dicen los vendedores de coches y de desodorantes. Claro que dudo mucho que por llevar Árbol de humo debajo del brazo vayas a follar más. A mí, desde luego, no me ha funcionado de momento. Pero al menos me lo he pasado pipa leyéndolo y por eso lo recomiendo.
Un interesante artículo sobre obras de ficción inspiradas por el 11-S.
En cualquier caso, no quiero centrar esta entrada en la reseña de Saladrigas, el cual, dicho sea de paso, no me parece un mal crítico en absoluto (su crítica de Árbol de humo es ciertamente certera y apasionada). Lo que me preocupa principalmente, y lo que estoy tratando de poner de relieve aquí, es esa tendencia a tratar la literatura como si fuera un club privado de difícil acceso que tienen, voluntaria o involuntariamente, gran parte de los profesionales del mundillo. Veamos otros dos ejemplos aparecidos en los periódicos de esta última semana (tampoco os creáis que he ido a buscarlos; sencillamente me llamaron la atención en el momento de leerlos). En un artículo sobre Camilla Läckberg publicado en el suplemento Bellver del Diario de Mallorca del pasado jueves, Virginia Guzmán, la autora, remataba su repaso a la obra de la escritora sueca diciendo: «La literatura no siempre tiene que ser rompedora e innovadora, también tiene que haber hueco para esa literatura que busca el entretenimiento con un estilo que no le desmerece». Por mi parte, nunca he leído nada de Läckberg ni tampoco es que me atraiga particularmente, ahora bien: ¿de verdad es necesario terminar un artículo con una perogrullada que suena a disculpa porque una obra te haya parecido entretenida? ¿Por haber recomendado algo que aparentemente no es “gran literatura”? Eso parece, teniendo en cuenta que la coletilla suele aparecer de una manera u otra en todo tipo de reseñas y suplementos literarios². Hace un par de meses me hizo mucha gracia ver una crítica de A la cara en la que el reseñista recomendaba su lectura argumentando que era verano. «Disfrute», decía, «es tiempo vacacional». ¿Y el resto del año qué, a sufrir?
Por tener, The Panorama Book Review tiene hasta microrrelatos.
El otro comentario al que hacía referencia era este de Diego Moreno, editor de Nórdica, aparecido en El País el sábado pasado: «Nos hemos apartado del género negro y hemos apostado por otra literatura de más calidad. Lo curioso es que gracias a lo policiaco mucha gente ha empezado a descubrir a los autores de esos países, así que podemos estar agradecidos». Vaya por delante que no siento más que admiración por Moreno como editor; ha demostrado redaños, saber hacer y un criterio muy personal. Ahora bien, decir a estas alturas que el género negro es, por definición, literatura de menor calidad, es tener muy poca vista o muy poco conocimiento. Imaginemos por un momento que a otro editor se le ocurriera decir: “Nos hemos apartado de la poesía sueca y hemos apostado por otra literatura más entretenida”. Quedaría como un mercachifle, claro. Sin embargo la otra postura, la del exquisito, parece que cuela. A pesar de que pase por alto o no le importe el hecho de que tanta distancia hay entre James Ellroy y Stieg Larsson como entre éste y Tomas Tranströmer. Meter en el mismo saco a los dos primeros sólo porque comparten balda en las librerías es tan absurdo como equiparar a Larsson con Transtömer sólo por ser suecos. Y aunque a nadie se le ocurriría hacer lo segundo, lo primero parece estar al orden del día. Con esto no quiero decir que todo sea equiparable o que no deba existir una crítica que estudie, analice y ponga las cosas en su sitio. Por supuesto que no toda la literatura es igual de buena. Por supuesto que tiene que haber raseros. Pero por favor, basta ya de usar el argumento del entretenimiento como uno de ellos, porque no deja de ser el más perezoso y falaz de todos. Tan entretenido está el que lee Parerga y Paralipómena porque de verdad le gusta Schopenhauer como mi tía con su Danielle Steel.
Un fascinante reportaje sobre las convenciones de aficionadas a la novela rosa.
Decía mi amigo Gabi Beltrán, también la semana pasada, que «la literatura norteamericana actual está diez millones de escalones por encima de la española. La razón es bien sencilla: ellos escriben sobre el ser humano. Nosotros sobre literatura». Algo que, con las consabidas excepciones, estoy bastante de acuerdo. Y creo que lo mismo puede aplicarse, en términos generales, a gran parte de nuestra industria: en vez de escribir o hablar sobre libros, no se dan cuenta de que están escribiendo y hablando sobre ellos mismos. Se retratan, no pueden evitarlo, con todas sus inseguridades culturales y una perentoria necesidad de ser distintos, mejores. Como los chavales cuando se adornan el perfil en Facebook. Por eso me resultó tan refrescante la lectura de The Panorama Book Review, y por eso echo tanto a faltar una publicación similar en nuestro país. Porque demuestra que se puede hacer una revista seria sin tener que ir de serio; porque demuestra que se puede hacer buena crítica y dar buena información siendo inclusivo en vez de exclusivo (quizá el artículo más tremendo de toda la revista sea una crónica acerca de las convenciones para fans de la novela romántica; todo un anatema para cualquier lector “de verdad” que, mira por donde, ha inspirado uno de los mejores reportajes que he leído en este último año). Aun a riesgo de sonar inmodesto, eso es precisamente lo que pretendimos en su día con Más Libros, una publicación de la que ya he hablado por aquí anteriormente. Y me encantaría ver que más gente lo sigue intentando. Porque la lectura, el disfrute de la literatura, no debería de ser una arma arrojadiza, ni una medalla que ponerse entre unos pocos, sino por encima de todo un placer.
Manel Fontdevila no publica en The Panorama Book Review,
pero podría, porque sabe muy bien de lo que habla.
1. Lo cual automáticamente para a ser un insulto y un menosprecio para cualquier otro tipo de lector. Es como aquella campaña de promoción de la lectura de hace muchos años en la que salía un mono que no sabía qué hacer con un libro. ¿De verdad hubo alguien en el Ministerio de Cultura convencido de que llamar chimpancés a los telespectadores que no leían era el mejor modo de conseguir que fueran corriendo a su biblioteca más cercana?
2. Es más, diría que lleva circulando siglos. Ya en tiempos de Shakespeare no faltaba quien le reprochaba que fuera demasiado populachero o que incluyera demasiados elementos de comedia. Y si queremos remontarnos mucho más aún en el tiempo, veremos que Tito Livio, en su historia de Roma, ya se quejaba de la degeneración del teatro romano, «un arte que, a día de hoy, ha acabado alcanzando semejantes niveles de libertinaje que a duras penas pueden tolerarse». ¡Ay, si el bueno de Tito levantara la cabeza!
(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:
· McSweeney’s 33: The San Francisco Panorama.
· McSweeney’s 13: The Comics Issue.
· Art of McSweeney’s.
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McSweeney's, San Francisco Panorama 6 comentarios