Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Jueves 19 de junio de 2014

Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson

Ayer se puso oficialmente a la venta en librerías y también en nuestra web Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson, el libro de Robert Polito que me ha tenido ocupado durante estos últimos meses. Verlo por fin publicado y en la calle es un pequeño sueño hecho realidad, pues se trata de una obra que llevaba empeñado en traducir desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que, de hecho, cuando empecé a darle vueltas a la idea ni siquiera sospechaba que algún día tendría una editorial propia desde la cual publicarlo. Lo cierto es que incluso teniéndolo ya entre las manos me sigue costando creer que Arte salvaje haya llegado finalmente a las librerías tal como me lo imaginé en su día: con su tapa dura, sus cubiertas de tela roja, su portada de Chip Kidd y unas dimensiones adecuadas para descalabrar a cualquiera lo suficientemente incauto como para dejarlo al alcance de individuos como Lou Ford o Clinton Brown. Mentiría si no dijese que es el libro del que, viendo el producto terminado, más satisfecho me siento desde que emprendí esta pequeña aventura editorial. A los lectores y amigos con los que llevo años hablando de este tema, sólo puedo decirles que deseo que la espera haya merecido la pena. Para todos los demás, dejo a continuación una serie de contenidos que he ido preparando en las últimas semanas para ir calentando el lanzamiento del libro.

Todas las portadas recogidas en el Tumblr han sido limpiadas en la medida de lo posible.

El Tumblr de Arte salvaje
No es ningún secreto para los lectores de este blog que en Cultura Impopular somos unos enamorados de la estética pulp y unos rendidos admiradores de los grandes ilustradores de la era dorada de la literatura de quiosco. Aunque la edición original de Arte salvaje contiene algunas reproducciones de portadas de novelas de Thompson, lo cierto es que en pequeño y en blanco y negro no lucen como merecen. La idea tras el tumblr de Arte salvaje fue crear una página en la que reunir las cubiertas de las primeras ediciones norteamericanas de todas las novelas de Thompson, para que los lectores del libro pudieran disfrutarlas en color, restauradas y a buena resolución. La cantidad de material “exhumado” durante el proceso de búsqueda de las imágenes me animó a expandir el concepto original para incluir también portadas de revistas, carteles de cine y otras curiosidades relacionadas con el autor de 1.280 almas. El blog lleva activo desde el pasado 15 de mayo y continuará actualizándose a razón de una imagen diaria, de más reciente a más antigua, hasta llegar a los años treinta y las primeras colaboraciones de Thompson con las revistas de crímenes reales en las que se curtió como profesional. Aunque no pretende ser 100% exhaustivo, sí espero que, una vez completado, el archivo visual de Arte salvaje quede como la mayor colección de cubiertas thompsonianas (cerca de un centenar) reunidas en una sola web para el disfrute de fans y curiosos. Puedes seguir el tumblr de Arte salvaje aquí.

Harry McClintock y su esposa Bessie, buenos amigos de Thompson.

La banda sonora
Aunque en un principio podría parecer que Arte salvaje no es un libro tan propicio para contar con una banda sonora como, por ejemplo, Señores del caos o Fargo Rock City, que prácticamente la estaban pidiendo a gritos, lo cierto es que Jim Thompson no sólo fue un gran aficionado a la música country y folk, sino que también mantuvo una amistad estrecha con varias figuras destacadas de ambos géneros, hasta tal punto que fue el mismísimo Woody Guthrie quien le consiguió el contrato para publicar su primera novela, Aquí y ahora. Aunque reconozco que he colado un par de “morcillas” de cosecha propia, la mayor parte de los 42 temas recopilados en esta lista de Spotify aparecen mencionados en el libro de Robert Polito o están interpretados por artistas citados en él. A continuación, unas cuantas pistas de por dónde van los tiros. La BSO se abre con “Marching Through Georgia”, el tema con el que el padre de Thompson acompañaba sus mítines cuando se presentó a candidato al Congreso por el estado de Oklahoma, y sigue con “Turkey in the Straw”, un clásico popular que el propio Thompson intentaba interpretar sin éxito al violín. “Jake Walk Blues” es un tema de los Allen Brothers que alude a una dolencia sufrida por Thompson, descrita en detalle en el libro y relacionada con la ingesta de un alcohol de pésima calidad, similar al célebre whisky casero conocido como white lighting (lo que me dio la excusa para incluir la versión de Ralph Stanley de “White Light/White Heat”). A continuación siguen una mezcla de canciones proletarias e himnos wobblies (nombre con el que se conocía a los afiliados al sindicato Industrial Workers of the World, del que Thompson era miembro), entre ellos dos temas compuestos por su gran amigo y mentor Harry Kirby McClintock. Al margen del ya mencionado Woody Guthrie, en la BSO también intervienen otros amigos personales de Thompson, como la cantautora Sis Cunningham y el grupo The Almanac Singers, encabezado por Pete Seeger.

Carl Sandburg era al parecer una presencia habitual en el tocadiscos del escritor, para exasperación de su esposa Alberta, que consideraba canciones como “The Foggy Dew” y “Sam Hall” obscenas e inmorales. El empeño de Thompson por redactar una historia oral de los movimientos mineros y sindicales aparece reflejado mediante la inclusión de varias canciones relacionadas con ambas cuestiones, como el clásico “Down on a Coal Mine” o la maravillosa “UAW-CIO” de The Union Boys. Intérpretes como Hank Williams, Webb Pierce y The Louvin Brothers aparecen citados en Arte salvaje como algunos de los predilectos por Thompson, aunque la elección de los temas incluidos ha sido únicamente de mi cosecha (en cualquier caso, resulta curioso ver lo apropiadas que resultan canciones como “My Rough and Rowdy Ways” o “I’ll Never Get Out of This World Alive” en el contexto de su obra). La inclusión de temas más eléctricos, como el de The Byrds o los de Billy Bragg, no tienen más justificación que la temática (tanto Joe Hill como Pretty Boyd Floyd aparecen mencionados en el texto repetidas veces). “Bodies” de los Sex Pistols aparece citado expresamente por Robert Polito en su prólogo como equivalente sonoro de la prosa de Thompson (“un nihilismo baldío y avasallador, tan inmisericorde como el rock más lacerante”), un símil a mi juicio muy acertado y a la vez un tema muy apropiado para las desoladoras últimas páginas de su biografía. El punto irónico y final lo pone otra canción citada varias veces en Arte salvaje, la socarrona “Pie in the Sky”. Espero que os guste la selección.
Puedes escuchar la banda sonora completa aquí.

La portada
Aunque en este caso no habrá “como se hizo” de la portada, ya que desde el primer momento tuve bien claro que quería utilizar la magnífica sobrecubierta diseñada por Chip Kidd para la edición original de Arte salvaje, no quiero dejar de comentar como ejemplo ilustrativo el modo en el que a veces las cosas que en un principio asumes que van a ser las más sencillas acaban complicándose de manera insospechada. En el caso que nos ocupa, ya digo que nunca hubo duda alguna acerca de cuál debía de ser la cubierta del libro, por lo que no anticipaba ningún quebradero de cabeza. El problema, sin embargo, vino cuando, tras contactar con Chip Kidd para solicitarle los materiales necesarios, éste me comentó que los archivos digitales de la cubierta (creada en 1995 a saber en qué versión de qué programa hoy en día completamente obsoleto) se habían perdido irremediablemente, lo cual me dejaba únicamente dos soluciones: la chapuza (escanear y manipular la portada original) o la trabajosa (recrearla de cero). Afortunadamente, con la ayuda de mi amigo José María Méndez, que se dedicó a peinar las librerías de segunda mano y a pelearse con varios libreros de viejo, conseguí localizar y comprar a un precio no demasiado prohibitivo las primeras ediciones de The Kill-Off (1957) y The Nothing Man (1954), cuyas portadas sirvieron de base para el diseño original de Kidd. Una vez conseguidas, “sólo” hubo que escanearlas, limpiarlas, buscar tipografías similares a las de la sobrecubierta norteamericana y montarlo todo (lomo incluido) de manera que pareciese que se trataba exactamente de la misma portada. A pesar de los esfuerzos, hay varios detalles reveladores que traicionan el uso de materiales de partida distintos, entre ellos las roturas que pueden verse en la parte inferior de la portada, las cuales no coinciden para nada entre la edición americana y la española; esto es debido a que no se trata de una rotura falsa simulada con Photoshop, sino a las grietas reales que atraviesan la cubierta de los libros utilizados. En resumen: lo que se anticipaba como un trabajo rápido acabó llevando al final casi más tiempo que haber creado una portada nueva. Para que se fíe uno.

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Viernes 6 de diciembre de 2013

El gran fracaso de Scott Fitzgerald


Antes del verano engarcé una serie de entradas centradas en el papel de la crítica, el peso del contexto a la hora de ejercerla y la incapacidad de ciertos plumillas para alejarse de lugares comunes y percepciones añejas. Como suele pasar casi siempre que te da fuerte por algo, de repente empecé a encontrar todo tipo de textos relacionados con el tema en los lugares más insospechados. Como, por ejemplo, en una cafetería de Sóller en cuyo revistero me topé con un cuarteado ejemplar del New Yorker con portada de Chris Ware, probablemente abandonado hacía semanas por algún turista, que incluía una crítica de la adaptación de El gran Gatsby perpetrada por Baz Luhrmann. Lo que más me interesó de la crítica no fueron los comentarios acerca de la película sino un par de pasajes de introducción en los que el autor, David Denby, hacía hincapié precisamente en el maltrato sufrido por la novela de Fitzgerald a manos de los críticos literarios de su momento y cómo en última instancia la fama y los vaivenes comerciales del libro han acabado dependiendo de muchos otros factores completamente al margen de su calidad literaria. Es algo en lo que he estado pensando bastante estos últimos días, mientras leía Karoo, la novela de Steve Tesich (uno de cuyos “ganchos comerciales” ha sido precisamente el de haber sido redescubierta a los tres lustros de su publicación original y diecisiete años después del fallecimiento de su autor), al mismo tiempo que traducía los primeros capítulos de Arte salvaje, biografía de Jim Thompson escrita por Robert Polito que editaremos el año que viene y que casualmente se abre con el siguiente párrafo: «Poco antes de su fallecimiento el 7 de abril de 1977, Jueves Santo, Jim Thompson le dejó instrucciones a su esposa, Alberta, para que conservara a buen recaudo sus novelas, manuscritos, documentos y copyrights. “Espera y verás”, le prometió. “Me haré famoso unos diez años después de muerto”». Un último gesto de desafío, muy propio de Thompson, que dudo que el pobre y frágil Fitzgerald compartiera en el momento de su súbito fallecimiento debido a un ataque al corazón. Después de todo, él ya había saboreado las mieles del éxito y, como se encarga de recordarnos Denby, de poco le sirvieron en última instancia. Traduzco a continuación el par de párrafos del mencionado artículo que más llamaron mi atención:


Cuando el 10 de abril de 1925 se publicó El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald, viviendo a lo grande en Francia gracias a sus primeros éxitos, le envió un telegrama a Max Perkins, su editor en Scribners, preguntando si las perspectivas eran buenas. En su mayor parte no lo eran. El libro recibió varias críticas desdeñosas (“La obra fallida de F. Scott Fitzgerald”, anunció un titular del New York World) e incluso las agradables eran condescendientes. Fitzgerald se lamentaría más tarde ante su amigo Edmund Wilson de que “de entre todas las críticas, incluso las más entusiastas, no hubo ni una sola que demostrara haber entendido de qué iba el libro”. Para un escritor de la fama de Fitzgerald, las ventas fueron mediocres. Unos veinte mil ejemplares a finales de aquel año. Scribners realizó una segunda edición de tres mil ejemplares, pero eso fue todo, y cuando Fitzgerald falleció en 1940, medio olvidado a la edad de cuarenta y cuatro años, era un libro difícil de encontrar.
La historia de la deplorable caída en desgracia de Fitzgerald (ningún otro gran escritor ha fracasado de manera tan pública) está imbuida por varios matices de ironía, tanto en el fracaso como en el triunfo. Fitzgerald era un alcohólico y sin duda su salud habría declinado al margen de la carrera comercial de su obra maestra. Pero era un escritor que necesitaba del reconocimiento y el dinero tanto como del alcohol, y si Gatsby hubiera vendido bien probablemente le habría ahorrado las lacerantes confesiones públicas de fracaso que realizó durante los años treinta o, al menos, le habría mantenido lejos de Hollywood. (Consiguió escribir una fascinante novela medio inconclusa, El último magnate, fuera de lugar, pero sus talentos como guionista eran demasiado sutiles para M-G-M.). Al mismo tiempo, el fracaso inicial de Gatsby cuenta con un asombroso epílogo: actualmente su edición en rústica vende en Estados Unidos medio millón de ejemplares al año.

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Martes 29 de enero de 2013

Los timadores: Westlake vs. Thompson

Hace poco, buscando referencias para otro trabajo del que próximamente hablaré por aquí, me encontré de casualidad con esta entrevista con Donald Westlake, realizada en 1997 por Jesse Sublett para el periódico The Austin Chronicle. En ella, el creador de Parker habla, entre otras cosas, de su labor como guionista de Los timadores, la excelente película de Stephen Frears basada en la novela homónima de Jim Thompson que en 1990 le supuso una nominación al Oscar al mejor guión adaptado (desgraciadamente fue el año de Bailando con lobos y Westlake se volvió a casa, muy injustamente en mi opinión, sin la dorada estatuilla). Como para este año tengo pensado incluir bastantes contenidos relacionados con Jim Thompson en el blog, el hallazgo me ha parecido un buen augurio y aquí lo traigo, convenientemente traducido.

TAC: ¿Experimentó alguna sensación extraña al colarse en la cabeza de Jim Thompson mientras escribía Los timadores?

DW: Sí, he estado a ambos lados de la barrera, he sido el novelista al que otro adapta y he sido el adaptador que adapta la novela de otro, así que he estado a ambos lados. Mi sensación es que la tarea del guionista es transmitir las mismas sensaciones que el autor original, aquello que pretendiese conseguir éste al plasmarlas sobre el papel. Sus puntos de vista sobre el mundo, sus actitudes, su enfoque, sus intenciones. Nunca podrás incluirlo todo tal cual, puede que consigas respetar parte de los diálogos, puede que puedas respetar algunas escenas, pero es un medio distinto. En el caso de Thompson, se trata del escritor más nihilista nacido en Norteamérica. Como dijo no recuerdo quién, todas sus novelas terminan cuando sus personajes van al infierno. Quiero decir, que simplemente van al infierno. El equipo que hizo Los timadores era maravilloso, incluido el diseñador de producción, Dennis Gassner. Él y Stephen Frears decidieron que al principio de la película no aparecería el rojo, hasta tal punto que en una de las primeras secuencias, un diálogo en Los Ángeles entre John Cusack y un policía, se ve de fondo un aparcamiento que ocupa unas dos manzanas. Y alguien se percató de que había un coche rojo como a manzana y media de distancia. Así que fueron corriendo con una lona para taparlo. Porque querían ir introduciendo el rojo paulatinamente hasta llegar al final de la película, cuando Anjelica Huston se monta en el ascensor con un vestido rojo-rojísimo, iluminada por una potente luz blanca, metida en una caja negra, y Stephen dijo que ese era su descenso a los infiernos.
De modo que intentamos hacer a nuestro modo lo mismo que hizo Thompson al suyo. La cuestión es que Thompson se veía obligado a escribir muy rápido a cambio de muy poco dinero; él sabía que era capaz de hacerlo mejor. Pero no podía hacer nada al respecto, salvo seguir produciendo a macha martillo, y eso es algo que se puede ver en sus libros, particularmente si haces como tuve que hacer yo y analizar el funcionamiento de la trama. Entonces te das cuenta de que, oh, debería haber introducido este elemento en la página 30, pero no se le ocurrió hasta que iba por la 50 y ni de coña piensa volver atrás para reescribir la página 30, así que lo introduce en la 50. Pero yo puedo cogerlo y volver a colocarlo allí donde debería estar. De modo que siempre digo que lo que hice fue darle a Jim Thompson la revisión que él nunca tuvo tiempo de hacer por sí mismo.

Donald Westlake según Darwyn Cooke.

TAC: Eso está muy bien. He discutido con individuos que le ponen pegas a lo que ellos consideran errores técnicos en su prosa, y yo siempre les digo que están meando fuera de tiesto. Un libro de Thompson es algo que se vive como una experiencia. No puedes juzgar su obra según los cánones convencionales.

DW: Sí. Tenía mucho talento y muchísima convicción, en el sentido de que estamos hablando de un tipo que quiere contar historias en las que todo el mundo acaba yendo al infierno, pero debe hacerlo en términos lo suficientemente comerciales para que le permitan pagar el alquiler. Es como si tuviera un vendaval de cola que lo estuviera empujando a toda velocidad hacia delante y se ve obligado a hacer lo que pueda teniendo en cuenta las circunstancias. Dejarse llevar por él es algo a la vez emocionante y aterrador. Fue un trabajo de lo más interesante, la verdad. Y luego la viuda y las hijas de Thompson vinieron a la fiesta de después del estreno en Los Ángeles y todas son altísimas, todas pasan del metro ochenta… ¡y todas eran idénticas a Anjelica en la película! Y yo no hacía más que pensar: oh, Dios mío; oh, Jesús.

TAC: ¿Le suena de algo Paddy Mitchell, el ladrón de bancos?

DW: No, no creo haber oído hablar de él.

TAC: Hay un buen artículo sobre él en el especial moda de otoño de GQ, el que tiene a Sean Penn en la portada. Hasta hace poco, Paddy era un ladrón de bancos de mucho éxito y, al igual que Parker, se hizo la cirugía estética para ocultar su identidad. Ahora que lo han detenido, en vez de decir que lamenta sus crímenes y que debía encontrarse bajo alguna influencia perversa o algo, dice: “Ni hablar. ¡Pero si me lo estaba pasando bomba!”.

DW: Conozco a un tipo llamado Al Nussbaum, la última vez que tuve algún contacto con él estaba en San Francisco, y no estoy seguro de si habrá muerto o seguirá con vida. Estaba condenado a perpetua en San Quintín por atracar un banco debido a que su socio mató a un guarda durante el robo y por lo tanto a él también lo declararon culpable de asesinato. Se hizo escritor estando en la cárcel. Era muy agudo y muy divertido y siempre decía: “No me reformé, simplemente perdí el valor. Pero todavía me parece una manera sensata de ganar dinero. Si quieres dinero, tiene que ser sensato ir allí donde tienen y obligarles a que te den algo”.

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Citando a Andy Warhol: Todo el mundo tiene sus quince minutos
de fama. Citándome a mí mismo: Ojalá no fuera así.
Mick Mars
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