Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Jueves 9 de enero de 2014

Cuestión de género

Megan Abbott. Foto: Joshua Gaylord.

Hace un par de meses, Megan Abbott, autora de Reina del crimen, entrevistaba para el magazine digital The Rumpus a las también escritoras Kelly Braffet y Lisa Lutz a propósito de sus novelas más recientes. En el transcurso de la conversación abordaban sus respectivos puntos de vista acerca del sempiterno debate generado por las todavía persistentes divisiones entre literatura de género y literatura “de verdad”, entre profundidad y escapismo (tema, como ya sabéis, recurrente en este blog). Traduzco a continuación un par de fragmentos de la entrevista. Si queréis leer el resto, sigue aquí.

Megan Abbott: Voy a empezar por una de esas preguntas que para mí —y posiblemente para vosotras— es una de mis bestias pardas: el debate entre «ficción literaria» contra ficción «de género». Un artículo reciente en Salon.com se preguntaba qué es lo que hace que un libro sea literario en oposición a una obra de género. Un par de autores intentaban definir tal distinción, indicando, por ejemplo, que las novelas literarias están «menos pendientes de proporcionar placeres escapistas y más pendientes de proporcionar el placer de un análisis incisivo». ¿Qué pensáis vosotras? ¿Existe una distinción? Y si es así, ¿en qué la basáis?

Lisa Lutz. Foto: Jerry Bauer.

Lisa Lutz: Yo hago la distinción porque el otro bando siempre la está haciendo. Cuando me entran ganas de llevarles la contraria, puede que me haga las siguientes preguntas: ¿sucede algo en el libro? ¿Tiene una trama discernible? Si la respuesta es negativa, añadiría el libro a la pila del bando literario. Evidentemente no es un caso aplicable a toda la «literatura», pero en ocasiones la distinción parece ser la misma que existe entre un narrador y un charlatán. Un narrador reconoce la existencia de un público; sus historias pretenden enganchar y absorber al oyente. Un charlatán simplemente se dedica a darle vueltas y más vueltas a su «incisivo análisis». Me estoy refiriendo sobre todo a las malas novelas literarias, porque asumo que cuando la gente menosprecia la ficción de género únicamente están hablando de la mala. Seguir pensando que una novela no puede ser reveladora y penetrante sólo porque también encaja dentro de un género me parece una locura cercana a cierto tipo de ascetismo. Cuando yo leo un libro, no quiero que únicamente me estimule intelectualmente, quiero perderme en él.

Kelly Braffet. Foto: Juliet Varnedoe.

Kelly Braffet: Lisa tiene razón. El resto del mundo insiste en seguir haciendo esa distinción, por lo que si queremos tener una oportunidad de comunicarnos con ese mundo, en cierto modo también tenemos que hacerla. Aunque creo que existe una zona gris que es cada vez mayor. Para mí, por darle una vuelta a otra de las cosas que ha dicho Lisa, no depende de que en el libro suceda algo, sino más bien de si ese algo resulta descaradamente excitante. Cinco personas sentadas alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios es algo que puede suceder, pero no es algo necesariamente excitante. No se añade emoción a la historia, tal como se haría si estuvieran sentados alrededor de una mesa charlando sobre sus divorcios mientras planean el atraco a un banco. Y por cierto, la idea de que la presencia misma del atraco al banco pueda invalidar automáticamente la perspicacia de los comentarios acerca de lo que supone estar en una relación que se desmorona hace que me entren ganas de disparar fuego por los ojos. Lo que más me llama la atención de la cita mencionada por Megan es la idea de que el escapismo sea algo malo o un recurso barato, algo en cierto modo ajeno a la experiencia habitual de leer una novela. Viene más o menos a implicar que existe un tipo de persona capaz de sentarse en un café a leer una novela, sin dejar de ser consciente en todo momento de que está sentado en un café leyendo una novela, sin dejarse en ningún momento arrastrar por ella ni verse absorbido por ella. Lo cual, para mí, es simplemente triste. Cuando me gusta un libro, el resto del mundo desaparece mientras lo estoy leyendo, da igual que sea de Raymond Chandler o de Jennifer Egan. De modo que no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando habla de esa manera del «escapismo».

Megan Abbott: A mí también me irrita mucho el argumento del escapismo. Y ahora voy a caer en el estereotipo de la supuesta ficción literaria, pero para mí nada podría ser más escapista que imaginarme en el mundo protegido y autoindulgente de Brooklyn o de cualquier ciudad universitaria al azar, donde mis principales preocupaciones deberían ser supuestamente el adulterio y un vago malestar interno. Una buena novela criminal, como cualquier buena novela de lo que sea, te retuerce las tripas o por lo menos te agarra de la pechera de la camisa y se niega a dejarte escapar. ¿Qué tiene eso de escapista? Da igual que estemos hablando de ficción literaria, criminal o de cualquier otro tipo; cuando está mal escrita, parece estar siguiendo una fórmula, y cuando está bien escrita te produce la sensación de estar leyendo algo increíble, bien trabajado, especial. Sientes todo lo que sucede de manera palpable porque estás conectando con la intensidad de la emoción y con unos personajes a los que notas como poderosamente reales. Y es entonces, supongo, cuando la frase «trasciende el género» asoma su inoportuna cabeza.

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Viernes 29 de junio de 2012

Reinas del crimen

Hace un par de años, con motivo del lanzamiento del libro de relatos Florida Gothic Stories, de Vicki Hendricks, el magazine digital Crimeculture tuvo la feliz idea de reunir a la que probablemente sea la gran escritora de culto del noir contemporáneo (seguida y ponderada por autores como Michael Connelly, George Pelecanos y Dennis Lehane)  y a una de sus más ilustres admiradoras, Megan Abbott, autora de novelas como Bury Me Deep y Reina del crimen (por la que recibió el premio Edgar Allan Poe a la mejor novela de misterio en 2007), para que charlasen sobre sus respectivas carreras y sus obras marcadamente femeninas en un género tradicionalmente machorro. Traduzco a continuación algunos fragmentos de la conversación, no sin antes recordaros que precisamente estos días tenemos en marcha una campaña de microfinanciación en Verkami para sufragar la edición de Poesía cruel, la novela más reciente y celebrada de Hendricks, de la cual podéis leer un extenso adelanto aquí.

Megan: A pesar de que eres conocida como la Reina del Noir, tu libro más reciente es una colección de relatos titulada Florida Gothic Stories. Me pareció, mientras los leía, que como poco le deben tanto a la tradición del Gótico Sureño de Flannery O’Connor y Carson McCullers como a Cain o Thompson. ¿Piensas en esos términos? ¿Qué te hizo escoger el título?

Vicki: ¡Hay que decir, Megan, que tú también eres conocida como la Reina del Noir! Así que me conformo con permanecer como co-regente. Me planteé titular el libro Florida Gothic Noir, pero me pareció demasiado específico. Creo que “gótico” es apropiado en el sentido más actual y popular de la palabra, porque tiene cierto matiz antinatural y preternatural, aunque en mis relatos no hay vampiros. En cualquier caso, tienes razón, a un nivel más profundo estaba pensando en el Gótico Sureño. [...] Una de mis palabras favoritas es “grotesco”, y siempre me he sentido atraída por personajes fallidos o retorcidos de manera inusual, tanto por dentro como por fuera. Adoro a esos personajes, a pesar de que te hagan sentir incómoda, siempre que intenten dar lo mejor de sí mismos. Por ejemplo, en el cuento “Stormy, Mon Amour”, la narradora, Cherie, es de naturaleza grotesca, habiéndose enamorado de un delfín y dado a luz a una sirena. El sexo entre especies suena repugnante para empezar, de modo que intenté jugar con las expectativas creando una escena de sexo entrañable para que el lector pueda simpatizar con Cherie en su búsqueda romántica.

Megan: Una de las cosas que adoro de tu aproximación a estos personajes “grotescos” es el afecto evidente que sientes por ellos. No los escribes desde una postura irónica o distanciada. Y no parece haber un deseo de escandalizar. Al contrario, los actos más escandalosos en tus historias tienden a ser cometidos por los personajes “normales”, particularmente los codiciosos. Fue una de las primeras cosas que me enamoraron de tu prosa al leer Miami Purity, en la que tu simpatía por la protagonista, Sherry Parley, persiste casi a pesar de sus actos. Es un enfoque que me ayudó mucho con la heroína de Bury Me Deep, en la que tuve que pararme a pensar: ¿cómo hago que una mujer apodada “la carnicera rubia” resulte simpática para el lector? ¿Ha sido esa siempre una de tus motivaciones?

Vicki: Debo reconocer que apenas era consciente de tener ningún “enfoque” cuando escribí Miami Purity. No sabía lo que estaba haciendo; me enamoré de mis personajes a medida que se fueron desarrollando y me daba igual si alguien más lo hacía, ya que nunca tuve en mente que me la fueran a publicar. Mi objetivo era producir algo en la misma onda de El cartero siempre llama dos veces, que acababa de descubrir y me tenía completamente fascinada, sobre todo con sus personajes más “desenfrenados”. Los apasionados personajes de Cain, creados con pocas palabras, y sus naturalezas animalistas y sexuales me inspiraron para llevar mis escenas de sexo hasta el límite al que podían llegar a primeros de los noventa, desarrollando así un estilo propio. Pero, volviendo a tu “carnicera rubia”, ciertamente fuiste capaz de recrear su reputación para que el lector se enamorase de ella instantáneamente. Mientras leía Bury Me Deep, no hacía más que admirar la belleza de los personajes y de sus complejas relaciones. Hace tiempo escribí mi tesis sobre Henry James y no puedo evitar comparar tu novela con algunos de sus trabajos más geniales. En Bury Me Deep veo no sólo la interconectividad entre personajes que crea un tipo de realidad profundamente Jamesiana, sino además un ritmo acelerado y una trama intrigante, dos cosas que James nunca abordó. De hecho, en otro momento me habría parecido una combinación imposible. Die a Little, tu primera novela, solía ser mi favorita. Pero Bury Me Deep acabará siendo un clásico. No un clásico del género negro, sino un clásico de la literatura. Sé que no puedes explicar tu talento, pero me pregunto cuáles son tus recuerdos literarios más inspiradores.

Megan: Viniendo de ti, esas palabras significan muchísimo, más de lo que puedo expresar. En cuanto a mi aproximación a Bury Me Deep, creo que el único plan consciente fue mezclar mi amor por las novelas de los años veinte y treinta, como las de Dreiser o Sinclair Lewis (así como los relatos aparecidos en revistas del momento, desde Fitzgerald a Fannie Hurst) con el noir del mismo periodo. Y nunca llegué a desarrollar por completo la seguridad de que sería capaz de unir ambos estilos, siendo como son los dos tan estilizados pero de maneras opuestas (el lenguaje muy formal e incluso melodramático junto al slang del pulp). Mi mayor inspiración siempre han sido otros escritores. Di un par de clases de escritura creativa en la universidad y estuvieron muy bien, pero la lectura siempre ha tenido un impacto mayor. En el caso de Bury Me Deep, me impulsó sobre todo la osadía de Daniel Woodrell, la manera en que descompone el lenguaje para crear uno nuevo. ¿Y a ti qué otros escritores te inspiran, además de Cain?

Vicki: Ah, Daniel Woodrell. Ojalá hubiera escrito antes The Death of Sweet Mister para inspirarme desde el principio. ¡En cualquier caso, nunca es tarde si la dicha es buena! Creo que otra influencia importante fue la de Harry Crews. No es un escritor de novela criminal. Normalmente se le cita como un escritor genuinamente floridiano, aunque hace años que no escribe nada. Su novela The Gypsy’s Curse es probablemente mi favorita, y me estoy acordando ahora de que lo grotesco juega un papel predominante en toda su obra. El fallecido Larry Brown era otro escritor genuinamente sureño, sólo que de Mississippi. Su novela Fay, una de mis favoritas de toda la vida, fue una influencia directa en Poesía cruel. Desde que empecé a escribir ficción, no soy capaz de leer un libro sin encontrar algo en lo que fijarme, intentando aprender a hacer mejor algunas cosas o también a evitar según cuáles. Me leí Bury Me Deep dos veces seguidas para absorber muchos de los momentos efectivos, particularmente las escenas de sexo. De Bury Me Deep aprendí a escribir escenas de sexo más cortas, menos gráficas, que aun así prendan fuego a la página. Creo que este ha sido el primer libro en que el que especificas la sexualidad de tal manera, ¿verdad? ¿Qué te hizo cambiar de táctica?

Megan: Algunas personas me han comentado que Bury Me Deep parece tener más escenas de sexo físico, o al menos más explícitas, pero me parece que yo sigo sin considerar que escribo escenas de sexo sino que más bien escribo “en torno” a ellas. Es todo humo y espejos, porque soy demasiado tímida. Pero también podría ser que, como la heroína de Bury Me Deep se ve tan impelida por este tipo de deseo incontrolable que apenas ha experimentado, intenté conjurar un montón de maneras de describir cómo se sentía ella corporalmente al verse dominada por el deseo. Y desde luego es diferente. Y como no se trata de una muchacha de mundo, son sensaciones muy intensas para ella. Es como una fiebre. Una de las cosas que adoro sobre tus escenas de sexo es que tienen el rigor de la vida real, de cuerpos y sudor y colchones que crujen, pero también una especie de sentimiento vivido que hace que el deseo parezca algo crepitante. Siempre pienso en ello como cuando ves el calor alzarse literalmente de la calzada en la ciudad. Y tienen un nervio al que aspiro. ¿Sientes que te estás arriesgando en esas escenas? ¿Particularmente las más inusuales, como el sexo entre especies? ¿Alguna vez has regresado tras el primer borrador y has expurgado alguna de tus escenas de sexo?

Vicki: Deja que te diga que realmente supiste transmitir esa fiebre, y que las escenas tienen más de sexo emocionalmente intenso que de sexo cañero y físico. Pero sí, siempre elimino. Poesía cruel probablemente perdió treinta páginas, aunque cueste creerlo. Pero las escenas de sexo entre especies son las más divertidas de escribir. Imagino que porque la idea es tabú. Pero además porque veo el amor entre animales y humanos como algo tan fuerte que las escenas de sexo parecen naturales. La más explícita que he escrito nunca está en “Stormy”, y la naturaleza fantástica de ese cuento la aleja lo suficiente de la realidad como para que resulte menos perturbadora, creo yo. O eso espero al menos. [...] Ahora me estoy preguntando cuál es tu parte favorita del proceso de escritura. ¿Qué novela es la que más has disfrutado escribiendo y por qué?

Megan: ¿Mi parte favorita del proceso? Desde luego la documentación. La documentación tal como yo la entiendo, que es más bien una exploración. Incluso ahora que estoy escribiendo novelas contemporáneas, me sigo descubriendo atraída en pos de cosas sobre las que lo ignoraba todo, ya sean los probabilidades de ganar una apuesta, la tuberculosis o, en el caso de mi próxima novela, las lesiones más habituales en el hockey. ¿Y la tuya?

Vicki: Yo también me veo absorta por la documentación, pero probablemente el mejor ejemplo de verme atraída por cosas de las que lo desconozco todo es el hecho de que me aficioné al paracaidismo. Cuando lo practiqué por primera vez suponía que saltaría un par de veces y luego escribiría mi novela, y ahora, unos 600 saltos y 13 años más tarde, sigo haciéndolo un par de veces al año. Me pasé un lustro practicando paracaidismo todos los fines de semana, me gasté todo el dinero y casi llegué a renunciar a la docencia para vivir en un trailer entregada a ello. Echo de menos la emoción, pero he madurado y me he pasado a la observación de aves. Aun así, ¿quién sabe qué será lo siguiente? Ya he practicado submarinismo, vela y montañismo, y espero poder dejar pronto la enseñanza y seguir más opciones. Que disfrutas del proceso de documentación es algo que resulta evidente y tus lectores se benefician de ello. En cualquier caso, tu arte es la habilidad para envolver el seco esqueleto de los hechos con una verdad jugosa,  una verdad má profunda y, en ocasiones, una verdad posible que crea la perfecta estructura de ficción. [...] ¿Puedes explicar tu proceso inicial o quizás dar un ejemplo de un detalle concreto que averiguaste documentándote y que resultara clave para el desarrollo de un personaje o la selección de un tema?

Megan: Generalmente suelen ser cosas en las que no puedo dejar de pensar. Vuelvo a ellas compulsivamente. En Bury Me Deep resultó ser algo muy específico: las circunstancias que condujeron a los asesinatos. Una cálida noche de verano, una diminuta casa en Phoenix, avanzada la noche, una discusión que de algún modo desembocó en aquel terrible crimen. Un invernadero de deseo, celos, desesperación, ira. Tres mujeres en el peor momento de la Gran Depresión, cuya misma existencia dependía de la generosidad de un hombre caprichoso. Las mujeres en grupos de tres siempre me han parecido peligrosas, y en este caso tuve una imagen muy clara de aquellas tres mujeres, una noche de (según cuentan) mucha bebida, secretos revelados y una pelea que se descontrola. Sencillamente me cautivó. No podía dejarlo estar. Me recuerda, ahora que lo pienso en ello, a otro tipo de triángulo recalentado: el de Poesía Cruel. ¡Una vez más sigo tus pasos!

Vicki: Bueno, Megan, sé que estás intentando centrar esta entrevista sobre todo en mí, ya que soy la que acaba de publicar libro, pero tengo que mencionar tu reciente nominación a los Edgar. ¡La tercera! Me ganaste en 2007 cuando Reina del crimen se impuso a Poesía cruel, de modo que sé que ya tienes una de esas adorables estatuillas de Poe en la repisa, pero como ya he dicho Bury Me Deep transciende el genero. Es un clásico y perdurará más que el recuerdo de cualquier tipo de premios. Te imagino  poniéndote colorada porque eres genuinamente modesta, pero insisto en decirlo públicamente.

Megan: Bueno, es todo un honor. Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que estaría haciendo una entrevista conjunta con Vicki Hendricks, no le habría creído. ¡Hago una reverencia a los pies de la maestra del noir!

Vicki: ¡Ack! ¡Yo también estoy haciendo una reverencia, a ver si nos vamos a dar en la cabeza!

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Miércoles 8 de febrero de 2012

Malditas bastardas

“Malditas bastardas: las nuevas dominatrix de la novela negra americana” es el título de un excelente y extenso artículo de Jesús Palacios aparecido en el nº 96 de la revista Clarín (año XVI, Noviembre-Diciembre, 2011). En el mismo, Palacios nos ofrece un informado y detallado repaso a la historia de la novela criminal femenina, partiendo de las grandes damas del misterio (con Agatha Christie a la cabeza) y las reinas del thriller psicológico (como Patricia Highsmith o Ruth Rendell), hasta llegar a las más recientes cultivadoras de la vertiente más dura y canalla del género negro: el hard-boiled. Entre éstas no podían faltar dos de nuestras autoras, Christa Faust y Megan Abbott, de cuya obra habla precisamente Palacios en los siguientes extractos que ha tenido la amabilidad de cedernos para reproducir aquí en el blog. Si tenéis ocasión, no dejéis de leer el artículo completo, que merece mucho la pena.

Malditas bastardas
Se han tomado su tiempo. Casi un siglo. Vienen precedidas de un buen número de ilustres pioneras, a muchas de las cuales nos hemos referido ya, quienes desde el “thriller psicológico”, apropiándose del género a su manera, habían conseguido romper la ley del silencio que rodeaba a la mujer en el mundo de la novela negra. Pero todavía no existían escritoras hard boiled duras, duras de verdad. Capaces de poner en su sitio no al romántico Chandler ni al cínico Hammett o al fatalista Cain, sino a tipos tan desagradables, sucios y violentos como W. R. Burnett, Mickey Spillane, Chester Himes, Richard S. Prather, Donald Westlake —mejor dicho, Richard Stark—, Hadley Chase… O el mismísimo Jim Thompson. Ahora están aquí. Leerlas es como darse un chute de novela y cine negros directamente en vena, pasado por la trituradora de la cultura post-tarantino, con genuino sabor de pulp fiction a prueba de bombas. Son las nuevas dominatrices de la novela negra norteamericana más actual, superando no solo prejuicios de género —en este caso, de géneros: literario y sexual—, sino también tópicos preestablecidos sobre la literatura femenina y lo que se supone deben escribir y leer las propias mujeres. [...]

Angel Dare, protagonista de A la cara, es un personaje tan creíble como atípico dentro del mundo de la novela negra y criminal escrita por mujeres. Antigua actriz porno retirada, se dedica a trabajar como agente para la industria del género, sin sentir pudor ni vergüenza alguna por su condición profesional, sino todo lo contrario. Víctima de una retorcida intriga que la deja fuera de juego y perseguida como sospechosa de asesinato, tendrá que convertirse en detective a la fuerza para salvar el pellejo y, de paso, vengar a un amigo asesinado. Escrita con vigor típicamente pulp —no en vano Faust es especialista en novelizaciones de películas y series de televisión—, aunque ambientada en la actualidad, posee un cierto toque camp perfectamente disfrutable, que emparenta su estilo con las revisiones cinematográficas del género orquestadas por figuras como Tarantino, Guy Ritchie o Shane Black. Ingeniosa, ágil, contundente y sin buscar la fácil complicidad emocional del público femenino al uso, Christa Faust reinventa el hard boiled desde un punto de vista que desafía las convenciones genéricas —tanto en sentido literario como sexual—, adoptando un tono que remite antes a escritores como Donald Westlake o incluso Mickey Spillane, que a figuras femeninas clásicas como las de Patricia Highsmith o Vera Caspary. De hecho, la novela está dedicada a Richard S. Prather, creador del detective Shell Scott, maestro de la novela negra injustamente olvidado hoy, perteneciente a la escuela de los años 50 y 60, irónica, dura y desmitificadora.
Si Angel Dare tiene algo de feminista, es más bien en el sentido del post-feminismo salvaje y radical de polemistas y escritoras como Camille Paglia, que reivindican la feminidad como arma mortal, y la apropiación inteligente de la pornografía y la cultura pulp, generalmente asociadas exclusivamente al consumidor masculino e incluso machista, por parte de la mujer. A la cara es una joya del noir —seguida ya por una nueva aventura de su protagonista, Choke Hold—, que anuncia una  voz única dentro del género. Una dominatrix capaz de dar un giro inesperado a la tradición femenina del thriller, que Tarantino ha definido muy bien con una simple frase: “Christa Faust es la única morena en un mundo de rubias”.

Aunque eso no es del todo cierto. Megan Abbott, estudiosa del género que ha publicado diversos ensayos y antologías sobre literatura y cine negros, así como varias novelas inspiradas en casos reales, se ha convertido a su vez en referencia obligada para este nuevo hard boiled con perfume —barato— de mujer, que ha venido a romper convenciones y tópicos asociados al género. Reina del crimen (publicada también por Valdemar/Es Pop), ganadora en el 2008 del Premio Edgar, entre otros, es una ingeniosa revisión de la típica historia de ascenso y caída de un personaje del hampa, llevada en esta ocasión a un inusual ámbito femenino. Escrita con ajustada sencillez, eficaz crescendo de suspense, y utilizando la sempiterna primera persona característica del hard boiled, Reina del crimen toca con sutileza y tensión contenida la relación moral y sexualmente ambigua entre una veterana dama del crimen organizado y su “aprendiza” en la profesión, que estalla a mitad de la novela en una inesperada explosión de violencia, digna del Jim Thompson más salvaje. Situada en unos años 50 un tanto imprecisos, nuevamente Megan Abbott nos hace pensar en figuras masculinas del género antes que en su tradición femenina, aunque a la vez retrate con inteligente captación introspectiva las luces y sombras —especialmente las sombras— de una relación de amistad, poder y traición entre mujeres, sin duda, mucho más peligrosas que los hombres. Aunque ha sido comparada con escritores como Cain o Chandler, la autora de Reina del crimen está más cerca de Jim Thompson que de ningún otro. Su novela más reciente es The End of Everything, siendo también autora del ensayo The Street Was Mine: White Masculinity in Hardboiled Fiction and Film Noir, así como de la antología A Hell of A Woman, que recopila relatos de la mayor parte de las nuevas —y no tan nuevas— voces femeninas de la novela negra anglosajona.
Quizá la diferencia fundamental entre Christa Faust y Megan Abbott sea que mientras la primera practica el hard boiled de manera casi intuitiva, trabajando directamente desde dentro del duro y competitivo mundo de la ficción popular, la segunda se plantea de forma programática la reconversión de los tópicos machistas del género, tras haberlos estudiado académicamente, en elementos perfectamente reificados desde el punto de vista femenino, sin caer en sentimentalismos ni feminismos facilones.
Jesús Palacios

· Entrevista con Megan Abbott.
· Entrevista con Christa Faust.

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Martes 17 de mayo de 2011

Reina de la ruta, reina del vicio

Llegué a ella por la recomendación que realizó su colega Christa Faust en el artículo sobre nueva novela negra publicado en el anterior número de esta revista. La señalaba como a una de sus escritoras favoritas, a pesar de las profundas diferencias que existen entre sus estilos, explícito y renovador el de Faust, de raigambre clásica el de Abbott. Querencia por los grandes del género que le ha supuesto un rápido reconocimiento entre autores, lectores y jurados de premios. Meteórica carrera la suya, apuntando alto gracias a una sencillez formal y un conocimiento de los resortes que permitían destacar a una buena narración de misterio, policías y mafiosos, en tiempos de los grandes. Esta mujer ha leído con atención a Chandler y, sobre todo, a Jim Thompson, de quien parece rememorar diálogos y situaciones de alta tensión. Los ha leído, pero ha logrado captar la esencia de sus narraciones y presentárnosla refrescada y con su toque personal. Sigan las andanzas de Gloria Denton, sombra de la reina del crimen, por hipódromos, locales de apuestas y casinos ilegales, a ritmo de jazz y ajustes de cuentas, y disfruten de un libro con sabor a pulp clásico.
Reseña de Alfred Crespo en Ruta 66 (nº 282, mayo de 2011)

Desconozco cuál es la situación para la novela criminal contemporánea, pero sí he visto, en librerías generalistas, palés de inmundicia en pasta dura, folletines oportunistas, desvirtuados y de serie zeta, copando las secciones populares desde hace ya demasiados años. Por ello resulta refrescante toparse con una obra humilde pero respetuosa, de narración tan pulcra y armada desde el amor como esta Reina del crimen, un noir blanco al que se le verá el cartón retro si se le quiere ver, pero que, pese a su opción “de época” y a su voluntad de dulce homenaje a los hombres que son y han sido en el hardboiled, no deja de funcionar como auténtica, pura y fibrosa literatura de evasión. La historia es la de una señora culebra, superviviente de la era dorada del hampa, que nos es replicada en la voz de una trepa a la que acaba de tomar como protegida. La propuesta de Megan Abbott triunfa en ese desplazamiento de tópicos tan sencillo que es hacer mujer a su protagonista, y así el traspié más a mano habrá de ser una figura masculina sin que ello implique renuncia al estereotipo de la fatale, eje de la trama que en lugar de horma de zapato será aquí modelo de conducta, ama, señora y madre platónica de la joven castora protagonista, quien al tiempo que aprende el oficio nos irá narrando el manual según sus intuiciones y debilidades, solapando con su talento para la violencia y el tejemaneje la leyenda de su tutora, mientras ésta va abocándose a un ocaso que no es más que relevo y celebración de un matriarcado en sesión continua. Reina del crimen es una historia de gallinas perdiendo pie y tocando fondo, tocando fondo y perdiendo pie, estupendamente gestionada, dinamizada y coloreada, lírica a su pesar porque lírica fue siempre la novela negra (más cuanto más se despojó de sí misma) y capaz de transitar lugares comunes del género sin prebendas de postmodernidad, retornándoles al paso la intensidad y el trapío que el curtido de la costumbre nos venía escatimando.
Reseña de Rubén Lardín en Vice Magazine (Volumen 5, número 4)

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Viernes 25 de marzo de 2011

Reina de las portadas

La cubierta de Reina del crimen completamente desplegada. Pincha para ampliar.

A la hora de plantear la portada de Reina del crimen tuve desde el primer momento un único ilustrador en mente. Como ya he comentado otras veces, la novela de Megan Abbott es probablemente la más tradicional, formal y argumentalmente, de cuantas hemos publicado hasta ahora. No sólo está ambientada en los años cincuenta, sino que además entra de lleno en los parámetros de lo que consideraríamos los grandes clásicos del género negro; no en vano los nombres que más ha usado la crítica a la hora de contextualizarla han sido los de James M. Cain y Raymond Chandler. Por todo ello, mi primer impulso fue el de acudir a Fernando Vicente, el cual, además de ser un ilustrador excepcional, es un verdadero enamorado tanto del género como de los grandes portadistas a los que de inmediato asociamos con éste. Afortunadamente, a Fernando le entusiasmó la idea: «Hago muchas portadas de libros, es una de las partes importantes de mi trabajo, pero esta es la primera ocasión en la que he podido tirar por un genero que me encanta. Adoro a los clásicos, de los que atesoro una nutrida colección. Maguire, James Avati, Mitchell Hooks y, por supuesto, Robert McGinnis. Creo que, como muchas otras cosas de esa época, es un estilo que vuelve con fuerza, las pin-ups, el mobiliario y la moda retro… Mira si no la serie Mad Men. Es un estilo que el lector entiende perfectamente y que no hace falta tanto adaptarlo como actualizarlo. En este momento las librerías están demasiado llenas de portadas anodinas y de un exceso de fotografía, muchas veces sacadas directamente de bancos de imagen. Pienso que viendo mi portada no estas viendo una portada antigua sino algo perfectamente actual… o eso espero».

Las dos fotos que le envié a Fernando como referencia. Pincha para ampliar.

Al contrario que en otras ocasiones, mi implicación en el desarrollo fue mínima. Me limité a enviarle a Fernando una galerada de la novela y dos fotos, comentándole lo siguiente: «Las protagonistas de la novela son dos mujeres de carácter que utilizan la elegancia y la buena presencia como escudos protectores en un mundo en el que abundan las “mujerzuelas” y la mala gente. Su buen gusto es parte de lo que las hace intocables dentro de su ambiente. Vamos, que yo me las imagino un poco como en la primera foto. Luego está esta otra imagen que también me transmite bastante bien la idea de la novela, por ese contraste entre la elegancia del vestido y la modelo y ese mundo como grasiento que la rodea. Se diría que estuviera intentando escudarse de la mugre, que es un poco lo que tiene que hacer la protagonista de Reina del crimen cuando recorre los casinos y los garitos de apuestas cuya recaudación recoge todas las semanas; pasearse por los bajos fondos pero sin mancharse. Me gusta mucho que transmita esa sensación de elegancia/independencia y que a la vez utilice el color de una manera tan sencilla y llamativa, como dando a entender que detrás de esa imagen hay algo más. Que se trata de una elegancia “alterada” o un tanto peligrosa (salvando las distancias, como en tus ilustraciones de la serie Vanitas, o la portada que hiciste para Juez y parte; la imagen es bella, pero genera inquietud)».

A la izquierda el boceto original y a la derecha la portada pintada.

Aquí arriba podéis ver el primer boceto que me envió Fernando. El primero… y el único, porque de inmediato le dije que no le diera más vueltas. Al contrario que la portada norteamericana, que dejaba un poco al personaje de Gloria Denton en las sombras para potenciar la relación entre la anónima protagonista con un jugador de mala reputación, la imagen de Fernando se centraba en el que para mí es el aspecto más fundamental de la novela, que es la relación entre las dos “reinas del crimen”, la veterana y la recién llegada. También me encantó el detalle de la ruleta integrada en el vestido y la idea de que la portada fuera a estar dominada primordialmente por un tono de color. Fernando desenfundó los pinceles y me envió la imagen acabada que veis a la derecha. Como podréis comprobar, es prácticamente idéntica a la portada publicada. Sólo le pedí que eliminara dentro de lo posible los blancos rizos del pelo de Gloria, ya que me parecía que le quitaban un poco de peso a esa mirada tan enigmática y maravillosamente captada que, en mi opinión, “vende” por sí sola el libro.

Aunque en principio había pensado usar una rotulación mecánica para el título, Fernando es tan fan de las rotulaciones manuales de las novelas de los cincuenta que me envió esta foto de aquí arriba con ejemplos sacados de su colección particular y me propuso hacer una él. Lógicamente, una oferta semejante no se rechaza así como así, y no podría sentirme más satisfecho con el resultado. Es evidente que la calidez y la textura que aporta una rotulación manual a cualquier tipo de portada ilustrada es muy difícil de imitar con una fuente mecánica. Más abajo podéis verla tal como la vi yo por primera vez, aplicada sobre las imágenes de portada y contraportada. Sobre el origen de dichas imágenes, por cierto, Fernando comenta lo siguiente: «La primera sensación que tuve al leer el texto es de que estaba ante un clásico de la novela negra, por lo que mi primera idea desde el principio era atacar el tema desde un punto de vista formal clásico del genero, el pulp o el paperback. Realmente la primera idea la tuve en la primera línea de texto: “¡Quiero esas piernas!”. Esa frase me mató, me pasé el resto del libro pensando si las haría andando, cruzadas, encima de una mesa o cómo, pero tenía que dibujar esas piernas. Sin embargo, la novela es algo más compleja y pensé que necesitaba una portada algo mas densa, por eso dejé esa primera idea para la contraportada. Viéndola ya hecha sí me da la sensación de que habría podido funcionar como portada, no así el dibujo que hice para la portada que es demasiado ambicioso para una contra. O sea que están bien tal como están». Qué duda cabe que así es.

Probando la rotulación manual sobre las versiones definitivas de la portada y de la contra.

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Lunes 7 de marzo de 2011

Una entrevista con Megan Abbott

Megan Abbott. Foto: Joshua Gaylord.

Siempre que puedo, me gusta charlar un rato con nuestros autores y hacerles una pequeña entrevista con la excusa del dossier de prensa de su libro. Y en realidad no deja de ser eso, una excusa, porque lo que realmente me apetece es compartir unos minutos con ellos. Hasta ahora he tenido suerte y todos han resultado ser bastante majetes, pero con ninguno me había divertido tanto como con Megan Abbott, la autora de Reina del crimen, que publicamos este mes en nuestra colección Es Pop Narrativa (coeditada, como ya sabéis, junto a Valdemar). Su conocimiento casi enciclopédico de la historia del cine negro y nuestra compartida admiración por grandes mujeres de la pantalla como Gloria Grahame amenazaba con convertir la entrevista en una animada charla de bar que habrá que dejar para otro día. Mientras tanto, aquí tenéis la versión más seria y formal que aparecerá en el dossier de prensa.

Cultura Impopular: ¿Cuándo y cómo empezaste a interesarte por el género negro? He leído en tu blog que recuerdas haber visto Gilda con 9 o 10 años, así que supongo que es algo que empezó a muy temprana edad. ¿Eran aficionados tus padres? ¿Te animaron a ello?
Megan Abbott: Mis padres eran aficionados y me animaron mucho. Registraban las librerías de segunda mano en busca de viejos libros de cine para mí y me llevaban a ver cualquier tipo de reposición. El origen de todo lo que escribo puede rastrearse hasta las viejas películas que veía en la tele los sábados y los domingos por la mañana. Primero fueron las películas de gángsteres —particularmente Enemigo público— y luego Howard Hawks, Billy Wilder. De algún modo, aquellas películas, especialmente las de género negro, pasaron a ser un oscuro fundamento para mí; formaban un mundo en el que quería adentrarme, y escribir fue mi modo de entrar en ese mundo.
CI: Es evidente que eres una gran aficionada al cine, así que me preguntaba si podrías explicar un poco la manera en la que el cine ha influido tu concepto de lo que es el género negro. O debería ser.
MA: Ah, muy interesante. Es cierto que mi primera exposición al cine negro fue a través del cine, a la literatura llegué más tarde. Por ejemplo, debí de ver Perdición media docena de veces antes de leer al fin la novela, ya a los veintitantos. En mi opinión ocupan, por lo general, universos separados del mismo género, y me gusta inspirarme en ambos. Hay algo muy especial en las resonancias visuales que aporta el cine al género negro, dando vida a esos ambientes llenos de sombras, aportando una patina de glamour que puede hacer que todo parezca más seductor, más hipnótico, más peligroso. Los libros, por otra parte, son mucho más íntimos y en concreto el uso de la primera persona (como en el caso de Cain y Chandler) aporta mucha intensidad, hace que todo parezca más crudo, más cercano. Y teniendo en cuenta el Código Hays, los libros también te acercan mucho más a lo escabroso, a lo indescriptible. De modo que son dos mundos distintos que conversan mutuamente, se susurran el uno al otro. Los adoro a los dos.

Reina del crimen en España (portada de Fernando Vicente) y en Francia.

CI: Tu primer libro, The Street Was Mine, fue un ensayo centrado en la figura del hombre duro y solitario, el típico antihéroe del género. ¿Fue algo que considerabas que debías estudiar antes de empezar a escribir ficción, como una especie de trampolín para tus propias novelas?
MA: The Street Was Mine empezó como mi tesis. Había completado mi doctorado en literatura inglesa y americana y quería escoger algo distinto para mi disertación, así que se me ocurrió centrarla en todos aquellos libros maravillosos que habían servido de base para mis películas favoritas. Leí El sueño eterno y El cartero siempre llama dos veces y supe que había encontrado mi pasión. Nunca había tenido ninguna intención de escribir ficción, pero mientras trabajaba en la tesis sentí la necesidad de dar salida a todo lo que estaba asimilando de una manera menos analítica, así que empecé a escribir fragmentos de lo que luego acabaría siendo Die a Little, mi primera novela. Al principio sólo eran retazos, una idea vaga, pero cuanto más leía más impulso cobraba. Al escribir un estudio crítico, no tienes demasiadas oportunidades de “disfrutar tu disfrute” de los libros que estás estudiando, así que escribir la novela fue mi manera de conseguirlo.
CI: No sé si estarás de acuerdo, pero para mí tus novelas son una especie de respuesta a esos clásicos de Chandler y Cain que analizaste en The Street Was Mine. No como una respuesta contraria, sino más bien como una aproximación paralela. Tus personajes habitan ese mismo mundo, pero evidentemente tienen una manera distinta de encararlo y puntos de vista diferentes acerca de lo que está pasando. ¿Qué fue lo que aprendiste escribiendo The Street Was Mine y qué impacto tuvo luego en tu prosa?
MA: ¡Gracias! Era consciente, mientras lo escribía, de que se trataba de novelas acerca de un mundo eminentemente masculino, y me pareció que la oportunidad la pintaban calva para escribir el mismo tipo de libros pero con personajes femeninos que no fueran mujeres fatales (o que no estuvieran consideradas como tales ni se vieran definidas únicamente por su habilidad para atrapar a los hombres). De modo que creo que escribir el ensayo me abrió una puerta. Pero lo que pasó principalmente fue que leyendo todas esas maravillosas novelas me entraron ganas de pasar a formar parte de su mismo tejido oscuro. Y al leer tantas de golpe, los diferentes estilos de prosa, la lógica maniquea, su cualidad confesional… sencillamente me fascinaron y me entraron ganas de escribir de la misma manera.

Para que te fíes. Cecil Kellaway, John Garfield y Lana Turner en
El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946).

CI: Die a Little y Reina del crimen están ambientadas en los cincuenta. The Song is You en 1949. Con Bury Me Deep retrocediste hasta los treinta. ¿Qué parte de la redacción de las novelas tuviste que invertir en documentarte? También me impresiona la aparente facilidad que tienes para reproducir con credibilidad los diálogos y la jerga del momento. Sé que hay autores, como David Peace, que escuchan mucha música, tanto buena como mala, de la época en la que ambientan sus novelas, para estudiar el sentido y el modo en el que se usan las palabras. ¿A qué tipo de fuentes recurres tú cuando escribes una novela de época?
MA: Me encanta el proceso de documentación, particularmente cuando se aparta de las fuentes más tradicionales. Aunque también leo libros de historia, prefiero los productos olvidados de usar y tirar, los cuales, creo, pueden llegar a decir mucho más sobre la cultura del momento que la llamada “historia oficial”. Siempre rebusco en los mercadillos y tiendas de segunda mano en busca de viejos recetarios, catálogos, menús, servilletas de locales, cantidad de revistas populares y tabloides. Y también la música. El enfoque de David Peace me parece que tiene todo el sentido. Yo también escucho cantidad de música perecedera, canciones de gramola perdidas, Tin Pan Alley, canciones humorísticas. Voy absorbiéndolo todo hasta que acaba siendo una especie de collage interminable que se va desplegando en mi cerebro. Y entonces paro y empiezo a escribir.
CI: En otras novelas has utilizado personajes basados en mujeres reales. ¿Hubo también alguna inspiración real tras el personaje de Gloria Denton? ¿Alguna vez ha habido, que tu sepas, una auténtica “reina del crimen”?
MA: Muy pocas a la escala a la que opera Gloria. Gloria está basada remotamente en Virginia Hill, la amante de Bugsy Siegel, en cuyo honor bautizó el Hotel Flamingo. Descubrí que había sido mucho más que la querida de un gángster. El hampa confiaba en ella para trasladar dinero y joyas, para ir a Suiza a abrir cuentas corrientes. Tenía un poder tremendo. En 1951 fue llamada a testificar frente al Senado y no cedió ni un milímetro. Les dijo que no sabía nada sobre el crimen organizado e insistió: “Trabajo donde quiero y cuando quiero. No bailo para nadie”. Esa frase me resultó embriagadora. Supe que quería poner un personaje parecido en el centro de una novela. Hill, en cualquier caso, parece haber sido una persona bastante temeraria, y yo quería hacer de Gloria una mujer más ordenada, más en control. En ese sentido, tiene más de, digamos, actuaciones cinematográficas de Joan Crawford o de Angelica Huston en Los timadores.

A la izquierda, Joan Crawford en Los condenados no gritan, en la que interpretó
un personaje basado en la auténtica Virginia Hill (derecha).

CI: Escritoras de misterio siempre ha habido, pero ¿dirías que ahora estamos viendo al fin una reinvención de algunos de los matices más tradicionalmente masculinos del género negro gracias a la obra de autoras como Christa Faust, Vicki Hendricks o tu misma?
MA: Sí que creo que estamos viviendo una verdadera oleada de ficción criminal más dura y más oscura escrita por mujeres, y me resulta emocionante ver que va cobrando impulso. Por supuesto, ser una mujer que escribe en un rincón tradicionalmente masculino del género sirve de ayuda a la hora de encontrar lectores. Hace que destaques. Eres una anomalía. Pero también hay nuevos terrenos por minar en lo que a tramas se refiere. ¡Sigue habiendo demasiadas pocas novelas negras protagonizadas por enfermeras o maestras de escuela, por ejemplo!
CI: ¿Cuáles son tus tres películas de género negro favoritas?
MA: Oh, qué difícil. Hoy voy a decir que Perdición, En un lugar solitario y El beso mortal.
CI: ¿Y tus tres novelas favoritas?
MA: El largo adiós, ¿Acaso no matan a los caballos? y El cartero siempre llama dos veces.

Bogart y la siempre asombrosa Goria Grahame viven En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950).

  • No te pierdas este artículo de Megan Abbott (traducido al castellano) en el que ahonda en su atracción por el género negro: Nos vemos en la oscuridad.
  • Una banda sonora para Reina del crimen, elegida personalmente por la autora, con temas como “You Don’t Own Me”, “The Big Hurt” o “He Hit Me (It Felt Like a Kiss)” que dan buena idea de por dónde van los tiros de la novela. Escúchala en Spotify.
  • Una interesante entrada de Megan en su propio blog hablando de Gilda (en inglés): Bar Nothing.

EntrevistasLibros , , Un comentario

Lunes 7 de marzo de 2011

An Interview with Megan Abbott

Megan Abbott. Photo by Joshua Gaylord.

Universally hailed as a great stylist and rightful heiress to the greatest masters of hardboiled fiction, Megan Abbott has quickly become one of the most appreciated writers of her generation, deservedly so. And I’m confident that her next novel, The End of Everything (to be released July 7 by Little, Brown), will win her a much broader audience yet, far beyond the limits of noir aficionados already enthralled by her prose. Although there’s no shortage of good interviews with Megan available on the Web, I had a chat recently with her a propos of the Spanish release of her Edgar winner novel, Queenpin, so I thought I’d share it with you.

Oscar Palmer: When and how did you become interested in noir? I’ve read in your blog that you remember seeing Gilda with 9 or 10 years, so I’m guessing this is something that started brewing at a young age. Were your parent fans? Was this encouraged?
Megan Abbott: My parents were fans and very encouraging. They would scour used book stores for me for old movie books and take me to any revival screenings. Everything I write I can trace back to the old movies I watched on TV on Saturday and Sunday mornings. First, it was gangster movies—Public Enemy, especially—and then onto Howard Hawks, Billy Wilder. Somehow, those movies, especially film noir, became the dark foundation for me—they formed the world I wanted to enter, and writing was my way of entering that world.
OP: You’re obviously a great film buff, and I was wondering if you could elaborate a bit about how you think film has permeated your understanding, your expectations and maybe even your literary conception of what noir is. Or should be.
MA: Ah, that’s interesting. It’s true, my first exposure to noir was through film, and only fiction thereafter. For instance, I must have seen Double Indemnity a half-dozen times before I read it, in my 20s. I find them to occupy, generally, separate noir universes and I like to draw from both. There is something very special about the visual resonances film can give noir—bringing to vivid life these shadowy worlds, imparting a glamorous sheen that can make everything seem shinier, more hypnotic, more dangerous. The books, on the other hand, are so much more intimate and the use of first-person in particular (e.g., in Cain, Chandler) brings such intensity, makes everything feel rawer, closer. And, given the Production Code, the books also bring you far closer to the lurid, the unsayable. So these are two different worlds that speak to each other, whisper to each other. I love them both.

Queenpin around the world. Spanish edition (cover by Fernando Vicente) and French.

OP: Your first book, The Street Was Mine, was a scholarly essay on noir. Was this something you thought you should do before writing a novel, like a springboard or a laying of the grounds for your own novels?
MA: The Street Was Mine began as my graduate thesis. I had completed my Ph.D. coursework in English and American literature and I wanted to pick something different for my dissertation and I thought I might pursue all those wonderful books that became the basis of my favorite films. I read The Big Sleep and The Postman Always Rings Twice and knew I’d found my passion. I never had any intention of writing fiction, but while working on my thesis, I just needed some non-analytical outlet and found myself writing the pieces of what would become Die a Little, my first book. At first, it was just scraps, a vague idea, but the more I read, the more it fueled it. In writing a critical study, you don’t have as much opportunity to “enjoy your enjoyment” of the books you’re studying, so writing the novel was my way of doing that.
OP: I don’t know if you’ll agree, but I see your novels as some kind of answer to those Chandler and Cain classics you dissected in The Street Was Mine. Not as an antagonistic answer, but more of a parallel approach. Your characters inhabit that same world, but obviously they have a different way of dealing and a different point of view about what’s happening. Anyway, what I wanted to ask is; what did you learn writing The Street Was Mine and what impact did that have in your own prose?
MA: Thank you! I was aware, writing it, that these books were heavily a world of men, and there did seem a ripe opportunity to write these kinds of books with female characters who were not femme fatales (or not viewed as femme fatales and defined solely by their ability to entrap men). So I think that gave me a way in. But primarily reading all these wonderful books just made me want to be a part of their dark fabric. And reading so many in a row, the prose styles, the Manichean logic, the confessional qualities—it just enthralled me and I wanted to try to write like that.

He never saw it coming. Cecil Kellaway, John Garfield, and Lana Turner in
The Postman Always Rings Twice (Tay Garnett, 1946).

OP: Die a Little and Queenpin are set in the 50s. The Song is You in 1949. With Bury Me Deep you went back to the 30s. How big a part of writing these novels went to research? Also, I’m amazed at the seemingly effortless way you have of writing credible vintage dialog and slang. I know authors like David Peace listen to a lot of music, both good and bad, from the time they set their novels on, just to get a sense of which words were used and in which ways, among other things. What kind of sources do you turn to whenever you’re writing a period piece?
MA: I really love research—especially of the less traditional variety. While I will read standard history books, I prefer the more tossed-aside ephemera of the time, which I think can say a lot more about the culture than the so-called “official history.” I’m always trawling flea markets and yard sales for old cookbooks, catalogs, cocktail menus, cocktail napkins, lots of popular magazines and tabloids. Music too—that makes so much sense to me, David Peace’s approach. I listen to a lot of tossaway music, lost jukebox tunes, tin pan alley, novelty songs. I keep absorbing all of it until it becomes this sort of endless collage unfurling in my head. And then I stop, and start writing.
OP: You’ve used characters based on real women in other novels. Was there also any real life inspiration behind the character of Gloria Denton. Have there been, to the best of your knowledge, any real queenpins?
MA: Very few on the kind of scale Gloria works. Gloria is loosely based on Virginia Hill, the paramour of gangster Bugsy Siegel, the one after whom he named the Flamingo Hotel. I learned she was much more than a moll. The mob trusted her to move money and jewels, to go to Switzerland to open bank accounts. She had tremendous power. In 1951, she was called to testify in front of the U.S. Senate and she didn’t give an inch. She told them she didn’t know a thing about organized crime and insisted, “I work where I want and when I want. I don’t dance for nobody.” That line was intoxicating to me. I knew I wanted to bring a character like that to the center. Hill, however, appears to have been a pretty reckless person, and I wanted to make Gloria far more ordered, controlled. In that way, she derives more from, say, film performances of Joan Crawford, or Angelica Huston in The Grifters.

Left: The Damned Don’t Cry, in which Joan Crawford played a moll
modeled after the real life Virginia Hill (right).

OP: There have always been female mystery writers, but would you agree that we’re finally seeing an ongoing reinvention of the most male-oriented aspects of the genre, like hardboiled and vengeance yarns, being done by writers such as Christa Faust, Vicki Hendricks and yourself?
MA: I do think we are witnessing a real flood of tougher, darker crime fiction by women and it’s exciting to see it take on a kind of momentum. Of course, it’s been a help in terms of finding readers to be a woman writing in a traditionally male corner of the genre. You stand out. You’re an anomaly. And there’s also fresher terrain in terms of plots. There are still remarkably few noir novels about nurses or female school teachers, for instance!
OP: Name your three favorite film noirs.
MA: Oh, so hard. Today, I go with Double Indemnity, In a Lonely Place and Kiss Me Deadly.
OP: And your three favorite noir novels?
MA: The Long Goodbye, They Shoot Horses, Don’t They, and The Postman Always Rings Twice.

Bogart and the always amazing Goria Grahame find themselves In a Lonely Place (Nicholas Ray, 1950).

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Viernes 11 de febrero de 2011

Reina del crimen: un adelanto

Fragmento de la ilustración de Fernando Vicente para la portada de Reina del crimen.

«Soy tuya, eso es lo que le decía sin escupir ni una sola palabra. Y él era perfectamente capaz de percibirlo en mí, de notarlo en todo mi cuerpo. Le gustaba poseerme sobre el colchón desnudo, le gustaba el modo en el que me rozaba hasta dejarme la piel en carne viva. A mí también me gustaba. Me gustaban las quemaduras que me producía. Me gustaba recordarlo al día siguiente, cada vez que me apoyaba contra cualquier cosa, cada vez que el tirante de mi sujetador las rozaba por encima. Era como… No es que me agrade particularmente tener que decir esto, pero lo cierto es que así es como lo sentía: era como haber ido a misa. Esa dolorosa sensación, fruto de haber pasado arrodillada un buen rato sobre un suelo de madera combada. En Saint Lucy’s siempre había chusma dispuesta a usar los cojines que repartía el monaguillo. Yo nunca lo hice. Si no sientes el dolor en las rodillas, en la espalda, ¿de verdad se lo puede considerar rezar? Y si no seguía sintiéndolo en mi cuerpo mucho después de que se hubiera marchado, ¿habría merecido realmente la pena entregarse a él? Yo quería sentirlo».

El precedente es uno de mis párrafos favoritos de Reina del crimen, de Megan Abbott, el nuevo libro de la colección Es Pop Narrativa, publicada por Valdemar/Es Pop, que estará disponible a primeros de marzo. A mí personalmente me parece que Abbott escribe como los ángeles (no en vano la han descrito ya como “la mejor estilista del género desde Raymond Chandler”) y su dominio de la jerga y los modismos de los años cincuenta, década en la que está ambientada la novela, es tal que sólo espero haber sido capaz de hacerle justicia en la traducción. Probablemente es la novela negra más tradicional de cuantas hemos publicado hasta ahora en la colección, lo cual, espero, servirá para colmar el interés de hasta el aficionado más estricto, pero también es lo suficientemente tórrida y subversiva con ciertos cánones como para complacer a todos los que habéis disfrutado con A la cara y Capturado. No en vano, se alzó en 2008 con el premio Edgar Allan Poe a la mejor novela de misterio del año. Pero, como siempre, prefiero que sea la misma novela, y no mis palabras, lo que os convenza, así que aquí tenéis, también como de costumbre, un adelanto en PDF con los primeros capítulos para ir abriendo boca.

· Descargar adelanto en PDF.

· Nos vemos en la oscuridad, artículo de Megan Abbott.

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Miércoles 27 de octubre de 2010

Nos vemos en la oscuridad

Megan Abbott. Foto: Joshua Gaylord

Si hay una mujer que actualmente pueda considerarse punta de lanza de ese nuevo movimiento que reinventa la novela negra norteamericana más tradicional desde un punto de vista femenino, esa es Megan Abbott. Por supuesto no es la única. Ya conocemos a Christa Faust y desde luego hay más autoras interesantes en activo, como Vicki Hendricks, de la que ya hablaremos más en profundidad próximamente. Pero por ahora, vamos a centrarnos en Abbott. Primero, porque probablemente, de las tres, es la que más popularidad está consiguiendo con sus obras, habiendo cosechado no sólo multitud de elogios por parte de algunos de los grandes popes del género, como el sempiterno James Ellroy, Allan Guthrie, Ken Bruen o Eddie Muller, sino también un aplauso unánime por parte de la crítica, que ha llegado a coronarla como “la nueva reina del noir“. Segundo, porque su novela Reina del crimen, galardonada en el año 2008 con el premio Edgar  (el más prestigioso que puede recibir una obra de misterio en Estados Unidos), será el cuarto título de la colección Es Pop Narrativa, que editamos a medias con los amigos de Valdemar. Y aunque aún faltan algunos meses para que salga al mercado, me ha parecido buena idea ir conociendo a través de unas cuantas entradas la carrera y la obra de esta todavía joven autora, cuya carrera está en estos momentos en pleno despegue. Empezamos hoy con “See You in the Darkness”, un texto escrito originalmente para el blog de Mulholland Books, que Megan nos ha cedido amablemente para reproducir aquí. Me parece una buena carta de presentación y da buena muestra del tipo de temas que le interesan como autora: dilemas éticos, ambigüedad moral, sentimientos ocultos, crimen y venganza. En definitiva, todos los elementos de los buenos clásicos del género. Con ustedes, Megan Abbott.

Dos portadas de Richie Fahey para novelas de Megan Abbott.

Nos vemos en la oscuridad
Una fresca tarde de febrero del año 2008, Alan Gordon, el autor de novelas de misterio, me llevó a casa en coche tras la fiesta de lanzamiento de Queens Noir (Akashic, 2008), una antología de cuentos de género negro ambientados en mi distrito natal. Tanto Alan como yo vivimos en Forest Hills, un barrio bastante tranquilo en lo más profundo de Queens. Al acercarnos a la comisaría de la esquina de la calle Yellowstone con Austin, notamos cierto movimiento junto a la puerta principal. Entre los presentes había cámaras de televisión y periodistas inquietos. Al día siguiente Alan me envió un correo electrónico: “Han arrestado a la esposa del dentista por haber contratado a un asesino a sueldo para matarlo. Por eso había tantos equipos de televisión anoche frente a la comisaría. Mi mujer me ha dicho: «siempre he sabido que era un mal bicho»”.
Yo conocía vagamente el caso. En octubre de 2007, Daniel Malakov, un vecino de la zona descrito por los periódicos como “un miembro prominente” de la comunidad judía bukhari de Forest Hills, había muerto tiroteado en un parque infantil cercano delante de su hija de cuatro años. En última instancia, su esposa, la doctora Mazoltuv Borukhova, de la que vivía separado, acabaría siendo condenada de asesinato en primer grado y de haber conspirado con un primo lejano para asesinar a Malakov, con el cual estaba batallando fieramente por la custodia de su hija. La prueba clave: un silenciador casero abandonado en el lugar de los hechos. El silenciador llevó a los investigadores hasta el primo de Borukhova, cuyas huellas dactilares estaban registradas desde que cometiera el delito de haberse colado en el metro sin pagar el billete. Poco después, la policía descubrió que el primo y la doctora habían intercambiado noventa y una llamadas en las tres semanas precedentes al asesinato. Se descubrió el pastel.

Detectives de Queens conduciendo a la Dra. Borukhova al tribunal.

En mi respuesta al e-mail de Alan, recuerdo haber mencionado que toda la historia era, de hecho, un arquetípico relato de género negro:esposa contrata a hombre para que asesine a su marido, sólo para acabar viéndose atrapada por su propia telaraña de engaños. Perdición en la vida real. Pero, por supuesto, más allá de las convenciones del género, el caso apela a algo mucho más elemental relacionado con el perdurable gancho de la ficción criminal, particularmente del noir, con su énfasis en el caprichoso dedo del destino. Hay cierta tendencia a despreciar las novelas criminales como escapismo amarillento y trivial. Este desprecio siempre me ha parecido un intento nervioso por minimizar el auténtico atractivo, completamente visceral, que tiene el género: las novelas criminales no son relatillos desechables de consumo rápido, sino que apelan a nuestra misma esencia, a esas emociones a menudo dolorosamente irresistibles (y forzosas) que, a pesar de todas las capas de “civilización” y modernidad que tenemos encima, aún permanecen sin domar. Deseo. Avaricia. Ira. Venganza. Son motores atemporales. Universales.
Cuando leemos la noticia del dentista asesinado por su esposa, inevitablemente experimentamos sensaciones complicadas que pueden reflejar todo tipo de prejuicios relacionados con nuestras experiencias personales con la pérdida, con el fracaso matrimonial, con la intensidad del amor maternal o paternal. Hacen aflorar justo la misma maraña de sensaciones primarias que provoca la lectura de una novela criminal: esa sensación de que, a pesar de todos nuestros intentos por contener el caos o la mayor parte del caos en nuestro interior, a veces no podemos. A veces, las cosas se tuercen de una manera horrible.
En un artículo muy comentado para The New Yorker (“Iphigenia in Forest Hills”, 3 de mayo de 2010), Janet Malcolm se enfrenta durante casi treinta páginas no sólo al caso Malakov, sino a su respuesta personal ante el mismo ,y en su parte más interesante, a su declarada dificultad para creer, debido a un “prejuicio fraternal”, que la refinada e hipereducada doctora Borukhova, con su cara de no haber roto jamás un plato, pudiera ser culpable de semejante crimen. Más aún, es incapaz de ocultar la simpatía que siente por su dilema en el caso de la custodia de su hija, su “viaje desde el despiadado desorden de la vida privada al inmisericorde orden del sistema legal”. Un sistema legal que le arrebató dicha custodia al parecer por motivos arbitrarios. Pieza tras pieza, Malcolm repasa una historia cada vez más compleja, repleta de acusaciones de abusos sexuales y violencia doméstica. El caso acaba siendo un laberinto del que la propia autora no consigue salir, y ese laberinto se convierte en el corazón del artículo.

Fred McMurray y Barbara Stanwyck en Perdición, de Billy Wilder.

Cuando leemos novelas criminales que nos afectan, también nosotros podemos sentir que nos internamos en un laberinto, un laberinto que en última instancia conduce de nuevo hasta nosotros mismos. En mi caso, me pasa cuando leo a James Ellroy o a Ken Bruen o a George Pelecanos o a Raymond Chandler, cuyos héroes-detectives experimentan precisamente la misma incomodidad consigo mismos, con sus complejas simpatías, que la que nos muestra Janet Malcolm. Es el tipo de zona gris moral que provoca que nos revolvamos incómodos mientras estamos leyendo, pero a la vez vemos algo de nosotros mismos en ella, y no podemos desviar la mirada.
Supongo que lo que quiero sugerir es lo siguiente: cuando leemos estas novelas, estamos realizando un viaje interno hacia nuestras mejores y peores cualidades e impulsos. Por supuesto, cuando leemos o cuando vemos una serie en la tele, podemos juzgar. Algunas historias están diseñadas para facilitar ese juicio. Ley y orden, por ejemplo, está estructurada de tal manera que casi sea imposible sentirse incómodo o inseguro. Las cuestiones morales están decididas de antemano y podemos observar con la distancia que da la certeza total. Y hay un placer supremo en ello. Volviendo al caso Malakov, recuerdo haber saboreado el titular del New York Post que anunciaba: “MADRE ASESINA, FRÍA COMO EL HIELO HASTA EL MOMENTO DE SER DECLARADA CULPABLE”. Aún sigo saboreando ese titular. Pero muchos relatos criminales no nos permiten adoptar esa distancia tan cómoda. Inevitablemente empezamos a identificarnos con todos los personajes “equivocados”, con los impulsos más turbios, los motivos más oscuros. Y así comienza un baile: ¿cuánto nos acercarán nuestros contoneos al borde del abismo? ¿Cuánto nos permitiremos mirar hacia nuestro interior, experimentar sentimientos contradictorios, considerar los aspectos más sombríos de nuestra personalidad?
Con esto no pretendo sugerir que todos somos asesinos en potencia; que dadas ciertas circunstancias todos nos veríamos arrastrados a desesperados actos de violencia. Más bien, que las novelas criminales ponen al descubierto aquello que intuimos a un nivel más profundo: que nuestros corazones son un misterio incluso para nosotros mismos. Y que leer ficción criminal nos permite visitar clandestinamente nuestros rincones más secretos. Y cuando giramos la última página, sentimos cierto alivio al saber que podemos, por el momento, dejar de buscar. Podemos volver a sentirnos más cómodos con nosotros mismos. Podemos dejar el libro y empezar a fingir de nuevo.

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Prefiero lo que me acerca a los demás hombres que lo que me aleja de ellos.
Emmanuel Carrère
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