Sábado 31 de octubre de 2009
Las palabras “No” e “Imposible” y frases como “Eso no se puede hacer” son las que le provocan una erección.
El actor Bill Paxton, hablando sobre James Cameron.
Hace un par de semanas escribí un borrador de entrada inspirado por el fallecimiento en Estados Unidos del columnista, analista político y novelista ocasional William Safire, un señor al que yo no conocía de nada, pero que por las fotos me recordaba al siempre inquietante Robert Loggia. En cualquier caso, no era ese detalle el que me interesaba de su figura, sino su período como redactor de discursos para el presidente Richard Nixon y en concreto un documento tirando a curioso recuperado por varias páginas web a raíz de su defunción: un discurso alternativo preparado en caso de que la misión Apolo 11 hubiera fracasado y los astronautas Armstrong y Aldrin hubieran quedado varados en la luna. El texto en sí no es ni mucho menos la bomba, pero creo que tiene su interés histórico y dice así:
El discurso de William Safire. Pincha para ampliar.
En caso de desastre lunar
El destino ha dictaminado que los hombres que han ido la luna para explorar pacíficamente, permanezcan en la luna descansando en paz.
Estos hombres valerosos, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no tienen esperanza de ser rescatados. Pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio.
Estos dos hombres están entregando sus vidas en pos del objetivo más noble de la humanidad: la búsqueda de la verdad y el entendimiento.
Serán llorados por sus familiares y amigos; serán llorados por su nación; serán llorados por las gentes de todo el mundo; serán llorados por una Madre Tierra que osó enviar a dos de sus hijos hacia lo desconocido.
En su exploración, animaron a los pueblos del mundo a sentirse uno solo; en su sacrificio, estrechan aún más el lazo de la hermandad del hombre.
En la antigüedad, los hombres miraban hacia las estrellas y veían a sus héroes en las constelaciones. En estos tiempos modernos, hacemos prácticamente lo mismo, pero nuestros héroes son hombres épicos de carne y hueso.
Otros les seguirán, y con seguridad encontrarán el camino de regreso a casa. La búsqueda del hombre no será negada. Pero estos hombres fueron los primeros, y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones.
Pues todo ser humano que mire hacia la luna en las noches futuras, sabrá que hay un rincón de otro mundo que será para siempre de la humanidad.
Cuadro de Alan Bean, miembro de la expedición Apolo 12.
El texto de Safire, por ñoño y sentimentaloide que pueda resultar, me provocó un ligero estremecimiento al pensar lo que habría supuesto comunicar el fracaso de la misión lunar en un momento en el que los astronautas habrían seguido vivos, aunque sin esperanza de rescate (náufragos espaciales condenados a una muerte bastante horrible), y a la vez me admiró por el modo en el que deja bien claro y con dos cojones que el proyecto lunar iba a seguir adelante sí o sí, algo impensable en un momento como el actual, en el que cualquier fracaso similar implicaría automáticamente la cancelación del proyecto. El éxito de la misión lunar Apolo 11 (y siguientes, a excepción de ya sabéis cuál) nos ha hecho olvidar en parte lo sumamente arriesgado de aquellas misiones, las cuales contaban con un porcentaje tan elevado de posibilidades de acabar mal que, dicho por miembros de la propia NASA, hoy no se habrían atrevido a llevarlas a cabo. Todo lo cual se suponía que me iba a dar para una reflexión acerca de cómo hemos ido abandonando progresivamente una cultura del riesgo, de la aventura, de la exploración, para entrar de lleno en una cultura de la “seguridad”, del temor y, en resumidas cuentas, del más perezoso conformismo. Por desgracia, el tema me venía grande y no encontré el modo adecuado de expresarlo como a mí me habría gustado, de modo que lo dejé aparcado.
James Cameron dirigiendo una escena de Avatar.
Hasta que hace un par de días me encontré con este impresionante artículo acerca de James Cameron escrito por Dana Goodyear para The New Yorker, probablemente el mejor texto que he leído en mi vida acerca de este loco maravilloso con el que no niego que debe de dar miedo currar, pero al cual yo admiro profundamente al margen de lo cinematográfico, principalmente porque lleva toda la vida trabajando para labrarse una fortuna que le permita hacer lo que le salga de las narices, sea bajar al fondo de las Marianas o hacer turismo espacial. Y eso a mí me pone verraco ya sólo de pensarlo. El artículo, como digo, es buenísimo y lo recomiendo vivamente; iba a traducir un par de fragmentos pero al final he desistido porque, de verdad, hay que leerlo entero.
Sí me quedo sin embargo con este pequeño extracto que viene al pelo de todo lo que os estaba contando al principio, y que resume con toda la eficacia de las frases lapidarias lo que a mí me habría gustado desarrollar y argumentar hasta que me di cuenta de que iba a ser incapaz:
“Marte es uno de los planetas más apropiados”, dice Cameron. “Porque realmente se puede aterrizar en él y está lo suficientemente cerca como para que podamos llegar, y está lo suficientemente cerca del sol como para no ser una enorme bola de hielo”. Cameron es un miembro reputado dentro de la Mars Society, una organización privada entre cuyos miembros se cuentan escritores de ciencia ficción y astronautas (Gregory Benford, Buzz Aldrin), cuyo propósito es abogar por la exploración y colonización de dicho planeta. “En última instancia deberíamos tener colonias en Marte, para expandir la huella de la raza humana”, dice Cameron. Comparte con la Mars Society la opinión de que la NASA —de cuyo consejo consultivo formó parte durante tres años— ha pasado a tenerle demasiada aversión al riesgo. “Hemos pasado básicamente a ser unos cobardes”, dice. “Como sociedad, vivimos gordos y felices y cómodos y hemos perdido todo el empuje”.
¡Vámonos pa’ Marte!
Y yo, al margen de que lo de Marte me parezca más o menos factible o más o menos interesante, estoy completamente de acuerdo con el bueno de Cameron. Y creo que uno ha de ponerse metas, que pueden ser modestas, no tienen por qué ser las de un Shackleton o un Lindbergh o un Chuck Yeager (a los cuales no habría a día de hoy Gobierno ni empresa privada que permitiera realizar sus hazañas). Ni siquiera las de un Philippe Petit. Pero sí descubrir el placer de arriesgar. Y promoverlo. Y en caso de casos no obsesionarse tanto con eso que llaman el éxito y abrazar un poco más el fracaso, que es de donde se aprende. (Y si al final resulta que Avatar es una mierda, seguiré quitándome el sombrero ante James Cameron aunque sólo sea por haber tenido el valor de ponerse una vez más en una situación de vulnerabilidad ante todos aquellos a los que les gustaría verlo fracasar).
Ciencia • Cine
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Martes 2 de junio de 2009

Una de las múltiples encarnaciones de Drácula. Christopher Lee en El poder de la sangre de Drácula.
Las estructuras que subyacen en las imágenes del horror cambian bastante poco; sin embargo, el uso cultural que hacemos de ellas son tan multiformes como el propio Drácula.
David J. Skal, Monster Show.
Hace un par de años tuve la suerte de traducir dos libros excelentes a los que hacía tiempo que quería hincarles el diente. Curiosamente, acabé traduciéndolos prácticamente uno detrás del otro, algo de lo más apropiado ya que prácticamente vienen a hablar de lo mismo desde perspectivas ligeramente complementarias, uno desde un punto de vista más personal y el otro desde uno más general. Los libros eran Danza macabra, de Stephen King, y Monster Show, de David J. Skal. Los dos hablan del por qué de las historias de horror: su origen, su aceptación cada vez más generalizada como entretenimiento de masas a lo largo del siglo XX, por qué nos atraen tanto y qué dicen sobre nosotros, como personas y como sociedad. Resumiendo groseramente, la tesis principal de ambos ensayos era: “cada época tiene el terror que se merece, cuando no el que necesita”. ¿Que necesita para qué? Para experimentar, para sublimar, para desahogar emocionalmente, de manera consciente o inconsciente, las angustias de la vida diaria. Al igual que el cine negro, del cual ya hablamos aquí a propósito de esta misma función metafórica de la ficción, el cine de horror viene a ser como una caja de resonancia que nos devuelve amplificados los temores que rebotamos en ella, permitiéndonos experimentarlos de una manera intensa y concentrada pero dentro de un entorno seguro y sin sufrir las consecuencias. El ejemplo más manido de esto es, evidentemente, la relación entre las películas norteamericanas de ciencia ficción de los cincuenta, con sus marcianos invasores y sus insectos mutantes, con el temor a la “amenaza roja” y al peligro nuclear, pero hay muchos más. Cada época tiene sus mitos del horror y poco importa que nazcan de un genuino interés por la metáfora (como en el caso, por ejemplo, de George A. Romero, que sabe perfectamente la idea que quiere transmitir con cada una de sus películas) o que el interés sea puramente crematístico: es evidente que por cada película de los noventa que utiliza la figura del vampiro como sinónimo de la plaga o del SIDA hay otras veinte cuyo único interés es ganar dinero a costa de un icono reconocido dentro de un género rentable sin haber reflexionado para nada en qué es lo que ha convertido a dicho monstruo en icono. Lo que a mí me parece realmente interesante de todo esto, sin embargo, es que, al margen de cuál sea la motivación de los cineastas, ésta acaba resultando indiferente, ya que la película resuena del mismo modo en el inconsciente colectivo. Y lo verdaderamente fascinante es comprobar cómo ese inconsciente colectivo va mutando y readaptando los mitos según las épocas y las circunstancias.

La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, 1968.
Cuando Bram Stoker escribió Drácula, por ejemplo, a ojos del gran público su nefando Conde representaba todos los temores propios de un caballero victoriano: el enemigo venido de Oriente que se infiltra insidiosamente en la noble Inglaterra para soliviantar sus principios, la influencia corruptora del sexo, la reevaluación del papel de la mujer en la sociedad, etc. En 1992, sin embargo, el temor a la inmigración o a la renovación de los roles sociales quedaba completamente diluido ante una oleada de miedo mucho más intensa: el miedo al contagio. De igual manera, mientras que la versión original de Dawn of the Dead (George A. Romero, 1978) hablaba de los peligros del consumismo descontrolado y de la desaparición de la “pequeña América” propiciada por la eclosión de las grandes cadenas y de unos centros comerciales que convierten a los ciudadanos en masas descerebradas de consumidores (en zombis, vaya), el remake de Zach Snyder de 2004, aunque conserva el esquema argumental, es claramente una fábula post 11-S en la que una comunidad concreta se ve violentamente atacada por sorpresa y queda completamente aislada en un entorno tecnológico, rodeada por un enemigo primitivo pero mortal. Mismas historias, mismos monstruos, metáforas distintas.

Los muertos vivientes se dan un banquete en Zombi, de George A. Romero, 1978.
Esa habilidad para representar distintos temores en distintas épocas es una de las características principales de todo icono del terror que se precie: Drácula, el monstruo de Frankenstein, el hombre lobo, el doctor Jekyll (o su primo Norman Bates)… son arquetipos tan mutables que no cuesta nada imaginar varias versiones alternativas, complementarias o incluso contradictorias de todos ellos. Y esa mutabilidad, me parece a mí, es probablemente la clave de su pervivencia. Es también la causante de que en estos últimos años hayamos visto la ascensión meteórica a primera división de un nuevo mito del horror: el muerto viviente. Y si digo “nuevo” no es porque quiera obviar las películas clásicas de Romero ni la oleada de subproductos italianos con las que entramos en contacto con el género todos aquellos que crecimos en los ochenta, sino porque me parece sinceramente que, al margen del enorme cariño que le podamos tener los aficionados, el zombi como icono del horror no ha logrado alcanzar una trascendencia real en la cultura mayoritaria hasta esta primera década del siglo XXI. La cantidad de películas, juegos, novelas y tebeos que se han sumado en estos últimos años al “fenómeno zombi” no tiene parangón en ningún otro momento en la historia de la cultura popular. Y es lógico que así haya sido, ya que nunca había dispuesto de un caldo de cultivo tan propicio. Estamos hablando de una década en la que el vampiro, probablemente el imbatido campeón de la liga del horror durante los ochenta y los noventa, ha pasado por un proceso de domesticación tal que ha acabado convertido en un ídolo de jovencitas asexuado y descolmillado. Mientras tanto, el muerto viviente, un monstruo tan básico que resulta difícilmente adulterable y por lo tanto una encarnación mucho más genuina del horror en estos tiempos de continuo revisionismo, ha pasado a multiplicar sus contenidos metafóricos, siendo capaz de encarnar: el contagio (28 días después, Rec), el terrorismo (la idea de que un miembro de una sociedad occidental resulte de repente ser un enemigo infiltrado capaz de volar un edificio tiene su perfecto paralelismo en esos personajes que ocultan su mordedura y acaban volviéndose contra sus amigos), la enorme división tecnológica y ideológica entre Occidente y el resto del mundo, cuando no entre ricos y pobres dentro de nuestra misma sociedad (El amanecer de los muertos y la injustamente infravalorada La tierra de los muertos), la rapacería industrial (Resident Evil) e incluso la estupidez de una población adormecida a base de telebasura (como en la interesantísima Dead Set). Tras una década de bonanza económica, de especulación, de pelotazos, de culto al triunfador (al vampiro) nos encontramos de repente con que o bien los zombis llevan mordiéndonos un buen tiempo y sólo ahora nos acabamos de dar cuenta (¿qué mejor metáfora que el muerto viviente para una sociedad que sufre las consecuencias de una economía fundada en la voracidad ilimitada de banqueros, estafadores piramidales y demás?), o bien los muertos vivientes somos nosotros, que vagamos adormecidos y adocenados entre las ruinas a las que nos han condenado los que viven refugiados en el supermercado (una idea fenomenalmente reflejada en Zombies Party).

¡Nosotros somos los muertos vivientes! The Walking Dead # 24, de Robert Kirkman y Charlie Adlard.
Sea como sea, los zombis han llegado para quedarse y parecen estar abriéndose paso rápidamente hasta lo más alto de la cadena alimenticia entre los arquetipos del horror (tal y como corresponde a una época obsesionada por las plagas, sean éstas avícolas o porcinas). No sólo lo constatan las películas, sino también tebeos como The Walking Dead (un título que hace veinte años se habría considerado anticomercial y que ahora se cuela en las listas de los más vendidos), novelas como Cell o World War Z (entre otras muchas bastante menos destacadas) o inventos como el Pride and Prejudice and Zombies de Seth Grahame-Smith, un autor de libros paródicos al que un buen día se le ocurrió reeditar la novela original de Jane Austen añadiéndole pasajes de cosecha propia para convertirla en una novela de muertos vivientes, un buen ejemplo de auténtica zombificación dentro de una cultura cada día más dada a canibalizarse a sí misma que, a pesar de todo (y eso es lo que más miedo da en este caso), está cosechando un notable éxito comercial. Las imitaciones, reinvenciones y secuelas de demás clásicos actualmente en dominio público no se harán esperar. En octubre, por cierto, llegará una de las que peor pintan: Dracula The Undead, una secuela “autorizada” del clásico de Stoker, firmada a medias entre un sobrino bisnieto de éste y un supuesto estudioso de la obra; al margen de la evidente maniobra comercial (la típica que, por desgracia, suele llamar la atención de los medios) mucho me temo que la sinopsis del libro descarta cualquier tipo de digna continuación a la inmortal obra del pelirrojo irlandés.
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Izquierda: Orgullo y prejuicio y zombis. Derecha: Simon Pegg en Zombies Party.
Resumiendo: cuando hasta la revista Time le presta atención al fenómeno, es que algo está pasando. Y teniendo en cuenta el actual clima económico y social, lo más probable es que la cosa vaya para largo. Sirva a modo de conclusión esta otra reflexión de David J. Skal a propósito del primer gran boom comercial del cine de terror durante los años treinta, que a día de hoy vuelve a tener cierta resonancia.
«Para enero de 1931, los vagos temores que habían acosado a la economía durante el año anterior se hicieron reales: el Comité de Emergencia de Ayuda al Desempleo del presidente Hoover confirmó las cifras: la Depresión era real y empeoraba a diario. Un par de meses más tarde, el banco nacional austriaco quebró, iniciando el colapso económico de Europa. En Alemania, la crisis resultante contribuiría significativamente a la pesadilla embrionaria del Nacional Socialismo. Durante un periodo de doce meses que coincidió con los momentos más oscuros de la Gran Depresión, cuatro arquetipos del horror de Hollywood [Drácula, el monstruo de Frankenstein, Dr. Jekyll y el Hombre Lobo] fueron lanzados o preparados para el consumo público. Los peores años del siglo para Norteamérica iban a ser los mejores años para los monstruos».

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Miércoles 15 de abril de 2009

«Esto es lo que es el cine negro para mí: un movimiento fílmico genéricamente norteamericano que va de 1945 a 1958 y que expuso un gran tema. Y ese tema es: estás bien jodido».
James Ellroy
Comentaba Stephen King en la introducción a su libro de relatos El umbral de la noche que todos nacemos equipados con una especie de filtro o cedazo en el cerebro que atrapa según qué cosas y deja escapar otras, dependiendo de la persona. «Es posible que Louis L’Amour, el autor de novelas del oeste, y yo, nos detengamos a orillas de una laguna de Colorado», decía, «y que ambos concibamos una idea en el mismo instante. Es posible también que los dos sintamos la necesidad apremiante de sentamos a verterla en palabras. Quizá el tema de su relato serán los derechos de riego en época de sequía, y es más probable que el mío se ocupe de algo espantoso y desorbitado que emerge de las aguas mansas para llevarse ovejas… y caballos… y finalmente seres humanos. La “obsesión” de Louis L’Amour gira alrededor de la historia del oeste americano. Yo prefiero lo que se arrastra a la luz de las estrellas. Él escribe novelas del Oeste; yo escribo relatos de terror».
Me parece una manera bastante apropiada de describir la manera en la que tendemos hacia ciertos intereses a la vez que descartamos otros. En mi caso, y centrándonos en el consumo de cultura popular, los dos géneros que siempre me han atraído por encima de cualquier otro, aquellos que invariablemente han quedado atascados en mi cedazo, han sido el negro y el de terror. Nunca he terminado de tener muy claro por qué. A estas alturas ignoro hasta qué punto puede haber influido mi querencia por dichos géneros en mi visión del mundo y hasta qué punto ha sido mi visión del mundo la que me ha atraído hacia dichos géneros. Pero de una cosa estoy convencido: ambas cosas se solapan. Y aunque es posible que nunca llegue a tener claro qué mecanismos mentales provocaron que a los seis años me fascinara mucho más La mujer y el monstruo que La Guerra de las Galaxias o que a los diez me lo pasara pipa con Gremlins mientras me aburría soberanamente con Los Goonies, a día de hoy sí que tengo bastante claro por qué esos intereses primigenios siguen cautivándome cinco lustros más tarde.
Robert Mitchum en Retorno al Pasado. Foto: Doctor Macro.
Decía hace unos días que, para mí, toda obra de ficción tiene básicamente dos niveles: el puro relato (la trama) y el peso simbólico (voluntario o involuntario; tanto da que Godzilla fuera un símbolo premeditado o accidental del horror atómico, el caso es que lo era y tal era la función que desempeñaba para el inconsciente colectivo). En el caso del terror y del noir, no resulta difícil detectar varias corrientes metafóricas comunes a ambos géneros: desconfianza hacia la autoridad, creencia en la generalización de la corrupción y en la inevitable aparición de fuerzas ocultas que van a turbar tu existencia (quítese el monstruo de turno o el maletín atómico de El beso mortal y póngase en su lugar una enfermedad o una carta inesperada de Hacienda para entender mejor a lo que me refiero), presencia constante de una corriente turbia y malsana por debajo de una superficie de aparente “normalidad” y, en última instancia, triunfo ineludible del mal (la muerte). Un mal al cual es imposible vencer pero (y ésta es la parte más importante) contra el que no se renuncia a luchar a pesar de que la batalla esté perdida de antemano. Cualquier tipo de victoria en estos géneros suele ser tirando a pírrica: el alien siempre vuelve en una nueva secuela y el cocodrilo gigante siempre deja en las alcantarillas un huevo oculto que empezará a abrirse en el último fotograma (recordándonos que, vale, te salvaste esta vez, pero ya veremos qué pasa la próxima). De igual manera, el destino más habitual de Sterling Hayden y Robert Mitchum suele ser el de morir desangrados o empotrando el coche, pero su fatalismo y su aparente cinismo nunca es una excusa para dejar de luchar, más bien al contrario. Ese entendimiento del mundo como un lugar esencialmente corrupto que te depara un destino inevitable, acompañado de esa negativa a desfallecer a pesar de todo, es lo que, ahora sí, me conquista intelectualmente del mismo modo que antes lo hacía visceralmente (lo sigue haciendo, que conste; una cosa no quita la otra, sólo la complementa).
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Izquierda: Sterling Hayden en La jungla de asfalto, 1916/17. Derecha: Veronica Lake
y Alan Ladd en El cuervo. Fotos: Doctor Macro.
Como en lo del terror como metáfora pienso seguir ahondando próximamente, el resto de esta entrada estará dedicada en exclusiva al género negro. Para ello, he recuperado una serie de declaraciones extraídas del documental Film Noir: Bringing Darkness To Light, de Gary Leva (responsable también de los excelentes extras incluidos en la última edición de las películas de Harry el Sucio). Dicho documental se grabó expresamente para acompañar en Estados Unidos el volumen 3 de la Film Noir Classic Collection, una serie de cajas en las que Warner ha ido recuperando algunas de las películas más emblemáticas del género. En España se han publicado algunas de ellas, pero no todas, y el documental permanece inédito (las tres primeras cajas de la edición americana, por si alguien tiene un reproductor multizona y está interesado, están subtituladas en castellano, incluido el documental; la cuarta y más reciente, por desgracia, no). Cabe añadir, como última consideración, que el género negro, al menos tal y como yo y otros lo consideramos, no es lo mismo que el policiaco (cuyos preceptos suelen ser mucho más sencillos y, sí, conservadores: el detective investiga, el policía detiene, el criminal paga y el status quo, la ley y la justicia, permanecen inalterables), aunque a veces ambos géneros se superpongan. Para aclararnos: Agatha Christie no es ni mucho menos género negro. Zodiac, por irnos al otro extremo del policiaco, tampoco. Ahora sí, sin más dilación, os dejo con estos extractos de Bringing Darkness to Light.
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La diferencia entre las películas de gangsters de los treinta y primeros cuarenta —los clásicos de Jimmy Cagney— y el cine negro es realmente generacional. Si analizas las películas de los años treinta, verás que, por ejemplo, Edward G. Robinson en Hampa dorada no tomaba decisiones, no había ninguna gran cuestión moral en juego. Su dilema era o bien matar a aquel tipo para hacerse con el control del hampa o bien morir en el intento. Sé que mucha gente puede que no piense esto, pero el cine negro es mucho más sutil. En el cine negro hay que elegir. Y la clave está en que va a ser esa elección la que te conduzca a tu destino. Fue decisión tuya montar en el coche. Fuiste tú quien decidiste quedarte o no con Barbara Stanwyck y ayudarla a asesinar a su marido. Tu destino no está dictado de antemano tal y como lo estaba en las películas de gangsters de los treinta y primeros cuarenta. Tu destino está en tus manos y eres tú quien toma las decisiones. Eso es lo que lo hace negro.
Nicholas Pileggi, guionista de Casino y Uno de los nuestros.
La gente confunde los relatos criminales con el género negro, cuando la mayor diferencia que yo veo entre ambos es que la ficción criminal tiende a ser realista. Tiende a depender del aquí y el ahora y generalmente pretende sobrecogerte con lo cruda y realista que es. A mí las historias criminales suelen resultarme demasiado literales, a menudo bastante aburridas y por lo general feas de ver. El noir sin embargo es visualmente espléndido, es puro estilo, y lo que persigue es el realismo emocional. No es que te estés divorciando de la realidad, sino que más bien dices: “La realidad es mi arcilla”.
Frank Miller, autor de Sin City.
Cuando el cine negro aparece en el sentir popular, siempre lo hace asociado a una sociedad un poco más cínica, un poco más paranoica y suspicaz. Si ahora vuelve a tener relevancia bien podría ser porque la propia situación hace que la gente se abra más al cinismo y que quienes hacen las películas estén más interesados en explorar esa parte de sí mismos.
Brian Helgeland, guionista de Los Ángeles Confidencial y Payback.
John Dall y Peggy Cummins en El demonio de las armas.
El género negro tenía mucho que ver con cierta desazón arrastrada desde la época de la Depresión, ya que muchas de las historias estaban basadas en los trabajos de escritores que encontraron su mejor momento creativo durante la Gran Depresión: Hammet y James M. Cain y W. R. Burnett empezaron a escribir guiones para películas de crímenes. También Raymond Chandler y Cornell Woolrich. Y esto dio pie a toda una oleada de este tipo de películas. Yo la llamo “la marea negra” que inundó Hollywood en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Y daba buena muestra, creo yo, de la pérdide de la inocencia de Norteamérica. Los guionistas estaban decididos a pintar prácticamente un antimito. Si durante la Depresión Hollywood había estado vendiendo ideas como el “No te preocupes, ya saldremos de ésta” y el “Somos eternamente optimistas”, ahora que había pasado la Segunda Guerra Mundial y que habíamos visto lo mal que podían llegar a estar las cosas los guionistas pasaron a decir: “Eh, ¿sabes qué? Ya es hora de madurar, y eso del felices para siempre es en cierto modo una aberración”. Y así crearon lo que esencialmente era un antimito mediante estos dramas criminales que venían a decir que en realidad el mundo es un lugar desagradable, feo y oscuro. Y supongo que por fin el público norteamericano estaba listo para aceptarlo.
Eddie Muller, autor del ensayo Dark City, The Lost World of Film Noir.
Parafraseando a Alfred Hitchcock cuando decía que el melodrama era como la realidad pero prescindiendo de las partes aburridas, el cine negro somos nosotros: nuestra naturaleza más básica, sexual, ambiciosa, honorable y malvada. Pero culturalmente, en la cultura pop, siempre buscamos una metáfora. Del mismo modo que la amenaza soviética fue convertida en alienígenas y naves espaciales y platillos volantes, la frustración de los soldados que regresaban de la guerra pensando que habían creado una utopia para descubrir que seguía siendo el mismo mundo de mierda de siempre quedó traducida en todo este género en el que un mundo caótico debe ser reparado por estos hombres solitarios decididos a arreglar la situación.
Frank Miller
Acabas de conocer a una mujer con la que estás a punto de echar el mejor polvo de tu vida, pero a las seis semanas de conocerla te condenarán por un crimen que no has cometido y acabarás en la cámara de gas. Y mientras te atan y te dispones a respirar los vapores de ácido cianhídrico, te sentirás agraciado por las pocas semanas que tuviste junto a ella y agradecido por tu propia muerte. Son los grandes temas del cine negro: corrupción institucional, obsesión sexual y vidas sometidas a una gran tension psicológica. Coges esos tres elementos y, tío, ya puedes montarte una buena historia criminal.
James Ellroy, autor de La Dalia Negra y Los Ángeles Confidencial.
Glenn Ford y Gloria Grahame en Deseos humanos. Foto: Doctor Macro.
Durante la Segunda Guerra Mundia, el país se mostró muy reacio a entrar en la contienda, y eso mismo es lo que les pasa a la mayoría de los héroes del cine negro. Saben que se están enredando en algo malo, pero aun así tienen que hacerlo por un motivo u otro. Se ven impulsados a ello. Y una vez en el meollo, descubren que por mucho que pensaran que tenían controlada la situación, la realidad dista mucho de ser así. Y saben que todo va acabar mal, incluso aunque ganen.
Christopher McQuarry, guionista de Sospechosos habituales.
Lo que de verdad necesitas para que una película sea de cine negro es, en primer lugar, el personaje, y el personaje del cine negro es un personaje gris. Eso es lo divertido del cine negro, que tienes personajes imperfectos, a veces profundamente imperfectos, pero mientras tengan un código y se mantengan fieles a sí mismos, realmente pueden salirse con la suya con un comportamiento que en una película normal inmediatamente les identificarían como el villano.
Brian Helgeland
Chandler fue el que mejor lo definió cuando describió al héroe del cine negro como “un caballero de sucia armadura”. A lo largo de mi carrera yo he intentado redefinirlo como un caballero con la armadura cubierta de sangre reseca, pero sigue siendo un caballero, lo que pasa es que sencillamente no tiene aspecto de serlo y nunca es recompensado por sus actos. Es un personaje solitario que está ahí fuera y al que sencillamente hay cosas que le soliviantan.
Frank Miller
Sin City: Ese cobarde bastardo, de Frank Miller (gracias, Pepo, por la inspiración).
(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:
· Film Noir Classic Collection, Vol. 1
· Film Noir Classic Collection, Vol. 2
· Film Noir Classic Collection, Vol. 3
· Dark City: The Lost World of Film Noir
· Crime Scenes: Movie Poster Art of the Film Noir : 1941-1959
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Martes 14 de abril de 2009
Según informaba AP hace unas escasas horas, la actriz Marilyn Chambers ha fallecido a los 56 años de edad por causas hasta el momento desconocidas. Chambers fue en 1972 la protagonista de Tras la puerta verde, una de las primeras grandes producciones del cine porno (responsable, junto a Garganta profunda, de lanzar el fenómeno conocido como “porno chic”, que dio cierta legitimidad al género y lo sacó de los sórdidos cines para adultos de la época para convertirlo en un producto de consumo mucho más mayoritario).
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Previamente, Chambers había sido modelo y actriz convencional (tuvo un pequeño papel en la comedia de Barbra Streisand El búho y la gatita) y accedió a participar en Tras la puerta verde porque pensaba que, teniendo en cuenta el clima de liberación sexual y los cambios sociales vividos a finales de los sesenta y primeros de los setenta, sería beneficioso para su carrera, pero no fue así:«Cuando pasó a presentar The Tonight Show, Sammy Davis Jr. quiso llevarme de invitada. Pero The Tonight Show no estaba preparado para mí. La pornografía tenía connotaciones negativas y ahora empezaba a ver las consecuencias. Yo había creído que iba a ser un trampolín hacia cosas más importantes y mejores. Pensé que me ganaría la atención del público y que luego me tomarían en serio como artista. En realidad quería ser como Ann-Margret. Pero eso nunca pasó. En vez de eso, me decían: “Básicamente, no eres más que una puta que ha follado en pantalla”. Me quedé hecha polvo, porque no era así como me veía a mí misma ni como veía las películas. Pero también era un punto de vista muy hipócrita, porque luego todo el mundo quería conocerme y hablar conmigo».
Durante el resto de su carrera, Marilyn Chambers seguiría combinando el cine porno (en películas como La resurrección de Eva, Insaciable y Up’n'Coming) con trabajos ocasionales al margen de la industria del sexo, de los cuales el más memorable sea posiblemente su intervención en Rabia, la película de David Cronenberg de 1977. En 1999, Chambers volvió a salir en las noticias gracias a su publicitado “regreso” al cine porno (en realidad nunca lo había dejado, aunque para el gran público hacía tiempo que había desaparecido del radar) con Todavía insaciable, película que rodó a los 47 años y que cuenta con la peculiaridad de estar escrita por Legs McNeil, autor de Por favor mátame y de El otro Hollywood.
Aquí os dejo precisamente un extracto en PDF de El otro Hollywood en el que Marilyn Chambers recuerda el rodaje de su película más famosa junto a otros compañeros de reparto y junto a los hermanos Mitchell (directores del film). Pincha aquí para leerlo.
Cine
El otro Hollywood, Marilyn Chambers, Necrológicas Sin comentarios
Sábado 4 de abril de 2009

Con la excusa del inminente estreno de Terminator Salvation, los chicos de Wired se han montado un pequeño especial bastante simpático celebrando la vigencia del personaje creado por James Cameron hace 25 años. Me ha gustado particularmente el modo en el que dos individuos de diferentes generaciones, el propio Cameron y Josh Friedman, productor y guionista de la serie de televisión Terminator: The Sarah Connor Chronicles, explican sus razones para abordar el mismo proyecto desde planteamientos metafóricos relacionados entre sí, pero a la postre distintos.
Me interesa bastante el modo en el que la ficción moderna crea nuevos mitos y los motivos por los cuales unos arraigan en el inconsciente colectivo mejor que otros. Además de eso, creo que toda obra de ficción tiene básicamente dos niveles, como el propio Terminator. Está la epidermis, que es lo que se ve a simple vista, y luego está lo que se oculta por debajo: el exoesqueleto metálico en el caso del Terminator y el peso simbólico en el caso de las películas, tebeos y novelas. Un peso simbólico que está ahí para darles su razón de ser al margen de que se haya plantado consciente o inconscientemente. Sospecho que gran parte del éxito de filmes como Terminator reside precisamente en su capacidad para conectar con el público a través de una metáfora premeditada y perfectamente estudiada, pero oculta tras la narración de tal modo que los espectadores puedan reconocer su verdad de una manera inconsciente, no obstructiva. Por eso siempre me resulta interesante leer o escuchar declaraciones de artistas que afrontan sus procesos creativos asimilando que existen varios niveles de lectura e intentando aprovecharlos al máximo, y por eso también he traducido un par de párrafos de cada una de sus respectivas entrevistas. Seguid los links si os apetecee leer el resto.
James Cameron entrevistado por Steve Daly
Recuerdo haber sido consciente por primera vez de lo que es la geopolítica durante la crisis de los misiles cubanos. Cuando tenía siete u ocho años, encontré un panfleto de refugios atómicos sobre la mesa del salón en casa de mis padres, en Ontario, y recuerdo haber pensado: “¿De qué va esto?”. Tuve la sensación repentina de que mi protegida infancia no era más que una fachada. Algo oscuro y aterrador acechaba más allá. Desde entonces me siento fascinado por la propensión humana a bailar justo al borde del apocalipsis. Así que cuando escribí el primer tratamiento de Terminator, allá por 1982, lo que hice fue explotar aquellas sensaciones de mi infancia. También surgió de todas las películas y literatura de ciencia ficción con las que crecí, en su mayor parte advertencias sobre la ciencia, la tecnología, el ejército y el gobierno. Uno no podía escapar ni de aquellos temas ni del temor a un holocausto nuclear.
La belleza de las películas es que no tienen por qué ser lógicas. Sólo han de resultar plausibles. Si en pantalla acontece algo visceral y cinematográfico que enganche al público, les dará igual que parezca poco probable. Yo no creo que lo que pasa en Terminator pueda suceder en el mundo real, no creo que vayamos a ver una guerra genocida entre los hombres y las máquinas de aquí a un par de generaciones. Las historias funcionan más a un nivel simbólico y por eso la gente conecta con ellas. Hablan de nosotros mismos y de la lucha contra nuestra tendencia hacia la deshumanización. Cuando un policía no muestra compasión, cuando un psiquiatra no tiene empatía, han pasado a ser máquinas en forma humana. La tecnología está cambiando todo el tejido de la interacción social. Estamos absorbiendo nuestras máquinas de manera simbiótica, evolucionando hacia una unidad entre nosotros y nuestros aparatos, y eso va a continuar indefinidamente. Leer el resto.
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Josh Friedman entrevistado por Alan Rogers
Cuando empecé a trabajar en Terminator: The Sarah Connor Chronicles, el estudio me dio una idea general: querían una serie centrada en John y Sarah Connor y ambientada en un momento en el tiempo posterior a Terminator 2. Mientras le daba vueltas al concepto, intentando encontrar un modo de abordarlo, me di cuenta de que lo que da sentido a Terminator son las relaciones. Necesitábamos una relación central que anclara la serie. La primera Terminator, en realidad, iba del romance entre Kyle y Sarah. La segunda película es la relación paternofilial entre John y el Terminator. De modo que se me ocurrió que mi serie, en el fondo, sería un drama familiar en torno a una madre cuyo hijo está entrando en la edad adulta. Pero si queríamos centrarlo en Sarah y John, necesitábamos también a una chica, porque eso es lo que normalmente suele acabar con las relaciones edípicas. Y decidí que la chica en cuestión debía ser un Terminator.
Antes de que pudiera sentarme a escribir el piloto, me diagnosticaron un cáncer de riñón. Tuvieron que operarme para extraerme el tumor, lo que significó no poder escribirlo para aquella temporada. Pasé un par de meses sin poder hacer nada, consumido por el dolor. Sufrí una crisis. Fui a una psiquiatra y le dije: “¿Pero qué estoy haciendo? ¿Escribir una puta serie sobre un robot cabrón? ¿A quién le importa eso?”. Pero cuando ella me hubo calmado, empecé a reflexionar y me di cuenta de que en realidad la serie hablaba de mi vida; de la mortalidad. La primera voz en off que escribí para la serie decir: “Voy a morir. Voy a morir y tú también vas morir. La muerte no deja escapar a nadie”. Y eso son los Terminators, son la muerte que viene a buscarnos. Para mí, la serie habla de lo que haces con tu vida frente a la presencia de la muerte. O sea, vamos a ver, es una serie de género. Es Terminator, tiene un rollo pulp y habrá incluso quien piense que su momento ya ha pasado. Pero cualquiera puede encontrarse a sí mismo en esta serie. Yo lo hice. Leer el resto.
Cine • Entrevistas
James Cameron, Josh Friedman Un comentario
Sábado 7 de febrero de 2009
Izquierda: Divorcio a la italiana, de Pietro Germi, carátula ilustrada por Jaime Hernández. Derecha: Las manos sobre la ciudad, de Francesco Rossi, ilustrada por Daniel Zezelj. Diseño de Eric Skillman.
Si hoy quiero dedicarle una entrada al diseñador norteamericano Eric Skillman es fundamentalmente por dos motivos. Uno, porque trabaja para Criterion, en mi opinión la compañía con los deuvedés mejor diseñados de todo el planeta (y a cuyas maravillosas portadas ya dedicaré un post en el futuro). Dos, porque fueron los textos que escribe para su blog Cozy Lummox los que me sirvieron de inspiración directa no sólo para mi entrada del martes, en la que abordé someramente el proceso de diseño de la portada de Los trapos sucios, sino también para el modo de enfocar el proceso en sí.
Izquierda: Prueba para la carátula de Blast of Silence, de Allen Baron. Derecha: portada definitiva.
Ilustraciones de Sean Phillips, diseño de Eric Skillman.
Eric Skillman es un diseñador de primera, inventivo e ingenioso. Un auténtico currante al que no le importa seguir dándole vueltas a las cosas y ajustando pequeños detalles y probando nuevas vías hasta llegar a un diseño apropiado (habrá quien diga que no hace más que lo que debe y desde luego no seré yo quien se lo discuta, pero… ¡Ay, la cantidad de diseñadores que habré conocido abonados a la práctica del mínimo esfuerzo!). Sólo eso ya le habría bastado para ganarse mi admiración, pero es que el tío además es generoso: no se limita a enseñarte lo que ha hecho sino que también te cuenta cómo, se molesta en mostrarte los pasos en falso, dónde acierta y dónde se equivoca, los pequeños progresos, los callejones sin salida… Puedo decir sin temor a equivocarme que he aprendido más sobre diseño leyendo su blog que si me hubiera hecho un curso del CEAC. En cualquier caso lo más importante, al menos para mí, no es eso. Lo que realmente me motiva para volver regularmente a su página es el entusiasmo que desprende cuando escribe. Leyéndole se nota que el tipo disfruta de lo lindo con su trabajo. De hecho, lo goza de tal manera que consigue que, a su vez, me entren ganas de ponerme a hacer cosas yo también. Y esa sensación, esa especie de pequeña descarga eléctrica que te sacude las neuronas… es que es cojonuda, oiga.
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Izquierda: Boceto de Mike Allred para la carátula de Seducida y abandonada, también de Pietro Germi. Derecha: portada definitiva, con diseño de Eric Skillman.
Algunas de mis entradas favoritas de Crazy Lummox son las dedicadas al diseño de las carátulas de El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot), La venganza es mía (Shohei Imamura), Amarcord (Federico Fellini), Yi yi (Edward Yang), Las Furias (Anthony Mann) o la caja de clásicos japoneses de los sesenta Rebel Samurai. La verdad es que cualquiera de ellas me habría servido perfectamente para ilustrar este post y os recomiendo encarecidamente que no dejéis de ir a echarles un vistazo, pero como resulta que, además, Skillman es también un apasionado de los tebeos igual que yo y siempre que pueda aprovecha para trabajar con algunos de sus dibujantes favoritos, he preferido enseñaros el resultado de algunas de esas colaboraciones. Todas ellas están vinculadas a sus entradas correspondientes, donde encontraréis muchos más bocetos e ilustraciones. Por cierto, que la relación de Skillman con los tebeos no acaba aquí ni se limita a Criterion. Además de diseñar para la editorial Top Shelf la recopilación de historietas de Eddie Campbell Alec: The Years Have Pants, que saldrá a la venta en septiembre de este año, se estrenó recientemente como guionista mediante varios ejercicios de género negro (dos de ellos, Below the Fold y Spared, realmente estimables en mi opinión). Los cómics están disponibles en línea y podéis acceder a ellos desde aquí.
Boceto de Bill Sienkiewicz para la carátula de Robinson Crusoe on Mars de Byron Haskin.
(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:
· Blast of Silence – Criterion Collection
· Robinson Crusoe on Mars – Criterion Collection
· Rebel Samurai – Sixties Swordplay Classics (Criterion Collection)
Cine • Cómic • Diseño • Ilustración
Criterion, Eric Skillman Sin comentarios