Cultura Impopular

El blog de Espop Ediciones

Viernes 27 de febrero de 2009

Cuando los pollos dominaban la Tierra

No es que me guste particularmente tirar de la misma fuente para dos entradas consecutivas, pero esta entrevista de Damon Tabor al paleontólogo Jack Horner aparecida hace cuatro días en Wired, a propósito de la próxima publicación de su nuevo libro How to Build a Dinosaur: Extinction Doesn’t Have to Be Forever es demasiado buena como para dejarla pasar. ¡Prometo no volver a citarles en mucho tiempo!


Wired: Dinopollo… Repasemos el concepto.
Jack Horner: Los pájaros son descendientes de los dinosaurios. Llevan consigo su ADN. De modo que, en sus primeras fases, un embrión de pollo desarrollará rasgos propios de un dinosaurio, como la cola, los dientes y patas delanteras acabadas en tres dedos. Si fuéramos capaz de localizar los genes que cancelan el rabo y que fusionan los dedos para crear un ala y aprendiéramos a desactivarlos, podríamos criar animales con características de dinosaurio.
Wired: Es una idea romántica, esa de que los dinosaurios puedan pervivir en forma de pájaros.
Horner: Los dinosaurios no están extintos; en ese sentido siguen aquí con nosotros. Los pájaros tienen un aspecto diferente, sí, pero eso sólo es cosmética. Trasteando algunos de esos genes deberíamos poder volver a hacer visibles esas similitudes subyacentes. Y sí, es una idea descabellada, pero me gusta empezar la casa por el tejado.
Wired: Usted fue asesor en Parque Jurásico. ¿Deberíamos preocuparnos?
Horner: Mire, tampoco es que el dinopollo vaya a conquistar el mundo. Si se aparea con una gallina seguirán teniendo pollos. Eventualmente, a lo mejor conseguimos animales que se parezcan más a los dinosaurios, pero no tendremos manadas de velocirraptores sueltos.
Wired: ¿Algún espinoso dilema ético?
Horner: Si piensa usted que estamos jugando a Dios, quizá. Pero ya estamos modificando plantas y ratones. Y no veo a demasiada gente llevándose las manos a la cabeza quejándose porque haya mejores tomates.
Wired: ¿Le critican otros investigadores?
Horner: Los científicos que juegan siguiendo las reglas de otros no tienen demasiadas oportunidades de hacer nuevos descubrimientos.
Wired: La inversión inicial salió de su propio bolsillo. ¿Es un problema el dinero?
Horner: No debería costar más de un par de millones de dólares. No es demasiado dinero para tratarse de un experimento científico importante.
Wired: ¿Cuáles son las ventajas? ¿Qué piensa ganar con esto?
Horner: En última instancia, esperamos que pueda conducir a una cura para los defectos genéticos. Una vez hayamos aprendido a controlar los genes, tendremos la posibilidad potencial de regenerar la médula espinal, regenerar los huesos, etcétera, etcétera. A lo mejor también conseguimos pollos más rollizos.
Wired: Ciertamente demostraría que los creacionistas están completamente equivocados.
Horner: La religión se basa en la fe, no en las pruebas. Comparar la ciencia con la religión no es como comparar manzanas con naranjas, es más bien como comparar manzanas con máquinas de coser.
Wired: En su libro afirma su intención de presentar al dinopollo en el programa de Oprah Winfrey. ¿Por qué?
Horner: La criatura sería su mejor propio portavoz. Contribuiría mucho a convencer a la gente de que son muchas las cosas que podemos aprender con este tipo de experimentos, sobre biología, desarrollo, evolución. De otro modo, sólo somos un grupo de científicos alocados creando monstruos en nuestros laboratorios.

Pincha aquí para ver la entrevista en inglés.
Pincha aquí para ver la web del Museo de las Rocosas, de cuya área de paleontología es conservador Jack Horner.


Un dinopollo que tengo suelto por casa.

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Miércoles 25 de febrero de 2009

Un perro en bicicleta

Quedan nueve días para el estreno de Watchmen y me doy cuenta de que aún no he dicho absolutamente nada sobre el que, valoraciones críticas aparte, parece destinado a ser el fenómeno fílmico del año (¡vaya un blog sobre cultura popular!). El problema es que, entre tanta avalancha informativa, lo único que se me ocurre al respecto que pueda resultar mínimamente original son varios insultos para el responsable de haber retrasado una semana el estreno de Gran Torino, la nueva película de Clint Eastwood, de manera que coincida con el film basado en el popular tebeo de Alan Moore y Dave Gibbons. Yo, con todos mis respetos para el señor Snyder (cuyo Amanecer de los muertos he disfrutado como poco media docena de veces), le debo mi fidelidad eterna al tío Clint, así que, aunque ganas no me falten, no podré estar ahí el primer día de exhibición junto a todos los comiqueros de pro. En cualquier caso, esta mañana me he estado leyendo una extensa e interesante entrevista con Alan Moore publicada hace dos días en Wired y, viendo que nadie se ha hecho eco aún de sus declaraciones (no, al menos, en los sitios que suelo visitar regularmente, que por otra parte son pocos, así que por favor me disculpen si me equivoco), he pensado: pues mira, te traduces los dos o tres fragmentos que más te han llamado la atención y aprovechas para captar nuevos lectores, a ver si de paso les convences para que se compren el libro de Mötley Crüe o el del porno (ya sabéis que aquí estamos siempre con un ojo puesto en el negocio; y si no sabéis de lo que os hablo pinchad aquí). Pero basta de preámbulos. Os dejo con el señor Moore.

Dos carteles de Gran Torino, un poco porque sí.

Alan Moore: Viendo a los superhéroes de hoy en día, me da la impresión de que se parecen demasiado a Watchmen pero sin la ironía; nosotros, a través de Watchmen, hablamos en profundidad sobre los potenciales abusos de este tipo de justicia, aplicada por vigilantes enmascarados, y sobre el tipo de individuos a los que probablemente atraería si estos sucesos tuvieran lugar en un mundo más realista. Pero no era algo que nosotros aprobáramos. Debo decir que hace mucho, mucho tiempo que no he visto un cómic, mucho menos uno de superhéroes. Años. Probablemente una década desde que estudié alguno con atención. Pero me da la impresión de que ciertas cosas que en Watchmen tenían una intención satírica o crítica, ahora parecen aceptarse tal cual como lo que aparentan ser a simple vista. Así que, sí, ahora mismo tengo un punto de vista bastante negativo hacia todo el concepto del “cruzado enmascarado”.
Si recuerdas los ochenta, hubo una avalancha increíble de titulares monumentalmente perezosos en los periódicos y semanarios británicos y norteamericanos. Eran frases del estilo de “Bam! Sock! Pow! Los tebeos ya no son sólo para críos”. A mí aquellos titulares me resultaban sencillamente irritantes, pero no ha sido hasta hace poco que, echando la vista atrás, me he dado cuenta de lo increíblemente inexactos que eran. Los tebeos no habían madurado. Lo que pasó fue que se publicaron dos o tres cómics que incluían, quizá por primera vez, elementos serios y adultos en su composición. Esto, en los ochenta, fue considerado tan milagroso como que un perro montara en bicicleta. Pero lo que importaba no era que montara particularmente bien; lo que importaba era sencillamente que hubiera sido capaz de hacerlo.
Creo que mucha gente, al margen de que hayan leído o no un libro como Watchmen, se lo tomó básicamente como una especie de licencia. Creo que ahí afuera había un número sorprendente de individuos que, en secreto, ansiaban seguir las aventuras de Linterna Verde, pero que pensaban que se verían marginados socialmente en caso de que les vieran leyendo un tebeo en un lugar público. Con la llegada de títulos como Watchmen, creo que esta gente se consideró autorizada por el término novela gráfica. Todo el mundo sabía que los tebeos eran para niños y para individuos intelectualmente subnormales, mientras que una novela gráfica suena como una propuesta mucho más sofisticada. Suena como algo que un treintañero —o incluso un cuarentón— podía leer tranquilamente en el metro sin sentirse avergonzado. Cuando empecé a trabajar para DC Comics, supuse que la edad de mis lectores, si antes había estado entre los 9 y los 13 años, ahora estaba entre los 13 y los 18. En la actualidad, la edad media de los lectores de cómics, y este ha sido el caso desde finales de los ochenta, probablemente esté entre los treinta y muchos y los cincuenta y pocos, lo cual tiende a apoyar la noción de que no son un producto comprado por críos. En muchos casos quienes los compran son nostálgicos sin remedio o, poniéndose en lo peor, casos de desarrollo interrumpido incapaces de abandonar su infancia por muy trilladas que estén las aventuras de sus héroes e ídolos


Wired: ¿Puedes ser más específico acerca de las cosas que los tebeos como medio pueden hacer mejor que otros medios?
Moore: Una cosa que tienen los tebeos, y esto ha sido demostrado (creo que mediante pruebas realizadas por el Pentágono a finales de los ochenta), es que son el mejor medio para transmitir información de manera que se retenga y se memorice. No soy yo quien lo dice, es el Pentágono. Por mi parte, pienso (y esto no son más que chorradas hippies pseudocientíficas), que esto podría deberse a que la unidad de divisa utilizada por lo que antes solía llamarse el cerebro izquierdo es la palabra. El lado izquierdo del cerebro controla el habla y el raciocinio. La unidad de divisa del lado derecho del cerebro, por el contrario, sería la imagen. De modo que, quizá, los tebeos deriven ese poder único de la combinación de palabras e imágenes dispuestas de una manera legible. Por supuesto, las películas también son una combinación de palabras e imágenes, pero tienen una estructura completamente diferente y un modo de operar también completamente diferente. En una película, te ves arrastrado por la situación a 24 implacables fotogramas por segundo. En un tebeo, puedes volver la mirada hacia la viñeta anterior o retroceder un par de páginas para ver si en el diálogo hay una referencia a una escena anterior. También puedes pasar todo el tiempo que quieras asimilando cada imagen. Esto resulta especialmente cierto en el caso de Watchmen, donde intenté aprovechar la brillante capacidad de Dave Gibbons como antiguo topógrafo para incluir una increíble cantidad de detalles en cada viñeta, de modo que pudiéramos coreografiar hasta el elemento más minúsculo. Los pequeños símbolos y señales que aparecen en segundo término, hasta el último toque podía ser coreografiado en detalle. Y sabíamos que el público, al leer cada uno a su ritmo, sería capaz de estudiar cada viñeta y asimilar incluso los detalles casi subliminales. Ni siquiera el mejor director del mundo, ni siquiera una persona de tanto talento como Terry Gilliam, habría sido capaz de incluir tanta información en un par de fotogramas de película. E incluso aunque lo hiciera, pasarían demasiado rápido. Porque los espectadores de una película no controlan la experiencia del mismo modo que lo hace un lector.

Una de mis principales objeciones ante el cine como medio es que resulta demasiado aturullante y creo que nos está convirtiendo en una población de autómatas perezosos y faltos de imaginación. Los absurdos extremos a los que llega el cine moderno con sus efectos generados por ordenador para ahorrarle al público la molestia de tener que imaginar cualquier cosa por sí mismo, probablemente estén teniendo un efecto capador para la imaginación del colectivo. No tienes que hacer nada. Sin embargo con un tebeo es mucho lo que has de poner de tu parte. Aunque tengas los dibujos, has de llenar los vacíos entre viñeta y viñeta, tienes que imaginar las voces de los personajes. Es mucho trabajo el que queda en tu mano. No tanto como con un libro ilustrado, pero aún así bastante. Y yo creo que el nivel de esfuerzo que contribuimos al disfrute de cualquier tipo de arte es un enorme componente de ese disfrute. Creo que nos gustan las obras que nos implican, que establecen una especie de diálogo con nosotros, mientras que con el cine te limitas a estar sentado en tu butaca y te dejas llevar. Te cuenta todo lo que necesitas y en realidad no hace falta que pienses demasiado. Hay películas muy buenas que son capaces de implicar al espectador con su narrativa, con sus misterios, con su ambigüedades. En ocasiones nos encontramos con películas en las que gran parte de lo que sucede, sucede en tu cabeza. Probablemente sean buenas películas, pero ya no se hacen demasiadas de esas.

Alan Moore y Dave Gibbons.

Wired: Pero eso va al margen de las posibilidades intrínsecas del medio. Eso tiene que ver con si metes la pata o no. Es posible hacer un buen tebeo o un mal tebeo.
Moore: Por supuesto. Y es posible hacer una buena película y una mala película. Lo que pasa es que no veo demasiadas buenas películas ni demasiados buenos tebeos, y teniendo en cuenta las ingentes cantidades de dinero que se invierten en las producciones creo que me gustaría ver una proporción de éxito mucho más elevada. Vale, una gran película con un presupuesto de cien millones de dólares o más, en caso de ser un éxito, acaba generando unos buenos beneficios para el estudio, pero para tener una de esas has de estrenar seis o siete que no llegan a cubrir el desembolso. Y hay que pensar en esto en términos de impacto económico y ambiental. Uno pensaría, particularmente en un momento como éste en el que la economía mundial parece estar al borde del sumidero, que a lo mejor ha llegado la hora de empezar a idear nuevos modos de manejar nuestra cultura. A lo mejor deberíamos ser más conservadores a la hora de lanzarle estas enormes sumas de dinero a nuestros directores de cine, a nuestros actores, a nuestros deportistas o, hey, a nuestros guionistas de tebeos, aunque nosotros no somos tan culpables. Debo decir que no cobramos para nada lo mismo que los deportistas o las estrellas de cine. Pero a lo mejor deberíamos empezar a repensarnos todo esto. ¿De verdad merece la pena gastar todo ese dinero? ¿Desperdiciar todos esos recursos? O sea, con cien millones de dólares prácticamente podrías solucionar los terribles daños causados por las inundaciones en Haití. Oí que mencionaban esa misma cifra el otro día. Quizá deberíamos empezar a revisar nuestras prioridades y no limitarnos a intentar anestesiarnos con interminables películas y series de televisión porque nos aburren nuestras vidas en el asquerosamente rico mundo occidental. Quizá deberíamos cambiar un poco nuestras prioridades. Si vamos a gastarnos el dinero en películas, empecemos a valorar a la gente que produce maravillas con poco dinero. Dejemos de asombrarnos de un modo tan infantil por lo que esencialmente no es sino pirotecnia. La mayoría de películas que veo parecen esperar una respuesta crítica equivalente a la de un espectáculo de fuegos artificiales. Todo es “oooh” y “aaaah”. Esas parecen las únicas respuestas apropiadas para la mayoría de las películas modernas. Creo que nos espera un periodo de re-evaluación cultural. O ciertamente espero que así sea, porque me parece que, de lo contrario, nos espera un periodo de condenación cultural. Creo que resulta bastante evidente que nos dirigimos de cabeza al infierno y que tenemos que cambiar nuestras prioridades. Tenemos que replantearnos todo esto y creo que reinventar nuestra cultura puede ser parte de ello. Ciertamente así lo espero.

Pincha aquí para leer la entrevista completa en Wired.


(Si te quieres gastar los cuartos) Cultura Impopular recomienda:

·  Watchmen (Absolute Edition)
·  Dave Gibbons: Watching the Watchmen
·  Watchmen: The Art of the Film

    CómicEntrevistas , , 7 comentarios

    Lunes 23 de febrero de 2009

    James Bond Recovered

    Mientras termino de escribir una entrada que tengo a medias acerca de las ventajas y las desventajas de la utilización de diseños unitarios y cerrados como método para darle una seña de identidad a las colecciones literarias, he pensado que bien podría ir abriendo boca subiendo unas cuantas imágenes de las que tenía pensado utilizar como ejemplo, ya que de otro modo no voy a tener espacio para todas cuando llegue el momento. Ya os adelanto en cualquier caso que, en líneas generales, no me suelen gustar nada los diseños de colección cerrados. Soy de la opinión de que cada libro merece un diseño específico y adecuado a su contenido. Otra cosa es que uno se encuentre de vez en cuando con un número determinado de títulos que, por temática, autor o personaje, sí den pie a una imagen unitaria o compartida. De hecho, hay ocasiones en las que ciertos libros prácticamente exigen a gritos ese tratamiento. Uno de los mejores ejemplos recientes que me vienen a la cabeza es el de la reedición de las novelas de James Bond por parte de Penguin UK con motivo del centenario del nacimiento de su autor, Ian Fleming. Es muy posible que ya hayáis visto algunas de las portadas que voy a colgar aquí (cuando no todas), ya que los libros salieron en mayo del año pasado y fueron bastante comentados durante los dos o tres meses previos al lanzamiento, pero de todos modos recuerdo haber pensado entonces que, de tener un blog, este sería precisamente el tipo de noticia que me hubiera gustado comentar, así que ahora que lo tengo voy a aprovechar al menos para sacarme la espinita.

    Al servicio secreto de Su Majestad, Sólo se vive dos veces y Diamantes para la eternidad.
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    Como decía, el 28 de mayo de 2008 se cumplió el centenario del nacimiento del escritor británico Ian Fleming. Para conmemorarlo, la rama británica de Penguin decidió reeditar las 13 novelas (más una colección de relatos) protagonizadas por su célebre personaje, el espía con licencia para matar. Según explicaba Colin Brush en el siempre interesante blog de la editorial: «Durante gran parte de los cuarenta y cuatro años transcurridos desde su fallecimiento [el de Fleming], sus libros han sido tratados por una sucesión de editores como un divertimento rápido y agradable, indigno de ser tomado demasiado en serio ni merecedor de mucha atención; un producto ciertamente impropio para adultos. El centenario del nacimiento de Fleming era un buen momento para retomar los libros de Bond y presentarlos bajo un aspecto que diga: “sí, son divertidos”, pero que también deje implícito que no hay ningún motivo para no tomarlos en serio. Más importante aún, debían parecer libros que mereciera la pena tener».

    Un par de ejemplos del trabajo de Michael Gillette. Pincha para ver en grande.


    Para conseguirlo, Penguin decidió encargarle el trabajo al galés Michael Gillette, un ilustrador no exactamente fotorrealista pero que sí tira mucho de referencia fotográfica, que igual mete la mano en el pozo de la tradición del dibujo a línea caricaturesco británico (podéis ver sus caricaturas y bocetos en ese estilo suelto, con reminiscencias de Ralph Steadman, en su blog, Pencil Squeezing) que se acerca a escuelas de ilustración más recientes que le emparejan con artistas contemporáneos norteamericanos como Alex Gross, Tara McPherson o Craig Larotonda. Fue una decisión inspirada por parte de los editores, que bien podrían haber recurrido a un ilustrador más deliberadamente retro o, peor aún, haber intentado “modernizar” el irrepetible aspecto de los paperbacks originales (como hizo hace unos años Richie Fahey para la edición norteamericana de los libros de Bond). En vez de eso, apostaron por un artista capaz de recuperar el espíritu de las portadas originales pero sin renunciar a una estética moderna, sencilla y elegante; respetuoso con la tradición de Bond pero a la vez alejado de la simple imitación.

    El espía que me amó, Dr. No y Casino Royale.
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    La idea general para el proyecto, recuerda Gillette en esta entrevista para MI6 (una página británica dedicada a todo lo relacionado con 007), no pudo ser más sencilla: «Tipografía sobre mujeres desnudas. ¡Es difícil decirle que no a eso!». Y efectivamente, lo difícil no era eso, sino conseguir que cada portada tuviera una entidad personal sin dejar de mantener por ello una coherencia con el resto. En este caso, como en tantos otros, menos demostró ser más: los dos únicos elementos gráficos que se repiten exactamente igual en todas las portadas son el fondo crema y los números “007″ en tipografía mecánica con el logo de Penguin refugiado en el segundo cero (curiosamente, en las primeras pruebas que se difundieron por la web, el pingüino iba sobre fondo naranja, replicando así el logo tradicional de la casa; en los ejemplares impresos, sin embargo, o al menos en los que tengo yo, el fondo es blanco, una decisión que me parece mucho más acertada). Los otros dos elementos de la portada también son conceptualmente los mismos (una chica más el título rotulado manualmente), pero la ejecución es diferente en todos los casos; las ilustraciones recorren varias gamas de colores, las hay verdes, naranjas, azules, moradas, marrones… y las tipografías también van de la más sencilla y directa de El hombre de la pistola de oro a los oropeles nupciales de Al servicio secreto de Su Majestad, pasando por la inevitable influencia cirílica de Desde Rusia con amor o por ese punto a lo Saul Bass de la que es mi particular favorita: Diamantes para la eternidad. ¿El resultado? Catorce portadas completamente distintas pero perfectamente reconocibles, sin necesidad de marcos, de inamovibles tipografías mecánicas, de enormes y anticuados logos o de cualquier otro recurso de esos a los que tan aficionados suelen ser los editores de nuestro país.

    Sólo para tus ojos, El hombre de la pistola de oro y Octopussy.
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    «La intención era que fueran cercanas», decía Michael Gillette en la entrevista anteriormente citada. «El desafío era conseguir que funcionaran como conjunto, como algo que una vez expuesto en la librería te atrajera desde lejos. Quería que fueran sencillas, desnudas en su mayor parte; el adorno en realidad es la tipografía. Las portadas de los libros deberían ser pequeños objetos de belleza que te dé placer tener sobre la mesa. Pequeñas joyas táctiles». Por mi parte, yo creo que estas lo son. De hecho, nunca he sido un gran fan de James Bond. Alguna que otra película me hace gracia, pero la única que puedo decir que realmente me apasiona es Casino Royale, y jamás había leído ninguna de las novelas hasta que, precisamente, estando de vacaciones este pasado junio me encontré en una librería de Edimburgo con esta edición llamándome a gritos desde el escaparate. Me compré seis de golpe y ahora me arrepiento de no haberme llevado también las demás, pues en menos de un año se han agotado y ya sólo se encuentran en tiendas de segunda mano o en e-bay, cosa que me fastidia horrores. No serán las mejores novelas del mundo (aunque algunas son bastante mejores de lo que cabría esperar) pero… carajo, mira que son bonitas.

    Pincha aquí para ver todas las portadas en el blog de Michael Gillette.
    Pincha aquí para ver la página web de Michael Gillette.

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    Lunes 23 de febrero de 2009

    Mad Mix Monday # 2: Jay-Z vs. Jimi Hendrix

    Para empezar bien la semana, nada mejor que acercarse a lo familiar desde una nueva perspectiva. ¡Sacúdete las neuronas, porque los lunes nada es lo que parece!

    99 Problems Along The Watchtower.
    Mashup de Nasty P.

    Actualización
    Si te hace gracia oír hip hop sobre bases rockeras, te gusta Jay-Z o si la anterior entrega dedicada a los mashups de Radiohead te supo a poco, échale un vistazo a www.jaydiohead.com, un proyecto de Max Tannone, productor anteriormente conocido como Minty Fresh Beats, al que le ha dado por fusionar diez temas de Jay-Z con música de Radiohead. Están disponibles para escuchar en línea o para descargar (tanto en torrent como en directa). No todos son acertados, pero hay varios bastante interesantes (mis favoritos son “Wrong Prayer” y “Dirt Off Your Android”).

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    Miércoles 18 de febrero de 2009

    Sexo implícito

    Como ya comenté en la entrada dedicada al proceso de diseño de la portada de Los trapos sucios, mi primer impulso es respetar las portadas originales cuando son oportunas y existe la posibilidad de reproducirlas, pero en el caso de El otro Hollywood, una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno, nos dimos de bruces con el mismo problema que con el libro de Mötley Crüe: el estudio de diseño propietario de la imagen original parece haber desaparecido y no hubo manera de hacerse con los derechos. Así pues, de vuelta al tablero.
    En este caso, el concepto principal de la portada se le ocurrió a Manuel Bartual cuando todavía el libro no estaba ni terminado de traducir. Si en la edición norteamericana habían elegido poner el énfasis en el contraste entre el Hollywood tradicional y el erótico, combinando la imagen de la fachada de un cine con una foto de Marilyn Chambers sobre un glamuroso fondo de focos y edificios, nosotros optamos por ir directamente al grano y mostrar directamente una escena sacada de una película porno, recortada de tal manera que el acto en sí quedara implícito pero aun así resultara evidente.

    Izquierda: portada original de Bau Design para la edición norteamericana.
    Derecha: primer boceto de Manuel Bartual. Pincha para ver en grande.


    La idea de Manuel me entusiasmó de inmediato, pero había un par de detalles que no me acaban de convencer, principalmente la utilización de las tres bandas negras para el texto y la elección de unos colores tan “punk”, de modo que le envié un contra-boceto, uniendo todo el texto en el bloque central, cambiando el amarillo por el naranja y acercando un poco más el plano al rostro de ambos actores. Y así quedó la cosa durante lo mínimo medio año, a la espera de que yo acabara de traducir el libro y llegara el momento de ponerse a trabajar de verdad en la realización. Entre medias, quedaba la ardua tarea (ejem) de revisarse decenas y decenas de películas porno en busca de una escena apropiada (las imágenes utilizadas para los bocetos habían salido de una captura de pantalla hecha a vuelapluma).
    Sin embargo, cuando ya parecía que lo teníamos todo claro, revisando un libro de viejos carteles de cine que tenía en casa, se me ocurrió que a lo mejor podía ser interesante utilizar el mismo concepto de Manuel pero aplicándolo a imágenes del Hollywood clásico, con el objetivo de, en cierto modo, subvertirlas con la intención de subrayar esa dicotomía, tan bien tratada en el libro, entre la industria cinematográfica “legítima” y la del porno, que no sólo no están tan separadas como en un principio podría parecer sino que en muchos casos se solapan. Así que rápidamente preparé este otro boceto que podéis ver aquí abajo a la derecha.

    Izquierda: mi respuesta a la primera propuesta de Manuel. Derecha: un intento por darle a las imágenes del Hollywood clásico un tratamiento erotizante. Pincha para ver en grande.


    A Manuel le gustó mucho la idea, pero me sugirió que buscara otras imágenes en las que los rostros tuvieran unas dimensiones más similares, porque de otro modo la portada quedaba un poco descompensada. Esto presentaba una dificultad añadida, ya que por necesidades legales debíamos atenernos a imágenes pertenecientes a películas de los años veinte actualmente en dominio público. En cualquier caso, encontré otra que, con un par de mínimos retoques, se adaptaba perfectamente a lo que necesitábamos. El resultado final, lo podéis ver abajo a la izquierda, ya con las tipografías definitivas, tal y como habría quedado si hubiera llegado a publicarse. Mientras tanto, Manuel, que seguía trabajando en la otra versión de la portada, decidió prescindir del tratamiento original y sustituyó las tramas que había aplicado en un primer lugar por un fondo de manchas y churretones que, una vez superpuesto a las imágenes elegidas, le daba a la portada un aire a película pringosilla de los setenta realmente apropiado. A mí me gustó tanto que, en algún que otro momento de actividad febril, llegué incluso a plantearme seriamente prescindir de cualquier tipo de imágenes para utilizar como portada únicamente los bloques de color salpicados de manchas, tal y como podéis ver abajo a la derecha. De hecho, no estoy seguro de que para este libro hubiera sido la elección correcta, pero sí que estoy convencido de que quedaría de maravilla como portada de algún título de narrativa contemporánea (como la que hizo Frank Miller para el Gravity’s Rainbow de Thomas Pynchon, aunque ésta yo se la pondría más bien, así a bote pronto, a Las partículas elementales de Houllebecq).

    Izquierda: versión definitiva de la portada más “clásica”. Derecha: sexo conceptual.
    Pincha para ver en grande.


    Finalmente, nos encontramos con que teníamos dos portadas y que las dos nos gustaban mucho. Los amigos a los que se las mostramos se declararon igualmente divididos. Por un lado, estaba la elegancia y la sugerencia de una frente a la contundencia y la claridad de la otra. En última instancia (y debo reconocer que también debido a algo de cobardía por mi parte) nos quedamos con la fotográfica, ya que nos parecía que era la más segura, la que mejor describía el tipo de material que iba a encontrar el lector dentro del libro; no queríamos que nadie fuera a pensar que se trataba de un cúmulo de anécdotas acerca de las costumbres sexuales de los actores del Hollywood clásico u otra especie de Hollywood Babilonia, ni que el público objetivo de la obra (si es que realmente existe eso) pudiera pasar de largo ante una portada que no hiciera referencia directa al porno. Todavía hoy me sigo cuestionando si hicimos bien y sigo fantaseando con que el libro llegue a venderse lo suficientemente bien como para hacer una segunda edición con la otra portada. Así al menos me ahorraré tener que elegir; podré quedarme con las dos. ¡Ah! La definitiva, por si no la habéis visto, es ésta:

    DiseñoLibrosSexo , , 4 comentarios

    Lunes 16 de febrero de 2009

    Mad Mix Monday # 1: Radiohead vs. Louis Armstrong

    Para empezar bien la semana, nada mejor que acercarse a lo familiar desde una nueva perspectiva. ¡Sacúdete las neuronas, porque los lunes nada es lo que parece!

    What A Wonderful Surprise.
    Mashup de Overdub Bootlegs.

    Mad Mix MondayMúsica , , 2 comentarios

    Domingo 15 de febrero de 2009

    La música del azar

    Anoche estuve en la fiesta de presentación de Ibérico Jazz, una de las referencias más recientes del sello discográfico Vampisoul. La ocasión resultó particularmente entrañable gracias a la presencia, en calidad de homenajeado, de Don Antoliano Toldos, compositor, productor y editor de los doce temas reunidos en el álbum, publicados originalmente entre 1967 y 1972 como cuatro sencillos y un E.P.

    Contraportada y portada de Ibérico Jazz, por Pocateja.

    Según cuenta en la carpeta del disco Miguel Ángel Sutil, director de la revista Enlacefunk, «Don Antoliano Toldos nació el 6 de febrero del año 27 en Puebla de Almuradiel, provincia de Toledo. Con veinte años recién cumplidos se traslada a Madrid para realizar el servicio militar. Hasta entonces su experiencia musical se reducía a participar en la banda de su pueblo, llamada “La Flor de la Mancha”, donde ingresó con once años alentado por su familia, que había descubierto sus dotes musicales en la trompeta. Muy joven empezaría a escribir composiciones para las orquestas que tocaban en espectáculos de circo, como por ejemplo para el espectáculo de Los Coopers, por recordar alguna que recorrió toda España. [...] Compaginando el servicio militar con la práctica de la trompeta y sus estudios de solfeo en el conservatorio donde conocería a profesores como el maestro Norte, cursaría tres años de música. Su primera oportunidad profesional le llega en la banda de ingenieros y más tarde, tras una reñida oposición, en la banda de la Guardia Civil».

    En 1960, animado por su hermano mayor, Don Antoliano decidió fundar su propio sello discográfico, Discos Calandria, desde el que se dedicó a lanzar todo tipo de sencillos de música bailable (boleros, rumbas, cha-cha-chas) destinados sobre todo al mercado de las gramolas. En 1967, recibió un encargo por parte de TVE para componer piezas que sirvieran como sintonías para las cartas de ajuste. Tal y como él mismo recordaba ayer con humor: «Me pidieron algo que no fuera melódico y se me ocurrió esto». Libre por primera vez de las restricciones propias del mercado del momento, Antoliano pudo dar rienda suelta a su lado más creativo, experimentando con sonidos como el bebop, el cool e incluso el funk en una serie de grabaciones que ponen de manifiesto no sólo su calidad como compositor sino sobre todo el alto nivel de los músicos de las salas de fiestas madrileñas de la época, principales intérpretes de sus temas bajo nombres tan variados como Quinteto Diamont, Conjunto Segali, Toldos y su grupo, Conjunto Estif y Quinteto Montelirio. En palabras, nuevamente, de Sutil: «Fruto de esas improvisadas sesiones de grabación, se publicaría una magnífica y sorprendente colección de singles en Discos Calandria centrados en la producción de jazz. Las grabaciones se realizaban en los estudios de Iberofón o R.C.A. en sesiones de un solo día y en la mayoría de las ocasiones, en una sola toma dando rienda suelta a los músicos del momento para improvisar sobre las ideas que buscaban. Antoliano recuerda: “Yo llegaba con la idea básica de lo que quería grabar y a los músicos les decía lo que estaba buscando, entonces ellos se ponían a improvisar y como eran muy buenos músicos de jazz salía a la primera”. [...] Se trataba de sesiones “con los mejores músicos del jazz del momento, de algunos no recuerdo el nombre, los conocía solo de ese momento. Yo los contrataba yendo por las salas de fiestas”. El resultado, un irrepetible momento de creatividad e improvisación, lleno de calidad y altas dosis de inquietud para el jazz que se estaba haciendo en nuestro país».

    Don Antoliano Toldos, rodeado de familiares y amigos, durante la presentación.

    La aventura duró cinco años y produjo doce perlitas musicales que son las que ahora ha reunido Vampisoul en este Ibérico Jazz, editado tanto en CD como en vinilo con una bonita portada de Pocateja, el estudio de diseño gráfico del nunca suficientemente ponderado Víctor Aparicio. Pero más allá del interés que pueda tener el disco como propuesta musical (mucho si te interesa el jazz, poco en caso contrario), si por algo quería compartir con vosotros la historia de Don Antoliano era por el modo en el que pone de relieve lo azaroso de toda apuesta creativa y lo caprichoso que puede llegar a ser el destino a la hora de recuperar o desestimar la obra de cualquiera. Durante décadas, los singles de jazz grabados por Calandria han permanecido prácticamente en el anonimato salvo para un contadísimo grupo de coleccionistas. Probablemente así habría seguido siendo de no haberse dado la casualidad de que el hijo de Don Antoliano, Alfredo Toldos, acabó siendo compañero de trabajo del anteriormente citado Miguel A. Sutil. Tras conocer la afición de éste por la música negra, Alfredo le comentó que su padre había grabado “algunos discos de jazz en los sesenta” y le invitó a que los oyera. A Sutil le bastó una escucha para darse cuenta de que había ido a dar con una pequeña gema escondida que merecía ser recuperada cuanto antes. Ahora, con el disco ya en la calle y cosechando excelentes críticas tanto por parte de los medios especializados nacionales como de los internacionales, cuesta creer que Don Antoliano haya tenido que esperar más de cuarenta años para recibir un mínimo reconocimiento por su trabajo. Supongo que debe de ser una sensación maravillosa el que un buen día aparezca alguien dispuesto a reivindicar algo que hiciste hace tanto tiempo que bien podría haber sido en otra vida y al hombre se le veía ayer realmente emocionado, pero a mí lo que me angustia siempre de estas cosas, una vez superada la excitación del descubrimiento, es que cada vez que alguien recupera un disco prácticamente desconocido, cada vez que leo a un escritor del que nunca había oído hablar, no puedo evitar pensar: ¿cuántos otros me estaré perdiendo?

    En la fiesta de presentación también tocó el trío albaceteño Groove 3.

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    Miércoles 11 de febrero de 2009

    Un hombre solo en la vasta cordillera

    Cordilleras desde Santiago de Chile. Ilustración de R. T. Pritchett.

    Por fin los hombres llegaron al paso del Portillo, la «pequeña puerta» de las montañas, y miraron sobrecogidos la inmensa planicie de la pampa a sus pies, una vasta extensión de tierras sólo interrumpida por los ríos que corrían como hilos de plata bajo el sol del amanecer antes de desvanecerse en la lejanía. Darwin había logrado su objetivo.
    Empezaron el descenso hacia el puesto fronterizo de la república de Mendoza. En una de las paradas, Darwin colocó trampas y logró cazar otro ratón.
    —Este ratón es distinto de los que hay en el lado de Chile —declaró.
    —Pues claro —dijo Mariano echándole un rápido vistazo—. Los ratones chilenos son diferentes de los ratones de Mendoza.
    —Todos los animales del lado de Chile son diferentes de los animales del lado de Mendoza —explicó Gonzales como si estuviera hablando con un idiota.
    —¿Todos? ¿Está usted seguro? —Debía tener cuidado con las afirmaciones de los guasos. Mariano y Gonzales no habían demostrado ser muy perspicaces en el campo de la historia natural.
    —Todo el mundo lo sabe, don Carlos. En cuanto a los cóndores, bueno, en su caso pueden volar de un lado al otro, así que es diferente. Pero los demás animales no cruzan los pasos entre las montañas. Hace demasiado frío. Por consiguiente, los animales chilenos y los mendocinos son completamente distintos.
    A Darwin le daba vueltas la cabeza. Eso significaba que los animales habían empezado a existir después de que se alzaran los Andes, y que los Andes aún estaban alzándose. Por tanto, no podían haber sido creados por Dios en el sexto día. Entonces, los dos grupos de animales eran criaturas nuevas, o —la aterradora monstruosidad de esa posibilidad hizo que se le pusiera el pelo de punta— se habían transmutado, o metamorfoseado, desde ancestros originales y comunes. Enseguida se sintió diminuto e insignificante ante la inmensa y apenas comprensible escala de tales cambios; un hombre solo en la vasta cordillera.

    Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de Charles Darwin y, por momentos, se diría que el pobre hombre sigue ahí solo, a su edad, en lo alto de esa vasta cordillera; la que separa la razón de la superstición. Cierto es que, si uno se para a pensarlo, sobre todo en comparación con los dieciocho siglos precedentes, la revolución ideológica producida en los ciento cincuenta años transcurridos desde la publicación de su El origen de las especies es realmente vertiginosa, pero a uno no deja de impresionarle lo mucho que queda aún por hacer, y esta especie de revival protagonizado por el creacionismo a lo largo de estas dos últimas décadas, con lavado de cara incluido para ponerlo al día mediante “teorías” como la del diseño inteligente o supuestos museos como el de Cincinnati, con la pretensión de presentar lo que no es sino un acto de fe como una “afirmación científica, lógica y razonable”, no hace sino reivindicar la figura de Darwin como un gigante entre pigmeos, un hombre avanzado no sólo para su época sino también para la nuestra. Si Copérnico nos rescató del geocentrismo para ponernos en nuestro lugar, Darwin nos sacudió de un gorrazo las pretensiones de ser hijos del hálito divino (que ya es ser presuntuosos) para revelarnos como pura biología, evolución, accidente. Algo que muchos aún se resisten a asumir.

    El Beagle en el estrecho de Magallanes. Ilustración de R. T. Pritchett.

    Es por ello que me parece fenomenal la reivindicación de la figura de Darwin llevada a cabo desde diversos ámbitos a lo largo de este año y a ella me sumo, como cientos de otros blogs en estos días, para hablaros no de su vida ni de su obra, sino para recomendaros un libro. Un libro realmente magnífico (y que conste que éste no es precisamente un adjetivo del que suela hacer mucho abuso) que se cuenta sin lugar a dudas entre mis lecturas favoritas de la última década. Se trata de Hacia los confines del mundo (editado en España por Salamandra), del británico Harry Thompson, que narra, entre otras cosas, el viaje de Darwin a bordo del Beagle y del cual está extraído el párrafo que encabeza esta entrada. Y digo entre otras cosas porque, al margen de ser una excelente novela de aventuras, Thompson no se queda sólo en la peripecia ni se centra sólo en Darwin. De hecho, Darwin es más bien el coprotagonista de una narración centrada primordialmente en el capitán Robert Fitz-Roy, responsable de la expedición y una figura, al menos para los legos como yo, ampliamente desconocida. Thompson maneja con audacia y maestría todos los recursos de los grandes novelistas de antaño: personajes descritos con tal talento que es difícil no simpatizar tanto con unos como con otros, a pesar de defender posturas básicamente antagónicas; situaciones complejas, desarrolladas en su justa medida como para que tengan un peso específico en el devenir de los acontecimientos; y un ritmo endiablado que no decae en ningún momento, ni en las secuencias más explosivas (tormentas, batallas navales, terremotos) ni en la más introspectivas. Quizá el mayor hallazgo de Thompson, en cualquier caso, sea el modo en el que a lo largo de la novela las ideas van surgiendo y tomando forma a raíz de la acción y cómo, al igual que en las grandes tragedias, dos espíritus afines movidos por una voraz curiosidad por entender el mundo que les rodea acaban enfrentados en posturas irreconciliables; un drama humano, en definitiva, al amparo de una de las mayores aventuras científicas que ha dado la historia.

    Izquierda: Retrato de Darwin a los 31 años por George Richmond.
    Derecha: Edición española de Hacia los confines del mundo.


    Por desgracia, Harry Thompson falleció a los cuarenta y cinco años en noviembre de 2005, cinco meses después de haber publicado ésta, su primera y última novela. Una verdadera lástima porque, al margen de su apasionante trama, Hacia los confines del mundo revela a un autor completamente formado, en pleno control de sus facultades y con un dominio del lenguaje y de la estructura dramática francamente envidiables. Curiosamente, los trabajos anteriores de Thompson incluyen decenas de guiones para programas de radio, concursos televisivos y comedias como El show de Ali G y tres biografías: una de Peter Cook, otra de Richard Ingrams y una tercera titulada Tintin: Hergé and His Creation que sigue inédita en castellano y a la que le estoy deseando hincar el diente. Nada, en cualquier caso, que pudiera haber anticipado tamaño tour de force literario. Sí que comparten, según parece, el aparente rigor con el que afrontaba sus biografías, presente sin lugar a dudas en todas las páginas de este monumental libro que, una vez más, os recomiendo con fervor.
    Mientras os hacéis con él y para terminar de rematar el día de Darwin, aquí os dejo unos cuantos vínculos variados.

    • Una interesante entrevista con Harry Thompson aparecida en el Guardian en junio del 2005, a propósito de su libro y la figura de Darwin.
    • Un ebook que reproduce al completo una reedición ilustrada de 1913 del libro de Darwin A Naturalist’s Vogaye Round the Globe, en el que describe su viaje a bordo del Beagle y una de las principales referencias para el libro de Thompson. Considerado todo un clásico de los libros de viajes, fue un auténtico éxito de ventas en su época.
    • El obituario de Darwin en el Times del 21 de abril de 1882.
    • Un estupendo set de fotos de las Islas Galápagos en flickr.
    • Para celebrar el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, la BBC emitió recientemente The Tree of Life un excelente documental realizado por el mismo equipo de Planeta azul y Planeta Tierra y presentado, cómo no, por Sir David Attenborough (entrevista con él, aquí). Mientras esperamos a que alguien lo edite por aquí en DVD, podéis verlo entero en You Tube. En inglés, eso sí.

    —Pero ¿acaso no siente curiosidad por las obras de la naturaleza, señora? —insistió Darwin—. ¿No se pregunta por qué una oruga se convierte en una mariposa? ¿Por qué erupciona un volcán? ¿Por qué en Chile hay montañas, pero al este, en la Patagonia, la tierra es lisa como una tabla?
    —Ese tipo de preguntas son tan inútiles como impías —replicó la señora Campos con desdén—. Basta con saber que Dios hizo las montañas.

    De Hacia los confines del mundo, Harry Thompson. Traducción (muy buena, por cierto) de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson.

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    Lunes 9 de febrero de 2009

    De entre los muertos

    Bill Hicks. Foto: Chris Saunders.

    Debo reconocer que, hasta que empecé a trabajar en Paramount Comedy, nunca le había prestado la más mínima atención a la stand up comedy o comedia de escenario. De hecho, ni siquiera entonces puedo decir que fuera un gran aficionado. Hizo falta que llegara a la empresa mi amigo Pepón Fuentes, que además de cómico es todo un estudioso del género, para que empezara a conocer y a apreciar nombres como los de Sam Kinison, Don Rickles y George Carlin o facetas hasta entonces desconocidas para mí de actores como Richard Pryor o Chris Rock (cuando por fin entendí por qué tenían esa fama de graciosos que a mí siempre me había resultado incomprensible viendo sus películas). Hasta entonces, mi conocimiento del género se limitaba a dos nombres: Lenny Bruce (a través de la estupenda película de Bob Fosse) y Bill Hicks, de cuya muerte se cumplirán 15 años el próximo 26 de febrero.

    Bill Hicks en Preacher # 31. Dibujo: Steve Dillon.

    A Bill Hicks lo conocí, de entre todos los sitios, en el número 31 de Preacher, la serie de Garth Ennis y Steve Dillon. Sin embargo, lo que me llamó la atención no fue tanto su aparición como “estrella invitada” de aquel cómic sino la apasionada semblanza de su persona pintada por Ennis en la página del correo. Como ignoro si aquel texto llegó a publicarse alguna vez en la edición española, lo reproduzco en parte a continuación:

    Un pequeño poeta oscuro…
    Mi admiración y respeto por Bill Hicks y su trabajo no tienen límites, así que cuando surgió la oportunidad de hacerle aparecer en Preacher no podía permitirme dejarla escapar. Este tío fue –es– uno de mis pocos auténticos héroes y me gustaría dedicar este pequeño espacio a explicar el motivo.
    Nunca he escuchado a nadie ni nada que se le pueda comparar, ni antes ni desde entonces. En sus grabaciones, en sus espectáculos en directo (uno de los cuales tuve el privilegio de ver) Bill Hicks contó verdades e hizo preguntas y dio respuestas de un modo que me dejó agradecido a la vez que anonadado. Agradecido porque, como dice Jesse en este número, me alegró que hubiera alguien dispuesto a llamar la atención sobre aquellos temas; anonadado, porque fue capaz de hacerlo a la vez que casi consiguió que me rompiera la maldita caja torácica de la risa.
    Es imposible hacerle justicia en un par de párrafos. De hecho, no podría hacerle justicia a Bill y a su carrera ni aunque me pasara escribiendo desde hoy hasta el día del juicio final. En vez de eso, permitid que os recomiende sus grabaciones en cinta o CD. Disponibles ahora mismo en Rykodisc tenéis Dangerous, Relentless, Arizona Bay y la que personalmente es mi favorita: Rant in E-Minor. Dadle una oportunidad, chicos. Dudo mucho que vayáis a arrepentiros. [...] Sinceramente me faltan palabras para recomendar el trabajo de Bill Hicks como se merece. Creo que, en el fondo, su corazón pertenecía a una era anterior: en un mundo dominado por la cháchara vacía y héroes de treinta segundos, aquí tenemos un cómico al que merece la pena escuchar y un hombre al que merece la pena recordar.

    Bill Hicks en Preacher # 31. Dibujo: Steve Dillon.

    El texto de Ennis se publicó originalmente en noviembre de 1997, pero en mi opinión sigue siendo igual de vigente que entonces (con la diferencia de que hoy resulta infinitamente más fácil acceder a las grabaciones y vídeos de Hicks, circunstancia que no deberíais dejar de aprovechar). De hecho, gran parte de los males contra los que “predicaba” el cómico no han hecho sino acentuarse. Por si queréis comprobar lo auténticamente contemporáneo que sigue siendo su humor (o lo poco que hemos evolucionado en tres lustros), aquí os traigo, subtitulado en castellano, el vídeo de su inesperada resurrección televisiva de hace diez días, cuando David Letterman, en un nuevo ejemplo de la progresiva “zombificación” en la que está cayendo la cultura mainstream, recuperó una antigua colaboración, grabada por Hicks en octubre de 1993 para su programa The Late Show With David Letterman, que había permanecido inédita hasta ahora tras haber sido censurada en su día. Letterman, todo sea dicho, demostró tener suficiente clase y savoir faire como para invitar al programa a la madre del cómico para poder pedirle disculpas públicamente por “los prejuicios y la pena” que pudiera haberles causado tanto a Hicks como a su familia. “Tomé una decisión”, dijo, “basada más que nada en la inseguridad. Echando ahora la vista atrás, no entiendo por qué; busco un motivo y no lo encuentro. Siento haberlo hecho, fue un error”. Y decir todo esto, qué duda cabe, le honra. Lo que yo me pregunto, en cualquier caso, y a pesar de la alegría que me da el que esta grabación perdida haya salido por fin a la luz (aunque ya existían transcripciones y diferentes versiones del mismo texto interpretadas por Hicks, nunca se había podido ver hasta ahora), es por qué un programa del calibre del de Letterman necesita recurrir a un cómico fallecido para poder tratar temas tan controvertidos en los tres grandes canales de la televisión norteamericana como la religión, el aborto o la homosexualidad. ¿Es porque ahora ya está considerado un clásico y eso, que quieras que no, sirve de excusa? ¿Dónde está el nuevo Bill Hicks? ¿Dónde está ese humorista vitriólico que meta el dedo en la llaga, no desde un especial grabado para la HBO sino desde un foro público y multitudinario? Mientras aparece, supongo que habrá que conformarse con que la cultura del reciclaje nos haya permitido recuperar al original. Aquí lo tenéis:

    Ésta sería la última vez que Bill Hicks grabaría algo para la televisión. Cuatro meses más tarde, había fallecido por culpa de un cáncer pancreático. Visiblemente afectado tras la eliminación de la que sabía podía ser su última actuación ante un público masivo, escribió una larga carta a John Lahr, periodista y crítico de The New Yorker, dando cuenta de su incredulidad (“¿Es que no resulta evidente que son chistes?”) y acusando a los productores de haber cedido ante la presión de algunos de sus más importantes anunciantes, vinculados a grupos “Pro-vida”.

    “Hice lo que siempre he hecho”, le escribió Hicks a Lahr. “Interpretar mi material de una manera divertida y que a mi me pareció graciosa. El artista siempre actúa para sí mismo y soy de la creencia de que los miembros del público, viendo que esa persona es libre de expresar sus pensamientos, por extraños que puedan parecer, se sienten inspirados y piensan que, quizá, ellos también deberían ser capaces de expresar libremente sus pensamientos más íntimos con impunidad, alegría y desahogo, y a lo mejor descubrir nuestro vínculo común –único y sin embargo tan similar– unos con otros. Puede que esta filosofía parezca egoísta en un principio: interpreto para mí y además sólo cosas que me interesen a mí y que hagan que yo me parta. Pero es que, verás, yo no me considero diferente de los demás. El público también soy yo. Creo que todos tenemos la misma voz de la razón en nuestro interior y que esa voz es la misma en todos. Y creo que eso es lo que más temen CBS, los productores del programa de Letterman, las cadenas y los gobiernos: que un hombre libre, que expresa sus ideas y puntos de vista, pueda inspirar de algún modo a otros a que piensen por sí mismos y a que escuchen esa voz de la razón en su interior. Y entonces, quizá, uno tras otro, iremos despertando de este sueño de mentiras e ilusiones que el mundo, los gobiernos y su brazo propagandístico, los medios de comunicación tradicionales, nos inyectan continuamente a través de 52 canales, 24 horas al día”.

    Bill Hicks en Preacher # 31. Dibujo: Steve Dillon.

    La web de The New Yorker tiene colgado en abierto el artículo integro de John Lahr, tal y como apareció publicado el 1 de noviembre de 1993. Podéis leerlo aquí. Una reproducción más amplia de la carta original de Hicks puede leerse aquí. Resulta interesante para entender mejor su filosofía del humor como arma de liberación.
    Por último, si os interesa mínimamente la figura de Hicks, también os recomiendo este excelente artículo de Jack Boulware publicado en Salon.com en el año 2002. Está centrado principalmente en los últimos meses de vida de Bill Hicks y a mí por lo menos me ha resultado enternecedor y también inspirador: “Fue una de sus últimas actuaciones y resultó memorable, el público estuvo con él en todo momento. Al final del monólogo, Hicks puso a Rage Against the Machine para corear el estribillo: «¡Fuck you, I won’t do what you tell me!». Siempre que les he puesto el vídeo a amigos cómicos se les ponen los pelos de punta. No es el Bill Hicks que recuerdan. Se le ve terriblemente delgado, con una barba descuidada; va vestido con una chaqueta de twed y los pantalones le quedan anchos. Pero a tres meses de morir seguía yendo a por todas, todavía montado en la silla, galopando hasta el final”.

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    Sábado 7 de febrero de 2009

    Eric Skillman, un diseñador de criterio

    Izquierda: Divorcio a la italiana, de Pietro Germi, carátula ilustrada por Jaime Hernández. Derecha: Las manos sobre la ciudad, de Francesco Rossi, ilustrada por Daniel Zezelj.


    Si hoy quiero dedicarle una entrada al diseñador norteamericano Eric Skillman es fundamentalmente por dos motivos. Uno, porque trabaja para Criterion, en mi opinión la compañía con los deuvedés mejor diseñados de todo el planeta (y a cuyas maravillosas portadas ya dedicaré un post en el futuro). Dos, porque fueron los textos que escribe para su blog Cozy Lummox los que me sirvieron de inspiración directa no sólo para mi entrada del martes, en la que abordé someramente el proceso de diseño de la portada de Los trapos sucios, sino también para el modo de enfocar el proceso en sí.

    Izquierda: Prueba para la carátula de Blast of Silence, de Allen Baron. Derecha: portada definitiva. Ilustraciones de Sean Phillips, diseño de Eric Skillman.


    Eric Skillman es un diseñador de primera, inventivo e ingenioso. Un auténtico currante al que no le importa seguir dándole vueltas a las cosas y ajustando pequeños detalles y probando nuevas vías hasta llegar a un diseño apropiado (habrá quien diga que no hace más que lo que debe y desde luego no seré yo quien se lo discuta, pero… ¡Ay, la cantidad de diseñadores que habré conocido abonados a la práctica del mínimo esfuerzo!). Sólo eso ya le habría bastado para ganarse mi admiración, pero es que el tío además es generoso: no se limita a enseñarte lo que ha hecho sino que también te cuenta cómo, se molesta en mostrarte los pasos en falso, dónde acierta y dónde se equivoca, los pequeños progresos, los callejones sin salida… Puedo decir sin temor a equivocarme que he aprendido más sobre diseño leyendo su blog que si me hubiera hecho un curso del CEAC. En cualquier caso lo más importante, al menos para mí, no es eso. Lo que realmente me motiva para volver regularmente a su página es el entusiasmo que desprende cuando escribe. Leyéndole se nota que el tipo disfruta de lo lindo con su trabajo. De hecho, lo goza de tal manera que consigue que, a su vez, me entren ganas de ponerme a hacer cosas yo también. Y esa sensación, esa especie de pequeña descarga eléctrica que te sacude las neuronas… es que es cojonuda, oiga.

    Izquierda: Boceto de Mike Allred para la carátula de Seducida y abandonada, también de Pietro Germi. Derecha: portada definitiva, con diseño de Eric Skillman.


    Algunas de mis entradas favoritas de Crazy Lummox son las dedicadas al diseño de las carátulas de El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot), La venganza es mía (Shohei Imamura), Amarcord (Federico Fellini), Yi yi (Edward Yang), Las Furias (Anthony Mann) o la caja de clásicos japoneses de los sesenta Rebel Samurai. La verdad es que cualquiera de ellas me habría servido perfectamente para ilustrar este post y os recomiendo encarecidamente que no dejéis de ir a echarles un vistazo, pero como resulta que, además, Skillman es también un apasionado de los tebeos igual que yo y siempre que pueda aprovecha para trabajar con algunos de sus dibujantes favoritos, he preferido enseñaros el resultado de algunas de esas colaboraciones. Todas ellas están vinculadas a sus entradas correspondientes, donde encontraréis muchos más bocetos e ilustraciones. Por cierto, que la relación de Skillman con los tebeos no acaba aquí ni se limita a Criterion. Además de diseñar para la editorial Top Shelf la recopilación de historietas de Eddie Campbell Alec: The Years Have Pants, que saldrá a la venta en septiembre de este año, se estrenó recientemente como guionista mediante varios ejercicios de género negro (dos de ellos, Below the Fold y Spared, realmente estimables en mi opinión). Están disponibles en línea y podéis acceder a ellos desde aquí.

    Boceto de Bill Sienkiewicz para Robinson Crusoe on Mars, de Byron Haskin.

    CineCómicDiseñoIlustración , Sin comentarios

    Quien empieza quemando libros acaba quemando personas.
    Heinrich Heine
    Popsy