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Miércoles 8 de noviembre de 2017

Bram Stoker: el padre del vampiro

Hoy, 8 de noviembre de 2017, se cumplen 170 años del nacimiento de Bram Stoker. Para celebrarlo, recupero aquí un artículo que escribí en 2012 para el libro Drácula, un monstruo sin reflejo, catálogo de la exposición del mismo título, comisariada por Jesús Egido, que pudo verse en la Fundación Luis Seoane de A Coruña y en Matadero Madrid. Se trata de una breve semblanza biográfica pensada originalmente para dar un poco de contexto cultural sobre el autor y, sobre todo, para desmentir ciertos mitos recurrentes respecto a su figura. Poco podía sospechar que un lustro más tarde iba a darme el gusto de editar la primera biografía de Stoker publicada en España. Me refiero, cómo no, a Algo en la sangre, de David J. Skal. Como bola extra, recupero también (bajo estas líneas) una intervención de 2013 en el programa Viaje al interior de la cultura, de La 2, para el que me entrevistaron con motivo precisamente de la llegada de la citada exposición a Madrid.

Bram Stoker: el padre del vampiro
Aunque el nombre de Bram Stoker (8 de noviembre de 1847 – 20 de abril de 1912) sea de sobra conocido, la imagen que suele transmitirse del escritor irlandés parece a menudo más propia del personaje que podría haber sido que de la persona que realmente fue. Un personaje nacido a la sombra de su más famosa criatura, Drácula, probablemente el icono popular más importante que ha dado la literatura de terror; un personaje, irónica y muy apropiadamente, vampirizado por su propia creación, hasta el punto de que la mayoría de los estudiosos que se han acercado a su figura lo han hecho poniéndola en relación con su obra, y no al revés, que sería lo normal. De este modo, se ha hecho repetidamente hincapié en los elementos más «oscuros» y supuestamente turbadores de su existencia: su hipotética homosexualidad, su fallecimiento a causa de una posible sífilis, su obsesión por lo macabro, su mesmérica relación con el actor Henry Irving… creando así la imagen de un Stoker reprimido y atormentado, que utilizaba la literatura como medio de escape para plasmar sobre el papel sangrientas alegorías de la oscuridad que anidaba en su torturada mente. La riqueza psicológica de Drácula y su multiplicidad de lecturas se han convertido a menudo en los principales argumentos de los que se han servido críticos y biógrafos para crear este personaje-fachada, que quizá cuente a priori con más atractivo o morbo que el del funcionario que un buen día se convirtió en agente teatral, pero que no deja de ser un aspecto muy parcial de la rica y compleja personalidad del auténtico Bram Stoker, un hombre atlético e industrioso, afable, mordaz y dotado de un espléndido sentido del humor —una de las constantes más notables y menos señaladas en su trabajo—, que contemplaba la literatura no como una actividad confesional o catártica, sino como un verdadero placer: el tan irlandés placer de contar y transmitir historias, cualquier tipo de historias, por el simple hecho de hacerlo.

Bram Stoker (aprox. 1884).

Abraham «Bram» Stoker nació en Clontarf, una aldea costera situada a las afueras de Dublín. Pasó los primeros siete años de su vida prácticamente enclaustrado y postrado en la cama. Apenas sabemos nada de sus dolencias infantiles, pero lo más probable es que tuviesen una raíz psicosomática en vez de congénita, ya que Bram acabaría superándolas sin ninguna secuela física para acabar convirtiéndose en un robusto y enérgico deportista (durante sus años universitarios sería remero, futbolista y participante habitual en numerosas pruebas atléticas, llegando a ganar las de levantamiento de peso, marcha de 5 millas y marcha de 7 millas). Una de las grandes influencias en la vida literaria de Stoker fue la de su madre, Charlotte, la cual solía sentarse junto al lecho del postrado muchacho para entretenerle desgranando docenas de deliciosas historias macabras, tan abundantes y ricas en la tradición oral irlandesa. Varias de ellas le servirían posteriormente de inspiración directa para uno de sus libros más celebrados, la colección de relatos El País del Ocaso (1883). «Era pensativo por naturaleza y el ocio de una larga enfermedad me dio oportunidad de desarrollar muchas ideas que acabarían dando su fruto en los años venideros», rememoraría el autor en 1906.
Stoker estudió en el Trinity College de Dublín, donde desarrolló una gran actividad tanto deportiva como intelectual, en calidad de miembro (y finalmente presidente) de la Sociedad Filosófica. Gran enamorado de la poesía y del teatro, actuó en diversas obras, como The Rivals, de Richard Sheridan, o The Happy Man, de Samuel Lover, y participó en varios debates públicos defendiendo la poesía de Walt Whitman, autor que habría de marcarle indeleblemente y cuyo romanticismo naturalista y viril acabaría teniendo una clarísima y específica influencia en Drácula.

Walt Whitman.

«Cuando Michael Rossetti publicó en 1868 sus Poemas Selectos de Walt Whitman», recordaría Stoker en su libro Personal Reminiscenses of Henry Irving, «provocó una verdadera tormenta en los círculos literarios británicos. Los críticos amargados de la época se arrojaron sobre el Poeta y su obra como perros guardianes sobre un pobre mendigo. En mi Universidad, el libro fue recibido con cínicas carcajadas. Durante días no hablamos de otra cosa que de Walt Whitman y la nueva poesía con desprecio, especialmente aquellos de nosotros que no habíamos visto el libro. Hasta que un día me encontré con un individuo que tenía un ejemplar [de Hojas de hierba] y le solicité que me permitiese hojearlo. Se mostró encantado de hacerlo: “Llévese el condenado libro —me dijo—. ¡Ya me he hartado de él!”. Me lo llevé al parque y a la sombra de un olmo comenzé a leerlo. Rápidamente empecé a formarme una opinión propia; la obra era diametralmente opuesta a todo aquello que había estado oyendo acerca de ella. A partir de aquel momento, pasé a ser un rendido admirador de Walt Whitman».
El día de San Valentín de 1876, tras haber defendido acaloradamente la obra del poeta norteamericano en una sesión del Fortnight Club, Stoker se decidió a escribirle, adjuntando en su carta una encendida y admirativa misiva redactada cuatro años antes, que no se había atrevido a mandar en su día. Whitman le respondió el 6 de marzo en los siguientes términos: «Mi querido joven. He recibido con sumo gusto sus cartas; con sumo gusto la persona y también con sumo gusto el autor, pues no sé a cuál de los dos han agradado más. Ha hecho bien en escribirme de manera tan poco convencional, tan fresca, tan masculina y también tan afectuosa. También yo espero (aunque no es probable) que algún día podamos conocernos en persona. Mientras tanto, le envío mi amistad y agradecimiento».
Por poco probable que le hubiese podido parecer al poeta, Stoker aprovechó sus viajes por Estados Unidos para llegar a reunirse hasta en tres ocasiones con Whitman, en 1884, 1886 y 1887. «Me pareció todo lo que siempre había soñado que sería o había deseado que fuera», diría el irlandés sobre su primer encuentro. «Sumamente inteligente, abierto de miras, tolerante en grado sumo; la simpatía encarnada; comprensivo con una perspicacia que parecía más que humana. ¡Un hombre entre los hombres!».
Lejos de limitarse a la obsesión adolescente, la obra de Whitman seguiría ejerciendo un profundo influjo sobre Stoker toda su vida, tal como demuestra el hecho de que, cuando en 1898, un año después de la publicación de Drácula, se le solicitara una biografía de sí mismo para la guía Quien es quién, indicase como aficiones: «Más o menos las mismas que las de los otros hijos de Adán». Stoker se estaba refiriendo al Libro IV de Hojas de hierba, en el que los hijos de Adán son descritos como aquellos que «saben nadar, remar, montar, pelear, disparar, correr, golpear, retirarse, avanzar, resistir, defenderse a sí mismos». Una definición que viene a describir a la perfección a la siempre animosa pandilla de cazavampiros formada por Jonathan Harker, Arthur Holmwood, Quincey Morris y el doctor Seward, guiados con mano firme por Abraham Van Helsing, un «intelectual aventurero» cuyos talentos se asemejan no poco a los atribuidos por Stoker a Whitman.

Florence Balcombe, antes de casarse con Bram Stoker.

Sin embargo, a pesar de su innegable amor por las artes, Stoker venía de una familia sumamente práctica, por lo que tras graduarse en Matemáticas Puras, siguió la estela de su padre y consiguió un puesto de funcionario en el Castillo de Dublín. En 1872 se incorporó a la Sociedad Histórica del Trinity College y se convirtió en invitado habitual de Sir William y Lady Jane Wilde, padres de Oscar, al cual propuso como candidato para la Sociedad Filosófica de la universidad. No sería éste su único vínculo con el malogrado dramaturgo: Wilde fue durante dos años («Dos dulces años, los años más dulces de toda mi juventud») el novio formal de Florence Balcombe, una atractiva joven de Clontarf con la que Stoker acabaría casándose en 1878. Oscar siguió visitando regularmente a Florence y, según Barbara Belford, autora de las biografías Bram Stoker and the Man who Was Dracula y Oscar Wilde: A Certain Genius, Bram incluso podría haberle llevado dinero a París en sus años de penuria. En cualquier caso, la última comunicación confirmada de Florence con Wilde fue cuando éste le envió una copia en francés de la primera edición de Salomé.
Menos talentoso que Wilde, pero mucho más trabajador, Stoker aprendió desde un primer momento a combinar las labores funcionariales con su incipiente carrera literaria, iniciada en 1872, cuando vendió su primer cuento, «The Crystal Cup», a la revista London Society. Entre 1873 y 1974 se convirtió en editor de The Halfpenny Press, y en 1875 serializó tres historias en el semanario The Shamrock: The Primrose Path, Buried Treasure y The Chain of Destiny (su primer relato de horror). Un año más tarde, Bram fue ascendido a Inspector de Tribunales de Primera Instancia, un puesto que le obligó a viajar por la Irlanda rural, donde pudo comprobar el alcance de la miseria de la mayor parte de la población, los abusos de los terratenientes y el caótico estado del sistema judicial. Todo ello le animó a escribir su primer libro, un árido pero educativo tratado legal de 1879 titulado The Duties of Clerks of Petty Sessiones in Ireland, y pondría también el telón de fondo para su primera novela, The Snake’s Pass, romance costumbrista publicado por entregas en 1888 en la revista The People y reunido en un solo volumen al año siguiente. Entre ambos títulos, su vida experimentó un extraordinario cambio de rumbo que le llevó a abandonar su cómodo y seguro trabajo gubernamental para mudarse a Londres. El responsable de todo ello no fue sino el actor más célebre de la escena británica del momento: Henry Irving.

Henry Irving en The Bells.

Stoker había visto actuar por primera vez a Irving en 1871, durante una representación de The Bells, de Erckmann y Chatrian, en el Vaudeville Theatre de Dublin, y había quedado maravillado por su magnetismo. Entusiasmado y a la vez molesto por la escasa repercusión de la obra, decidió ofrecerse como crítico teatral sin remuneración alguna al Evening Mail, periódico editado por Henry Maunsell y Sheridan Le Fanu, en el que publicaría sus crónicas durante los siguientes cinco años. En diciembre de 1876, de regreso en Dublín para interpretar Hamlet, Irving expresó su interés por conocer a aquel valedor suyo que se deshacía en elogios cada vez que presentaba una nueva obra en la capital irlandesa y le invitó a cenar. Stoker recogería sus impresiones de aquel decisivo encuentro en Personal Reminiscenses of Henry Irving: «Tras la cena me dijo que recitaría para mí el poema El sueño de Eugene Aram, de Thomas Hood. Es una experiencia que nunca podré olvidar. La recitación fue distinta, tanto en estilo como en intensidad, a cualquier otra que hubiese oído hasta entonces. Fue poder encarnado, pasión encarnada. El arte puede acometer muchos logros, pero, como todo, también tiene sus cimas. Aquella noche, durante un rato, mientras el resto del mundo parecía inmóvil, el genio de Irving voló en ardoroso triunfo sobre la cima del arte. En cuanto a su efecto, sólo puedo decir que al cabo de unos segundos de pétreo silencio sufrí una especie de ataque de histeria».
Irving y Stoker entablaron una amistad que fue estrechándose progresivamente en sucesivas visitas hasta que, en 1878, aprovechando que había viajado a Londres para verle interpretar el papel de Holandés Errante en la obra Vanderdecken, el actor solicitó la ayuda de su rendido admirador para darle un repaso al texto, con el que no estaba del todo satisfecho. «Trabajamos mucho en la obra y la alteramos considerablemente. Para mejor, creo yo», recordaría Stoker. En noviembre de aquel mismo año, Irving le pidió que acudiese a verle a Glasgow, donde le informó de que acababa de comprar el Lyceum y le ofreció el puesto de mánager del teatro. «Acepté de inmediato. Llevaba entonces trece años al servicio de la administración pública. A la mañana siguiente envié mi dimisión y organicé ciertos detalles domésticos supremamente importantes para mí». Dichos detalles no eran sino los de su boda con Florence, celebrada el 4 de diciembre de aquel mismo año. 5 días después, Bram se reunió con Irving en Birmingham para emprender su nueva carrera como mánager: «Cual no fue su sorpresa cuando me vio llegar con una esposa. Mi esposa». El 30 de diciembre, el nuevo Lyceum abrió sus puertas estrenando Hamlet, con Irving en el papel protagonista y Ellen Terrry, su primera actriz, como Ofelia. La obra alcanzaría 100 representaciones seguidas y constituiría un primer éxito de organización para Stoker.

Henry Irving y Bram Stoker saliendo del Lyceum.

Su trabajo como mánager de la compañía de Irving, que seguiría desempeñando hasta 1905, año del fallecimiento del actor, convirtió a Stoker en un personaje reconocido y popular en la sociedad londinense. En el interior del Lyceum existía además una estancia que demostró ser decisiva para el desarrollo no sólo de su círculo social sino también de su labor literaria: The Beefsteak Room, la habitación del bistec, una especie de restaurante privado dominado por una enorme parrilla que había sido sede de la curiosa The Sublime Society of Beefsteaks, un club de amantes de la carne de buey y otras delicias palatales. Después de cada función, Irving y Stoker cenaban en la habitación del bistec y se pasaban las horas muertas contándose historias. A menudo lo hacían acompañados de otros comensales, amigos y admiradores del actor, que participaban en la conversación con sus propias anécdotas, ofreciendo decenas de puntos de partida (cuando no desarrollos completos) para las narraciones de Stoker. Su relación con Irving puso al escritor en contacto con luminarias de la cultura, la política y la sociedad de la época, nombres como Sarah Bernhardt, Alfred Tennyson, Franz Liszt, François Gounod, George Bernard Shaw, Ernest Renan, Robert Browning, Edward Burne-Jones, Sir Richard Burton, Henry Stanley e incluso el mismísimo William Gladstone. Las diversas giras que realizó la compañía por Estados Unidos le permitieron conocer, entre otros, a su admirado Whitman, a Mark Twain —con el que entablaría una buena amistad y al que recibiría dos veces en su casa de Londres—, y a los presidentes McKinley y Roosevelt.

Stoker empezó a escribir Drácula en 1890 durante unas vacaciones en Whitby,
pintoresco pueblo costero coronado por una atmosférica abadía en ruinas.

Que envuelto en la vorágine de su labor cotidiana como encargado de llevar las cuentas del teatro, supervisar el día a día de la compañía, organizar las giras e incluso contestar la correspondencia de Irving (afirmaba haber redactado unas cincuenta cartas al día durante los casi treinta años que estuvo al servicio del gran histrión), Stoker fuese además capaz de encontrar tiempo para la literatura resulta poco menos que milagroso, máxime teniendo en cuenta que el Lyceum no era en absoluto un teatro cualquiera, sino el teatro de referencia del momento. El escritor Horace Wyndham recordaría en su libro The Nineteen Hundreds que «ver a Stoker en su elemento era verlo de pie en lo alto de las escaleras del teatro, observando a la multitud apelotonarse en una noche de estreno. No puede haber duda al respecto: una première en el Lyceum atraía a un público que verdaderamente era representativo de todo lo mejor del periodo en los campos del arte, la literatura y la sociedad». Bajo su supervisión, la troupe del Lyceum realizó siete tournées por Estados Unidos y puso en escena espectáculos como Fausto, con Irving en el papel de Mefistófeles, 250 extras y abundantes efectos especiales; sin duda la producción teatral más espectacular de la era victoriana, que llegaría a alcanzar las 792 representaciones, convirtiéndose en el mayor éxito de la compañía. No es de extrañar, pues, que la mayor parte de sus obras (ocho novelas, un libro de relatos, dos volúmenes de no ficción y varios cuentos de variado pelaje en el periodo 1879-1905) fueran escritas a matacaballo o en breves periodos vacacionales. La única y notable excepción a esta regla fue Drácula, novela a la que dedicó casi siete años de su vida. En ella abordaría algunos de sus más profundos sentimientos y lidiaría con algunos de sus fantasmas más personales, sí, pero también dejaría constancia de su perenne sentido del humor y de su amplísimo bagaje cultural. Porque, en última instancia, no debemos olvidar que, aunque gran parte del atractivo de la obra de Stoker pueda tener su origen en el reflejo inconsciente de las complejidades y deseos reprimidos de su autor, en un trasfondo psicológico que a su vez puede ser interpretado como espejo deformante del conjunto de la sociedad victoriana, otra parte no menos importante de su capacidad para pervivir y seguir fascinando a múltiples generaciones de lectores deriva simple y llanamente del puro goce literario que produce su lectura, fruto precisamente de una serie de decisiones muy conscientes (subvertir el arquetipo del vampiro romántico byroniano, integrarlo completamente en el zeitgeist —no es difícil encontrar en la novela ecos de varios de los principales temas de conversación de la burguesía del momento, como el marcado incremento en la emigración proveniente de Europa Oriental, los crímenes de Jack el Destripador, el juicio a Oscar Wilde, la fascinación por Norteamérica o el sufragismo—, dinamitar los esquemas clásicos de la novela de horror tradicional dándole un tratamiento narrativo vanguardista y fragmentado —deudor de Wilkie Collins y Conan Doyle, pero igualmente precursor del monólogo interior joyceano y otros recursos asociados posteriormente al modernismo—, y sacar al monstruo de las catacumbas medievales para establecerlo firmemente en el presente mediante una aventura marcada por el uso de la ciencia y la tecnología) por parte de un escritor que quizá nunca tuvo oportunidad de desarrollar por completo sus talentos, pero que al menos en una ocasión, ésta, pudo atisbar lo mejor de sí mismo y ofrecernos no la última gran novela del siglo XIX sino la primera gran novela del XX.

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Viernes 6 de octubre de 2017

Los poderes de la publicidad

He dudado bastante antes de escribir esta entrada porque, después de todo, éste no deja de ser un blog asociado con una editorial (por pequeña que sea) y nada más lejos de mi intención que usarlo como plataforma para criticar el trabajo de otros sellos. Por otra parte, también ha sido desde el principio un blog personal con el que he intentado alejarme de la promoción pura y dura para tratar los diversos temas que me han ido interesando no sólo como editor o traductor, sino como simple lector. Y uno de mis temas recurrentes ha sido, como bien sabéis, el de Drácula. Por lo tanto, me descubro en última instancia incapaz de resistirme a comentar por aquí un par de cosas sobre la inminente edición por parte de Ediciones B de Los poderes de la oscuridad, de Valdimar Ásmundsson y Bram Stoker. O lo que es lo mismo: la supuesta versión alternativa o perdida de Drácula.

Vaya por delante que me parece muy bien que Los poderes de la oscuridad se publique en castellano. No deja de ser una curiosidad interesante para cualquier fan de Stoker y de su maléfico conde (yo mismo piqué y acabé comprándola cuando se editó en inglés el año pasado). Lo que ya no me parece tan bien es que se intente vender como algo que no es. Copio del texto promocional de Ediciones B: «En 1900 el editor y escritor Valdimar Ásmundsson se propuso traducir, por primera vez en la historia, la que se convertiría en la gran obra de la literatura gótica: Drácula, de Bram Stoker. Sin embargo, Ásmundsson no solo tradujo Drácula sino que, con la ayuda del propio autor, escribió una versión distinta de la historia, con nuevos personajes y una trama totalmente reconstruida, sin la censura moral de la Inglaterra victoriana. Más corta, más oscura y más erótica, esta obra escrita a cuatro manos se tituló Makt Myrkranna (Los poderes de la oscuridad). Makt Myrkranna se publicó en Islandia en 1901 y contó con un prefacio de Bram Stoker, pero el texto permaneció perdido hasta que, en 2014, fue descubierto por el investigador Hans Corneel de Roos».

Resulta que la mayor parte de afirmaciones contenidas en el texto citado son engañosas cuando no directamente mentira. La más gorda: que Makt Myrkranna se escribió a cuatro manos y que Bram Stoker participó en la creación de una versión alternativa y autorizada de Drácula. Ni Ásmundsson contó con la ayuda de Stoker ni existe la menor constancia de que llegara a conocer siquiera al autor irlandés. El propio Corneel de Roos reconoce en esta entrevista que «No tenemos pruebas de que Bram Stoker y Valdimar Ásmundsson llegaran a conocerse jamás. Ni siquiera tenemos pruebas de que mantuvieran correspondencia. No existen cartas, contratos de edición o traducción ni anotaciones en diarios que puedan proporcionarnos detalles de su colaboración, salvo el texto de la narración islandesa en sí». Que dicha narración fuese una traducción (más o menos fiel; más o menos modificada) de un texto de Stoker, no lo pongo en duda. Que la existencia de dicha traducción implique automáticamente una participación (o incluso autorización) por parte del autor me parece una especulación descomunal y completamente carente de fundamento, explicable únicamente por la voluntad de intentar otorgarle cierta «legitimidad» al texto. El libro viene prologado por Dacre Stoker, el cual ya demostró con su participación en la infame «secuela oficial» de Drácula su absoluta falta de respeto para la obra de su tío-bisabuelo y su predisposición a sacar a pasear el apellido familiar a cambio de unas perras. Aquí se anima a afirmar, «sin miedo a equivocarme, que Bram no sólo estaba al tanto de las diferencias entre Drácula y su edición islandesa; estoy convencido de que las orquestó él mismo». Este empeño por intentar convencernos de que Los poderes de la oscuridad es una versión reconstruida de la historia, quizás más fidedigna o cercana a las intenciones de su autor (sin «la censura moral de la Inglaterra victoriana», nos dicen, pasando completamente por alto que Stoker se manifestó y escribió artículos en defensa y a favor de esa misma censura), sólo se explica, una vez más, como una táctica comercial que deja deliberadamente de lado una explicación bastante más simple para el origen del texto: Los poderes de la oscuridad no es una revisión corregida o más auténtica de Drácula, sino todo lo contrario: una versión anterior y más primitiva de la novela, cuyo manuscrito sufrió repetidas modificaciones hasta llegar a la forma que actualmente conocemos. Lo cual no le resta un ápice de interés para los interesados en la obra de Stoker, pero quizá resulte menos atractivo para el público general al que parece dirigirse el engañoso texto promocional. Por otra parte, explicaría perfectamente, y sin necesidad de hacer malabarismos especulativos, por qué en Los poderes de la oscuridad aparecen situaciones y personajes recogidos por Stoker en sus notas preliminares, pero eliminados de la novela publicada en 1897. También explicaría por qué el prefacio de Stoker incluido en la edición islandesa (que no es lo mismo que escrito a propósito para la misma) se lee como una versión inflada de su tersa y depurada nota introductoria para la novela.

Izquierda: portada española de Los poderes de la oscuridad.
Derecha: Valdimar Ásmundsson (1852-1902).

Lo que ni Dacre Stoker ni Corneel de Roos podían saber cuando publicaron Los poderes de la oscuridad el año pasado era que ni siquiera estaban recuperando la versión integra de este posible manuscrito. Un descubrimiento aún más reciente ha venido a arrojar un poco más de luz sobre el origen del texto. Según explica David J. Skal en Algo en la sangre (el apunte no viene recogido en la edición original estadounidense, ya que el hallazgo se dio a conocer poco después de que hubiera entrado en imprenta): «a partir de junio de 1899, los periódicos suecos Dagen y Aftonbladet publicaron un serial de 300.000 palabras titulado Mörkrets makter (Los poderes de la oscuridad), atribuido a Bram Stoker. En 1900, una versión drásticamente abreviada fue traducida al islandés por Valdimar Ásmundsson (a partir de una copia promocional sueca condensada que omitía casi un cuarto de millón de palabras del manuscrito de Stoker) y publicada por entregas como Makt Myrkranna (Los poderes de la oscuridad) en el periódico Fjallkonan de Reikiavik. Este fascinante fragmento fue descubierto por Hans C. de Roos, académico residente en Múnich, y publicado en una elaborada edición anotada por Overlook Press en 2016. Pero, poco después de su publicación, el texto completo en sueco, previamente desconocido, fue descubierto por Rickard Berghorn, escritor/editor sueco residente en Bangkok. ¿Podría éste ser el torpe manuscrito —casi el doble de largo que la novela publicada por Constable— que Stoker le enseñó a Edith Miniter y presumiblemente a otros? Resulta difícil interpretarlo como otra cosa que no sea un borrador preliminar de Drácula, pues contiene mucho material presente también casi palabra por palabra en la versión definitiva de la novela. Resulta además significativo que la esforzada traducción al sueco suene reconocible como propia del estilo de Stoker cuando se la traduce de nuevo al inglés. En el momento en el que la edición española de Algo en la sangre entra en imprenta, el traductor Rickard Berghorn y el editor John Edgar Browning están llevando a cabo la meticulosa tarea de recuperar el texto que planean publicar próximamente como The First Dracula (El primer Drácula)».

En resumen: Los poderes de la oscuridad no es una versión alternativa ni más auténtica de Drácula, sino más bien un work-in-progress en el que podemos encontrar numerosos elementos posteriormente descartados por Stoker con intención de pulir la novela (y es en ese vistazo a lo que pudo haber sido y no fue donde, me parece a mí, radica precisamente su interés). Tampoco parece que fuese traducida directamente del inglés, sino del sueco. Por último, la supuesta brevedad de la obra no es en realidad tal: las andanzas de Harker en el castillo de Drácula son mucho más extensas que en la novela definitiva, llegando a ocupar tres cuartas partes del texto; sin embargo, el resto de la trama queda resumido de manera apresurada, abandonando el formato epistolar para sustituirlo por un narrador omnisciente y telegráfico. Esta singularidad, que llamó poderosamente la atención de los reseñistas cuando Overlook publicó Los poderes de la oscuridad en inglés el año pasado, ha quedado aclarada con el descubrimiento de la traducción sueca precedente: lo que pasaba en realidad era que faltaban dos tercios de novela. El misterio con el que ahora nos quedamos es: ¿cómo diantres llegó el manuscrito de Stoker a Suecia? ¿Y cuántas de las variaciones respecto a la versión final de Drácula proceden realmente del manuscrito y cuántas fueron aportación de sus traductores al sueco? Espero que las investigaciones de Berghorn y Browning acaben arrojando algo más de luz sobre estos asuntos. Mientras tanto, si queréis leer un buen análisis sobre Los poderes de la oscuridad (en inglés), os recomiendo éste de David Crow, acompañado por estos breves apuntes de Kim Newman. Como decía al principio de esta entrada, el libro no carece de interés y el trabajo de Corneel de Roos me parece digno de encomio, pero conviene saber qué es lo que se está comprando uno, al margen de lo que quiera vendernos la publicidad.

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Sábado 30 de septiembre de 2017

Cowboy Covers

La familia y uno más.

Hace poco, el nº 33 de la revista Texturas nos cedió 16 páginas para realizar un repaso visual por algunas de nuestras portadas más destacadas y sus procesos de creación. Preparando el artículo me di cuenta del tiempo que hacía que no escribía una entrada dedicada al diseño de nuestros libros y lo mucho que lo echaba de menos. Así pues, sin más dilación, ahí va este “cómo se hizo” la portada de Cowboy Song: la biografía autorizada de Philip Lynott.
Desde un primer momento me pareció que esta cubierta planteaba dos exigencias. Por una parte, debía estar ligeramente emparentada con la biografía de Lemmy, no desde el punto de vista estilístico, pero sí desde el conceptual (básicamente, no debían chirriar demasiado al ponerlas una junto a la otra a pesar de estar dibujadas por dos ilustradores de estilos muy distintos). Por otra, tenía que encajar de algún modo en el universo visual de Phil Lynott y Thin Lizzy.

La imagen de Thin Lizzy estuvo marcada durante gran parte de su carrera por todo un aparato gráfico muy inspirado por la historieta. Lynott era aficionado a los tebeos y contó para el diseño de las carpetas de varios de sus álbumes con su buen amigo Jim Fitzpatrick, ilustrador irlandés de trazo indudablemente comiquero, caracterizado por una marcada influencia de Neal Adams. Podéis ver varios de sus trabajos para Lizzy en esta página; la portada de The Adventures of… Thin Lizzy fue clave para marcarme el camino a seguir. Fitzpatrick no fue el único ilustrador con el que colaboró Lynott a lo largo de su carrera; en Cowboy Song aparece reproducido, por ejemplo, un cartel promocional para el sencillo “Randolph’s Tango” en el que la letra de la canción queda repartida en una sucesión de viñetas dibujadas por Tim Booth en un estilo completamente embebido del Barry Smith de finales de los sesenta.

Este predominio de la iconografía comiquera y de los colores vivos y cálidos de las portadas de Jim Fitzpatrick me hizo pensar de inmediato en César Sebastián. César no sólo es un ilustrador espectacular con afición a retratar músicos; también es historietista y, además, sus retratos suelen estar caracterizados, más allá de por la impecable seguridad de sus trazos, por cierta tendencia a salirse de los colores habituales (ver por ejemplo su Scott Walker o su Johnny Thunders). Todo lo cual le convertía en el candidato ideal para este trabajo. Como punto de partida, le comenté que me gustaba particularmente una ilustración de La noche del cazador que había visto en su web. La combinación del blanco y negro con un fondo de color vivo me parecía ideal para este proyecto; además, ya había mezclado fotos en blanco y negro con Pantones particularmente brillantes en la colección Pulpo negro y el resultado me había gustado tanto que estaba deseando aplicar la misma fórmula a una ilustración.

Partiendo de ahí, César me envió los seis bocetos que podéis ver sobre estas líneas. En realidad cualquiera de ellos habría servido de base para una buena portada, pero volviendo al punto uno, me interesaba que Cowboy Song tuviera cierta unidad conceptual con la autobiografía de Lemmy. El uso de una gama de color muy limitada ya apuntaba ligeramente en esa dirección. Para potenciar aún más la conexión, me pareció que debíamos apartarnos ligeramente de una representación cien por cien realista de Lynott para intentar destilar en una sola imagen sus rasgos más característicos o icónicos. Fue justo el enfoque que adoptamos en su día para Lemmy, anclando toda la portada en su célebre bigote y sus no menos célebres verrugas. En este caso, César y yo coincidimos en que los rasgos que mejor definían a Lynott eran el pelo y los ojos. Por eso al ver los bocetos me decanté de inmediato por la primera opción, porque me pareció que era la que mejor reflejaba su mirada. Además, la yuxtaposición entre su expresión soñadora y la muñequera de pinchos plasmaba perfectamente ese punto medio entre la vulnerabilidad y la chulería que Lynott encarnó como nadie.

Por otra parte, me gustaba mucho la idea planteada en el segundo boceto de que el pelo ocupara por completo la parte superior de la portada, así que le propuse a César combinar ambas opciones: la imagen del primer boceto con el concepto del segundo, aumentando el “afro” de Lynott para que dominara el tercio superior de la cubierta. Sobre estas líneas podéis ver dos pruebas que preparé rápidamente para ver qué tal quedaría la ilustración una vez incorporada la tipografía. (Aunque en un principio pensamos usar una rotulación manual en imitación del célebre logo de Thin Lizzy, desechamos rápidamente la idea). A César le pareció bien y se puso manos a la obra. También se le ocurrió la idea de sombrear con trama de puntos en vez de con masas de gris, cosa que me pareció estupenda porque reforzaba aún más ese vínculo con el cómic y, por lo tanto, con el universo visual de Lizzy del que hablaba al principio. Una vez recibida la ilustración terminada, sólo fue cuestión de probar diversas variaciones tipográficas hasta encontrar una que me convenciera. No voy a colgar aquí las veintipico iteraciones que acabé preparando porque tampoco es cuestión de aburrir al personal, pero ahí va media docena de muestra.


En ocasiones las variaciones son mínimas. Simple cuestión de ir probando tamaños e interlineados. Otras cambian por completo la portada: como podréis apreciar, el uso de una u otra fuente afecta sobremanera al modo en el que percibimos el dibujo. En este caso, estaba bastante emperrado en utilizar la tipografía que finalmente acabamos usando (Berlin Sans), porque me pareció que sus formas redondeadas tenían cierto elemento western pero sin resultar demasiado obvias; casi como si hubieran sido talladas en un madero a las puertas de un rancho. El principal problema fue que, al ser tan compactas, las letras pedían un buen espaciado y un interlineado generoso, de otro modo transmitían sensación de apelotonamiento; sin embargo, si les daba el espacio necesario para que “respirasen” debidamente, acababan comiéndole demasiado terreno a la ilustración. Y si intentaba solventar el problema reduciéndolas de tamaño, parecía que iban flotando a la deriva sobre el negro del pelo. Así pues, todo fue cuestión de ir jugando con las variables hasta encontrar una combinación que me pareciese lo suficiente equilibrada. El resultado final, aquí debajo.

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Viernes 26 de mayo de 2017

120 años de Drácula

Bram Stoker

El 26 de mayo de 1897, hace hoy exactamente ciento veinte años, la editorial londinense Constable ponía a la venta la cuarta novela de un escritor irlandés hasta entonces —y durante la mayor parte de su vida— más conocido por su labor como representante teatral que por sus desiguales esfuerzos como literato. La novela era Drácula y su autor, claro está, Bram Stoker. Lo cierto es que me cuesta recordar otra obra literaria que haya tenido mayor peso y presencia en mi vida desde que la leí por primera vez siendo adolescente; por hache o por be, siempre acabo volviendo a ella. En el año 2005 tuve el gran placer y la buena fortuna de realizar una edición crítica de la misma para la colección Gótica de Valdemar, he escrito repetidas veces sobre diversos elementos de la novela (a veces en este mismo blog) y, ya como editor, me di el gusto de traducir un libro tan indispensable para todos los aficionados a las andanzas del malévolo conde como Hollywood gótico, la enmarañada historia de Drácula, de David J. Skal.

Skal es precisamente el responsable de que Drácula y Stoker hayan vuelto a cruzarse en mi camino en un momento en el que ya pensaba haberme alejado ligeramente de ambos. Y es que el último libro del autor de Monster Show ha resultado ser precisamente una extensa biografía de Stoker: Algo en la sangre. La biografía secreta de Bram Stoker, el hombre que escribió Drácula, que Es Pop Ediciones publicará el próximo mes de octubre. Me ha parecido que si había algún día indicado para anunciar su próxima edición era precisamente el de hoy. Ciento veinte años más tarde, Drácula y Stoker siguen avanzando imparables. Dejo a continuación un par de párrafos del libro de Skal, extraídos del capítulo octavo. El resto, en octubre.

* * *

Algunos mitos de la creación de Drácula son más fáciles de creer porque contienen verdades parciales, aunque rápidamente dan pie a improbabilidades e imposibilidades. Por ejemplo, es un hecho indiscutible que Stoker dedicó al menos siete años a trabajar en Drácula, desde su concepción a la publicación, pero esto suscita a su vez toda una serie de supuestos para los que no tenemos pruebas. Primero, que fue su obra maestra en gran medida porque le dedicó siete años y que el libro goza de un merecido renombre debido al infinito cuidado con el que Stoker abordó su creación. Segundo, que un periodo de trabajo de siete años implica, de por sí, una labor de documentación inusualmente minuciosa y acreditada, que habría desvelado, entre otras cosas, la espantosa historia de un sangriento cacique valaco del siglo XV, Vlad Tepes «El Empalador», también conocido como Drácula. El nombre no era conocido fuera de Rumanía, pero Stoker lo haría famoso en el mundo entero como supuesta fuente histórica y encarnación del mito vampírico. En realidad, la relación de Vlad con el personaje de Stoker fue más fortuita que inspiradora y la documentación acumulada por el autor, sorprendentemente escasa.

Al igual que el interminable desfile de dramaturgos y cineastas que no han conseguido resistirse a la tentación de trastear, alterar y mejorar su historia, Stoker tuvo en un principio problemas para identificar los elementos esenciales que hacen que su novela funcione. El motivo por el que el proceso de redacción de Drácula se prolongó durante siete años fue que Stoker tuvo numerosas dificultades para escribir la novela, particularmente a la hora de pulir y eliminar su exceso de ideas imaginativas. El proceso fue tortuoso, arduo y estuvo marcado por interrupciones continuas. Hizo pausas para escribir otros libros. Puso en tela de juicio sus decisiones. Se autocensuró. Revisó casi todos sus elementos por segunda e incluso por tercera vez.
Al final, se preguntaba si el libro sería recordado siquiera.

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Domingo 23 de abril de 2017

Puro teatro

Victor Hugo por Carlos Masberger, 1927.

Si otros años he celebrado el Día del Libro recuperando para el blog viejas portadas procedentes de la antigua biblioteca de mi abuelo (como este puñado de ejemplares de la Enciclopedia pulga o estos ejemplos de la colección Novelas y cuentos), en esta ocasión he aprovechado una visita reciente a Mallorca para pasar por el escáner unos cuantos títulos de la colección de libros de teatro de mi padre, Antonio Palmer, gran enamorado del arte dramático que durante una buena temporada llegó incluso a hacer sus pinitos sobre las tablas. Como a mí —lo confieso— nunca me ha ido demasiado el teatro, no se trata de una sección que haya transitado mucho a la hora de buscar lectura en sus estanterías, de ahí que gran parte de las cubiertas me hayan resultado un verdadero descubrimiento. Por otra parte, buscando información sobre las mismas he ido a dar con un excelente blog (Aquellas colecciones teatrales, escrito por Juan Ballester) en el que podréis encontrar muchísimos más ejemplos de literatura teatral; desde el punto de vista gráfico, recomiendo particularmente echarles un vistazo a las colecciones Biblioteca Teatral y La Farsa, con portadas verdaderamente magníficas de artistas como Francisco Ugalde y Félix Alonso.

Esta pequeña excursión ilustrada comienza precisamente por La Farsa. A la izquierda, la obra Hernani de Victor Hugo, traducida por los hermanos Machado y Francisco Villaespesa para el nº 42 de la colección (Madrid: Rivadeneyra Artes Gráficas, 1928), con portada de Carlos Masberger. A la derecha, La esclava de su galán, nº 414 de la misma colección, aunque publicado bajo otro sello (Madrid: Editorial Estampa, 1935). La portada es de Antonio Merlo. (Pincha para ampliar)

A la izquierda, El barbero de Sevilla, nº 313 de la colección El teatro moderno (Madrid: Prensa Moderna, 1931). Portada de A. Azcarraca. Y del teatro moderno, saltamos al Teatro medieval, una colección de clásicos medievales adaptados al castellano actual por Lázaro Carreter en 1965 para Editorial Castalia. El diseño de la portada viene sin acreditar, pero por la firma me atrevería a decir que la ilustración es de Celedonio Perellón. (Pincha para ampliar)

Sobre estas líneas, dos ejemplos de la colección Biblioteca Raixa. Debo decir que la elegancia de las formas y el recurso de ir cambiando un detallito mínimo en cada portada vencen en cierto modo mi reticencia hacia los diseños de colección cerrados. Me encantan particularmente las cabecitas que adornan la obra de Porcel y que no habrían desentonado en una portada de Alvin Lustig. Lamentablemente no sé quién es el autor del diseño, porque en los libros no viene crédito alguno. A la izquierda, La simbomba fosca (Palma de Mallorca: Editorial Moll, 1962). A la derecha, El criat de dos amos (Palma de Mallorca: Editorial Moll, 1963). (Pincha para ampliar)


Una nueva muestra de teatro mallorquín y un diseño de concepto muy similar a los dos anteriores realizado para la misma editorial y nuevamente sin acreditar, aunque en este caso cualquiera diría que el simpático dibujo de la portada parece influido por Sempé. Ses tietes (Palma de Mallorca: Editorial Moll, 1959).


Y para terminar, dos ejemplos de la que Juan Ballester califica como “la más ambiciosa y duradera colección teatral aparecida tras la postguerra, y probablemente también la de más calidad de todas las publicadas a lo largo del siglo XX”, la Colección Teatro de Ediciones Alfil/Escelicer, con un diseño funcional a más no poder pero que aun así me resulta simpático, no sé si por esos colores tan pop o por esa tipografía que tiene un más que notable parecido con la ahora ubicua Lobster. En los años setenta el diseño cambió por otro igual de funcional, pero con unas rotulaciones mecánicas completamente pedestres y una diagramación fea a rabiar que mejor obviaremos por completo.
Y con esto acaba la excursión por hoy. ¡Feliz día del libro!

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Jueves 2 de febrero de 2017

El Ulises de John Berger

John Berger

Hoy se cumplen 135 años del nacimiento de James Joyce y 95 de la publicación de la primera edición del Ulises por parte de Sylvia Beach. Dos fechas rotundas que bien merecen una pequeña conmemoración. Para celebrarlo y haciendo extensivo el homenaje al recientemente fallecido John Berger, se me ha ocurrido traducir unos pasajes de su ensayo «La primera y última receta», de 1991 (el texto íntegro, en inglés, puede leerse aquí). Además de estar maravillosamente escrito, me agrada que incida en varios de los elementos explorados a fondo por Kevin Birmingham en El libro más peligroso y que fueron precisamente los que me animaron a editarlo. A grandes rasgos: el carácter verdaderamente revolucionario y con cierta aura de «peligrosidad» de la obra de Joyce (completamente alejado del actual manto de indiscutible respetabilidad bajo el que la tiene secuestrada el mundo académico), su aproximación a todo un segmento de la sociedad poco o mal representado en la literatura anglosajona hasta entonces, su ilustrada escatología y su travieso sentido del humor. «Un saber carente de solemnidad, que se desprendía de la toga y el birrete para convertirse en bromista y malabarista», como bien recalcaba Berger. Así pues, siguiendo ese espíritu festivo… ¡Feliz cumpleaños, Mr. Joyce!

* * *

Me embarqué por primera vez en el Ulises de James Joyce a los catorce años. Utilizo el verbo embarcar en vez de leer porque, tal como nos recuerda su título, la novela es como un océano; uno no la lee, la navega.
Como muchas otras personas de infancia solitaria, a los catorce años ya tenía una imaginación adulta, preparada para hacerse a la mar; lo que le faltaba era experiencia. Ya había leído Retrato del artista adolescente y su título era el título honorario que me confería a mí mismo en mis ensoñaciones. Una especie de coartada o de carnet de marino que mostrar, en caso de verme retado, ante los adultos o alguno de sus agentes. […] El libro me lo había regalado un amigo que era un profesor de escuela subversivo. Se llamaba Arthur Stowe. Yo le llamaba Stowbird. Se lo debo todo. Fue él quien me tendió una mano a la que poder agarrarme para salir de la catacumba en la que me había creado, una catacumba de convencionalismos, tabúes, reglas, tópicos, prohibiciones, temores […].

Era la edición publicada en Francia por Shakespeare and Company. Stowbird la había comprado en París durante su último viaje antes de que estallara la guerra en 1939. […] Cuando me regaló el libro, yo creía que era ilegal poseer un ejemplar en Gran Bretaña. En realidad había dejado de ser así (pero lo había sido) y yo estaba equivocado. Pero la «ilegalidad» del libro era para mí, un muchacho de catorce años, una cualidad literaria reveladora. Y puede que en eso no me equivocara. Estaba convencido de que la ilegalidad era una impostura arbitraria. Necesaria para el contrato social, indispensable para la supervivencia de la sociedad, pero que le daba la espalda a la experiencia vivida. Lo supe por instinto cuando leí la novela por primera vez, apreciando con creciente entusiasmo que su supuesta ilegalidad como objeto iba en perfecta consonancia con la ilegitimidad de las vidas y almas contenidas en su epopeya.

Mientras yo leía Ulises, en los cielos costeros al sur de Londres se libraba la Batalla de Inglaterra. El país esperaba una invasión. El futuro era incierto. Entre mis piernas estaba convirtiéndome en hombre, pero era muy posible que no fuese a vivir lo suficiente como para descubrir lo que era la vida. Y por supuesto no lo sabía. Y por supuesto no me creía lo que me contaban, ni en las clases de historia ni en la radio ni en la catacumba. Todas aquellas explicaciones eran demasiado limitadas para sumar la inmensidad de todo lo que no sabía y de todo lo que podía no llegar a saber nunca. No era el caso de Ulises. Aquella novela sí que contenía esa inmensidad. No pretendía poseerla; estaba impregnada en ella, fluía a través de sus páginas. Comparar nuevamente el libro con el océano tiene sentido, pues ¿acaso no es la novela más líquida jamás escrita?

Ahora estaba a punto de escribir: «hubo muchas partes, durante aquella primera lectura, que no entendí». Pero eso habría sido una falsedad. No entendí ninguna. Pero tampoco encontré ninguna parte que no me hiciera la misma promesa: la promesa de que en lo más profundo, por debajo de las palabras, por debajo de las imposturas, por debajo de las afirmaciones y el perenne juicio moral, por debajo de las opiniones, lecciones, jactancias e hipocresías de la vida diaria, las vidas de los hombres y mujeres adultos estaban hechas de los mismos elementos de los que estaba hecha aquella novela: entrañas que contenían briznas de lo divino. ¡La primera y última receta! A pesar de mi juventud, reconocí la prodigiosa erudición de Joyce. Era, en cierto sentido, el saber encarnado. Pero un saber carente de solemnidad, que se desprendía de la toga y el birrete para convertirse en bromista y malabarista. Puede que más importante aún, para mí en aquella época, fuese la compañía frecuentada por su saber: la compañía de los insignificantes, de los condenados a permanecer siempre fuera del escenario, una compañía de publicanos y pecadores —tal como lo expresa la Biblia—, del vulgo. Ulises rebosa con el desdén de los representados hacia aquellos que dicen (falsamente) representarles y abunda en las tiernas ironías de aquellos tenidos por (falsamente) perdidos.

Y Joyce no se quedaba sólo en eso, […] pues su inclinación hacia lo vulgar le llevaba a mantener el mismo tipo de compañía dentro de cada uno de sus personajes: escuchaba sus estómagos, sus dolores, sus tumescencias; oía sus primeras impresiones, sus pensamientos sin coartar, sus desvaríos, sus oraciones sin palabras, sus gemidos insolentes y sus fantasías jadeantes. Y cuanta mayor atención prestaba a todo aquello que apenas nadie se había molestado en escuchar con anterioridad, más ricos se volvían los ofrecimientos de la vida.

[…] Hoy, cincuenta años más tarde, sigo viviendo la vida para la que Joyce hizo tanto por prepararme y he acabado convertido en escritor. Fue él quien me demostró, antes de que yo supiera nada, que la literatura es enemiga de todas las jerarquías y que separar los hechos e imaginación, acontecimientos y sentimiento, protagonista y narrador, es quedarse en tierra firme y nunca salir a la mar.

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Martes 10 de enero de 2017

Zygmunt Bauman: Modernidad y Holocausto


Ayer falleció a los 91 años el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2010 y uno de los pensadores más relevantes de este último medio siglo. En mi memoria, sin embargo —y disculpadme la frivolidad—, siempre destacará como el autor del primer libro que reseñé de manera profesional. Fue en marzo de 1998 para el primer número de la revista Más Libros y su título era Modernidad y Holocausto, editado por Sequitur. ¡La tarea me intimidaba tanto que acabé leyéndomelo dos veces! En cualquier caso, creo que aunque sólo hubiera sido una, la tesis principal del libro habría permanecido igual de vivamente en mi recuerdo. Resumida groseramente, viene a plantear que el Holocausto no fue un fenómeno que podamos explicar únicamente mediante acotaciones históricas y geográficas, fruto de un momento y un lugar concretos e irrepetibles, sino consecuencia directa de fuerzas sociales que perviven aún entre nosotros. O en palabras del propio Bauman: «Centrarse en la alemanidad del crimen considerándola como el aspecto en el que reside la explicación de lo sucedido es al mismo tiempo un ejercicio que exonera a todos los demás y especialmente todo lo demás. Suponer que los autores del Holocausto fueron una herida o una enfermedad de nuestra civilización y no uno de sus productos, genuino aunque terrorífico, trae consigo no sólo el consuelo moral de la autoexculpación sino también la amenaza del desarme moral y político. Todo sucedió “allí”, en otro tiempo, en otro país. Cuanto más culpables sean “ellos”, más a salvo estará el resto de “nosotros” y menos tendremos que defender esa seguridad. Y si la atribución de culpa se considera equivalente a la localización de las causas, ya no cabe poner en duda la inocencia y rectitud del sistema social del que nos sentimos tan orgullosos». Para Bauman, sin embargo: «el Holocausto fue el resultado del encuentro único de factores que, por sí mismos, eran corrientes y vulgares. […] Aunque este encuentro fuera singular y exigiera una peculiar combinación de circunstancias, los factores que se reunieron eran, y siguen siendo, omnipresentes y “normales”. No se ha hecho lo suficiente para desentrañar el pavoroso potencial de estos factores y menos todavía para atajar sus efectos potencialmente horribles. Creo que se pueden hacer muchas cosas en ambos sentidos y que debemos hacerlas». (Traducción de Ana Mendoza).
Modernidad y Holocausto sigue reeditándose regularmente y teniendo en cuenta la vertiginosa deriva política y social en la que andamos inmersos, su lectura o relectura se me antoja más pertinente que nunca. En la web de Sequitur os podéis descargar un extracto. Dejo aquí la reseña original, escrita por mi yo de 22 años. Espero que disculpéis los posibles exabruptos juveniles y el fárrago ocasional.

* * *

No deja de ser paradójico que el libro elegido por la editorial de nuevo cuño Sequitur para iniciar su andadura, una andadura que, de seguir su propuesta fundacional, girará en torno a diversas cuestiones políticas siempre y cuando éstas sean entendidas como cuestiones de convivencia, resulte ser esta incisiva obra dedicada precisamente a la destrucción más absoluta de esa convivencia.
Bauman, sociólogo polaco-británico, profesor emérito en las universidades de Leeds y Varsovia y autor de diversos ensayos de referencia casi obligada —de los cuales únicamente La Libertad (Alianza) había sido publicado en España— desgrana aquí su teoría sobre el Holocausto Nazi: no fue un episodio histórico accidental, manera en la que ha sido tratado generalmente el tema por la Sociología, sino un producto perfectamente lógico y acorde con la modernidad. Huyendo de clichés y caminos trillados, el autor acepta el reto de intentar explicar el Holocausto como un hecho completamente integrado en las pautas de comportamiento del hombre moderno, de hacer visibles los mecanismos usados, entonces y ahora, por nuestra sociedad y cómo esos mismos mecanismos pueden combinarse hasta desembocar en el Genocidio. Bauman inteligentemente renuncia por tanto a eximir de responsabilidades a la sociedad moderna en pleno con el planteamiento, aparentemente aceptado de manera general, de que dicho acontecimiento fuera «una manifestación terrible pero puntual» del barbarismo de un pueblo en concreto: la misma sociedad, la misma racionalidad y la misma moralidad a las que tan a menudo se apela con las mejores intenciones, pueden conjurarse también para provocar funestos resultados. Modernidad y Holocausto cumple de esta manera con el que debería de ser el principal objetivo de la Sociología: estudiar para ofrecer aprendizajes prácticos, no para consignar datos. Según Bauman el mensaje está ahí, bien claro: los agentes provocadores del Holocausto siguen sueltos, y no son hombrecillos rubios ataviados con el uniforme gris de la Gestapo, sino más bien elementos tan presentes en nuestras vidas como las interminables burocracias que deshumanizan al sujeto (sobre todo cuando éste se convierte en víctima), la eficiencia tecnológica que tiende a prescindir de la conciencia moral, etc.
Por otra parte, podría parecer que el Holocausto es un fenómeno tan conocido y tratado que no cabría la posibilidad de estar condenados a repetirlo. Bauman, sin embargo, cree que esta sobreexposición, a menudo poco rigurosa, ha ido creando una serie de conceptos alejados de la realidad que empañan la verdadera magnitud de la tragedia. Es probable que la simplificación de los hechos, las divisiones en blanco y negro, sea mucho más tranquilizadora y beneficiosa para nuestra salud mental, pues nos evita tener que plantearnos cómo pudo ocurrir semejante salvajada en el corazón mismo de la parte más civilizada del mundo, pero ya era hora de que alguien pusiera la cuestión claramente sobre el mantel, sin dogmatismos y con un lenguaje claro y directo, el que deberían tener todas las obras que se pretenden realmente de divulgación. Un estudio sociológico e histórico de primer orden que se hizo merecidamente con el prestigioso Premio Europeo Amalfi de Sociología y Teoría Social en el año de su publicación original (1989).

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Miércoles 7 de diciembre de 2016

Nueva edición ampliada de “Lemmy: la autobiografía”


Este año despedimos la campaña editorial con una sorpresa: hoy miércoles sale a la venta una edición ampliada de Lemmy: la autobiografía, las memorias de Ian «Lemmy» Kilmister escritas en colaboración con Janiss Garza. Se trata de una nueva versión publicada por Simon & Schuster en Inglaterra en mayo de este mismo año que incluye como novedades los siguientes contenidos: un prólogo de Lars Ulrich (en realidad no es un texto nuevo, sino una transcripción del discurso pronunciado por el batería de Metallica en el funeral de Lemmy —se puede ver en YouTube—), una docena de fotos inéditas y, en mi opinión lo más interesante, un epílogo de 30 páginas escrito por Steffan Chirazi, periodista y amigo íntimo de Lemmy, en el que se narra la última década de vida del líder de Motörhead y en particular sus padecimientos del último año. En total, casi cincuenta páginas de material nuevo.

Como lector siempre me han tocado bastante las narices estas ediciones ampliadas. Más aún cuando la ampliación no está escrita por el autor original. Por otra parte, teníamos que reeditar el libro igualmente porque ya se nos había agotado y dejar este material fuera, sabiendo que existe y que ahora forma parte de la edición original inglesa, tampoco era una opción. En última instancia, creo que tenemos la responsabilidad de hacer la mejor edición que nos sea posible en cada momento determinado, y si ahora disponemos de unos materiales que simplemente no existían hace año y medio cuando lanzamos la primera edición, hay que aprovechar esta nueva oportunidad para incluirlos. Otra ventaja de la nueva edición británica es que, al haberse actualizado los archivos por vez primera desde que se lanzase el libro en 2003, hemos podido contar con mejores materiales de reproducción que la última vez. Por eso, a partir de hoy mismo, Lemmy: la autobiografía pasa a tener más páginas, más imágenes y un cuadernillo central con fotos en color.

La idea, en cualquier caso, es hacer la mejor edición posible, no sacarle los cuartos otra vez precisamente a aquellas personas que te han apoyado desde un primer momento. Por lo tanto, hemos preparado un PDF con el epílogo de Chirazi entero para que quien quiera pueda descargárselo y leerlo sin ningún problema. Sé que no es la solución ideal, pero al menos es una manera de que quienes ya tenéis el libro podáis leer igualmente el contenido añadido en caso de que tengáis interés. Este es el enlace:

Lemmy: epílogo

Por su parte, el prólogo de Ulrich ha quedado incluido en el adelanto que ofrecemos siempre con las primeras páginas de cada libro en su ficha correspondiente en la web de Es Pop. Si la visitáis, podréis ver también unas cuantas imágenes de los interiores de la nueva edición. Por cierto, el circulito informativo que le hemos añadido a la portada es, lógicamente, una pegatina fácilmente separable. Jamas se nos ocurriría desgraciar de esa manera la excelente cubierta que nos realizó el ilustrador sudafricano Ian Jepson (cuyo proceso de creación describimos al detalle en su día).

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Miércoles 4 de mayo de 2016

El jazz como metáfora de la libertad

Hoy ha salido a la venta Swing frente al nazi: el jazz como metáfora de la libertad, del escritor y trombonista estadounidense Mike Zwerin, otra de esas operaciones de rescate en las que nos estamos especializando de un tiempo a esta parte. Publicado originalmente en 1985 con el título La tristesse de Saint Louis y relanzado en el año 2000 en una edición ampliada que es la que ha servido de base para la nuestra, el libro de Zwerin es, al igual que Hollywood gótico o Señores del caos, una obra de auténtica referencia en su campo, inexplicablemente ausente hasta ahora en nuestro mercado. ¿De referencia he dicho? Sin duda, pues si bien ha habido esfuerzos posteriores que han tratado el mismo tema desde un punto de vista más académico (como el también inédito Different Drummers, de Michael H. Kater), la propia naturaleza del proyecto de Zwerin lo convierte en un punto de partida imprescindible para cualquiera interesado en ahondar en su premisa.

En primer lugar, se trata de una crónica personal destinada a describir los dos años que dedicó el autor a viajar por Europa entrevistando a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial aficionados al jazz, por lo que abundan los testimonios orales de primera mano tanto de músicos profesionales (el propio Zwerin lo era) como de melómanos que sufrieron las consecuencias de que el régimen nazi prohibiese su música predilecta. En segundo lugar, la gran mayoría de los protagonistas de las historias aquí recogidas hace ya tiempo que fallecieron. El mismo autor recalca en el libro el hecho de que los testigos presenciales están empezando a caer como moscas a su alrededor mientras lo estaba escribiendo y se lamenta de no haber llegado a tiempo de entrevistar a algunos de ellos. Desde entonces, han pasado más de treinta años. A estas alturas, es muy probable que las historias que no se registraran entonces se hayan perdido para siempre, lo cual redobla la importancia de los testimonios aquí reunidos (testimonios de músicos como el checo Eric Vogel o el polaco Wiesław Machan, supervivientes que se vieron obligados a convertir precisamente lo que más amaban, la música, en una herramienta al servicio de los campos de concentración en los que fueron encerrados por los nazis*). Lamentablemente, también Mike Zwerin nos dejó en el año 2010, justo cuando abordamos por primera vez a sus representantes para editar aquí su libro.

Desgraciadamente, con el fallecimiento de Mike perdimos también la oportunidad de restaurar o escanear de nuevo gran parte de las imágenes del libro, ya que la mayoría procedían de colecciones privadas y personales y ni siquiera estaban en demasiado buen estado ya en su día. Mi idea original habría sido llevar a cabo el mismo proceso que realizamos con Hollywood gótico, mejorando en la medida de lo posible la calidad de los materiales a reproducir. Por desgracia, no ha sido posible y algunas de las imágenes recogidas en el libro se encuentran en un estado francamente lamentable. Pido públicamente disculpas por ello, si bien en última instancia me pareció que era necesario incluirlas aunque sólo fuese por el interés documental. Por si tenéis curiosidad al respecto, estoy subiendo al Tumblr de Es Pop la versión en color de algunas de las ilustraciones contenidas en el libro, así como otras imágenes curiosas relacionadas con el tema que fui encontrando mientras buscaba referencias para la traducción. Las tenéis todas reunidas aquí.

Swing frente al nazi rodeado de los libros que han ido acompañando su traducción.

La portada
Al contrario que en otras ocasiones, esta vez no va a haber un “cómo se hizo” de la cubierta del libro. En mi cabeza, desde el primer momento, sólo hubo un candidato a ilustrarla: Keko, dibujante extraordinario y autor o coautor de cómics formidables como La isla de los perros, Cuatro botas, Livingston contra Fumake y Yo, asesino. Por afinidad temática y poderío gráfico, no concebía encargársela a ningún otro, por lo que fue una verdadero golpe de suerte que Keko tuviera las ganas y el tiempo para ello. Un par de semanas más tarde, recibí un correo suyo en el que, suponía, me mandaría algunos bocetos e ideas. Lo que encontré al abrirlo, sin embargo, fue precisamente la imagen que podéis ver un par de párrafos más arriba, completamente acabada, junto al comentario: “¡La suerte está echada! A ver qué te parece mi propuesta, algo arriesgada debo reconocerlo”. Arriesgada o no, una vez vista no había manera de quitársela de la cabeza. Que es precisamente el efecto que debería provocar una portada. ¿Para qué seguir buscando entonces? Y aunque luego dediqué bastante tiempo a probar distintas fuentes para el título, llegando a elaborar casi dos docenas de variantes, tampoco creo que merezca la pena colgarlas aquí. Baste decir que, al final, opté por la tipografía más discreta y menos llamativa de todas las que había probado; también la más fina, ahora que lo pienso. En realidad, creo que me limité a usar la que menos tapaba la ilustración sin dejarse comer por ella.

La música
Lo que sí hemos preparado es una nueva “banda sonora” inspirada en el texto de Swing frente al nazi. Aunque esta vez no ha sido posible contar con una selección musical realizada ex profeso por el autor del libro, no podíamos dejar pasar la ocasión que nos brindaba el tema para preparar una lista de sugerencias. Afortunadamente, casi todos los artistas y temas relevantes mencionados por Zwerin en su texto estaban en Spotify, entre ellos algunos particularmente curiosos como la versión de “Georgia on My Mind” grabada por Django Reinhardt junto a Freddy Taylor (el cual no recordaba la letra de la canción; fue un oficial de la Luftwaffe quien se la anotó en una servilleta), “Clementine” de Jean Goldkette (acreditada en Alemania a Jean and His Orchestra, porque Goldkette era un apellido judío), “Je suis Swing” (el sencillo con el que el francés Johnny Hess explotó el fenómeno zazou) o el frenético “Rhythmus” de Kurt Hohenberger (en cuya orquesta tocaba el clarinetista Ernst Hollerhagen, que en pleno régimen nazi levantaba el brazo para saludar a voz en grito: “Heil, Benny!”, en honor a Benny Goodman). En resumen: más de dos horas de auténtico hot jazz, manouche, boogie woogie, swing nórdico, big bands de acento germánico y demás delicias sonoras de los años treinta y cuarenta. Espero que os guste.

* En un ejercicio de “traducción de método” que ahora me sonroja un poco confesar, durante los aproximadamente dos meses que estuve trabajando en Swing frente al nazi me obligué a leer únicamente libros sobre la Segunda Guerra Mundial, a ser posible de estilo bien variado. De todos ellos, únicamente Si esto es un hombre, de Primo Levi, dedica un par de párrafos a hablar de la presencia de músicos en Auschwitz. También Imre Kertész recuerda en Sin destino haber oído música en el campo de concentración, pero sólo cita el detalle de pasada.

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Martes 19 de enero de 2016

Los impunes de Richard Price

Sensación de vértigo: entre medias, más de veinte años.

Ya sabéis que no suelo hablar mucho por aquí de los trabajos que hago para otras editoriales, pero de vez en cuando no puedo evitar hacer excepciones y ésta es una de ellas. La semana pasada llegó a las librerías la nueva novela de Richard Price, Los impunes, que he traducido para Literatura Random House y que a nivel personal ha supuesto uno de esos encargos llovidos del cielo; un caramelito imposible de rechazar como también lo fue en su día, por poner un ejemplo similar, el Danza macabra de Stephen King. Y es que todos tenemos autores o libros que marcan un antes y un después en nuestra trayectoria como lectores e incluso, en ocasiones, transforman radicalmente el modo en el que uno aborda ciertas cuestiones, ciertos géneros, la literatura en general; para mí, uno de esos autores fue Price y uno de esos hitos en el camino fue Clockers (publicada en español por Ediciones B en 1993, en su añorada colección Tiempos modernos), así que ya os podréis imaginar el subidón que me dio cuando me propusieron traducir su nueva novela. Ni siquiera puedo decir que haya sido un sueño hecho realidad, porque jamás se me había pasado por la cabeza que existiera la más mínima posibilidad de llegar a hacerlo algún día. Price es célebre por su parsimonia (sólo nueve libros en toda su carrera) y, de hecho, Los impunes nació como un intento por acelerar ligeramente su ritmo de producción, inventándose para ello un seudónimo, Harry Brandt, con el que iba a empezar a publicar obras supuestamente de género. No hacía falta que se hubiera molestado; al final, el resultado es puro Price, tan complejo y panorámico como en sus mejores trabajos.

Hace casi un año, con motivo del lanzamiento de la novela en Estados Unidos, Price mantuvo una charla con David Simon (periodista, autor de ensayos como Homicidio y creador de The Wire, serie en la que Price también intervino como guionista) en el centro cultural 92Y de Nueva York, que tuvo a bien grabar el acontecimiento. Además del vídeo, que encontraréis bajo estas líneas, incluyo a continuación la traducción de unos cuantos fragmentos escogidos.

Richard Price: Cuando empecé este libro, Los impunes, mi intención era escribir una novela estrictamente de género, un thriller urbano. Pero el problema de los thrillers es que son excitantes. Es como el problema de las novelas de horror: que dan mucho miedo. Simplemente pensé que iba a suponer un cambio de registro tan grande que decidí buscarme un seudónimo para este otro tipo de escritura en el que supuestamente me iba a embarcar, de modo que me inventé a Harry Brandt, en homenaje a mi primer agente, Carl Brandt, que falleció el año pasado, pero todo el plan se acabó yendo al garete. Recurro a esta frase continuamente, así que ¿por qué no utilizarla de nuevo?: sé vestirme con menos ropa, pero no sé escribir con menos palabras. Después de 41 años trabajando en esto, sólo sé escribir de una manera. De modo que el libro empezó a crecer, los personajes fueron ganando en complejidad y de repente me encontré escribiendo sobre relaciones familiares de una manera que nunca antes había abordado.
Después de tanto trajín, resultó que había acabado escribiendo otra novela de Richard Price en la cual había invertido cuatro años, lo mismo que para mis otros ladrillos. Llegado este punto, me arrepiento de haber usado un seudónimo. Fue una estupidez pensar que podría convertirme en otra persona.

David Simon: A modo de preámbulo debo decir que Richard y yo compartimos al mismo editor, John Sterling, que está aquí esta noche. Mientras yo escribía Homicidio, Richard estaba escribiendo Clockers. […] En aquel momento yo era periodista de sucesos en Baltimore y John me pasó el manuscrito de Clockers. Ni siquiera las galeradas, el manuscrito. Recuerdo haberlo leído de cabo a rabo y pensar: “Dios mío, lo ha clavado todo”. Describía perfectamente el funcionamiento de los barrios marginales, las esquinas. […] Cuando leí The Wanderers, en ningún momento me planteé que partiera de un trabajo de documentación previa. Me parecía que habías creado la novela de la manera en la que yo imaginaba que se crea la literatura. Pero cuando leí Clockers, supe que conocías a sus protagonistas. Los habías transformado en literatura, pero supe que los conocías, y creo que hasta aquel momento nunca me había parado a pensar en serio que los novelistas pudieran adorar el trabajo de investigación. Y es evidente que a ti te encanta.

Richard Price: He escrito ocho novelas antes que Los impunes, y las primeras cuatro fue siendo joven, cuando creía sinceramente en ese viejo consejo: escribe sobre lo que sabes. Pero lo único sobre lo que sabía algo era sobre mí mismo, porque todavía era un veinteañero. Así pues, ¿qué coño iba a saber? Después de la cuarta novela, que me resultó extenuante, una experiencia desalentadora, agoté la veta del yo y no supe qué hacer; acabé escribiendo de más, porque me preocupaba más seguir publicando que tener algo que contar, y el libro sufrió por ello, porque carecía de núcleo.
Durante ocho años dejé de escribir novelas para dedicarme a escribir guiones de cine. El primero de mis guiones que llegó a rodarse, El color del dinero, era una road movie sobre unos buscavidas del billar, pero yo apenas sabía jugar. Además el billar no es un deporte muy neoyorquino, […] pero Scorsese me dijo: “Si vas a escribir esta película, debes aprender”. Estuve en Alabama, Virginia y Kentucky, tratando con profesionales del billar, y de repente fui consciente de que podía aprender cosas. Que ignores algo no significa que no puedas aprenderlo. Descubrí las posibilidades del aprendizaje y me di cuenta de que si tienes suficiente imaginación, buen ojo para los detalles, oído para captar el habla de la gente y buena disposición para aprender los rudimentos de ese mundillo sobre el que todo lo ignoras, puedes acabar convirtiendo todo eso en arte. Y así escribí El color del dinero y después Melodía de seducción, que incluía escenas de trabajo policial. Yo ni siquiera conocía a un solo policía; ni de niño, jamás había conocido a ninguno. Pero me pusieron en contacto con uno de Jersey City y de repente me vi en el asiento trasero del coche patrulla acompañándole en salidas, me vi visitando escenas del crimen. Y, una vez más, me descubrí aprendiendo. Y el aprendizaje me resultó tan embriagador que simplemente noté que mi vida creativa se ensanchaba.
De modo que después de ocho años documentándome para escribir guiones, al fin se me ocurrió una historia, relacionada con mi experiencia como cocainómano durante un par de años a primeros de los ochenta, que abarcaba todas las cosas que había visto yo pero desde una perspectiva policial, y que hablaba sobre edificios de protección oficial idénticos al edificio en el que me había criado yo —incluso construidos el mismo año— y sobre cómo habían acabado convertidos en cárceles al aire libre. Me presenté voluntario para dar clases gratuitas en Daytop Village, que era un centro de rehabilitación principalmente para adolescentes del sector del Bronx en el que nací yo. De repente, después de haberme estado empapando con todas aquellas experiencias, me di cuenta de que quería escribir algo que no deseaba dejar en manos del departamento de marketing de un estudio. No quería que nadie le metiera mano hasta dejarlo irreconocible.
Al final sentí, gracias a la seguridad en mí mismo que había obtenido escribiendo guiones, que estaba preparado para volver a la novela, pero tenía tal apetito por abordar lo desconocido, estaba tan ansioso por prescindir de mi experiencia, que me eliminé por completo de la ecuación. Mi objetivo era crear un reportaje en forma de novela. Pero para eso no basta con acumular una pila de cuadernos de notas llenos de anécdotas e informes policiales; eso no dejan de ser datos. El desafío es tomar todo ese material y forjar una alegoría bien proporcionada de lo que has visto. Y el resultado fue Clockers, y después volví a hacer lo mismo con Freedomland. La diferencia en Los impunes ha sido que tenía tal acumulación de recuerdos de cuando salía a las calles, de mis charlas con los policías, los detenidos, los profesionales que se relacionan con ambos, como abogados, profesores, trabajadores sociales… Tenía tantos recuerdos e incidentes en la cabeza, que pensé: “Voy a escribirlo del tirón, esta vez no voy a salir al ruedo”.
Por supuesto, salgo a pasear por Harlem, donde resido, así que de repente empecé a recibir estímulos nuevos. Pero a pesar de tenerle tomado el pulso a todas estas cosas, me sigue pareciendo todo tan matizable que aun así tardé cuatro años. Lo que me tomó por sorpresa no fue el procedimiento policial y lo bien que se me da. Ni los ambientes callejeros y lo bien que se me dan. De repente, me encontré escribiendo sobre vida familiar, que era algo sobre lo que nunca había sido capaz de escribir con anterioridad. Y eso fue producto de estos últimos seis años de mi vida, cuando he tenido suficiente paz en mis relaciones, en mi hogar, como para sentir que ahora puedo escribir al respecto. Tengo la confianza necesaria y suficiente material como para aportar algo. Simplemente era un territorio nuevo para mí, por lo que el libro fue abandonando cada vez más el género para convertirse más y más en… En fin, no será Los hermanos Karamazov, pero a lo mejor puede ser Los primos Karamazov.

Foto: Damon Winter/The New York Times

David Simon: Ahora no me queda más remedio que preguntarte ¿qué te hace más gracia? ¿Cuando alguien te felicita por lo genuina que le ha parecido una escena de alguna de tus novelas y sabes que es porque la presenciaste en el momento en que ocurrió, de acompañante en el coche patrulla o en la sala de interrogatorios, y piensas: “qué gran trabajo de investigación”, como podría pensar un reportero? ¿O cuando alguien está convencido de que algo de lo que has escrito sucedió tal cual en la vida real pero sabes que en realidad no es así?

Richard Price: El hecho ineludible es que se trata de una novela. No es un documental. Al margen de lo mucho que me pueda haber impresionado lo que sea que haya visto, todavía tengo que convertirlo en literatura. Sólo porque hayas presenciado algo no se convierte automáticamente en arte. Tienes que hacer algo con ello y además ha de encajar armónicamente con todo el otro millón de cosas que has visto. Volvemos al gigantesco montón de libretas del principio. ¿Qué es lo que vas a hacer con todas esas notas?

David Simon: ¿Qué es lo que te lleva a poner punto final al proceso de documentación, la obligación de las fechas de entrega? ¿O realmente hay un momento en el que piensas “ya me he documentado mucho más allá de lo que necesitaba”?

Richard Price: Nicholas Pileggi, cuando estaba escribiendo Casino, su libro de no ficción sobre Las Vegas, dijo que cuando alcanzó un punto en el que le estaba haciendo una pregunta a un mafioso o a un crupier y sabía lo que le iban a responder antes de que abrieran la boca, supo que había llegado el momento de parar.
Para mí es un proceso que resulta sumamente adictivo. Un actor tiene la posibilidad de probar muchas vidas, muchos papeles distintos. Eres Shylock, eres un padrino de la mafia, eres un mono, eres cualquier cosa que desees ser, dependiendo del papel; yo simplemente quiero, sin abandonar mi vida, experimentar tantas otras como me sea posible. Odio tener que poner punto final al trabajo de campo, pero no queda otra. Cuando estaba escribiendo Clockers, me pase dos años y medio después de haber firmado el contrato contándole a John Sterling en las reuniones lo alucinado que estaba por todas las historias increíbles que estaba descubriendo. Finalmente quedamos un día para comer y fue como una intervención. Yo seguía contándole una anécdota tras otra, “porque fíjate, tal y cual”,  y al final se plantó y me dijo: “Mira, sólo tengo una pregunta para ti: ¿cuál es la primera frase del libro?”. Y yo: “No, no, no… Todavía no sé lo suficiente sobre cómo funciona el Turno de oficio; no sé lo suficiente sobre el sistema escolar público o la importancia de la iglesia negra en ciertas comunidades”. Y él: “¿Cuál es la primera frase del libro?”. Fue como un jarro de agua fría.

David Simon: ¿Cuánto tiempo pasaste con los inspectores de la guardia nocturna mientras te documentabas para Los impunes? ¿Y por qué crees que el DPNY sigue permitiéndote semejante acceso?

Richard Price: Porque los tengo engañados. Verás, lo cierto es que, a pesar de todo lo que se habla sobre la documentación de mis novelas, cuando luego me pongo a mirar el calendario y sumo el total de días que de verdad he salido con tal o cual unidad, o los días que he pasado con esas personas de los bloques marginales, siempre me sale una cifra sorprendentemente baja. Creo que salí con la guardia nocturna tres noches y obtuve permiso para ello porque el tipo que estaba de sargento en la unidad aquella noche en particular era amigo mío y me dijo: “Ven a echar un vistazo”. No fui a través de los canales oficiales, aunque sí me aseguré de salir en las tres noches de mayor actividad para la guardia nocturna: San Patricio, Halloween y Nochevieja. Me siento como si hubiera atravesado los pantanos con ellos con mi lupa de antropólogo, como si hubiéramos estado juntos una barbaridad de horas, pero en realidad nunca ha sido tanto. Ni siquiera suelo repetir varios días seguidos, siempre lo hago de manera esporádica.

David Simon: ¿Cómo consigues que el DPNY te lo permita?

Richard Price: No es que me lo permitan, sino que aprendí a saltarme los canales oficiales. Lo que necesitas es un buen celestino. Mi primer celestino fue un policía de Jersey City que estaba metido en el mundillo del boxeo, al que conocí mientras estaba escribiendo el guión de La noche y la ciudad, que al final acabó rodándose diez años más tarde. Se había sacado el carnet del Sindicato de Actores e iba a servirme de asesor a cambio de que le hicieran una prueba de pantalla para la película. La cosa no llegó a salir adelante, pero era el único policía al que conocía cuando empecé a escribir Melodía de seducción. Fue mi puerta de entrada. Básicamente, se te van pasando unos a otros. Hablas con un tipo y nunca es porque te hayan autorizado, sino porque alguien conoce a alguien que conoce a alguien que dice que eres legal. Hablas con uno, le dices lo que quieres averiguar y te dirá: “Bueno, puedes venir a dar una vuelta nosotros, pero si de verdad quieres empaparte del tema…”.
Lo primero de todo, tienen que percibir que vas a ser un buen acompañante. Saben que eres escritor y yo a menudo olvido el hecho de que saben perfectamente que soy escritor. No son ingenuos. De modo que, aunque no esté tomando notas copiosamente en mi libreta y jure y perjure que no soy periodista ni reportero, están hablando con un escritor. No van a hablar conmigo tal como van a hablar con sus compañeros dentro de dos horas cuando yo me haya vuelto a casa. Pero si les resulto una compañía agradable y disfrutan conversando, acabarán diciendo: “Bueno, ¿sabes eso sobre lo que me has preguntado? Realmente deberías hablar con Bobby de la unidad CSI, si quieres le llamo”. Suena el teléfono y es Bobby, y ahora me toca salir con él. Veo cosas, veo cosas, y a la que voy viendo cosas se me ocurren nuevas preguntas que jamás se me habrían ocurrido porque ni siquiera sabía que tal cosa existía hasta que la he visto, pero siempre hay una progresión: ahora que sé que existe, quiero saber más al respecto. Y Bobby dirá: “¿Sabes quién podría informarte bien? Gene, del departamento de falsificaciones artísticas o Fulanito del cuerpo de buceadores”. Básicamente vas pasando de mano en mano como una cachimba y el único requerimiento es que les resultes una compañía agradable e interesante.
Tan pronto como empecé a tener películas a mi nombre, cuando empezó a correr la voz de que había hecho una película con Robert De Niro, había hecho una película con Al Pacino, todo pasó a ser mucho más sencillo. Les acompaño y toda la noche estoy pensando: “Dios mío, vas por ahí todo el rato con un arma mortal pegada a la cadera. ¿Cómo te las apañas?”. Y ellos me miran y dicen: “Quiero preguntarte una cosa y quiero que seas sincero. ¿Cómo le llamas: Bob, Bobby, Robert o señor De Niro?”. “Vaya, me alegra que me hagas esa pregunta. Por cierto, esa pistola que llevas ahí…”. Así que acaba siendo una relación de curiosidad mutua.

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Este es mi papel, por fin lo encontré: no hay nada escrito. No hay nada escrito.
“Emparedado”. Extremoduro
Popsy